miércoles, 23 de septiembre de 2020

Creciendo con Bruce Springsteen, o ventura y desventura de un deslumbrado en México


No defenderé que Blinded By The Light, película de este 2019, sea una gloria cinematográfica, pero sí triunfa en retratar lo poco cool que era ser fan de Bruce Springsteen hacia finales de los 80; su mera existencia testifica la reivindicación artística que ha atravesado el nativo de Nueva Jersey recién cumplidos los 70 años y justifica a su feligresía.

 

Reivindicación necesaria solo para los ajenos. Sus incondicionales siempre hemos sabido que “Bruce es la línea directa a todo lo que hay de verdadero en este mundo de mierda”, como dice el protagonista, Javed, un adolescente de origen pakistaní, tímido en la escuela -sobre todo con las chicas-, oprimido en casa por su padre conservador y discriminado en general por la sociedad inglesa en la que crece. Cuando un amigo lo inicia en la música de Springsteen, además debe lidiar con críticas a su nueva afición: el futuro son los sintes, es música de tu papá, apesta a gringo, hasta Tiffany es mejor, ja ja ja… Me da risa porque son todas opiniones que yo soporté en su momento, incluso también mi papá, como el de Javed, creía que el apellido Springsteen era judío (desciende de italianos e irlandeses).

Javed tenía 16 en 1987, cuando descubrió a Bruce. Mi iluminación ocurrió unos tres años antes, alrededor de mi décimo cumpleaños. Mi mamá me dejó solo con la radio y giré el dial hasta que topé con una batería portentosa que punzó mi infantil corazón, vino una especie de fanfarria y después… no sé, una horda de broncos salvajes, un remolino sonoro, un alarido. Esto no era lo que escuchaban en mi casa. ¿Qué carajos era? ¿Por qué me emocionaba como no lograban los discos de Cri  Cri, Chabelo y Odisea Burbujas? Sería alguien muy distinto sin ese momento .

 

Pena es lo que dabas si decías que te había trastornado la vida una rola llamada “Born in the U.S.A” en un país como México, el vecino del sur –o el patio trasero- de Estados Unidos, con la rivalidad natural entre naciones limítrofes agravada por el detalle de que una es potencia mundial, ¿cómo puede gustarte esa oda a Gringolandia? Por supuesto, el coro grandilocuente apantallaba tanto que se olvidaban de poner atención al resto de la letra. Born in the U.S.A., el álbum, es una paradoja, los atributos de su megaéxito pueden considerarse defectos en la medida que transmiten un mensaje erróneo. La producción es hecha a la medida de los estadios que pronto llenaría Bruce, suena inmenso, pero habla de gente pequeña con historias secretas; la música es en general movida, los estribillos pegajosos, pero ocultan al beisbolista fracasado de “Glory Days” que pasa los días en el bar, el reo harto por la faena despiadada de “Working on the Highway”, el onanista alienado de “Dancing in the Dark” o el veterano de Vietnam cagado por su país en “Born in the U.S.A.”..

 

Los new romantics y glam metaleros que dominaban la época no eran adeptos de Springsteen porque se les corría el maquillaje con su sudoroso personaje de héroe de la clase obrera. En 1987, Bruce se quitó el paliacate del cuello para secarse la frente, colgó los jeans para ponerse pantalón de vestir, para ser más preciso un traje, y casarse. En vísperas de su divorcio, que no tardó mucho, sacó el álbum “romántico” Tunnel of Love. Los 90 no fueron positivos, separado de su E Street Band –que son como su aorta-, a principios de la década sacaría un par de discos desafortunados –Lucky Town y Human Touch- que desentonaban con el grunge. Un recopilatorio de grandes éxitos en 1995 parecía condenarlo al letargo en pasados laureles adecuado para su edad; se resistió sacando nuevo álbum ese mismo año. Austero y oscuro, The Ghost of Tom Joad  retomaba los esbozos acústicos de la América profunda que dieron forma a su disco Nebraska trece años antes, pero ahora desde la frontera. Radicado en Los Ángeles, Bruce se había familiarizado con los pesares de los migrantes hispanos. Debieron escucharlo quienes acá lo consideraban emblema del imperialismo yanqui porque es como una carta de amor a México; pocos paisanos, sin embargo, conocen a Miguel y Luis, dos hermanos que en “Sinaloa Cowboys” instalan una choza para fabricar metanfetamina, una explosión sobreviene y Miguel entierra a su hermano Luis en medio del desierto, espejismo del sueño americano.

 

Javed al menos tenía un amigo que amaba con idéntica intensidad a Bruce. Brincos hubiera dado yo por encontrar a alguien, ya no que compartiera, que mínimamente entendiera mi pasión springteeniana. Pudo ayudarme a crecer menos aislado y tal vez tendría más sentido con lo que él cantaba. Acompañado por el amigo, Javed se presenta en la estación de radio de su colegio, quieren hacer un programa que transmita puro Springsteen. Como cabía esperar, reciben de respuesta una sonora carcajada. Cuando salen con lo de que son canciones que oiría tu papá, Javed replica “no mi papá” (yo hubiera contestado lo mismo), pero prefieren tocar a Debbie Gibson (¡por Dios!). Ambos camaradas corresponden metiéndose a la cabina, ponen “Born To Run” a todo volumen en los altavoces del instituto, cierran con llave, salen corriendo y lo que sigue es  uno de los tres o cuatro “musicales engañosos” de Blinded By The Light. Los defino en tales términos porque, sí, hay gente que canta, pero no en circunstancias forzadas; que baila, pero ninguna coreografía rebuscada, esto no es Rocketman. Los musicales me fastidian porque falsean el valor de la música para la vida y viceversa: la vida no se convierte de la nada en una canción, la vida entra en suspenso cuando suena una canción que te cala, si acaso deseas vivir en la canción, no que tu vida sea una canción, le pasa a Javed con Bruce, a mí me pasó, me sigue pasando, percibir que Bruce sabe mejor que yo cómo me siento. Y entonces que el mundo se calle, debe escuchar. Yo tuve amigos clavados de la música, pero ninguno oía lo que yo escuchaba en Bruce.


Hay otro amigo de Javed, que sí se decantaba por la música de moda, confunde a Bruce con Billy Joel al verlo en un póster y el padre de este chico (que resulta haber asistido a un concierto en 1981) lo acusa de mal gusto y ridiculiza su máxima de “los sintes son el futuro” apoyado por Javed. Era un amigo que desde la infancia lo había defendido de ataques racistas, lo alentaba a escribir pidiéndole letras para su banda, estaba empeñado en conseguirle novia. Javed entiende que este compa vive tan sobajado como él por su padre y que la música que escucha merece respeto si le significa algo. Es lo que aprendes de Bruce Springsteen. Contrario a la engañosa imagen que algunos se han formado, Bruce no es para mentes cerradas, Bruce te abre a escuchar, lo mismo música que ideas, y lo ha demostrado contundentemente quizá cuando menos se esperaba.

 

Desde que inició el nuevo milenio, Bruce Springsteen se ha mantenido activo y mostrando en ocasiones aspectos insospechados de su obra. Una tragedia nos lo devolvió con una reunida E Street Band en magnífica forma vía The Rising, un álbum de 2002 inspirado por los acontecimientos del 11 de septiembre del año anterior, uno de los cortes incursiona en el imprevisto terreno del canto qwalii (¡pakistaní, Javed!). Devils & Dust de 2005 sigue la senda acústica de Nebraska y The Ghost of Tom Joad aunque con arreglos más ornamentados, incluye el primer encuentro con una prostituta en una canción de Springsteen con todo y una descripción explícita de sexo oral que alteró a las buenas conciencias. En 2008 formó la Seeger Sessions Band para grabar We Shall Overcome, tributo a canciones de protesta que popularizó Pete Seeger interpretadas en vena de folk montañés con fuerte aroma a Irlanda (los conciertos de Dublín fueron grabados para un CD/DVD). Magic, Working on a Dream, Wrecking Ball, High Hopes, al lado de la E Street Band, fueron álbumes sólidos, unos más que otros, pero para nada trabajos decrépitos; a cada uno siguió una gira. Publicó Born to Run, un libro de memorias, y basado en él montó un espectáculo en Broadway (cuya filmación puede verse por Netflix).  Lo más reciente, este 2019, es Western Stars, disco orquestal de material inédito que ha dado pie al debut de Springsteen como director de una película asimismo titulada de próximo estreno. Arcade Fire, Vampire Weekend, Lorde, Hot Chip, Downtown Boys, Lucy Dacus y otros variados actos de cuño reciente han hecho covers a sus canciones que validan el aguante de aquellos años en los que, supuestamente, Bruce no tenía nada que decir a los jóvenes.

