El pasado 18 de enero falleció mi madre, Josefina o doña Jose, y yo estaba empeñado, bajo la convicción de que así le habría gustado, en que su sepelio no resultara un desfile de condolencias, sino una celebración de su vida. La música fue un fuerte vínculo entre nosotros sobre todo a partir de que ella inició su senectud y yo mi edad adulta. Mi madre podía criticar la música que escuchaba, pero tenía oído para una buena canción. Mientras yo batallaba con las definiciones para una melodía que le compartía, ella sabía precisar con soltura: esto suena a un swing, un foxtrot, un merengue, un guagancó. A veces fallaba el dardo y definía como metal algo que realmente era ska. Pero era una buena contraparte de pláticas musicales que, por supuesto, entre otras muchas cosas, voy a extrañar.
Tiempo atrás le hice su playlist, que reproduje a lo largo de esa última despedida y, al final, balbuceé algunas barbaridades que aquí me gustaría precisar. Empiezo por “Put No Headstone On My Grave”, la lágrima con la que interpretaba Esther Phillips no podía escapar al radar de mi madre, el típico ejemplo de cantante que podía gustarle –y, de paso, que puede gustarme a mí-: dolida pero fortalecida en la pena, desbordada de sentimiento blusero. Cuando le traduje el título –ella no sabía inglés y constantemente me inquiría por el significado de las letras-, se mostró de acuerdo y dijo que tampoco quería lápida para su tumba. Con la sutileza en cada nota que salía de su garganta, Ella Fitzgerald era la voz femenina predilecta de mi madre, y me pareció apropiado elegir “Black Coffee”, como la bebida que cada mañana bendecía por poder seguir tomando. De Etta James le gustaba “Sunday Kind of Love”, aunque otra de sus canciones, “I’d Rather Go Blind”, pero en la titánica versión de Beth Hart con Joe Bonamassa, se convirtió en una de nuestras favoritas durante las tardes que degustábamos prolongados aperitivos. Sarah Vaughan era otra que le encantaba, especialmente la historia de ingenuo amor malavenido que entrega su “Poor Butterfly”. Le conmovía el trágico destino de Amy Winehouse, a quien había descubierto pocos meses antes de su deceso y que hizo dueto con uno de sus crooners favoritos, Tony Bennett, en “Body and Soul”.
"Only You”, de los Platters, le sacaba lágrimas, aunque eso no era una anomalía, mi mamá, como yo, chillaba con cualquier canción que le calaba grueso. Muchas del soul y el góspel, por eso incluí a ilustres representantes de tales géneros como Sam Cooke, Bobby “Blue” Bland, Otis Redding, Solomon Burke, Dinah Washington y los Blind Boys of Alabama, que aportaron un significativo “Jesus Gonna Be Here”, una original de Tom Waits –la verdad un tanto irónica- sobre el mesías a quien mi madre quiso dedicar su vida cuando de joven entró al convento y que veneraría el resto de sus días con fe, pero sin fanatismo. Por la misma razón incorporé el “Christo Redemptor” inmolado en la armónica de Charlie Musslewhite, un instrumento que la embelesaba. Ahora que lo pienso, debí incluir la versión del “Ave María” que hace Aretha Franklin. No faltó, en cambio, la balsámica Nina Simone con “Lilac Wine”, sus versos de alucinatorias cualidades que confunden lo real con lo imaginado, presencias con ausencias, me sonaron a una premonición de los días por venir, estos que ahora vivo mientras mi madre ya es cenizas.
Nacida en Orizaba, Veracruz, el 19 de abril de 1937, se ufanaba de ser una octogenaria que estaba más o menos enterada del rock y sus distintas vertientes, pero cuando se trataba de complacencias volvía a sus añoranzas y no fallaba en pedirle al trío del restaurante Amaranto “Veracruz”, el canto que dedicó a su terruño Agustín Lara, de quien asimismo incluí “Ya no me acuerdo”, esta composición del Flaco de Oro que busca en la amnesia voluntaria la sanación de un amor que no prosperó le fue redescubierta a mi mamá por mi igualmente ya difunto amigo Arturo López-Portillo, nunca se conocieron en persona, pero sí a través de mí, y coincidían en muchas querencias musicales.
