Stan Lee ha muerto. El
hombre creó una mitología para una era sin dioses. No sólo eso, él mismo se
convirtió en ícono pop que alcanzó en vida la inmortalidad. A su genio debemos
los Cuatro Fantásticos, Hulk, Iron Man, muchos X-Men, los villanos Doctor Doom,
Magneto, Doctor Octopus, y desde luego, la cumbre de Spider-Man. Ganador en 2008
de la Medalla Nacional de las Artes que otorga el Congreso estadounidense,
cuesta imaginar a otro escritor en las últimas siete décadas que haya tocado
tantas vidas como él lo hizo con la Casa de las Ideas, Marvel Comics.
“Está a la altura de Walt
Disney”, menciona Nicolas Cage al principio del documental de 2011 With Great Power: The Stan Lee Story. Y
se queda corto. Al final de Mutants,
Monsters & Marvels, una extensa entrevista conducida en 2002 por el
cineasta (y exguionista de Marvel) Kevin Smith, alguien sugiere que “nadie ha
creado más personajes desde Shakespeare”.
El nacido un 28 de diciembre
de 1922 como Stanley Martin Lieber cumplió sus ambiciones literarias en 1941, dos
años después de haber entrado a trabajar en Timeley Comics, aunque no como él esperaba.
Por aquel entonces las historietas debían llevar dos páginas de texto corrido,
todos en la editorial creían que nadie las leía, así que se la dieron al chico
de los recados. Esa historia sobre un personaje de Joe Simon y Jack Kirby, el Capitán
América, las firmó como “Stan Lee”, quería guardar su pomposo nombre de pila
para “la gran novela estadounidense” que algún día escribiría.
Era una impudicia ser
escritor… ¡de cómics! Fue a la guerra y volvió al negocio. Timely mutó en
Marvel, donde coordinaba casi todo. A su jefe, Martin Goodman, le gustaba jugar
a lo seguro; si la “Distinguida Competencia” (DC Comics) ponía de moda las
historietas románticas, bélicas o del oeste, eso hacían ellos. Eran seguidores,
no innovadores. Sentía frustración de ser casi un cuarentón que escribía bobadas,
le cruzaba la idea de renunciar. Los superhéroes llevaban años descontinuados,
pero DC los resucitó en Justice League of
America, título que se vendió
muy bien. Goodman de inmediato pidió algo similar. Stan estaba reticente. Fue
Joan, su esposa (con la que permanecería casado 70 años hasta que ella murió en
junio de 2017), quien lo convenció de escribir la clase de cómic que a él le
gustaría leer, si igual pensaba en la renuncia, lo peor que podía pasar era que
lo despidieran. En 1961, con los trazos de Jack Kirby, aparecieron los Cuatro
Fantásticos. Al año, la misma dupla entregó al increíble Hulk, y de la
mancuerna con el ilustrador Steve Ditko surgiría el asombroso Hombre Araña.
A partir de aquí uno podría
recurrir al estereotípico “y el resto es historia”, o gastar ríos de tinta sobre
los grandes aportes de Stan Lee que lo volvieron amo del género: dar crédito a
los realizadores del cómic, ubicar la acción en sitios reales, el héroe
adolescente que sufre más por las chicas que por los villanos, el monstruo
salvador, el invidente artemarcialista, el primer superhéroe afroamericano o la
brillante ocurrencia de un disfraz de araña que cubriendo al personaje de pies
a cabeza le permitía a un chico de cualquier raza identificarse con él. Impulso
de vanguardia que Marvel ha sabido preservar cuando él aflojó las riendas: el
alcoholismo de Tony Stark, la muerte de Gwen Stacy, la ambigüedad patriótica
del Capitán América, la difuminación de fronteras entre buenos y malos que
culmina en Civil War, la primera boda
gay en una historieta o el ejercicio de metaficción que es Deadpool. En la inútil
discusión Marvel vs. DC, Marvel es rocanrol… pero me gusta.
Pero basta mencionar una de
sus apariciones cinematográficas para entender lo que Stan Lee significa para
muchos de nosotros. Y no, no es uno de sus cameos en las películas de Marvel.