 

En 20012, Bruce vino por primera -y única vez hasta la fecha- a tocar en México. Lo recibió un Palacio de los Deportes vergonzosamente a medio llenar, el concierto menos vendido de la gira Wrecking Ball (y de sus últimos años). Hizo falta que una chica naciera 12 años después que yo y viniera desde Bélgica para encontrar acompañante, alguien que entendía un poco el idioma en que él me hablaba. En una canción, Bruce la tomó de la mano, ella le murmuró algo al oído y no se soltaron un rato largo, casi creí que se lo traía con nosotros. De vuelta en su departamento, yo sólo pensaba en besarla… y que la situación recordaba mucho la letra de “I’m on Fire”… nunca me resolví a dar ese beso. Pero tal vez fue mejor, ¿no? Ya saben cómo el amor apesta las cosas, y ella y yo seguimos siendo amigos, habría sido una tontería arruinar la primera amistad que vislumbraba esa luz al final del túnel en las canciones de Bruce Springsteen, ¿cierto? ¿Cierto? No hace falta que respondan, algunos amigos ya lo han hecho… seguido de un sopapo.

En el camino han quedado algunos compañeros de armas de la E Street. El teclista Danny Federici, el saxofonista Clarence Clemons… Clarence fue el único morador de la Calle E que llegó a compartir portada con Bruce, la del disco Born to Run. Su figura de monolítico ébano contrastando la del pálido y enclenque Bruce. La historia de raza y amistad que contaban juntos en el escenario supera cualquiera de sus canciones, admite Bruce, que asimismo es el primero en señalar la ironía sobre sí mismo: para escribir tantas canciones de trabajadores, él nunca ha tenido un empleo de día. Su único oficio ha sido el rocanrol. Para tratar de explicar en qué consiste, ha escrito en el prólogo de sus memorias: “Estoy aquí para dar una prueba de vida de ese ‘nosotros’ siempre elusivo, nunca totalmente creíble. Ese es mi truco de magia”. Presentando “Born to Run” –la canción-, ha declarado que cuando la compuso, a los veintitantos, creía que hablaba de un chico que salía de casa para nunca dejar de correr; pero décadas después descubría que en realidad trata de un chico que sale de casa para buscarse un hogar. Yo sólo digo que si un futuro periodista pakistaní, una chica belga encantadora y un mexicano irredento encontraron ese hogar en su música, el truco le ha salido bien. 


 

sábado, 1 de agosto de 2020

Una Misión a México: 30 años de un concierto definitivo


En 1990 cumplí 15 años y The Mission era uno de mis grupos favoritos. Así que cuando anunciaron que visitarían México por primera vez, compré mis boletos con la debida anticipación y esperé impaciente la fecha. Habrá sido el tercer concierto de mi vida, recordando que por entonces los conciertos de rock en general se organizaban con muchas dificultades, y más si se trataba de artistas internacionales. A The Mission los había conocido en algún programa de Rock 101  y no paraba de escuchar su disco Carved In Sand, que venían promocionando en esa gira. Era la época en que germinaba mi pasión por el rock, el coleccionismo de discos y la incasable búsqueda de rarezas, lo que me llevó a desarrollar una especial pasión por los llamados bootlegs. En el Chopo me armaba con estas grabaciones de conciertos no oficiales pasadas a cassettes que iban desde bandas de la escena local (Las Insólitas, La Maldita, Los Amantes…) hasta nombres de peso mundial (The Cure, U2, The Cult). Poseían un enigma particular, daban vuelo a mi imaginación adolescente que se ponía a elucubrar cómo introducían la grabadora, dónde se colocaban, qué equipo usaban; o, en las tomadas de consola, ¿qué tipo de gnomo mágico las proveía? Pronto me conseguí la mejor grabadora que mis domingos podían comprar y me preparé para que surgiera la primera oportunidad de probarme como artesano bootleg. Y surgió, en forma del concierto de The Mission UK el 31 de agosto de 1990 en el Teatro Ángela Peralta de la Ciudad de México. Me apretujé la grabadora en la entrepierna, libré sin problemas el cateo de entrada y pude liberarme de la incómoda carga para metérmela en la chamarra. Los lugares eran de a como uno iba llegando y, con mi amigo El Carita que me acompañó, pudimos acomodarnos más o menos en medio de las gradas al aire libre, al centro, fijándome en qué lugar podría captar mejor el audio. Una larguísima pieza instrumental de carácter circense sirvió de introducción, uno de nuestros vecinos bromeó que empezaban desde entonces para acabar en el segundo show que tenían programado. La primera canción está tronchada porque estúpidamente coloqué primero la cara B del cassette para grabar, el “rec” se me saltaba y no entendía el porqué, le daba “rewind”, y otra vez… hasta que se me hizo evidente mi error y lo volteé a la cara A. Ustedes disculparán, era un novato y mucha la emociónn. Creo que, aparte de eso, la grabación se deja escuchar bien para haber sido registrada de tan precario modo. Escuchándola a tres décadas de distancia, me asaltan otras reflexiones: Lo poco que se escucha a la gente que tenía alrededor; no sé, pero me parece que la grabación transmite lo embebida que estaba la gente con el espectáculo, sus gritos de “¡México, México!” al final de “Butterfly On a Wheel”, una rola que góticos de grueso calibre en otras partes del mundo desprecian, pero que fue el mayor éxito del grupo en nuestro país. Ellos arriba del escenario también se oyen contentos; ciertamente hicieron cosas inusuales: abrieron con su versión a “Tomorrow Never Knows” de los Beatles, cuando en la mayoría de los conciertos de esa gira lo hacían con “Amelia”, el primer corte del Carved…; se oye al cantante, Wayne Hussey, brindando con el público antes de  “Mr. Pleasant” –los gritos de “¡pasa el pomo!”, provocados por la enigmática botella que se pasó sorbiendo toda la noche- , esta canción de los Kinks que después incluirían en el disco Grains of Sand pocas veces ha sido interpretada en vivo y según la leyenda misionera la tocaban sólo en noches que sentían especialmente auspiciosas. Por otro lado, me da un poco de risa escucharme un grito de “¿qué pedo?” en una mínima pausa del mismo tema, delatando mi inexperiencia en conciertos de rock.  Y yo sé que “Dream On” es rola emblemática de Aerosmith, pero a mí me resulta inolvidable por esta noche de hace 30 años en que mientras contemplaba el cielo nocturno de la ciudad en la que nací, en la que probablemente moriré, la escuché en la versión de The Mission UK. Grabé unos pocos conciertos más con esa grabadora, de hecho la actualicé por una más pequeña que no me castigara tanto los cojones al esconderla, pero de todos creo que este es mi favorito. También he ido a ver a The Mission en sus visitas subsecuentes a México, buenos conciertos, pero este fue un momento definitivo en mi historia. De ninguna manera es mi intención perjudicar a la banda, por el contrario, es testimonio de la huella que dejaron en la música de México y sin duda que en mi vida, un documento que me he guardado 30 años.

Las canciones interpretadas esa noche fueron:
Tomorrow Never Knows (versión de The Beatles, tronchada)
Child’s Play
And The Dance Goes On
Belief
Butterfly On A Wheel
Into The Blue
Mr. Pleasant (versión de The Kinks)
Kingdom Come
Beyond The Pale
Tower of Strength
Dream On (versión de Aerosmith)
Deliverance
(encore)
Dancing Barefoot (versión de Patti Smith Group)
Like a Hurricane  (versión de Neil Young & Crazy Horse)
Wasteland


