lunes, 17 de marzo de 2025

Mapa rolero de la CDMX

El 13 de marzo de 1325, según códices, el pueblo mexica terminó un vagabundeo que duró más de dos siglos. Encontraron por fin la señal que les había profetizado su máxima deidad, Huitzipochtli. Un águila que devoraba una serpiente encima de un nopal sobre un islote en medio de un lago, ahí debían fundar su nación. Son ya 700 años de esta capital del caos que hoy llamamos CDMX y hasta hace poco Distrito Federal. La ciudad donde nací y he pasado toda mi vida. De la que siempre he querido irme, pero en la que hasta la fecha permanezco. La ciudad que amo y odio simultáneamente, lo cual considero la relación más saludable que uno pueda tener con el sitio donde habita. Desde muy temprano tomé consciencia de que mi ciudad no era chinampa en un lago escondido, si quería encontrar un sentido de pertenencia, tendría que buscarme mis rolas que me ayudaran a reconocerme en la urbe para poder llamarla hogar. 

Cuando empezaba a descubrir la ciudad a mí mismo, la rola que me salvó no la hizo un chilango. La primera vez que publiqué un texto, en una revista de la prepa, apareció firmado bajo el seudónimo de “Corredor callejero”, un corte de A contracorriente (1988), álbum de Gerardo Enciso, poblano de nacimiento, tapatío por adopción. Su cuestionamiento fundamental también era el mío: “¿La ciudad te pertenece o perteneces a la ciudad?”. Me movía por la ciudad, no tanto porque me gustara, sino por esa búsqueda de “un lugar donde pasarla bien”. “Corredor callejero” me identificaba como no podría hacerlo, digamos, “Sabádo Distrito Federal” de Chava Flores, por más que disfrute cada vez que suena.

Como toda corriente estética, el rocanrol tiene sus metáforas recurrentes: coches, chicas, luces de neón, anonimato en la muchedumbre y la alienación que esto conlleva, elementos que congrega una ciudad. Todas las ciudades se parecen porque “destruyen las costumbres” –como observó José Alfredo Jiménez-, pero en cada una dicha destrucción sucede a su estilo, y quien sabe captar eso en su canto, expresa el espíritu más profundo de la metrópoli en cuestión. Ahí tenemos a Jaime López, el natural de Puerto Bagdad (Matamoros, Tamaulipas) al grito de “¡nena, haz patria, ama a un chilango”, ha elaborado una poética de la capirucha cuya más palpable muestra es la popularizada por Café Tacuba “Chilanga banda”, pero igualmente se manifiesta en “El mequetrefe”, “1.ª Calle de la Soledad” o “Corazón de cacto”. Su intérprete de cabecera, Cecilia Toussaint, ofrece por lo menos un par de discos imprescindibles para esta suerte de Guía Roji auditiva: En esta ciudad (1988) y Arpía (1987), por donde cruza el “Viaducto piedad”, composición de Pepe Elorza que sentencia: “porque aquí a nadie le importa un carajo si lloro, si muero, si grito”.  

Otro que también emigró desde Tamaulipas (Tampico, en su caso) para convertirse en Profeta del Nopal fue Rockdrigo González. De las numerosas coplas que dedicó a esta metrópoli, me conmueven especialmente las enunciadas en “Vieja ciudad de hierro”: “Capital de mil formas,/de bellezas que se pierden entre el polvo,/de tus carros, de tus fábricas y gentes/que se hacinan y tu muerte no la sienten”. Mención aparte merecen la desoladora “Perro en el Periférico” y la más cábula “Las aventuras en el DeFe” porque evidencia la plasticidad a la que se prestaba el antiguo nombre al deformarlo en “Detritus Hiederal”. Lo cual, por cierto, trae a mi mente la demoledora “Ciudad de Cagadas”, de los thrasheros Makina, con sus idílicos versos: “Cuando salgo de mi casa/mi nariz respira mierda,/mi cerebro se atrofia/con el ruido de cagadas./Pinche mierda, pinche mierda,/se convierte la ciudad./Pinche mierda, el Distrito Federal”.

