Yo creía que había
estado enamorado, pero no tenía idea. Supongo que parte de lo que me gustaba de
esta chica –aunque fuera más grande que yo- era que le gustaba leer los mails
kilométricos y digresivos que le escribía. Y no sólo eso, ¡me los contestaba
con misivas igual de extensas! ¿Cómo no iba a caer por su saeta? Después de que
Yahoo Mail me borrara a la mitad y por capricho un par de mis largas cartas,
adopté el hábito de guardar los mensajes en Word antes de mandarlos. Pasaron
los años; el amor, como es su mala costumbre, se echó a perder; dejé de
escribir mails kilométricos. Ayer, con la noticia de la muerte de Daniel
Johnston, conecté un viejo disco duro. Yo buscaba música… Pero di con esto. Es
apenas un fragmento (en mi defensa debo agregar: casi el texto completo) de uno
de esos mails, básicamente un relato a mi manera de lo que se ve en el
documental The Devil & Daniel Johnston (supongo que por ese tiempo me tenía
trastornado). No me pregunten a qué quería llegar con todo el choro, yo creo
que compartir las impresiones que me había dejado su música y su historia. Dejo
a ustedes que juzguen si el esfuerzo valió la pena, o si la receptora del correo original tuvo razón en la fatiga de su querer.
Daniel Johnston es
un santo. Me gusta
iniciar los días oyéndolo cantar como en una canción infantil “Don’t let
the sun fall down on your grivieance/respect love of the heart over lust of the
flesh/do yourself a favour/become your own saviour” con su voz chillona,
desesperada, enloquecida. Daniel sabía que un día sería famoso
como los Beatles y por eso grababa casetes en la cochera de su madre que luego
repartía en la calle y toda su vida la tiene documentada en casetes de audio y
video. Daniel saludando “hola, soy el fantasma de Daniel Johnston y me complace
mucho que hoy estén aquí para hablarles de mi condición”. Daniel discutiendo
con su madre que lo llama “siervo inútil del Señor”. Daniel pidiéndole a Laurie
si no podría decir al micrófono de su grabadora “te quiero, Dany”. Daniel
conoció a Laurie cuando se inscribió a la carrera de arte en una universidad
cerca de casa de sus papás tras haber sido devuelto de la universidad de Texas
luego de manifestar su condición –qué curioso término, ¿no?, padecer una
“condición”-. Daniel dice que Laurie le inspiró mil canciones y probablemente
no mienta. Laurie se casó con el dueño de una funeraria y Daniel tomó Cadillac
Ranch de Bruce Springsteen y le cambió la letra por “Funeral Home, Funeral
Home/Going to the funeral home/Got me a casket shinny and black/I’m goin’ to
the funeral and I’m never coming back”, cuando la cantó en una librería de
Austin los universitarios –tan sarcásticos ellos- se cagaban de risa… pero
dejaban de reírse cuando Daniel cerraba los ojos muy fuerte y apartaba las
manos de la guitarra y seguía cantando como poseído, con lágrimas
escurriéndosele por la regordeta cara, y se hacía evidente que ese hombre sufría. Una madrugada despertaron a un editor de Austin para preguntarle
si conocía a un tal Daniel Johnston, él dijo que sí y le pidieron que acudiera
al campus de inmediato. Daniel estaba desnudo en medio de un riachuelo,
aventando agua con las manos y hablando del bautismo; el editor, amante de la
pintura de VanGogh, hubo de pedir que lo metieran a un manicomio. Daniel salió
de ahí y los güeyes de Sonic Youth se lo llevaron a Nueva York con intención de
grabar y tocar. Una tarde emprendieron la típica visita por las entrañas de la
Estatua de la Libertad, donde dicen que hay un acuario –no sé, yo nunca he
estado-, quién sabe de dónde Daniel sacó una lata de pintura en aerosol y
empezó a trazar peces en las paredes, ya sabes, el símbolo de los primeros
cristianos. Los policías detuvieron a Daniel y le advirtieron que no volviera a
pararse por ahí, los de Sonic Youth pagaron una fianza y decidieron que sería
buena idea que Daniel volviera con sus papás. Daniel fuera de sí les replicó que si
no se daban cuenta de que eso era una artimaña del demonio, que estaban siendo
usados por el mal, que su misión era acabar con las legiones de Satán que hay
en este mundo. Igual subieron a Daniel a un camión. Igual Daniel se bajó antes
y casi mata a una viejilla que le pidió que dejara de hacer ruido mientras
caminaba por la calle canturreando. Subió al edificio donde vivía la anciana y