viernes, 10 de enero de 2020

Mi vida de Caradura


Buscaba corroborar la excitación alrededor de algún rocanrolebrio acto de novedad mexicano cuando una noche fui a dar al Caradura. El recoveco de la Condesa con cupo para unas 300 personas a lo largo de 9 años imprimió su sello en la historia de la vida nocturna para los cazadores de propuestas ruidosas. 
Se subía por escaleras serpenteantes a una suerte de bodega, con paredes de ladrillo pelón, columnas y recubrimientos de metal, una pequeña zona cerrada para los fumadores, y los baños al fondo; el escenario era minúsculo, y un amigo que se encargo de manejar la consola para más de un grupo en el lugar dice que sonorizarlo era una calamidad. Yo me volví asiduo.
Entre 2012 y 2014 fueron mis años de constante asistencia. Vivía una etapa de esplendor profesional, pero la chica que quería me había roto el corazón. De lunes a domingo trabajaba desde que abría los ojos hasta que el cuerpo aguantaba, pero al menos una noche por semana buscaba un abrevadero donde ver a una banda. Creo que compensaba aquellos años posteriores a la universidad, cuando me guardaba en casa porque no tenía dinero para acompañar a mis amigos si salían a un bar, y ahora ellos no podían venir conmigo porque ya estaban casados y con hijos.
Al Imperial –el otro centro neurálgico para el rock en el límite norte de la Condesa-, con su candelabro perdido de no sé qué palacio, ibas a la pasarela, a ligar; pero al Caradura que a duras penas tenía escenario, barra y poco más, ibas estrictamente por la música. Y bueno, ¿por qué no soltarlo de una vez?, prefería el Caradura porque me recordaba más a Rockotitlán, mi primera escuela de rocanrol en vivo, y no voy a declararme inmune a la nostalgia.
Me tocó semivacío, bailar a mis anchas y ordenar bebidas a muchachas invariablemente sonrientes. Lleno era una pesadilla, había puntos específicos donde no alcanzabas a ver ni madre y sólo te quedaba resignarte a disfrutar de tu peda sin enterarte de qué pasaba bajo los reflectores.
Ahí vi tocar a Niña, Los Esquizitos, Los Viejos, Full Breakers, La Gusana Ciega, Toreros Muertos, Los Fresones Rebeldes, Francisca Valenzuela, Coque Malla, Descartes a Kant, Triángulo de Amor Bizarro, El Columpio Asesino, Álvaro Henriquez (solo y con Los Tres), Resorte, El Poder del Barrio, Turf, Rufus T. Firefly, por mencionar los primeros nombres que acuden a la mente. Me hinqué ante Andrea Echeverri de Aterciopelados. Sostuve una plática bizarra y cagadísima con el cantante de Napoleón Solo, que se puso a contarme intimidades de una ilustre figura del Indie español. Pasé un Día de la Independencia (pusieron “Puto” de Molotov a todo volumen después del “grito” de Peña) y un Año Nuevo (rifaron un viaje a Acapulco que me gané y nunca usé). Un 20 de noviembre llegué emocionado por ver a Centavrus cuando el seguridad de la entrada (que ya era mi compa), me avisó que no iba a haber tocada porque adentro sólo había como 5 pelagatos; triste, enfilé mis pasos a otro bar de confianza donde encontré a un amigo que hacía tiempo con la misma intención de acudir al toquín, tuiteé nuestra decepción a la banda, que al poco rato por el mismo medio anunció que siempre sí tocaba, apuramos nuestros tragos para correr de regreso. Ahí vi crecer a los argentinos de Él Mató a un Policía Motorizado, desde 40 personas en el primer concierto (el baño empezó a oler a mota y la seguridad se volvió loca en el vano intento de dar con el o la responsable) hasta retacarse en el último. Mon Laferte lo mismo, de tanto vernos en la soledad de sus primeros shows, ella misma se acercaba a saludarme si topábamos en algún otro evento.
Una noche fui a ver a Los Punsetes con una amiga que me encantaba. Embobado de calentura, olvidé el vinilo que me había firmado el pleno de la banda española. En el área fumadora de Caradura ya sólo quedaban miembros del staff antes de salir a perdernos en unos bares del centro, se me ocurrió que podrían haberlo guardado, los tuiteé, y en efecto, era domingo y me citaron para recogerlo el martes, que igual pensaba ir porque se presentaba Álvaro Henríquez. Cada vez que asistía, un espectáculo aparte era contemplar a una chava bajita, con el pelo pintado de rosa, que vigorosa se desplazaba de un lado a otro walkie-talkie al hombro, conferenciaba con los de seguridad, supervisaba la barra, hacía cuentas con la cajera, parecía en absoluto dominio de aquel microcosmos. Ella dice que llamaban más la atención las bartenders (y quizás tenga razón, sé de varones que siguen suspirando por una bartender tatuadísima que había), pero distaba de pasar desapercibida. Dentro de mí yo la había bautizado como “el torbellino rosa”, y me daban ganas de conocerla, no por interés sexual, simplemente pensaba que estaría chido saber quién era porque proyectaba buena onda. La noche que recuperé mi disco de Los Punsetes me presenté con Vanessa, la gerente de Caradura, descubrimos que teníamos amigos en común, departimos en una loca fiesta después de un concierto de Cuca, y en fin, tan poca madre como la había imaginado. Vane emigró a Querétaro, y en mi vida nuevas obligaciones fueron espaciando cada vez más mis visitas a Caradura. Vane empezó a hacer Backstage, un programa de radio por internet, y le pregunté si yo podría participar del proyecto. Vane me llevó a Mute Radio, que a su vez me llevó a Rock 101, donde si bien conocí a uno de los personajes más nefastos con los que me haya tocado trabajar, por otro lado conocí a personas excelentes, cariñosas, desinteresadas en forma de mi audiencia, que se han vuelto amigos, confidentes y hasta varo me han prestado, así que puras cosas buenas le debo a ese antro…
Caradura despidió el último día de 2019 con el anuncio del cierre indefinido de sus puertas. Nostalgias y otros sentimentalismos aparte, lo que da para conmoverse y hasta para un poco de mareo es la razón citada en el comunicado: “la situación de seguridad en la zona no nos permite seguir operando de una manera en la que podamos asegurar el bienestar de todos los que formamos parte de esta familia”… como cada quien lo quiera interpretar, qué lastima, qué miedo, y qué dolor. 
Fui por última vez en noviembre. Me extrañó que apenas pasadas las 12 de la noche ya habían terminado las tres bandas programadas (porque una de las broncas en las primeras veces que iba a Caradura era cuánto se la prolongaban para empezar a tocar, hasta que aprendí a también yo retrasar mi llegada). Como quiera que sea, todavía estaba mi compa Yorch, que había tocado con Los Honey Rockets, y sólo por el gusto que demostró al verme la noche ya hubiera valido la pena. Más tarde, una señorita tomó asiento junto a mí y me pedió que le encendiera un cigarro. Me preguntó lo de siempre: “¿Tocas en alguna banda”” (el Caradura fue el primer lugar donde me preguntaron si no era “el wey de Molotov”, de ahí seguirían muchos). “No, escribo, tengo un libro publicado”. “Ah, yo soy, promotora. Creo que tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos”. A continuación, naturalmente, nos dimos unos besos. Cagado… siempre quise que sucediera algo así –como en la película Singles- y tuvo que pasarme hasta la noche final. La promotora se llevó mi número, yo no pude registrar el suyo porque  mi celular estaba sin batería. Como cabía esperar, no me ha llamado. Quizá sólo fue una aparición, un pretexto providencial para despedirme con el mejor recuerdo de mi querido Caradura.
 