Stan Lee se interpreta a sí
mismo en el filme Mallrats (1995) de
Kevin Smith. La historia trata de dos chicos que van saliendo de la adolescencia, T.S. y Brody. Ambos abandonados
por sus novias, acuden al centro comercial a pasar el rato (y frustrar el
programa televisivo del papá de la ex de T.S. en un desesperado intento por
recuperarla). Brody es un fanático de los cómics que no se la cree al toparse
con su ídolo. Le formula el tipo de preguntas que todo obseso de los superhéroes
alguna vez se ha planteado: ¿Mr. Fantástico puede estirar todas las partes de
su cuerpo, incluso ahí… abajo? ¿La Mole está hecha de piedra, incluso ahí...
abajo? (Por cierto, si el Profesor X no puede mover las piernas con su mente es
porque le demandaría tanto poder que cualquier otra actividad le resultaría
imposible, eso lo explica un un cómic, que como toda buena literatura fantástica
crea su lógica interna, así que dejen de circular ese tonto meme).
Extrañamente, el Marvelita
Mayor está empecinado en hablar de romance. Brody le cuenta de la chica que lo
botó porque quiere un novio normal, no alguien metido en un mundo de cómics. Con la voz más dulce del mundo, Stan
dice que le recuerda a una novia que tuvo, se quejaba de que pasaba mucho
tiempo haciendo sus historietas y rompieron. “Y ahora eres una leyenda del
medio, probablemente también un imán para las mujeres”, exclama Brody. Stan Lee
admite que de hecho mantenía una competencia con Mick Jagger y la última vez
que revisó llevaba la delantera por mucho. Pero nunca olvidó a esa mujer y un día
descubrió que ella se había casado. Él tuvo que continuar con su vida y lidió con el
asunto inventándose algunos nuevos superhéroes, personajes que reflejaban su
propio desconsuelo y arrepentimiento: era él quien estaba detrás de la armadura
del Dr. Doom que oculta su cuerpo deforme; Hulk, normal en un momento y al
siguiente un huracán de emociones, como cuando se dio cuenta de lo que había
perdido. “Hazte un favor, Brody: no esperes. Porque ni todas las mujeres, ni
todo el dinero, ni siquiera todos los cómics del mundo pueden sustituir a esa
persona excepcional”. Es el consejo que brinda al escéptico Brody, todos los cómics
del mundo, después de todo, son algo a considerar, pero Stan Lee replica que cambiaría todo por
volver a tener solo un momento con ella. Esta secuencia concentra el Santo
Grial de Marvel: la persona es más heroica que el disfraz.
Claro que el tono
sentimental es matizado por el típico sentido del humor Marvel al enteramos que
T.S. le ha pedido a la leyenda que hable con su amigo para animarlo a luchar
por su novia. Le soltó el discurso de la edición de aniversario de Spider-Man, “Love
Be A Vulture Tonight”, aunque también aconseja buscar ayuda para Brody, que
parece extrañamente obsesionado por los genitales de los superhéroes, porque en
su inmensa sabiduría Stan Lee sabe que nada salva el día como una buena risa.
¿O no?
Bueno, en realidad cualquiera
medianamente familiarizado con la biografía de Stan Lee conoce el dato citado párrafos
arriba, que no hubo ninguna competencia de proezas sexuales con Jagger porque
desde los 24 años estuvo felizmente casado con Joan, a quien de hecho conoce
mientras está casada con otro hombre; además de que no existe ninguna edición
de Spider-Man titulada “Love Be A Vulture”. En Mallrats, Stan Lee es una invención del guión de Kevin Smith. El lector
apropiándose del autor para construir algo nuevo es probablemente el máximo
logro de un escritor. Es lo mismo que Cervantes mueve en Borges para urdir “Pierre
Menard, autor del Quijote”. Lo que salva el día es la fantasía. Atrapar al
creador en el universo por él creado.