Al Redrogo se le extraña con particular melancolía porque murió de un pasón de cemento a causa del sismo del 19 de septiembre de 1985. Le levantaron su estatua en un pasillo de la estación del metro Balderas por la rola que le dedicó (luego manoseada por El Tri). “Metro busco amor” de Los Lagartos, “Viaje en metro” de Chava Flores y “El metro” de Café Tacuba son otros chidos cantares inspirados por el gran gusano naranja. Además, claro, del “Heavy metro” de Botellita de Jerez: “Cruel destino que arrojas mi vida/a otras rutas que no son de mí,/hoy me encuentro entre gente perdida/que ha olvidado que debo salir./Quiero salir, quieren entrar”. Ya Pedro y las Tortugas avisaban en las síncopas tecno-pop de “A veces”, una predilecta personal de todos los tiempos del rock mexicano, que “a veces pasa el metro”, dictamen que cada año ha venido haciéndose más patente hasta llegar al punto en que tienes suerte si pasa, no vaya a ser que se caiga o choque. Y ya que viajamos en transporte colectivo, los confines de Texcoco urdieron el lamento perfecto sobre lo desmoralizante que puede resultar la experiencia cuando en “Un toque mágico” los muñecos de Tex-Tex cantaban: “Es viernes por la tarde,/me encamino a mi hogar./Me subo al autobús,/qué lleno, qué lleno va./El operador/me está cobrando de más,/ya no digo nada,/lo que quiero es llegar”.

Esa rola de Pedro y las Tortugas de la que les hablaba, se encuentra en el doble LP (o cassette, nunca salió en cedé) 21 grupos finalistas del concurso nacional Rock en tu Idioma (1988), lo mismo que “La Herida”, de Radio Carolina. Poseída de una fuerza que, para mí, trasciende su momento, los versos introductorios todavía me paralizan: “A veces la suerte mala es más rápida que la vista./A veces una bala de muerte le gana a la vida./Y tanto que hace parecer estúpido mirar/las piernas de las chicas por la calle”. Era una época, finales de los 80, en que la ciudad empezaba a tornarse violenta y a los niños ya no los dejaban salir a jugar tan fácilmente por temor a un secuestro, una situación que desde entonces sólo ha recrudecido. Luego asestan ese gruñido con una pregunta irresoluble desde el principio de los tiempos: “¿A dónde carajos lleva este camión, y dónde hemos de bajarnos cada uno de nosotros?”, para rematar con que “aquí el único delito es estar vivo”. Bien pudo haberse grabado ayer o mañana, “La Herida” sigue abierta.

Empecé a ir a mis primeros toquines en Rockotitlán. Los Botellita de Jerez fueron sus primeros dueños, luego pasó por manos de Kerigma y de los hermanos Rodamilans. Hay discos que no necesitan nombrar locaciones específicas para sonar a la ciudad, incluso a la zona donde fueron concebidos. Es lo que pasa con Mil marionetas (1988), de Ninot, donde intervenía uno de los Rodamilans, Enric. La página de Ninot en Facebook se anuncia con el subtítulo “el sonido Coyoacán”. Y tienen razón. Desde el organillero que se oye al principio del disco hasta los tintes oscuros y psicodélicos que bañarían a la siguiente generación de bandas al sur de la ciudad durante los 90, muchas producidas por otro de los Rodamilans, Marc (que a finales de los 70 formó parte de Mistus).

Antes de Ninot, con ruido y mensaje más canalla, por el sur se movían los Newspaper. Su único álbum, apropiadamente titulado Rock (1984), es como meter los dedos en el enchufe de la desesperación atravesada por la ciudad durante la crisis económica que inauguró la década de los 80. Cartas explosivas con letras de frenética alcoholemia, sexo casual y represión policial, berridos, tamborazos y guitarrazos que pueden asemejarse al llamado rock urbano, aunque no eran marginados de Neza, sino chavitos clasemedieros del Colegio Madrid. Me suenan a los ibéricos de La Banda Trapera del Río antes que a cualquier símil del país. Alguien debería reeditar ese pirómano disco.

No menos clasemediero, yo soy de la Narvarte, o Medianía, así le llamaba Parménides García Saldaña en sus andanzas con ese otro narvarteño ilustre, José Agustín. Para representar a la colonia elijo “Mariposa en la Narvarte”, Mamá-Z pintan un cuadro del que fui muchas veces testigo en casas, departamentos, covachas: “aceptó ser mariposa en una fiesta en la Narvarte”… whatever that means! Reconozco, sin embargo, que no hay mejor himno a un barrio que “Domingo en la ciudad”, de Paco Gruexxo, con su contagioso coro de blues cacheteadito que sigue al furtivo encuentro con una chava a quien amablemente se invita a “sexear”: “Yo sé que Tlatelolco es el mejor lugar/para escuchar el rock que te hace vibrar”. Viene, de hecho, en el plato Una sinfonía de Tlatelolco (1981), junto con la no menos indispensable “Insurgensex”.