viernes, 15 de noviembre de 2019

Stan Lee o el llanto de Dios


Stan Lee ha muerto. El hombre creó una mitología para una era sin dioses. No sólo eso, él mismo se convirtió en ícono pop que alcanzó en vida la inmortalidad. A su genio debemos los Cuatro Fantásticos, Hulk, Iron Man, muchos X-Men, los villanos Doctor Doom, Magneto, Doctor Octopus, y desde luego, la cumbre de Spider-Man. Ganador en 2008 de la Medalla Nacional de las Artes que otorga el Congreso estadounidense, cuesta imaginar a otro escritor en las últimas siete décadas que haya tocado tantas vidas como él lo hizo con la Casa de las Ideas, Marvel Comics.
“Está a la altura de Walt Disney”, menciona Nicolas Cage al principio del documental de 2011 With Great Power: The Stan Lee Story. Y se queda corto. Al final de Mutants, Monsters & Marvels, una extensa entrevista conducida en 2002 por el cineasta (y exguionista de Marvel) Kevin Smith, alguien sugiere que “nadie ha creado más personajes desde Shakespeare”.
El nacido un 28 de diciembre de 1922 como Stanley Martin Lieber cumplió sus ambiciones literarias en 1941, dos años después de haber entrado a trabajar en Timeley Comics, aunque no como él esperaba. Por aquel entonces las historietas debían llevar dos páginas de texto corrido, todos en la editorial creían que nadie las leía, así que se la dieron al chico de los recados. Esa historia sobre un personaje de Joe Simon y Jack Kirby, el Capitán América, las firmó como “Stan Lee”, quería guardar su pomposo nombre de pila para “la gran novela estadounidense” que algún día escribiría.
Era una impudicia ser escritor… ¡de cómics! Fue a la guerra y volvió al negocio. Timely mutó en Marvel, donde coordinaba casi todo. A su jefe, Martin Goodman, le gustaba jugar a lo seguro; si la “Distinguida Competencia” (DC Comics) ponía de moda las historietas románticas, bélicas o del oeste, eso hacían ellos. Eran seguidores, no innovadores. Sentía frustración de ser casi un cuarentón que escribía bobadas, le cruzaba la idea de renunciar. Los superhéroes llevaban años descontinuados, pero DC los resucitó en Justice League of America,  título que se vendió muy bien. Goodman de inmediato pidió algo similar. Stan estaba reticente. Fue Joan, su esposa (con la que permanecería casado 70 años hasta que ella murió en junio de 2017), quien lo convenció de escribir la clase de cómic que a él le gustaría leer, si igual pensaba en la renuncia, lo peor que podía pasar era que lo despidieran. En 1961, con los trazos de Jack Kirby, aparecieron los Cuatro Fantásticos. Al año, la misma dupla entregó al increíble Hulk, y de la mancuerna con el ilustrador Steve Ditko surgiría el asombroso Hombre Araña. 
 A partir de aquí uno podría recurrir al estereotípico “y el resto es historia”, o gastar ríos de tinta sobre los grandes aportes de Stan Lee que lo volvieron amo del género: dar crédito a los realizadores del cómic, ubicar la acción en sitios reales, el héroe adolescente que sufre más por las chicas que por los villanos, el monstruo salvador, el invidente artemarcialista, el primer superhéroe afroamericano o la brillante ocurrencia de un disfraz de araña que cubriendo al personaje de pies a cabeza le permitía a un chico de cualquier raza identificarse con él. Impulso de vanguardia que Marvel ha sabido preservar cuando él aflojó las riendas: el alcoholismo de Tony Stark, la muerte de Gwen Stacy, la ambigüedad patriótica del Capitán América, la difuminación de fronteras entre buenos y malos que culmina en Civil War, la primera boda gay en una historieta o el ejercicio de metaficción que es Deadpool. En la inútil discusión Marvel vs. DC, Marvel es rocanrol… pero me gusta.
Pero basta mencionar una de sus apariciones cinematográficas para entender lo que Stan Lee significa para muchos de nosotros. Y no, no es uno de sus cameos en las películas de Marvel.
Stan Lee se interpreta a sí mismo en el filme Mallrats (1995) de Kevin Smith. La historia trata de dos chicos  que van saliendo de la adolescencia, T.S. y Brody. Ambos abandonados por sus novias, acuden al centro comercial a pasar el rato (y frustrar el programa televisivo del papá de la ex de T.S. en un desesperado intento por recuperarla). Brody es un fanático de los cómics que no se la cree al toparse con su ídolo. Le formula el tipo de preguntas que todo obseso de los superhéroes alguna vez se ha planteado: ¿Mr. Fantástico puede estirar todas las partes de su cuerpo, incluso ahí… abajo? ¿La Mole está hecha de piedra, incluso ahí... abajo? (Por cierto, si el Profesor X no puede mover las piernas con su mente es porque le demandaría tanto poder que cualquier otra actividad le resultaría imposible, eso lo explica un un cómic, que como toda buena literatura fantástica crea su lógica interna, así que dejen de circular ese tonto meme).
Extrañamente, el Marvelita Mayor está empecinado en hablar de romance. Brody le cuenta de la chica que lo botó porque quiere un novio normal, no alguien metido en un mundo de cómics.  Con la voz más dulce del mundo, Stan dice que le recuerda a una novia que tuvo, se quejaba de que pasaba mucho tiempo haciendo sus historietas y rompieron. “Y ahora eres una leyenda del medio, probablemente también un imán para las mujeres”, exclama Brody. Stan Lee admite que de hecho mantenía una competencia con Mick Jagger y la última vez que revisó llevaba la delantera por mucho. Pero nunca olvidó a esa mujer y un día descubrió que ella se había casado. Él tuvo que continuar con su vida y lidió con el asunto inventándose algunos nuevos superhéroes, personajes que reflejaban su propio desconsuelo y arrepentimiento: era él quien estaba detrás de la armadura del Dr. Doom que oculta su cuerpo deforme; Hulk, normal en un momento y al siguiente un huracán de emociones, como cuando se dio cuenta de lo que había perdido. “Hazte un favor, Brody: no esperes. Porque ni todas las mujeres, ni todo el dinero, ni siquiera todos los cómics del mundo pueden sustituir a esa persona excepcional”. Es el consejo que brinda al escéptico Brody, todos los cómics del mundo, después de todo, son algo a considerar, pero Stan Lee replica que cambiaría todo por volver a tener solo un momento con ella. Esta secuencia concentra el Santo Grial de Marvel: la persona es más heroica que el disfraz.
 Claro que el tono sentimental es matizado por el típico sentido del humor Marvel al enteramos que T.S. le ha pedido a la leyenda que hable con su amigo para animarlo a luchar por su novia. Le soltó el discurso de la edición de aniversario de Spider-Man, “Love Be A Vulture Tonight”, aunque también aconseja buscar ayuda para Brody, que parece extrañamente obsesionado por los genitales de los superhéroes, porque en su inmensa sabiduría Stan Lee sabe que nada salva el día como una buena risa.
¿O no?
Bueno, en realidad cualquiera medianamente familiarizado con la biografía de Stan Lee conoce el dato citado párrafos arriba, que no hubo ninguna competencia de proezas sexuales con Jagger porque desde los 24 años estuvo felizmente casado con Joan, a quien de hecho conoce mientras está casada con otro hombre; además de que no existe ninguna edición de Spider-Man titulada “Love Be A Vulture”. En Mallrats, Stan Lee es una invención del guión de Kevin Smith. El lector apropiándose del autor para construir algo nuevo es probablemente el máximo logro de un escritor. Es lo mismo que Cervantes mueve en Borges para urdir “Pierre Menard, autor del Quijote”. Lo que salva el día es la fantasía. Atrapar al creador en el universo por él creado.

 

Dios despertó

Stan Lee tiene un poema poco conocido, se llama “God Woke”. En él, Dios despierta, estira los brazos, mira alrededor y descubre la Tierra, aquel planeta medio olvidado que había forjado para encajar en su plan maestro y ve los cambios inducidos por la mano del hombre, luego oye sus ruidos, entre ellos sus plegarias. “Pero ¿con qué fin? ¿Con qué gran dirección?/Esta devota marea de genuflexión/Para complacer a su señor, para complacer a su dios”. Entonces Dios suelta una carcajada por estos hombres que temen a la muerte, pero despilfarran su vida; que creen que sus súplicas deben ser escuchadas con atención, como si cada uno fuera especial; que proclaman la gloria de su creador, pero lo tratan como herramienta.  ¿Quién, sino un tonto, con un cosmos para saborear, crearía hombres mortales y se quedaría atado a ellos para atenderlos?  Si les dio mentes para pensar y decidir por sí mismos, ¿por qué no aceptan que están solos como él siempre lo ha estado? “Se aferran a cada momento, pero no hay momento que pueda durar/Cuando el fin llega tan rápido y pronto son olvidados/¿Por qué buscan lo que no está?/Como niños perdidos en la noche/Buscan a Dios para que los guíe/Como niños contraídos de terror/Deben tener a Dios de su lado/Pero ¿qué clase de niños, de la cuna a la tumba,/Le prometerían obediencia y, sin embargo, lo volverían su esclavo?”. Y solamente el hombre, que reza incansablemente a su dios, hace la guerra, pero sus motivos son justos, alega que dios está de su lado y mata por la paz.  “El Señor, nuestro Dios, ya no pudo soportarlo”.  Echa un último vistazo al hombre y se pregunta: “¿Quién es el culpable de esta angustia, de esta mortal congoja?/¿El hombre defraudó a su creador? ¿O el creador al hombre?”. Dios ha dejado de reír: “Sabía la respuesta, por eso es que Dios lloró”.
Quizá Stan Lee compartía con Schopenhauer la visión de que la vida es cómica en sus pormenores, pero trágica en la suma total. O acaso simplemente coincidía con Leonard Cohen, que ignoraba si había un destinatario para sus plegarias, pero eso no era lo importante, sino la necesidad que sentía de elevarlas; así que nos llenó el mundo de dioses y semidioses, en disputa desde el amanecer de la historia, para aligerar un poco las querellas mortales. Piénsenlo la próxima vez que quieran acusar a los cómics de promover la violencia.

