domingo, 30 de marzo de 2025

De paseo por la felicidad mutilada de David Johansen

Los New York Dolls acudieron presurosos cuando Lou Reed llamó a caminar por el lado salvaje. Antes de grabar un disco ya se les había muerto un baterista. En su corta existencia de apenas dos álbumes, el grupo generó ondas expansivas que cuartearon las placas tectónicas del rock setentero, no sólo surtieron de combustible al punk, KISS o Aerosmith engordaron su cochinito con fórmulas más estudiadas de aquella espontánea desfachatez. A David Johansen, último de los Dolls que acaba de pelársenos el pasado 28 de febrero, esto no les molestaba. “Si algún valor tuvimos fue demostrar que cualquiera podía hacerlo”.

Pueden constatar esa declaración en Personality Crisis: One Night Only, un documental de Martin Scorsese y David Tedeschi. Tomando como base un espectáculo del mismo título que Johansen presentó el 9 de enero de 2020 (día de su cumpleaños) intercalan entrevistas de antaño y recientes además intervenciones en su programa de radio satelital Mansion of Fun para confeccionar un retrato emocional antes que profesional del cantante. Ahí precisa el momento exacto del nacimiento del punk, una noche de 1972 en que los Dolls tocaban en Newcastle, Inglaterra. Antes del magno evento se les agasajó con los mejores elíxires que la región tenían para ofrecer: unos toneles de poderosa cerveza oscura. Como consecuencia, cuando salieron a tocar, el bataco empezó a vomitar, parte de sus efluvios gástricos salpicaron al vocalista, quien también soltó la guácara, y así cada uno de los músicos contribuyó a un banquete de bazofias que los jóvenes británicos encontraron estimulante.


Johansen venía del teatro del absurdo, según se lee a su amiga Cyrinda Foxe –mamá de Liv Tyler, por cierto- en la historia oral del punk Please Kill Me, era un ambiente “mucho más emocionante que el rock & roll. Era más vivo, no estaba todo cortado, remendado, limpiado y vendido a los medios masivos como el rock & roll”. De ahí sacó el exótico estilo para la vestimenta de los Dolls, para él no eran atuendos de mujer, simplemente como debía vestir una estrella de rock. Seguramente ayudó que Syl Sylvain y Billy Murcia vendieran ropa en un mercado cerca de un taller donde reparaban muñecas antiguas, un local que se anunciaba como el New York Doll Hospital y se robaron el nombre para su banda.


Johansen empezó a cantar con The Vagabond Missionaries. Un día se aparecieron en la puerta de su apartamento un güero larguirucho y un moreno chaparrito para proponerle mejor unirse a su grupo. Eran Arthur Kane y Billy Murcia, bajista y baterista de los New York Dolls. Sylvain se encargaba de una guitarra y el otro guitarrista, reventado al filo de lo alarmante, aunque romántico hasta la médula y erudito en riffs de rocanroles olvidados de los 50, se hacía llamar Johnny Thunders.

El rock institucionalizado de la época les hizo el fuchi por la misma razón que sus escasos incondicionales los veneraban: casi no sabían tocar sus instrumentos, pero traían de vuelta y recargada la energía de la canción de tres minutos frente a los engolosinados solos de guitarra o batería que hinchaban la escena dominante. Era música agresiva, rápida y depravada, como las calles de Nueva York. Y respecto a la imagen afeminada, Jerry Nolan, baterista que reemplazó al fenecido Murcia, aseguraba que la aversión venía de los chicos refundidos al fondo de los auditorios, las chicas sí que lo entendían y se lanzaban encima de ellos.

Cuando los Dolls terminaron, Johansen emprendió una carrera solista, de la que yo les recomiendo el álbum debut homónimo y Here Comes The Night, de 1981. Más que sus lanzamientos discográficos, el respeto se lo ganarían sus demoledores directos. Emprendía giras agotadoras junto al David Johansen Group y al fijarse que en un año había pasado 250 noches lejos de casa, decidió inventarse un alter ego que sólo pudiera cantar en Nueva York. Al menos es la explicación que da para su transformación en Buster Poindexter.

Buster Poindexter fue tanto una bendición como una maldición. Un crooner coctelero de voz engolada que vestía de smoking y llevaba un voluminoso copete engominado, contraste absoluto de lo que se suponía debía ser el iconoclasta padrino del punk. Buster le trajo exposición a una escala que jamás recibieron los Dolls y, seguramente, fajos de billetes que ni soñaron. Pero fue un precipicio de credibilidad. Su sencillo “Hot, Hot, Hot” en 1987 logró lo que más tarde conseguirían “Aserejé” o “Macarena” volverse una tonadita que de tan ubicua en bodas, quince años, bautizos nadie resiste bailar ni ridiculizar universalmente. David Johansen llama la atención el documental sobre un programa de One-Hit Wonders realizado por la cadena VH1 donde es el único que aparece dos veces: una como Buster Poindexter con “Hot, Hot, Hot” y otra por un medley de los Animals que hizo con su propio nombre. Qué ironía, ¿no? ¿Cómo puedes ser un One-Hit Wonder con dos éxitos? El caso omiso a esta evidente contradicción dará una idea de cuán bajos andaban sus bonos en los 90.

Inmune a la veleta de las tendencias, mientras la entrada de un nuevo milenio exacerbaba fantasías futuristas, David se abrazaba a las raíces. En sus años mozos había frecuentado la compañía de Harry Smith, etnógrafo, pero sobre todo dedicado bohemio, que reunió las grabaciones de la fundamental recopilación Anthology of American Folk Music. Johansen rescataría varias de esas piezas arqueológicas para los dos discos que grabó con un ensamble de blues acústico al cual llamó The Harry Smiths

En el hogar de su infancia creció con un papá que se la pasaba escuchando ópera. Él lo odiaba. No obstante, en el documental le hacen ver que su show radiofónico abunda en esa música. Su desaforado amor por Maria Callas sería aprovechado por un controvertido muchacho que en los setenta fue fundador –y, según él, único miembro- del club de fans de los New York Dolls en Inglaterra. Morrissey le llamó para recordarle el video de la mítica gala en el Royal Festival Hall donde La Divina se despidió de Londres en 1973. Para ir al grano, se trataba de un chantaje: si quería pisar el mismo escenario sólo tenía que reunir a su antigua banda. El 16 de junio de 2004, los New York Dolls resucitaron en el Meltdown Festival organizado por el ex The Smiths, buena revancha para Johansen, Syl Sylvain y, en especial, para Arthur Kane, que se había refugiado en la religión mormona tras años de sentirse pisoteado por el ambiente musical. Murió 22 días después del concierto y fue motivo de su propio documental, New York Doll. Johnny Thunders había muerto en 1991 (su documental: Looking For Johnny) y a los pocos meses, en 1992, le siguió Jerry Nolan. 

Syl Sylvain falleció en julio de 2021 por lo mismo que se llevó a David Johansen el este 28 de febrero de 2025: pinche cáncer. Alcanzaron a grabar en 2006 un tercer disco y último como New York Dolls, One Day It Will Please Us to Remember Even This. Incluye una canción inspirada por una frase del filósofo William James: “Maimed Happiness”. En su letra, hay un doctor que porta un diagnóstico devastador: “tienes la condición humana, muchacho, siento lástima por ti”. La vida es una felicidad mutilada. Si estamos desahuciados, el paliativo lo propone una alocución del programa Mansion of Fun en el documental Personality Crisis: “los resultados no nos preocupan, porque en la tristeza hay una esencia; porque cuando hay tiempo, hay tristeza, y no nos podemos librar de ella, pero podemos elegir vivir con alegría”.



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