Rita Guerrero en Santa Sabina cantó a dos vialidades que desde niño me reventaban la imaginación, Niño Perdido y Calzada de Misterios se mencionan en “Gasto de saliva”, pasando por Tlalpan y el Eje 10. Arturo Meza, más rotundo, afirma que “la Constitución sólo sirve para nombrar una plaza” en una obra imbuida de capitalino estiércol, 70 centavos (1989). El lado romántico lo aporta Trolebús con el insuperable arranque de su “Balada chilanga”: “Ayer me acordé de ti/mirando a dos perros hacer el amor,/entre Copilco y Revolución/vi tu nombre escrito/en el muro de un panteón,/en una pinta punk”. No estoy seguro de que haga falta ser muy chilango para dejarse conmover. Todo su disco En sentido contrario (1987) es una oda a las delicias y miserias que depara el irreversiblemente DeFectuoso, sobre todo para los jodidos. Ahí tocaba la guitarra Pato antes de unirse a Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, autores de “Un gran circo”, otro clásico desclasado: “mientras más pobreza hay, más alegría se ve”. Por su lado, Nina Galindo proponía un “brindis por muchos difuntos en una cárcel de la capital”.

Caras modernas (1992), el primer disco del Juguete Rabioso que caminé tanto como estas calles, trae “Canción de ciudad”, habla de destierro, Federico y Santiago, integrantes del grupo, eran hijos de exiliados sudamericanos, cuando cantaban ”porque me  voy a ir de la ciudad que es mi ciudad”, me gustaba imaginar que quien se iba era yo, no faltaba en mi walkman cada vez que conseguía treparme en algún camión para escapar. “Es sólo algo entre yo y la ciudad que se queda atrás”. El Juguete grabó para el fugaz sello discográfico que tuvo Rockotitlán, ahí también Ansia registró su debut homónimo (1991) que incluye “Inversión térmica”, compendio de la náusea que significó volverme adulto durante los 90 con mi costal de angustias y represiones: “Camión lleno a reventar,/el calor me empieza a ahogar,/o mato a alguien o denme paz,/tú en mi cabeza y afuera este gas”.

La Banda Bostik, Size, Factotum, Syndrome, Mara, Rebel d’Punk, Flor de Asfalto, SS20, Lira’N Roll, El Haragán y Compañía, Real de Catorce, Roberto González, Carmen Leñero, Chávez Teixeiro, Tere Estrada, Rafael Catana, Los Estrambóticos, Next, los Yap’s, Psicodencia, Escoria, Ultrasónicas, Intestino Grueso completan este rocanrol. He bailado en Reforma frente a la embajada de Estados Unidos, la tira me apañó a la vuelta de mi prepa, he huido de la montada en Pantitlán, me llovió jugo de riñón en Tlalnepantla, he saltado al slam en C.U., sacudido el cráneo en Culhuacán, fajado en Bellas Artes, he visto banda arponearse en el Zócalo, una torre de fuego en el Toreo y un trompo de pastor volar en el Cine Ópera, hice colas infinitas en el L.U.C.C., casi me asfixio en Rockotitlán, quedé ciego de alcohol en Rock Stock, toqué con mi banda en la delegación Venustiano Carranza, respiré gases de extinguidor en el Palacio de los Deportes, fui al Tianguis del Chopo como quien acude a un templo en busca de revelaciones, me enamoré en Taxqueña, di traspiés en la Condesa, choqué en el Periférico, me han manoseado en el metro y asaltado en un taxi. Diría el Three Souls in My Mind en el sudoroso “Blues de la llanta”: “varias veces me han parchado, pero aún sigo rodando”. He rolado mi ciudad, pagado el derecho de piso a cambio de mi actual soledad, que ahora me permite deslizar el Metal caído del cielo (1985) de Luzbel en el tocadiscos. “Sólo estoy soñando en un río de muertos”, canta Arturo Huizar, que ya nada en esas aguas. Le trepo al volumen. “Me atrapa en sus adentros la gran ciudad”. Afuera, la tarde se desangra.


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