viernes, 3 de mayo de 2019

Fascinación por Disintegration: 30 años de un instante congelado en el tiempo


La fascinación significa lo siguiente: aquel que ve ya no puede apartar la vista. En el cara a cara frontal, tanto en el mundo humano como en el mundo animal, la muerte petrifica.
-Pascal Quignard en El sexo y el espanto

…like the cold when you’re dead…
-The Cure en “Plainsong”

Me cuesta creer que han pasado 30 años desde que The Cure publicó Disintegration porque todavía tengo muy presente el momento de su adquisición. Regresaba de mi secundaria, estaba pegada a un centro comercial  que servía de atajo camino al metro, subiendo los escalones había una tienda de discos y ahí lo vi, nunca olvidaré. al fondo de esas formas y tonos verdosos en la portada del álbum, la cara de Robert Smith casi sonriente detrás del escaparate, como invitándome a comprarlo, a zambullirme en ese estanque y salir de ahí con la vida cambiada. No recuerdo bien la fecha, pero no debía distar mucho de su lanzamiento el 2 de mayo de 1989 porque hacía calor, hacía sol, fue un momento luminoso.
Era un vinilo importado. Antes de que el genio de la lámpara de Spotify nos concediera el deseo de escuchar cualquier novedad el mismo día de su publicación en cualquier parte del mundo, las ediciones nacionales tardaban varios meses en aparecer y muchas veces en versiones más modestas que las originales, así que valía la pena hacer el sacrificio. Ahora bien, aunque yo ya compraba discos y era fan de The Cure, considero que mi colección inició formalmente con Disintegration, o por lo menos me afirmó en los hábitos maniáticos justificables sólo para el coleccionista de discos. Me refiero a que poco después vine a enterarme que el CD incluía dos cortes extra, así que tan pronto pude me armé con el compact de Disintegration, que a lo largo de mi vida he adquirido en tres presentaciones distintas. Me indujo al extraño culto de los lados B, compré todos los sencillos que se desprendieron, con canciones en la cara B que no habrían desentonado en el álbum final. También me entregué a la caza de grabaciones no oficiales de conciertos o bootlegs, los bootlegs “originales”  en su mayoría venían de Europa, eran caros y difíciles de conseguir, pero en el tianguis del Chopo circulaban pasados a cassettte y más tarde a CD-R, de esta forma The Cure se convirtió en la banda de la que más bootlegs he tenido, en su mayor parte amasados durante la época del Prayer Tour, la gira de Disintegration (cuando parecía imposible que el grupo alguna vez tocara en México).

¿Qué trastornó tanto a ese niño de 14 años? Bueno, Disintegration empieza con la mejor canción para abrir un disco de la historia, los teclados de “Plainsong” suenan a un iceberg despedazándose al paso de mamut moribundo que marca la tarola, luego entra la guitarra, esa guitarra que a lo largo del disco va pasándote una aguja directo al corazón para suturar las heridas largo tiempo escondidas; la rola desborda pasión, sólo que no es la pasión volcánica que suele asociarse con esa axaltación del espíritu, sino una pasión gélida, “como el frío si estuvieras muerto” murmura Robert Smith.

Disintegration no es un disco ardoroso, es un disco que te deja helado. “Creo que está oscuro y parece que hay lluvia” es el pronóstico de entrada; de ahí en adelante, la meteorología no varía demasiado.  En “Pictures of You” sigue el aguacero, y de tanto frío se vuelve nieve, que en el universo de The Cure  siempre sugiere un deslumbramiento. Antes mencioné que en la portada Robert Smith aparece como en el cuadro de un bote con fondo transparente,  y el agua en cualquiera de sus tres estados figura en esta colección de canciones entre las cuales, por si fuera poco, incluso hay una titulada “Prayers For Rain”; el agua que limpia, el agua que ahoga y también el agua estancada, podrida por el paso del tiempo. El disco ideal para un día lluvioso. 

The Cure había salido de las tinieblas con el pop preciosista de The Head On The Door; en Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me  probaron su capacidad para las composiciones monumentales, de las que llenan arenas, y Disintegration suele verse como  una retractación de los presupuestos que dictan el gusto masivo para de nuevo abrazar la sombra. Yo digo que es el disco donde Robert Smith se plantea más seriamente el compromiso de su obra con la belleza. Es la culminación de los caminos andados previamente que llevan a un hallazgo majestoso, único e irrepetible. En realidad no hay algo anterior o posterior en la discografía de The Cure comparable a Disintegration. La oscuridad no es efecto de las letanías nihilistas ni de los armazones minimalistas de sus inicios, Disintegration es exuberante en lo musical y oscuro porque la contemplación de la belleza no es bonita, es un abismo; no puede prolongarse mucho sin correr el riesgo de caer en él. Este disco, que llegó a ser calificado de suicidio comercial, se convirtió en el más vendido de la banda sin plegarse a las convenciones del pop, colocaron su sencillo de mayor éxito con “Love Song”, que era casi la única canción con algo parecido a un coro, lo demás demostraba que ningún público se resiste a la expresión bella, por más tétrica que sea, de una emoción.

Así me lo confirmó una vivencia a los pocos meses de haber comprado el disco. “Fascination Street” sonaba insistentemente en las radios y en la secundaria organizaron una tardeada. El dj ponía algunos de los éxitos del momento mientras los niños católicos nos sobreponíamos a la timidez de sacar a alguna linda chica católica a bailar. Pero el cabrón no quería tocar “Fascination Street”. Ya varios nos habíamos acercado a pedirla, hasta unas cuantas chavas. De modo que a alguno de los inadaptados presentes se le ocurrió organizar a la concurrencia para que nadie bailara hasta que la petición no fuera cumplida. Ahí nos tenían a todos, sentados alrededor de la pista, me gustaría decir que con el semblante inmutable, pero la verdad es que reíamos de la travesura y gritábamos “Fascination, Fascination”, no habría fiesta, nadie se iba a divertir hasta que no sonara. Y entonces empezó el bajeo hipnótico, la batería fornida, el bordado de la guitarra, la larga introducción de “Fascination Street” y aquello fue una implosión de júbilo adolescente, saltamos,  gritamos, nos sacudimos, no falto quien se despojara de la camisa, y al empezar la letra cantamos al unísono, nos abrazamos, y nadie, nadie dejó de bailar. Antes de asistir a cualquier concierto, aquello me enseñó montones sobre el poder de la música en comunidad; era a la vez como si toda esa emoción que guarda el gélido y lluvioso Disintegration encarnara en su plena humanidad . Fue, en efecto, un acontecimiento fascinante. Por cierto, la palabra “fascinación” proviene de “fascinus”, personificación divina del falo entre los antiguos romanos, quienes le dedicaban fiestas que hoy llamaríamos bastante impúdicas; Pascal Quignard en su libro El sexo y el espanto básicamente escribe que la fascinación maravilla y aterra, igual que una fiebre o una pequeña muerte… ¿Y me vienen a decir que ese instante ha durado 30 años? ¡Pfft!



1 comentario:

mauricio dijo...

un disco fascinante de pies a cabeza