Dios despertó
Stan Lee tiene un poema poco
conocido, se llama “God Woke”. En él, Dios despierta, estira los brazos, mira
alrededor y descubre la Tierra, aquel planeta medio olvidado que había forjado
para encajar en su plan maestro y ve los cambios inducidos por la mano del
hombre, luego oye sus ruidos, entre ellos sus plegarias. “Pero ¿con qué fin? ¿Con
qué gran dirección?/Esta devota marea de genuflexión/Para complacer a su señor,
para complacer a su dios”. Entonces Dios suelta una carcajada por estos hombres
que temen a la muerte, pero despilfarran su vida; que creen que sus súplicas
deben ser escuchadas con atención, como si cada uno fuera especial; que
proclaman la gloria de su creador, pero lo tratan como herramienta. ¿Quién, sino un tonto, con un cosmos
para saborear, crearía hombres mortales y se quedaría atado a ellos para
atenderlos? Si les dio mentes para
pensar y decidir por sí mismos, ¿por qué no aceptan que están solos como él
siempre lo ha estado? “Se aferran a cada momento, pero no hay momento que pueda
durar/Cuando el fin llega tan rápido y pronto son olvidados/¿Por qué buscan lo
que no está?/Como niños perdidos en la noche/Buscan a Dios para que los guíe/Como
niños contraídos de terror/Deben tener a Dios de su lado/Pero ¿qué clase de niños,
de la cuna a la tumba,/Le prometerían obediencia y, sin embargo, lo volverían
su esclavo?”. Y solamente el hombre, que reza incansablemente a su dios, hace
la guerra, pero sus motivos son justos, alega que dios está de su lado y mata
por la paz. “El Señor, nuestro
Dios, ya no pudo soportarlo”. Echa
un último vistazo al hombre y se pregunta: “¿Quién es el culpable de esta
angustia, de esta mortal congoja?/¿El hombre defraudó a su creador? ¿O el
creador al hombre?”. Dios ha dejado de reír: “Sabía la respuesta, por eso es
que Dios lloró”.
Quizá Stan Lee compartía con
Schopenhauer la visión de que la vida es cómica en sus pormenores, pero trágica
en la suma total. O acaso simplemente coincidía con Leonard Cohen, que ignoraba
si había un destinatario para sus plegarias, pero eso no era lo importante,
sino la necesidad que sentía de elevarlas; así que nos llenó el mundo de dioses
y semidioses, en disputa desde el amanecer de la historia, para aligerar un
poco las querellas mortales. Piénsenlo la próxima vez que quieran acusar a los
cómics de promover la violencia.
Epílogo
De niño me preguntaban en dónde
había nacido y yo respondía que en Nueva York para asombro de mis padres. No
era para extrañarse tanto, la culpa era del Hombre Araña; o sea, de Stan Lee.
De grande quería convertirme en fotógrafo, enamorarme de una rubia como Gwen
Stacy y columpiarme en mis redes por la ciudad.
Crecí, resulté un pésimo fotógrafo,
la rubia nunca llegó y no me convertí en el Hombre Araña, pero conseguí lo más
cercano a eso.
En 2005, cuando Editorial
Televisa adquirió la franquicia de Marvel, empecé a colaborar como traductor y
corrector de estilo. El 11 de junio de 2012 me nombraron editor de Marvel. Fue
un día de lo más agridulce. Coincidía con el cumpleaños de una mujer a la que
amaba y lo primero que hice fue llamarle, quería celebrar a su lado. Me dijo
que no deseaba festejos. Por la noche el infame Facebook me reveló que sí hubo
festejo, sólo que yo no estaba invitado. Supongo que empezaba a enamorarse del
futuro padre de su hija y sencillamente no le entusiasmaba tenerme cerca. Empecé
a decir que el trabajo era la mejor parte de mi vida, pero como el Stan Lee de Mallrats, hasta la fecha cambiaría todo
por otra oportunidad con ella.
Me despidieron poco antes de
cumplir 4 años, fui chivo expiatorio de los cacagrandes, ni las gracias recibí
por más de una década que les dediqué, menos una indemnización, tardaron 3
meses en remunerarme mi último sueldo y la estocada final fue que nunca me
pagaron un libro que traduje. Con dos padres enfermos, unos medios hermanos
insufribles y deudas abrumadoras (en gran parte consecuencia de la infinita
demora en los pagos), el mundo se me vino encima.
El 26 de octubre de 2018
murió mi perro de 18 años y medio, Falkor, llamado así en honor a Michael Ende,
la segunda influencia más poderosa de mi infancia. 17 días después expiró Stan
Lee y sentí que, ahora sí, mi niñez había muerto. Crecer es irse quedando solo.
Les lloré a los dos como el Dios del poema porque fui víctima del espejismo de
creerlos eternos., aferrado a cada momento, “pero ningún momento puede durar”.
Ojalá esto salde la deuda…
dudo que así sea.




1 comentario:
eRRe eres grande mi maestro.
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