En el mejor mensaje que recibí tras la muerte de mi madre, un amigo derrochaba palabras muy conmovedoras respecto al vínculo que sostenía con la mujer que me trajo al mundo según su percepción. Concluía que si él tuviera un hijo, le gustaría que fuera parecido a mí. “Pero la verdad, menos sensible”, matizaba.
Desde entonces le he dado vueltas al asunto: ¿qué tanto una sensibilidad receptiva nos redime o condena? Mi amigo apoyó su dicho en un consejo recibido de su maestro de artes marciales: “debes ser menos sensible. Tal vez ahora no lo entiendas, pero al paso del tiempo lo harás”. No me extraña. Hace falta un yo sensible para sentir, disminuir la sensibilidad debe ser ventajoso en los deportes de contacto, además de una ruta a la disolución del ego que proponen varias filosofías orientales y occidentales.
Lo cierto es que sólo tenemos esta entidad que somos para experimentar el mundo y, antes de poder trascenderla, tendríamos que agotarla en sus máximas posibilidades, probar su punto de quiebre. Como sucede con la poesía, algunos genios directamente empiezan a escribir verso libre, pero los simples mortales tenemos que ejercitarnos en las cansinas reglas de versificación clásica antes de dar el salto al vacío, so pena de que nos salga un mamarracho (que de hecho es como llamo a mis tanteos poéticos). Tenemos que sentir. Permitirnos sentir sin restricciones equivale a una vida plena. Cuando no se siente a la ligera, cuando se va al fondo de cada sentimiento, este pasa, porque se agota, y lo reemplaza un sentimiento nuevo. Si cada sentimiento reclama nuestra entera atención, eso significa que estamos en constante cambio, sería absurdo hablar de un yo que nunca termina por definirse. Es una ruta opuesta a la misma disolución del ego, más accesible para cualquiera.
Me asusta saber de la alexitimia, la incapacidad de identificar y expresar emociones. Condición tan abominable como la amusia, ¡imagínense!, la imposibilidad de percibir la música, de distinguirla del repiqueteo de un taladro o los rebuznos de un mulo. La música, que transforma el ambiente íntimo o social de golpe, tiempo que escapa al tiempo, también es un idioma que habla directo al sentimiento sin filtro de razón o lógica alguna. Cualquier intento de explicación a la música o los sentimientos es un acto reflejo posterior que se aferra al filo del pensamiento para no caer presos de la angustia; en el momento simplemente ocurren, se viven como arrebatos, desbordamientos del ser. No estoy calificado para decir si la alexitimia necesariamente acarrea amusia, pero sí creo que la amusia es una especie de alexitimia, una deformidad del sentimiento.
Yo prefiero, parafraseando un poema en prosa de Olverio Girondo: “Sentirlo todo, pero sentirlo bien”. Una vez asumida esta postura sentimental se corre el riesgo de cruzar la delgada línea que la separa de la sensiblería. El sentimentalismo puede hacernos perder piso porque pone en juego la totalidad del yo, la sensiblería es un perrito amaestrado por la pulsión egoísta más primaria, el deseo, y lo que perdemos es la dignidad. Vean la parte que dirige Martin Scorsese en la película Historias de Nueva York. El personaje de Patricia Arquette le solicita como prueba de amor al personaje de Nick Nolte que se acerque a pedirle un beso a uno de los policías en la patrulla que tienen delante. Él sigue fielmente sus órdenes. A primera vista, parece un acto de inflamado amor; en realidad, es títere del deseo de complacerla, de ganarla para sí. Ninguna liberación se alcanza por medio de la humillación. Como alguien que ha tropezado innumerables veces con el fino lindero que divide la sensibilidad de la sensiblería, puedo decirles que es mejor andarse con tiento cuando empiezas a perder la dignidad.
Hace tiempo, décadas atrás, salí con una chica que de repente me salió con que yo sentía como mujer. El comentario sobresaltó al incurable heterosexual que soy. Pero no usó un tono ofensivo, hablaba con dulzura, la noté incluso agradecida, algo extrañada por toparse a tamaño espécimen. He comprendido que demostrar mis sentimientos no me hace menos hombre, pero sí más humano. Es uno de los máximos legados que debo a mi madre. Una manera de honrarla.

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