viernes, 15 de noviembre de 2024

Sed en los oídos

Drink up, dreamers,

You’re running dry

-“Here Comes the Flood”, Peter Gabriel


Los estudios de grabación obran un especial misterio en mí, un simple hechizado por la música. Es la expresión más aproximada para describirme. El término “melómano” no me gusta, suena muy a laboratorista, a guantes, bata blanca y cubrebocas, que de hecho era la indumentaria de los técnicos en los estudios allá, por los 60, esos weyes volvieron loco a Syd Barrett. En mi mitología, son guaridas mágicas, donde los alquimistas se reúnen a cocinar sus potajes filosofales.


Un documental que vi hace poco, Electric Lady: A Jimi Hendrix Vision, me puso a pensar en esto. A finales de los 60, Hendrix compró un lugar donde planeaba instalar un club con un estudio de grabación arrinconado, pero su ingeniero, Eddie Kramer, le dijo que estaba loco, que se estaba gastando un dineral en horas de grabación y mejor pusiera un estudio entero. Así surgieron los estudios Electric Lady, un nombre que dispara la imaginación.


Le pasó a Charly García. Un día se apersonó en el 58 W. 8th. Street de Nueva York. Le preguntaron qué se le ofrecía y cuando les respondió que grabar un disco no pararon de reír hasta que les enseñó un fajo gordo de billetes, entonces le dijeron: “pásele, señor, ¿qué se toma?”. Hendrix sentía que los estudios a la vieja usanza anquilosaban los impulsos creativos, para el suyo quería una atmósfera favorable al artista desde las luces, cuya intensidad o color podía cambiarse a gusto, lo mismo que las dimensiones de la sala. Jimi, para colmo, les dejó la leyenda de su fantasma paseando por los pasillos. Habitamos el tiempo y el espacio. La música es el tiempo, lo que nos pasa. Este documental nos recuerda que también importan los lugares donde nos pasan las cosas, donde ocurren los sonidos que nos seducen.


Amigos profesionales del audio me han platicado de esa mística. El cuarto donde toca un grupo va a influir en su sonido. La distancia a la que coloques los micrófonos. El control que ejerzas o no sobre la ruidosa batería. El espacio entre amplificadores. Toda esa meticulosidad en la que no pensamos cuando escuchamos una grabación y que va desapareciendo con la inmediatez de poder grabar un disco desde tu dormitorio. Va a escucharse bien, pero carecerá de la profundidad que le proveería un estudio. Brian Eno, Rick Rubin, Daniel Melero son productores buscados no tanto por sus conocimientos musicales, sino por saber propiciar atmósferas sónicas, lo más que alguien como yo, apasionado por la música sin habilidades musicales, puede aspirar. Por otro lado, así está bien. A veces tengo la impresión de que esos amigos dedicados al audio ya no escuchan por los oídos, sufren por los oídos; es lo malo, una vez que conoces el truco, sólo ves eso, no la magia.


Por eso la palabra “audiófilo” me incomoda casi tanto como “melómano”. Un nombre más adecuado para quienes profesan este culto audiofílico sería el de “aguafiestas”. Desde el púlpito de su arrogancia, pretenden hacernos sentir culpables porque nuestra manera de escuchar música no cumple con sus estándares de presunta calidad que, en el fondo, se reducen a competencia económica. Nos perdemos de sagradas frecuencias por no poder pagar Tidal o los cada vez más sobrevalorados vinilos. Debo decirles que muchas de estas frecuencias que presumen ni siquiera son perceptibles para el oído humano, así que todo se reduce a una perorata de petulancia y clasismo inmamable. Esto me quedó claro después de una plática con Ariel Rot (guitarrista de Tequila y Los Rodríguez, además de una extensa carrera solista). “Nosotros escuchábamos música en una radio de mierda”, me dijo. Es un relato habitual en muchos rocanroleros veteranos. Sólo los pudientes tenían acceso a un estéreo de calidad y aun entonces había que esperar a que sus padres se descuidaran para poder usarlo. Otra imagen común es la de músicos , acabando de mezclar sus discos, corren a ponerlo en el tocacintas de un viejo automóvil o el reproductor más chafa disponible: si se oye bien ahí, se oirá bien en cualquier aparato. Ahora mismo estoy leyendo Never Understood, el libro de los Jesus & Mary Chain, Jim Reid reconoce que cometieron un error de principiantes con su primer sencillo: sonaba brutal en los altavoces de última generación del estudio, llegaron a su casa a ponerlo en una grabadora normalita y sonaban a Dire Straits, tuvieron que regresar a agregarle capas de sucia distorsión para que quedara a su gusto. Si la música te mueve, no importa que llegue a través de un torrente de interferencia o una prístina ecualización, igual el primero te intriga y la segunda sólo te causa indiferencia. 


Que nos dejen con nuestras bocinitas de tres centavos y nuestros mp3. Como suplicaban los Enanitos Verdes: “¡Por favor, déjennos bailar!”. Amo los discos que los años me han permitido acumular, pero también amo Spotify, no lo pedí, pero ahí está, y me permite seguir descubriendo nueva música y música del pasado que, de otro modo, habría permanecido fuera de mi alcance. Las regalías a los creadores son tema aparte, tampoco es nuestra responsabilidad pagar los pecados de una industria que se hinchó hasta reventar de ambición ni curar vanidades heridas de estrellas de rock pasadas o futuras. Los músicos de la antigua China ni siquiera necesitaban de público, se internaban en el bosque a tocar sus instrumentos para el exclusivo deleite de sus propios oídos. Como el agua, indispensable para la vida, la música siempre encuentra la manera de fluir. Y nuestra sed nunca se apaga. Habremos de saciarla por cualquier medio, habremos de escuchar



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