estuvo a punto de tirarla por un balcón. Daniel también casi mata a su papá. Su
papá había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial. Tenía su avionetita para
no perder la práctica. Un día invitó a Daniel a dar una vuelta. Daniel leía un
cómic de Gasparín en cuya portada se veía al Fantasma amigable saltando de un
avión. Daniel decidió que era buen momento para intentar eso mismo. Papá dijo
que no. Papá ya no era papá, era Satanás. Daniel quería terminar con las
legiones de Satán en este mundo. Daniel y papá terminaron estrellándose en el
campo… pero como papá había sido piloto, ejecutó una maniobra que les permitió
salir con vida. Papá regresó a aliviarse a casa y Daniel al manicomio. Encerrado
ahí nunca se enteró de que a Kurt Cobain, el cantante del grupo punk de moda,
se la había ocurrido asistir a unos premios MTV ataviado con una playera que
exhibía uno de sus diseños monstruosos. Daniel no sabía que su fama estaba
creciendo. Cuando salió del manicomio el amigo que fungía de manager lo
contactó para decirle que estaba en tratos con Elektra para firmar un contrato
discográfico. Al amigo le costó mucho pero consiguió que Elektra le ofreciera
el contacto con más concesiones en la industria para una persona que no fuera
Bob Dylan: tenía en cuenta “su condición”, podía grabar cuando quisiera, las
regalías íntegras de sus composiciones irían para él. Daniel no quiso firmarlo
porque en Elektra grababa una banda de esbirros de Satán que temía pudieran
romperle el culo: Metallica. El amigo no contuvo su enojo. Daniel pensó que él
también había sido dominado por los espíritus de las tinieblas. Pero el amigo
siguió comercializando las cintas por Internet. Y Daniel siguió perdido dentro
de Daniel. Una mañana unos chavitos de 16 y 17 años que habían salido a tomar
unas chelas en campo abierto encontraron a un hombre corpulento de más de 40
años, con la ropa desgarrada, sucio y el pelo revuelto, “hey, ¿podrían decirme
cómo llego a-tal-sitio?”, uno de ellos que era fanático de la música se le
quedó viendo y le preguntó: “¿qué, no eres Daniel Johnston?”. “Sí, vaya, qué
bien, me conocen”. Ese mismo día Daniel y los chicos formaron una banda: Danny
& The Nightmares. Daniel los atavió con camisetas de “Death to Satan” y se
puso a cantar con la voz más punk que pudo rolas con títulos como “Love is for
Losers” y “I Killed Satan”. Eventualmente los doctores encontraron la
medicación adecuada para Daniel y él pudo tocar en Alemania y Dinamarca. Daniel
actualmente vive con sus papás, que se ponen a llorar porque “él está solo y a
nosotros ya no nos queda mucho tiempo”. Lo único que no le gustó a Daniel
cuando proyectaron por primera vez The
Devil & Daniel Johnston, el documental sobre su vida, fue
“ver a mis padres llorar”. Esa misma noche, durante la premier, el productor y
el director presentaron a Laurie, la mujer que había inspirado tantas de las canciones
de Daniel, pero cuando lo buscaron a él nadie lo encontró. Fue hasta después,
en una fiesta privada, que Daniel abrazaría a Laurie y le diría “you look like
a movie star” y “let’s get married”. Laurie no sabía muy bien qué decir, así
que le decía que había escuchado toda su música. Daniel se le quedaba viendo
con una sonrisa gigante y no paraba de darle las gracias por ese momento al
director y tomaba de la mano a Laurie que con mucho esfuerzo intentaba tener
una conversación natural. Cuando MTV todavía trataba de música Daniel salió en
MTV. No estaba programado, quién sabe cómo, pero salió en MTV y le mandó un
saludo a un amigo de la prepa “I told you I would be in MTV!”, y cantó una
canción, todo con mucha efusión, si la palabra “efusión” es la correcta aquí.
Daniel roquea más que cualquier estrellita derrumbado en su cuarto de hotel con
su corona de botellas de Crystal vacía y la nariz taponeada de producto
colombiano. Daniel vende los dibujos que hace en hojas de cuaderno arrancadas
por cientos de dólares y él no entiende muy bien por qué, aunque le gusta ser
conocido. Daniel quiere hacer un cómic con Matt Groening, creador de los Simpson.
Daniel hace canciones tan reales e inocentes que de verdad resulta duro
escucharlo mucho tiempo, aguantar su pegada. Daniel es un miembro del Fight
Club.

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