 
Epílogo

De niño me preguntaban en dónde había nacido y yo respondía que en Nueva York para asombro de mis padres. No era para extrañarse tanto, la culpa era del Hombre Araña; o sea, de Stan Lee. De grande quería convertirme en fotógrafo, enamorarme de una rubia como Gwen Stacy y columpiarme en mis redes por la ciudad.
Crecí, resulté un pésimo fotógrafo, la rubia nunca llegó y no me convertí en el Hombre Araña, pero conseguí lo más cercano a eso.
En 2005, cuando Editorial Televisa adquirió la franquicia de Marvel, empecé a colaborar como traductor y corrector de estilo. El 11 de junio de 2012 me nombraron editor de Marvel. Fue un día de lo más agridulce. Coincidía con el cumpleaños de una mujer a la que amaba y lo primero que hice fue llamarle, quería celebrar a su lado. Me dijo que no deseaba festejos. Por la noche el infame Facebook me reveló que sí hubo festejo, sólo que yo no estaba invitado. Supongo que empezaba a enamorarse del futuro padre de su hija y sencillamente no le entusiasmaba tenerme cerca. Empecé a decir que el trabajo era la mejor parte de mi vida, pero como el Stan Lee de Mallrats, hasta la fecha cambiaría todo por otra oportunidad con ella.
Me despidieron poco antes de cumplir 4 años, fui chivo expiatorio de los cacagrandes, ni las gracias recibí por más de una década que les dediqué, menos una indemnización, tardaron 3 meses en remunerarme mi último sueldo y la estocada final fue que nunca me pagaron un libro que traduje. Con dos padres enfermos, unos medios hermanos insufribles y deudas abrumadoras (en gran parte consecuencia de la infinita demora en los pagos), el mundo se me vino encima.
El 26 de octubre de 2018 murió mi perro de 18 años y medio, Falkor, llamado así en honor a Michael Ende, la segunda influencia más poderosa de mi infancia. 17 días después expiró Stan Lee y sentí que, ahora sí, mi niñez había muerto. Crecer es irse quedando solo. Les lloré a los dos como el Dios del poema porque fui víctima del espejismo de creerlos eternos., aferrado a cada momento, “pero ningún momento puede durar”.
Ojalá esto salde la deuda… dudo que así sea.










jueves, 19 de septiembre de 2019

Del silencio que cimbra y la resurrección por Nusrat Fateh Ali Khan al tercer día


Dios habla en muchas lenguas, una de ellas es el terror. Nunca he sido muy sensible a los temblores, así que cuando escuché la alerta sísmica, apenas dando la vuelta a la esquina de la calle donde vivo, apurado por llegar al metro para realizar mi programa en Rock 101, lo primero que pensé fue: “¿pues qué no ya había sido el simulacro? ¿Va a ser cuestión de todo el día?”. Pero vi que los meseros de unos restaurantes ubicados a la vuelta salían, uno de ellos dijo “está temblando” y entonces sentí el jalón.  Me fui a la esquina, volteé arriba y vi el edificio encima de uno de esos restaurantes meneándose como al ritmo del Muertho de Tijuana, pero más me asustó ver la cadencia que se traían los cables eléctricos. Era como una escena de los cómics que hasta el año pasado editaba, como un ataque marciano o una visita de Galactus, en serio eso pensé, riéndome para mis adentros, al tiempo que me desplazaba a mitad de la calle Concepción Beistegui en su cruce con Av. Universidad. Y entonces uno de los meseros dijo:”¡ya se cayó algo allí!”. Miré de reojo –todavía cuidándome de los cables eléctricos- y reconocí la nube de polvo porque en el 85, de niño, me tocó ver caerse una construcción a escasos 5 metros de mi autobús escolar.
Cuando pasó, volví corriendo a casa para ver cómo estaba mi mamá y un tío que en ese momento se hallaba de visita. Revisé rápidamente el hogar, un montón de discos y libros caídos pero nada más. Entonces me entró aprehensión, no sólo por la responsabilidad del trabajo –después de todo, hacemos radio, informamos a la gente-, sino por nuestras instalaciones y mis compañeros, no podía comunicarme con ninguno de ellos, no tenía señal en el celular . Me fui corriendo a un sitio de taxis cercano y aunque el conductor estaba dudoso de llevarme, conseguí que me trasladara hasta Insurgentes y Coahuila. De camino vimos el edificio derrumbado en Viaducto, entre Medellín y Monterrey. Ya de a pie, rumbo a la estación, también me tocó ver algunos de los estragos en la Condesa. Me encontré a Jorge Concha, quien me contó cómo vivió la experiencia., no le dio tiempo de salir del edificio. “Lo que más miedo me dio fue cuando vi las caras de las señoras que me miraban con pánico desde la calle”, me confesó.
Nos regresamos caminando desde Tamaulipas hasta metro Etiopía y en el camino una probada del caos: recubrimientos caídos, olor a gas, tráfico, crisis nerviosas, un edificio incendiándose sobre Insurgentes, la calle rebosante de gente que caminaba cabizbaja, ciudadanos espontáneos que coordinaban el tráfico ante la falta de luz en los semáforos, caos, confusión, el fin del mundo, pues.
Me preocupaba que casi no teníamos comida en casa, busqué, todo alrededor estaba cerrado. Nadie tenía energía eléctrica. Llegué. Encendí el viejo radio de baterías. Y me enteré de lo de Escocia…


En la calle de Escocia, número 29, departamento 503, viví algunos de los días más felices de mi vida. Ha sido mi primer y único departamento. Ahí reí con amigos, lloré en soledad y amé a la mujer que más he amado en mi vida. En febrero de este año tuve que salirme por dos razones: ya no me alcanzaba para costear los gastos ahí y mantener a mi mamá, y porque tras la muerte de mi padre, la propiedad pasaba a mi hermana. 
Escocia es una calle muy chiquita, que nadie ubica en la colonia del Valle, abarca dos cuadras, y aunque estás entre dos ejes viales es muy tranquila. Esa mujer –la que les contaba que más he amado en mi vida-, cuando empecé a enamorarme de ella, acababa de regresar de vivir cinco años en Londres, me contaba cuentos druidas, y yo le decía que sólo había cambiado una isla por otra… Escocia… entre Ferrol y Edimburgo. Ella reía y luego ardíamos…
Me dejó por un tipo más guapo, inteligente y maduro. Ella ahora es mamá y yo no sé muy bien quien soy… si los recuerdos ya son una fantasía. “Tengo miedo de pasar por la esquina donde quedaba contigo”, creo que dice una canción cuyo nombre ahora mismo se me va… Bueno, pues debería perder el miedo porque esa esquina ahora ya no existe. O es muy diferente. Es una zona de guerra. Escocia era mi isla, y ahora está destruida..


Se ha hablado mucho del silencio que levanta un puño. Yo quiero hablarles del silencio inmóvil. De cuando se va la luz… y no vuelve… y regresa… y no vuelve. De desempolvar la vieja radio de baterías para saber… ¡’uta! ¿Qué chingados pasó? Encenderla y enterarte que sin que tú supieras perdiste un pedazo de memoria. “When the music is over turn out the lights”, cantaba Jim Morrrison, porque el silencio cuando la música termina es sepulcral. Pude haberme puesto a escuchar música. Tenía mi iPod cargado. Pero es como dice Chuck Klosterman en Killing Yourself To Live, resulta estúpido pensar en qué disco te gustaría escuchar en el momento de tu muerte, lo más probable es que sólo quepa el pensamiento de que te está cargando la chingada. Y el único sonido que se escuchaba en la ciudad –dejen ustedes la ciudad, en mi barrio- era la muerte. Un sonido ensordecedor: el sonido de la muerte es el silencio… excepto por el alarido de las ambulancias con desconocida dirección…


