Buscaba corroborar la
excitación alrededor de algún rocanrolebrio acto de novedad mexicano cuando una
noche fui a dar al Caradura. El recoveco de la Condesa con cupo para unas 300
personas a lo largo de 9 años imprimió su sello en la historia de la vida nocturna para los
cazadores de propuestas ruidosas.
Se subía por escaleras
serpenteantes a una suerte de bodega, con paredes de ladrillo pelón, columnas y
recubrimientos de metal, una pequeña zona cerrada para los fumadores, y los baños
al fondo; el escenario era minúsculo, y un amigo que se encargo de manejar la consola para más de un grupo en el lugar dice que sonorizarlo era una
calamidad. Yo me volví asiduo.
Entre 2012 y 2014 fueron mis
años de constante asistencia. Vivía una etapa de esplendor profesional,
pero la chica que quería me había roto el corazón. De lunes a domingo trabajaba
desde que abría los ojos hasta que el cuerpo aguantaba, pero al menos una noche por semana
buscaba un abrevadero donde ver a una banda. Creo que compensaba aquellos años
posteriores a la universidad, cuando me guardaba en casa porque no tenía dinero
para acompañar a mis amigos si salían a un bar, y ahora ellos no podían venir
conmigo porque ya estaban casados y con hijos. Al Imperial –el otro centro neurálgico para el rock en el límite norte de la Condesa-, con su candelabro perdido de no sé qué palacio, ibas a la pasarela, a ligar; pero al Caradura que a duras penas tenía escenario, barra y poco más, ibas estrictamente por la música. Y bueno, ¿por qué no soltarlo de una vez?, prefería el Caradura porque me recordaba más a Rockotitlán, mi primera escuela de rocanrol en vivo, y no voy a declararme inmune a la nostalgia.
Me tocó semivacío, bailar a mis anchas y ordenar bebidas a muchachas invariablemente sonrientes. Lleno era una pesadilla, había puntos específicos donde no alcanzabas a ver ni madre y sólo te quedaba resignarte a disfrutar de tu peda sin enterarte de qué pasaba bajo los reflectores.
Ahí vi tocar a Niña, Los Esquizitos, Los Viejos, Full Breakers, La Gusana Ciega, Toreros Muertos, Los Fresones Rebeldes, Francisca Valenzuela, Coque Malla, Descartes a Kant, Triángulo de Amor Bizarro, El Columpio Asesino, Álvaro Henriquez (solo y con Los Tres), Resorte, El Poder del Barrio, Turf, Rufus T. Firefly, por mencionar los primeros nombres que acuden a la mente. Me hinqué ante Andrea Echeverri de Aterciopelados. Sostuve una plática bizarra y cagadísima con el cantante de Napoleón Solo, que se puso a contarme intimidades de una ilustre figura del Indie español. Pasé un Día de la Independencia (pusieron “Puto” de Molotov a todo volumen después del “grito” de Peña) y un Año Nuevo (rifaron un viaje a Acapulco que me gané y nunca usé). Un 20 de noviembre llegué emocionado por ver a Centavrus cuando el seguridad de la entrada (que ya era mi compa), me avisó que no iba a haber tocada porque adentro sólo había como 5 pelagatos; triste, enfilé mis pasos a otro bar de confianza donde encontré a un amigo que hacía tiempo con la misma intención de acudir al toquín, tuiteé nuestra decepción a la banda, que al poco rato por el mismo medio anunció que siempre sí tocaba, apuramos nuestros tragos para correr de regreso. Ahí vi crecer a los argentinos de Él Mató a un Policía Motorizado, desde 40 personas en el primer concierto (el baño empezó a oler a mota y la seguridad se volvió loca en el vano intento de dar con el o la responsable) hasta retacarse en el último. Mon Laferte lo mismo, de tanto vernos en la soledad de sus primeros shows, ella misma se acercaba a saludarme si topábamos en algún otro evento.
Una noche fui a ver a Los Punsetes con una amiga que me encantaba. Embobado de calentura, olvidé el vinilo que me había firmado el pleno de la banda española. En el área fumadora de Caradura ya sólo quedaban miembros del staff antes de salir a perdernos en unos bares del centro, se me ocurrió que podrían haberlo guardado, los tuiteé, y en efecto, era domingo y me citaron para recogerlo el martes, que igual pensaba ir porque se presentaba Álvaro Henríquez. Cada vez que asistía, un espectáculo aparte era contemplar a una chava bajita, con el pelo pintado de rosa, que vigorosa se desplazaba de un lado a otro walkie-talkie al hombro, conferenciaba con los de seguridad, supervisaba la barra, hacía cuentas con la cajera, parecía en absoluto dominio de aquel microcosmos. Ella dice que llamaban más la atención las bartenders (y quizás tenga razón, sé de varones que siguen suspirando por una bartender tatuadísima que había), pero distaba de pasar desapercibida. Dentro de mí yo la había bautizado como “el torbellino rosa”, y me daban ganas de conocerla, no por interés sexual, simplemente pensaba que estaría chido saber quién era porque proyectaba buena onda. La noche que recuperé mi disco de Los Punsetes me presenté con Vanessa, la gerente de Caradura, descubrimos que teníamos amigos en común, departimos en una loca fiesta después de un concierto de Cuca, y en fin, tan poca madre como la había imaginado. Vane emigró a Querétaro, y en mi vida nuevas obligaciones fueron espaciando cada vez más mis visitas a Caradura. Vane empezó a hacer Backstage, un programa de radio por internet, y le pregunté si yo podría participar del proyecto. Vane me llevó a Mute Radio, que a su vez me llevó a Rock 101, donde si bien conocí a uno de los personajes más nefastos con los que me haya tocado trabajar, por otro lado conocí a personas excelentes, cariñosas, desinteresadas en forma de mi audiencia, que se han vuelto amigos, confidentes y hasta varo me han prestado, así que puras cosas buenas le debo a ese antro…
Fui por última vez en noviembre. Me extrañó que apenas pasadas las 12 de la noche ya habían terminado las tres bandas programadas (porque una de las broncas en las primeras veces que iba a Caradura era cuánto se la prolongaban para empezar a tocar, hasta que aprendí a también yo retrasar mi llegada). Como quiera que sea, todavía estaba mi compa Yorch, que había tocado con Los Honey Rockets, y sólo por el gusto que demostró al verme la noche ya hubiera valido la pena. Más tarde, una señorita tomó asiento junto a mí y me pedió que le encendiera un cigarro. Me preguntó lo de siempre: “¿Tocas en alguna banda”” (el Caradura fue el primer lugar donde me preguntaron si no era “el wey de Molotov”, de ahí seguirían muchos). “No, escribo, tengo un libro publicado”. “Ah, yo soy, promotora. Creo que tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos”. A continuación, naturalmente, nos dimos unos besos. Cagado… siempre quise que sucediera algo así –como en la película Singles- y tuvo que pasarme hasta la noche final. La promotora se llevó mi número, yo no pude registrar el suyo porque mi celular estaba sin batería. Como cabía esperar, no me ha llamado. Quizá sólo fue una aparición, un pretexto providencial para despedirme con el mejor recuerdo de mi querido Caradura.







1 comentario:
Gracias por tus increíbles palabras!!! Conocerte es una de las mejores cosas que me han pasado!
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