Los Gallagher de Oasis, los Davis de los Kinks, los Fogherty de los Creedence. Entre la larga lista de hermanos en pugna que formaron bandas de rocanrol, los hermanos William y Jim Reid de The Jesus & Mary Chain destacan porque la animadversión entre ellos repercutió en abierta hostilidad por parte de su público, al menos en sus principios. Cuatro décadas después, en su autobiografía a dos voces Never Understood (publicada en español como Incomprendidos), se encargan de aclararnos que todo fue un mal entendido.
Las diferencias entre los dos se advierten pronto, mientras William se convertiría en ardiente hincha de los Rangers –aunque crecieron a pocos pasos del estadio del Celtic en Glasgow, Escocia-, a Jim le trae sin cuidado el futbol. La distancia que separa al mayor del menor especialmente en la pubertad se reduce cuando llega un tocadiscos al hogar de los Reid, la familia era tan pobre que el pequeño Jim tuvo que correr a pedir un disco prestado a los vecinos para estrenar el aparato.
Poco después compartían una pequeña colección, aunque cada uno a su gusto, William era fan de Dylan, Jim pensaba que Slade era la mejor banda del mundo. La música los había acercado, pero no lo suficiente para concebir la idea de formar una banda juntos, cada uno lo intentaba por su cuenta hasta que les hicieron ver que eso era una locura.
Su padre les obsequió parte del dinero de una indemnización con la esperanza de que lo invirtieran en un coche o cualquier otro aditamento que les ayudara a progresar entre la clase trabajadora de East Kilbride, donde habitaban por entonces. Para horror del señor Reid, los hermanitos lo usaron para comprarse un portaestudio que, sumado a una guitarra Gretsch conseguida a precio irrisorio y un pedal de fuzz, plantaba el germen del sonido Mary Chain.
Ambos eran reticentes a encargarse de la voz, así que definen mediante un volado quién sería el cantante, y no entraña algún misterio religioso el nombre que eligieron, fue una ocurrencia de Wiliam. Se encerraban por turnos en su cuarto a grabar demos, cada uno sus canciones, no componían juntos. De ahí salió un cassette que empezaron a mover en el circuito musical escocés, pero nadie los peló. Tajantemente aseguran que nada le deben a Escocia y si bien declaran su amor por bandas coterráneas como Orange Juice, The Fire Engines o Josef K, se preocupan en aclarar que les gustaban porque “podían ser de cualquier lugar, no armaban gran alboroto por ser escoceses”.
Ya que nadie les daba la oportunidad de tocar, debieron recurrir a medidas desesperadas. Colgaron una manta negra en su habitación y se tomaron fotos simulando un concierto con el fin de imprimir unos pósters y pegarlos por las calles para hacer algo de ruido. Claro que no había imágenes de los dos tocando juntos, porque mientras uno posaba, el otro debía disparar la cámara. Aquel cassette se abrió camino hasta los oídos de Bobby Gillespie, quien aparte de convertirse en su baterista, los pondría en contacto con Alan McGee, quien estaba levantando el sello Creation. Este conocería a los hermanos en medio de una prueba de sonido donde empezaron a gritarse por una insignificancia y casi llegan a los golpes. A McGhee casi no le importaba qué música hacían, embelesado por esa exhibición de agresividad, los promovería en ese mismo tenor, una publicidad que termina por incomodar a la banda cuando sus shows se convierten más en batallas campales que en ocasiones para escucharlos. Jim vencía el pánico escénico con alcohol y cocaína, William se entregaba al consumo excesivo de marihuana. Pese a la fama que se ganaron cuando un dj de la BBC interpretó “Some Candy Talking” como una apología de la heroína, ellos afirman que dicha droga nunca les interesó demasiado, pero admiten que la diferencia entre las sustancias elegidas por cada uno abrió fracturas en su relación.
La misión de Jesus & Mary Chain era terminar con lo que describen como el sonido estándar del rock purgado de guitarras en los 80. Para probar su caso, Jim acusa que dos éxitos de la década, “Jump” de Van Halen y “Born in the U.S.A.” de Bruce Springsteen, son ejemplos de grandes canciones arruinadas por el abuso de sintetizadores. “Ese déficit crónico de mediados de los ochenta fue lo que The Jesus & Mary Chain se proponía compensar. Puedes opinar lo que quieras sobre nuestro primer single, ‘Upside Down’, nadie puede negar que ahí hay una guitarra”.
La guitarra seguirá presente a lo largo de sus discos, lo que varía es la intención. Si con su debut, Psychocandy (1985), probaron el ruido que eran capaces de hacer; en el segundo, Darklands (1987), le bajan a la distorsión para dirigir la atención al aspecto melódico. Empiezan a experimentar con ritmos electrónicos en Automatic (1989) y para Honey’s Dead (1992) se proponían una renovación radical. La narcolepsia acústica de Stoned & Dethroned (1994) responde al desencanto por la falta de apoyo de Warner, disquera con la que se arrepienten de haber firmado. Munki (1998) anunciaría el principio del fin cuando Jim termina una canción sin dejar espacio para la guitarra de William, y el rompimiento se vuelve definitivo después de una pelea por un puñado de nueces de macadamia. Pondrían un océano de distancia entre ellos. Hicieron falta años y que su hermanita Linda les pidiera canciones para un disco que tramaba (el injustamente olvidado Little Pop Rock de Sister Vanilla). A partir de ahí, reanudaran el contacto. The Jesus & Mary Chain volvieron con todo su esplendor en el festival Coachella de 2007 y desde ese momento se han mantenido en activo, publicando dos discos de rolas inéditas, Damage and Joy (2022) y Glasgow Eyes (2024).
Al concluir su lectura, uno entiende por qué le pusieron ese título al libro. Los Reid se sienten inadaptados entre los inadaptados. La rama televisiva de la BBC los vetó por incidentes ridículos. El shoegaze no les dio crédito por su notoria influencia. Promovieron a Blur, aunque no les devolvieron el favor cuando estos llegaron a la cima. Guardan ingratos recuerdos de su participación en el festival Lollapalooza, durante el supuesto auge de la música alternativa. Quedaban mal cada vez que conocían a sus ídolos, como Iggy Pop o David Bowie.
Estas decepciones en común bordan un lazo de afecto que prevalece aun a pesar de ellos mismos. En el tiempo que pasaron alejados se dieron cuenta de que sólo funcionan haciendo música juntos. Con sus demonios a cuestas, están condenados a quererse. Esa es la verdadera cadenita.

No hay comentarios:
Publicar un comentario