Cuando volvió la energía, después de reparar una puerta que nos chocaron el mismo 19 en la mañana y una fuga de agua descubierta dos días después, con algunas historias en medio que prefiero reservarme, tímidamente traté de convencerme que era el momento de volver a escuchar música. De volver a llenar el silencio. Pero los primeros pasos siempre son muy delicados. Y esto era como aprender a escuchar música por primera vez… aunque con algo de experiencia… como un lisiado, de alguna manera. Había que tener cuidado por dónde empezar. Y decidí que sería por Nusrat.
Conocí al pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan, como casi todo el mundo, gracias a Peter Gabriel, quien lo invitó a participar en la grabación de Passion, el disco que resultó de musicalizar La última tentación de Cristo, luego siguió publicándole discos en su disquera Real World. Es exponente ilustre del canto qwalii, a su vez inscrito en la gran tradición sufi, una corriente islámica que predica la purificación de la existencia por el placer, gozar hasta que duela, o porque duele gozar, es difícil explicarlo en un párrafo; para resumirlo: es el éxtasis.   
Escuchar a Nusrat es ser arrasado por un vendaval, caer fulminado por un rayo, ser sacudido en los cimientos de la existencia por un terremoto. No importa lo que estés haciendo, adonde quieras huir, la voz de Nusrat te va a alcanzar. Como todos esos fenómenos, es una fuerza de la naturaleza con efectos devastadores. La voz de Nusrat es un fuego, pero no un fuego informe, silvestre, bárbaro. Es un fuego con intención y un fuego elevado. Quizá una imagen más precisa sería hablar de un pájaro de fuego. Nusrat me hace volar sobre un pájaro. Y ese viaje quema. Pero hay que hacerlo. Porque la otra cosa en la que me hace pensar Nusrat –acaso no muy lejana de la reflexión anterior- es en una gran huida. No hablo de fugarse de una prisión. Hablo de gente que se aleja desesperada de un gran incendio, o una inundación… o de un edificio en un terremoto. La voz de Nusrat es la cara del espanto ante la realidad. Es la escapada definitiva.
Lo que no enseñan ni en la casa ni en la escuela es que escapar nos afianza en el mundo. Escapamos en la imaginación pero los animales fantásticos de nuestros cuentos hablan ese mismo lenguaje con el que encargamos fiambres en el mercado. Escapamos de casa de nuestros padres sólo para años después encontrarnos en una nueva vida de hogar. Escapamos de la tradición para al final encontrar que creamos una nueva, porque la tradición es tiempo, y nadie puede escapar del tiempo. Tiempo y espacio, más que los átomos, son la base de nuestra existencia. La ruta de escape que abre Nusrat Fateh Ali Khan lleva en realidad a la mirada más valiente de la realidad. La que frente a sus horrores no aparta la vista. Porque vivir es un peligro. Pero la única alternativa a eso es la muerte, y ahí no hay lugar al cual huir. Es como al final de La historia interminable de Michael Ende: Bastian tiene que volver para traer el agua de la vida al mundo y que así sobreviva Fantasía; si permanece allá, significaría la locura. El efluvio de Nusrat cura la demencia, anestesia angustias y ancla a la realidad.  
 

jueves, 12 de septiembre de 2019

Noticias sobre Daniel Johnston (mail desde otra vida)


Yo creía que había estado enamorado, pero no tenía idea. Supongo que parte de lo que me gustaba de esta chica –aunque fuera más grande que yo- era que le gustaba leer los mails kilométricos y digresivos que le escribía. Y no sólo eso, ¡me los contestaba con misivas igual de extensas! ¿Cómo no iba a caer por su saeta? Después de que Yahoo Mail me borrara a la mitad y por capricho un par de mis largas cartas, adopté el hábito de guardar los mensajes en Word antes de mandarlos. Pasaron los años; el amor, como es su mala costumbre, se echó a perder; dejé de escribir mails kilométricos. Ayer, con la noticia de la muerte de Daniel Johnston, conecté un viejo disco duro. Yo buscaba música… Pero di con esto. Es apenas un fragmento (en mi defensa debo agregar: casi el texto completo) de uno de esos mails, básicamente un relato a mi manera de lo que se ve en el documental The Devil & Daniel Johnston (supongo que por ese tiempo me tenía trastornado). No me pregunten a qué quería llegar con todo el choro, yo creo que compartir las impresiones que me había dejado su música y su historia. Dejo a ustedes que juzguen si el esfuerzo valió la pena, o si la receptora del correo original tuvo razón en la fatiga de su querer.


Daniel Johnston es un santo. Me gusta iniciar los días oyéndolo cantar como en una canción infantil “Don’t let the sun fall down on your grivieance/respect love of the heart over lust of the flesh/do yourself a favour/become your own saviour” con su voz chillona, desesperada, enloquecida. Daniel sabía que un día sería famoso como los Beatles y por eso grababa casetes en la cochera de su madre que luego repartía en la calle y toda su vida la tiene documentada en casetes de audio y video. Daniel saludando “hola, soy el fantasma de Daniel Johnston y me complace mucho que hoy estén aquí para hablarles de mi condición”. Daniel discutiendo con su madre que lo llama “siervo inútil del Señor”. Daniel pidiéndole a Laurie si no podría decir al micrófono de su grabadora “te quiero, Dany”. Daniel conoció a Laurie cuando se inscribió a la carrera de arte en una universidad cerca de casa de sus papás tras haber sido devuelto de la universidad de Texas luego de manifestar su condición –qué curioso término, ¿no?, padecer una “condición”-. Daniel dice que Laurie le inspiró mil canciones y probablemente no mienta. Laurie se casó con el dueño de una funeraria y Daniel tomó Cadillac Ranch de Bruce Springsteen y le cambió la letra por “Funeral Home, Funeral Home/Going to the funeral home/Got me a casket shinny and black/I’m goin’ to the funeral and I’m never coming back”, cuando la cantó en una librería de Austin los universitarios –tan sarcásticos ellos- se cagaban de risa… pero dejaban de reírse cuando Daniel cerraba los ojos muy fuerte y apartaba las manos de la guitarra y seguía cantando como poseído, con lágrimas escurriéndosele por la regordeta cara, y se hacía evidente que ese hombre sufría. Una madrugada despertaron a un editor de Austin para preguntarle si conocía a un tal Daniel Johnston, él dijo que sí y le pidieron que acudiera al campus de inmediato. Daniel estaba desnudo en medio de un riachuelo, aventando agua con las manos y hablando del bautismo; el editor, amante de la pintura de VanGogh, hubo de pedir que lo metieran a un manicomio. Daniel salió de ahí y los güeyes de Sonic Youth se lo llevaron a Nueva York con intención de grabar y tocar. Una tarde emprendieron la típica visita por las entrañas de la Estatua de la Libertad, donde dicen que hay un acuario –no sé, yo nunca he estado-, quién sabe de dónde Daniel sacó una lata de pintura en aerosol y empezó a trazar peces en las paredes, ya sabes, el símbolo de los primeros cristianos. Los policías detuvieron a Daniel y le advirtieron que no volviera a pararse por ahí, los de Sonic Youth pagaron una fianza y decidieron que sería buena idea que Daniel volviera con sus papás. Daniel fuera de sí les replicó que si no se daban cuenta de que eso era una artimaña del demonio, que estaban siendo usados por el mal, que su misión era acabar con las legiones de Satán que hay en este mundo. Igual subieron a Daniel a un camión. Igual Daniel se bajó antes y casi mata a una viejilla que le pidió que dejara de hacer ruido mientras caminaba por la calle canturreando. Subió al edificio donde vivía la anciana y estuvo a punto de tirarla por un balcón. Daniel también casi mata a su papá. Su papá había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial. Tenía su avionetita para no perder la práctica. Un día invitó a Daniel a dar una vuelta. Daniel leía un cómic de Gasparín en cuya portada se veía al Fantasma amigable saltando de un avión. Daniel decidió que era buen momento para intentar eso mismo. Papá dijo que no. Papá ya no era papá, era Satanás. Daniel quería terminar con las legiones de Satán en este mundo. Daniel y papá terminaron estrellándose en el campo… pero como papá había sido piloto, ejecutó una maniobra que les permitió salir con vida. Papá regresó a aliviarse a casa y Daniel al manicomio. Encerrado ahí nunca se enteró de que a Kurt Cobain, el cantante del grupo punk de moda, se la había ocurrido asistir a unos premios MTV ataviado con una playera que exhibía uno de sus diseños monstruosos. Daniel no sabía que su fama estaba creciendo. Cuando salió del manicomio el amigo que fungía de manager lo contactó para decirle que estaba en tratos con Elektra para firmar un contrato discográfico. Al amigo le costó mucho pero consiguió que Elektra le ofreciera el contacto con más concesiones en la industria para una persona que no fuera Bob Dylan: tenía en cuenta “su condición”, podía grabar cuando quisiera, las regalías íntegras de sus composiciones irían para él. Daniel no quiso firmarlo porque en Elektra grababa una banda de esbirros de Satán que temía pudieran romperle el culo: Metallica. El amigo no contuvo su enojo. Daniel pensó que él también había sido dominado por los espíritus de las tinieblas. Pero el amigo siguió comercializando las cintas por Internet. Y Daniel siguió perdido dentro de Daniel. Una mañana unos chavitos de 16 y 17 años que habían salido a tomar unas chelas en campo abierto encontraron a un hombre corpulento de más de 40 años, con la ropa desgarrada, sucio y el pelo revuelto, “hey, ¿podrían decirme cómo llego a-tal-sitio?”, uno de ellos que era fanático de la música se le quedó viendo y le preguntó: “¿qué, no eres Daniel Johnston?”. “Sí, vaya, qué bien, me conocen”. Ese mismo día Daniel y los chicos formaron una banda: Danny & The Nightmares. Daniel los atavió con camisetas de “Death to Satan” y se puso a cantar con la voz más punk que pudo rolas con títulos como “Love is for Losers” y “I Killed Satan”. Eventualmente los doctores encontraron la medicación adecuada para Daniel y él pudo tocar en Alemania y Dinamarca. Daniel actualmente vive con sus papás, que se ponen a llorar porque “él está solo y a nosotros ya no nos queda mucho tiempo”. Lo único que no le gustó a Daniel cuando proyectaron por primera vez The Devil & Daniel Johnston, el documental sobre su vida, fue “ver a mis padres llorar”. Esa misma noche, durante la premier, el productor y el director presentaron a Laurie, la mujer que había inspirado tantas de las canciones de Daniel, pero cuando lo buscaron a él nadie lo encontró. Fue hasta después, en una fiesta privada, que Daniel abrazaría a Laurie y le diría “you look like a movie star” y “let’s get married”. Laurie no sabía muy bien qué decir, así que le decía que había escuchado toda su música. Daniel se le quedaba viendo con una sonrisa gigante y no paraba de darle las gracias por ese momento al director y tomaba de la mano a Laurie que con mucho esfuerzo intentaba tener una conversación natural. Cuando MTV todavía trataba de música Daniel salió en MTV. No estaba programado, quién sabe cómo, pero salió en MTV y le mandó un saludo a un amigo de la prepa “I told you I would be in MTV!”, y cantó una canción, todo con mucha efusión, si la palabra “efusión” es la correcta aquí. Daniel roquea más que cualquier estrellita derrumbado en su cuarto de hotel con su corona de botellas de Crystal vacía y la nariz taponeada de producto colombiano. Daniel vende los dibujos que hace en hojas de cuaderno arrancadas por cientos de dólares y él no entiende muy bien por qué, aunque le gusta ser conocido. Daniel quiere hacer un cómic con Matt Groening, creador de los Simpson. Daniel hace canciones tan reales e inocentes que de verdad resulta duro escucharlo mucho tiempo, aguantar su pegada. Daniel es un miembro del Fight Club.