Presumía el recuerdo de cuando Santiago Auserón le dio un beso al borde del escenario del Lunario, adonde mi mamá se acercó para obsequiarle un ejemplar de un libro que me habían publicado. Me llevó a mi primer concierto, Miguel Mateos en el entonces Salón Margó, hoy La Maraka, y vimos juntos al Buena Vista Social Club. Nuestra última salida nocturna fue a una tocada del maestro Gerardo Enciso. Se quedó con ganas de asistir a algún concierto de Fito Páez, quien tocaba en el Zócalo de la Ciudad de México la noche que ella exhaló su último aliento. No dejo de buscarle simbolismo a esa coincidencia, como si hubiera volado de su cuerpo para irse a gozar de “Dar es dar”, una canción que adoraba por afirmaciones como “no marcar las cartas, simplemente dar” o “no cuento el vuelto, siempre es de más”. “Dar es dar, es solamente una manera de andar”, y así iba mi madre por la vida, la recuerdo enfrascada en fuertes discusiones con mi padre para convencerlo de prestarle dinero a una de sus empleadas o de gastar un poco más en el regalo cumpleañero para uno de mis medios hermanos. “Dar es dar”… y al final la vida le pidió entregarlo todo.
Pero no sólo se trata de dar, hay que repartir con justicia, y ya que hablamos de argentinos, amaba ferozmente el tango “Cambalache” en la versión orquestal con Roberto “Polaco” Goyeneche, el recuento de las indolencias que marcarían el siglo XX cuyo inicio sentencia “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” bien puede seguir aplicando a lo que va del siglo XXI y mi mamá soñaba con algún día plantar frente a las cámaras de diputados, senadores y palacio nacional monumentales altavoces que tocaran el tema día y noche, como cuando torturaron al dictador Noriega en Panamá con heavy-metal. Y como no hay justicia sin verdad, la epopeya auditiva que Kamasi Washington elabora justo con ese nombre, “Truth”, ponía trémula de emoción a mi jefa y es apenas un ejemplo de cuánto disfrutaba del jazz. El flamenco, las grandes bandas, la música coral, el bossanova, los tríos con sus boleros, Marco Antonio Muñiz, Pedro Vargas, los Hermanos Castro, los Manhattan Transfer, el son, la salsa completaban el mosaico de sus deleites musicales.
Me encargó una canción específica para el adiós final: “Who Can I Turn To (When Nobody Needs Me)”. El fervor que le inspiraba esta lacerante balada en la magistral interpretación de Tony Bennett me inquietaba. ¿“A quién puedo recurrir cuando nadie me necesita”? ¿A qué se refería? Yo la necesitaba, aún la necesito. Pero entiendo que mucha de su desilusión en los últimos tiempos derivó del abierto odio que le prodigaron los hijos del primer matrimonio de mi padre a raíz del accidente que este sufrió en noviembre de 2006. Para mi mamá, el himno de batalla de su relación siempre fue “Si nos dejan”, de José Alfredo Jiménez, no estoy seguro de qué tanto les hayan dejado. Como sea, tras su partida, al que le queda bien preguntarse “¿a quién puedo recurrir cuando nadie me necesita?” es a mí. Aunque, antes de que la llevaran al crematorio, se la reviré, ni más ni menos que a través de su cantante favorito, Frank Sinatra. “Cycles” le resta importancia al dolor individual y pasajero porque muchas otras personas experimentan el mismo sentimiento y el único aprendizaje posible es que le vida corre en ciclos, si hoy hay risas, mañana tendrán que venir las lágrimas. Cuando el viejo ojos azules canta que casi resulta gracioso cómo las cosas no podrían estar peor, me recuerda un pasaje de Vida secreta donde Pascal Quignard escribe que la melancolía no es una descarga repentina como la risa, pero es una risa. “Una risa silenciosa. Es una voluptuosidad más lenta que reír a carcajadas. Es una risa sin carcajadas”, abunda. Por su lado, Sinatra asegura que seguirá cantando mientras no lo agobiemos con preguntas. Me reconforta esa resignación contrahecha, que no se pretende absoluta ni exorciza la tristeza, sino que la saborea, es puramente melancólica. “Es un goce paralelo, pero tal vez se extienda más que cualquier alegría”, deduce Quignard. Es a lo que me aferro.

1 comentario:
No sé cuando es suficiente. Para mi fue suficiente las afortunadas ocasiones que conversé con doña Jose, tenía una singular manera de platicar, de describir y de envolverte en cada plática. Agradezco a la vida la dicha de haberla conocido y disfrutar aquellos grandes momentos.
Erre, qué gran recorrido para despedir a una gran mujer, cómo lo fue tu madre. Siempre en mi corazón. Con mucho cariño Marisol.
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