jueves, 29 de agosto de 2019

Triste me pongo: 30 años de Caifanes

El año pasado escribí este texto alusivo a las tres primeras décadas del debut de la banda mexicana Caifanes. No estoy seguro de si lo publicaron, porque nunca lo vi en su versión digital; sí me lo pagaron, que por estos días es lo único que pido. Ahora que la alharaca se repite, creo que ya puedo compartir aquí mi punto de vista.
 
En días recientes me tocó ver en internet distintas conmemoraciones por los 30 años de la publicación del primer disco de Caifanes. Predominaba en los comentarios el carácter elogioso por haber sido un álbum que cambió el destino del rock hecho en México. Cierto, el debut homónimo de Caifanes fue publicado el 28 de agosto de 1988 en una camada de artistas nacionales que incluía al grupo Neón y a la solista Alquimia como parte de la estrategia mercadológica que el sello BMG-Ariola implementó con el lema “Rock  En Tu Idioma”. Sin embargo, tengo mis dudas de que ese haya sido el momento que restauró el rock como entidad en la conciencia pop del mexicano promedio. Me parece que ese momento vino cuatro meses después, cuando la banda, Caifanes, lanzó el maxi-single de “La Negra Tomasa”. Así es, yo creo que el rock mexicano debe  su poca o mucha popularidad contemporánea no precisamente a una canción de guitarras afiladas y vocales desgarradas, sino a una cumbia.

El debut de Caifanes fue bien recibido, tuvo una promoción sin precedentes para una banda de rock nacional y algunas canciones como “Mátenme porque me muero” o “Viento” recibieron modesta exposición en estaciones de radio fuera de las acostumbradas Espacio 59 y Rock 101. Por olvidadizos o sencillamente porque todavía no habían nacido, lo que algunos comentaristas omiten mencionar es que el disco lo compró un público que ya estaba ganado, quienes los habían conocido en Rockotitlán desde que eran las Insólitas Imágenes de Aurora, o los enganchados por el éxito Soda Stereo, Radio Futura y Miguel Mateos. No tuvo mayor trascendencia a nivel mayoritario, el rock, y en particular el rock nacional, seguía siendo una extravagancia que no superaba la etiqueta de música para mariguanos y delincuentes en potencia. Para ser tomado en serio tuvo que subirse a competir en el ring de quienes son los rockstars de por acá, el de Rigo Tovar, los Yonics, la Sonora Dinamita y el Acapulco Tropical, es  decir: tuvieron que grabar una cumbia.

“La Negra Tomasa” era una especie de broma que Caifanes tocaban para cerrar sus tocadas con espíritu desmadroso ante la falta de mayor material original. La tocaron de hecho al final de uno de esos maratónicos programas de Verónica Castro junto a Bon y los Enemigos del Silencio (que tenían su cábula equivalente con su versión a “El rey”, de José Alfredo Jiménez). De todas las canciones interpretados esa noche en un programa que todo México veía, esa fue la canción que cautivó a la audiencia, empezó a buscar la grabación en las tiendas y desilusionada se topaba que en el único disco disponible del grupo sólo venían sus canciones derivativas de The Cure. La discográfica entendió la minita de oro que tenían enfrente, convenció al grupo de grabarla y cuatro meses después, en diciembre (justo a tiempo para los regalos navideños), publicó el maxi-single de “La Negra Tomasa”, el trancazo fue inmediato y rotundo. Caifanes se volvió un nombre familiar en estaciones de pop, rock y tropical; salieron en Siempre en Domingo; la rola se bailaba en bautizos, bodas, quince años de todos los estratos sociales; tan rotundo fue el impacto que guardo el vivo recuerdo de que la señora que nos ayudaba en casa (una mujer ya mayor que sólo escuchaba boleros y música guapachosa), me lo obsequió esa Navidad, aunque como buen aferrado yo lo había adquirido el día que salió a la venta, no tanto por “La Negra…”, sino por el lado B, que traía “Perdí mi ojo de venado”, una de las mejores canciones que la banda haya grabado jamás.

Ese fue el punto de inflexión, no el debut de Caifanes. Una cumbia, no una canción de guitarras punzantes y voz desaforada. Prueba de ello es que Neón, Alquimia y Bon poco a poco fueron extinguiéndose hasta desaparecer. Es un poco frustrante (y ojalá no vean en mí al Nazareno que hicieron de Nicolás Alvarado). Está muy bien que haya personas que disfrutan de la cumbia como con el pasodoble, los sones veracruzanos, la marimba chiapaneca o los crooners al estilo Frank Sinatra, que era la música que escuchaban mis papás. Pero en el páramo de un adolescente criado en el seno de los valores clasemedieros a finales de los 80, yo me acercaba al rock para obtener algo que mi familia no me daba, una sensación de libertad, de imaginación, de temas que en mi familia no se hablaban, o si se hablaban eran minimizados como pasajera obsesión de pubertad, era descubrir un culto donde no sólo te entendían, sino que hablaban tu mismo idioma (y fue el principal motor para aceptar que mis padres me mandaran a clases privadas de inglés).


Con el paso de los años (y muchos kilómetros de estéreo recorrido) he llegado a entender que el rocanrol es por naturaleza una música mestiza en la que cabe todo, y por eso una banda mexicana nunca sonará como una banda croata, por ejemplo, sin siquiera tener que esforzarse (y por eso Carlos Monsiváis se equivocaba cuando se enojaba si le preguntaban por su pasado de rockero colonizado escribiendo letras para Los Tepetatles). Ahora me gustan muchas cosas que antes repelía por mera rebeldía hormonal y celebro que el rock hecho en México haya logrado salir de las cloacas por la rendija que le quedó más próxima. Sin embargo, no dejo de experimentar cierta pena porque una agrupación como Ninot (cuya propuesta me parecía y sigue pareciendo inmensamente más interesante que la de Caifanes) nunca haya podido escapar del subsuelo. Me despierta un peculiar abatimiento cuando al estar en una fiesta con amigas más jóvenes, llenas de perforaciones, y tatuajes, y reclamos feministas (algo normalizado por el rocanrol), puede estar sonando el requinto más filoso de Chuck Berry, o el exquisito punk minimalista de Wire, o el estrógeno a trallazos de las Chicks On Speed, y siempre va a resonar una voz que clame: “ya pónganse algo para bailar, una cumbia”. Me molesta porque, además, es una vil calumnia, como dijo Steven Van Zandt, el guitarrista de Bruce Springsteen: “el rocanrol antes de sacudir nuestras mentes, sacudió nuestros cuerpos”. También entiendo que el Sonido Gallo Negro, las Kumbia Queers o Tropikal Forever son una reacción al mastodonte anquilosado del rock “institucionalizado”. Lo que me frustra es que después de todos estos años la idea de fiesta en México sea una boda eterna. “Muchos hablan del rock, pero se olvidan del roll”, ha sentenciado Keith Richards. Bailar "La negra Tomasa" es bailar al ritmo de la sobrevivencia, y para sobrevivir hay que adaptarse. Hubo una vez en que el rocanrol era la música de los inadaptados. Yo no anhelaba bailar al ritmo del resto de mi familia, sino ser estremecido por esa sacudida primigenia, tan inexplicable, tan personal, tan poderosa, que cuando en el furor de culquier reven sueltan los cumbiones, yo busco una silla y “triste me pongo”.

viernes, 3 de mayo de 2019

Fascinación por Disintegration: 30 años de un instante congelado en el tiempo


La fascinación significa lo siguiente: aquel que ve ya no puede apartar la vista. En el cara a cara frontal, tanto en el mundo humano como en el mundo animal, la muerte petrifica.
-Pascal Quignard en El sexo y el espanto

…like the cold when you’re dead…
-The Cure en “Plainsong”

Me cuesta creer que han pasado 30 años desde que The Cure publicó Disintegration porque todavía tengo muy presente el momento de su adquisición. Regresaba de mi secundaria, estaba pegada a un centro comercial  que servía de atajo camino al metro, subiendo los escalones había una tienda de discos y ahí lo vi, nunca olvidaré. al fondo de esas formas y tonos verdosos en la portada del álbum, la cara de Robert Smith casi sonriente detrás del escaparate, como invitándome a comprarlo, a zambullirme en ese estanque y salir de ahí con la vida cambiada. No recuerdo bien la fecha, pero no debía distar mucho de su lanzamiento el 2 de mayo de 1989 porque hacía calor, hacía sol, fue un momento luminoso.
Era un vinilo importado. Antes de que el genio de la lámpara de Spotify nos concediera el deseo de escuchar cualquier novedad el mismo día de su publicación en cualquier parte del mundo, las ediciones nacionales tardaban varios meses en aparecer y muchas veces en versiones más modestas que las originales, así que valía la pena hacer el sacrificio. Ahora bien, aunque yo ya compraba discos y era fan de The Cure, considero que mi colección inició formalmente con Disintegration, o por lo menos me afirmó en los hábitos maniáticos justificables sólo para el coleccionista de discos. Me refiero a que poco después vine a enterarme que el CD incluía dos cortes extra, así que tan pronto pude me armé con el compact de Disintegration, que a lo largo de mi vida he adquirido en tres presentaciones distintas. Me indujo al extraño culto de los lados B, compré todos los sencillos que se desprendieron, con canciones en la cara B que no habrían desentonado en el álbum final. También me entregué a la caza de grabaciones no oficiales de conciertos o bootlegs, los bootlegs “originales”  en su mayoría venían de Europa, eran caros y difíciles de conseguir, pero en el tianguis del Chopo circulaban pasados a cassettte y más tarde a CD-R, de esta forma The Cure se convirtió en la banda de la que más bootlegs he tenido, en su mayor parte amasados durante la época del Prayer Tour, la gira de Disintegration (cuando parecía imposible que el grupo alguna vez tocara en México).

¿Qué trastornó tanto a ese niño de 14 años? Bueno, Disintegration empieza con la mejor canción para abrir un disco de la historia, los teclados de “Plainsong” suenan a un iceberg despedazándose al paso de mamut moribundo que marca la tarola, luego entra la guitarra, esa guitarra que a lo largo del disco va pasándote una aguja directo al corazón para suturar las heridas largo tiempo escondidas; la rola desborda pasión, sólo que no es la pasión volcánica que suele asociarse con esa axaltación del espíritu, sino una pasión gélida, “como el frío si estuvieras muerto” murmura Robert Smith.

Disintegration no es un disco ardoroso, es un disco que te deja helado. “Creo que está oscuro y parece que hay lluvia” es el pronóstico de entrada; de ahí en adelante, la meteorología no varía demasiado.  En “Pictures of You” sigue el aguacero, y de tanto frío se vuelve nieve, que en el universo de The Cure  siempre sugiere un deslumbramiento. Antes mencioné que en la portada Robert Smith aparece como en el cuadro de un bote con fondo transparente,  y el agua en cualquiera de sus tres estados figura en esta colección de canciones entre las cuales, por si fuera poco, incluso hay una titulada “Prayers For Rain”; el agua que limpia, el agua que ahoga y también el agua estancada, podrida por el paso del tiempo. El disco ideal para un día lluvioso. 

The Cure había salido de las tinieblas con el pop preciosista de The Head On The Door; en Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me  probaron su capacidad para las composiciones monumentales, de las que llenan arenas, y Disintegration suele verse como  una retractación de los presupuestos que dictan el gusto masivo para de nuevo abrazar la sombra. Yo digo que es el disco donde Robert Smith se plantea más seriamente el compromiso de su obra con la belleza. Es la culminación de los caminos andados previamente que llevan a un hallazgo majestoso, único e irrepetible. En realidad no hay algo anterior o posterior en la discografía de The Cure comparable a Disintegration. La oscuridad no es efecto de las letanías nihilistas ni de los armazones minimalistas de sus inicios, Disintegration es exuberante en lo musical y oscuro porque la contemplación de la belleza no es bonita, es un abismo; no puede prolongarse mucho sin correr el riesgo de caer en él. Este disco, que llegó a ser calificado de suicidio comercial, se convirtió en el más vendido de la banda sin plegarse a las convenciones del pop, colocaron su sencillo de mayor éxito con “Love Song”, que era casi la única canción con algo parecido a un coro, lo demás demostraba que ningún público se resiste a la expresión bella, por más tétrica que sea, de una emoción.

Así me lo confirmó una vivencia a los pocos meses de haber comprado el disco. “Fascination Street” sonaba insistentemente en las radios y en la secundaria organizaron una tardeada. El dj ponía algunos de los éxitos del momento mientras los niños católicos nos sobreponíamos a la timidez de sacar a alguna linda chica católica a bailar. Pero el cabrón no quería tocar “Fascination Street”. Ya varios nos habíamos acercado a pedirla, hasta unas cuantas chavas. De modo que a alguno de los inadaptados presentes se le ocurrió organizar a la concurrencia para que nadie bailara hasta que la petición no fuera cumplida. Ahí nos tenían a todos, sentados alrededor de la pista, me gustaría decir que con el semblante inmutable, pero la verdad es que reíamos de la travesura y gritábamos “Fascination, Fascination”, no habría fiesta, nadie se iba a divertir hasta que no sonara. Y entonces empezó el bajeo hipnótico, la batería fornida, el bordado de la guitarra, la larga introducción de “Fascination Street” y aquello fue una implosión de júbilo adolescente, saltamos,  gritamos, nos sacudimos, no falto quien se despojara de la camisa, y al empezar la letra cantamos al unísono, nos abrazamos, y nadie, nadie dejó de bailar. Antes de asistir a cualquier concierto, aquello me enseñó montones sobre el poder de la música en comunidad; era a la vez como si toda esa emoción que guarda el gélido y lluvioso Disintegration encarnara en su plena humanidad . Fue, en efecto, un acontecimiento fascinante. Por cierto, la palabra “fascinación” proviene de “fascinus”, personificación divina del falo entre los antiguos romanos, quienes le dedicaban fiestas que hoy llamaríamos bastante impúdicas; Pascal Quignard en su libro El sexo y el espanto básicamente escribe que la fascinación maravilla y aterra, igual que una fiebre o una pequeña muerte… ¿Y me vienen a decir que ese instante ha durado 30 años? ¡Pfft!