viernes, 15 de noviembre de 2019

Stan Lee o el llanto de Dios


Stan Lee ha muerto. El hombre creó una mitología para una era sin dioses. No sólo eso, él mismo se convirtió en ícono pop que alcanzó en vida la inmortalidad. A su genio debemos los Cuatro Fantásticos, Hulk, Iron Man, muchos X-Men, los villanos Doctor Doom, Magneto, Doctor Octopus, y desde luego, la cumbre de Spider-Man. Ganador en 2008 de la Medalla Nacional de las Artes que otorga el Congreso estadounidense, cuesta imaginar a otro escritor en las últimas siete décadas que haya tocado tantas vidas como él lo hizo con la Casa de las Ideas, Marvel Comics.
“Está a la altura de Walt Disney”, menciona Nicolas Cage al principio del documental de 2011 With Great Power: The Stan Lee Story. Y se queda corto. Al final de Mutants, Monsters & Marvels, una extensa entrevista conducida en 2002 por el cineasta (y exguionista de Marvel) Kevin Smith, alguien sugiere que “nadie ha creado más personajes desde Shakespeare”.
El nacido un 28 de diciembre de 1922 como Stanley Martin Lieber cumplió sus ambiciones literarias en 1941, dos años después de haber entrado a trabajar en Timeley Comics, aunque no como él esperaba. Por aquel entonces las historietas debían llevar dos páginas de texto corrido, todos en la editorial creían que nadie las leía, así que se la dieron al chico de los recados. Esa historia sobre un personaje de Joe Simon y Jack Kirby, el Capitán América, las firmó como “Stan Lee”, quería guardar su pomposo nombre de pila para “la gran novela estadounidense” que algún día escribiría.
Era una impudicia ser escritor… ¡de cómics! Fue a la guerra y volvió al negocio. Timely mutó en Marvel, donde coordinaba casi todo. A su jefe, Martin Goodman, le gustaba jugar a lo seguro; si la “Distinguida Competencia” (DC Comics) ponía de moda las historietas románticas, bélicas o del oeste, eso hacían ellos. Eran seguidores, no innovadores. Sentía frustración de ser casi un cuarentón que escribía bobadas, le cruzaba la idea de renunciar. Los superhéroes llevaban años descontinuados, pero DC los resucitó en Justice League of America,  título que se vendió muy bien. Goodman de inmediato pidió algo similar. Stan estaba reticente. Fue Joan, su esposa (con la que permanecería casado 70 años hasta que ella murió en junio de 2017), quien lo convenció de escribir la clase de cómic que a él le gustaría leer, si igual pensaba en la renuncia, lo peor que podía pasar era que lo despidieran. En 1961, con los trazos de Jack Kirby, aparecieron los Cuatro Fantásticos. Al año, la misma dupla entregó al increíble Hulk, y de la mancuerna con el ilustrador Steve Ditko surgiría el asombroso Hombre Araña. 
 A partir de aquí uno podría recurrir al estereotípico “y el resto es historia”, o gastar ríos de tinta sobre los grandes aportes de Stan Lee que lo volvieron amo del género: dar crédito a los realizadores del cómic, ubicar la acción en sitios reales, el héroe adolescente que sufre más por las chicas que por los villanos, el monstruo salvador, el invidente artemarcialista, el primer superhéroe afroamericano o la brillante ocurrencia de un disfraz de araña que cubriendo al personaje de pies a cabeza le permitía a un chico de cualquier raza identificarse con él. Impulso de vanguardia que Marvel ha sabido preservar cuando él aflojó las riendas: el alcoholismo de Tony Stark, la muerte de Gwen Stacy, la ambigüedad patriótica del Capitán América, la difuminación de fronteras entre buenos y malos que culmina en Civil War, la primera boda gay en una historieta o el ejercicio de metaficción que es Deadpool. En la inútil discusión Marvel vs. DC, Marvel es rocanrol… pero me gusta.
Pero basta mencionar una de sus apariciones cinematográficas para entender lo que Stan Lee significa para muchos de nosotros. Y no, no es uno de sus cameos en las películas de Marvel.
Stan Lee se interpreta a sí mismo en el filme Mallrats (1995) de Kevin Smith. La historia trata de dos chicos  que van saliendo de la adolescencia, T.S. y Brody. Ambos abandonados por sus novias, acuden al centro comercial a pasar el rato (y frustrar el programa televisivo del papá de la ex de T.S. en un desesperado intento por recuperarla). Brody es un fanático de los cómics que no se la cree al toparse con su ídolo. Le formula el tipo de preguntas que todo obseso de los superhéroes alguna vez se ha planteado: ¿Mr. Fantástico puede estirar todas las partes de su cuerpo, incluso ahí… abajo? ¿La Mole está hecha de piedra, incluso ahí... abajo? (Por cierto, si el Profesor X no puede mover las piernas con su mente es porque le demandaría tanto poder que cualquier otra actividad le resultaría imposible, eso lo explica un un cómic, que como toda buena literatura fantástica crea su lógica interna, así que dejen de circular ese tonto meme).
Extrañamente, el Marvelita Mayor está empecinado en hablar de romance. Brody le cuenta de la chica que lo botó porque quiere un novio normal, no alguien metido en un mundo de cómics.  Con la voz más dulce del mundo, Stan dice que le recuerda a una novia que tuvo, se quejaba de que pasaba mucho tiempo haciendo sus historietas y rompieron. “Y ahora eres una leyenda del medio, probablemente también un imán para las mujeres”, exclama Brody. Stan Lee admite que de hecho mantenía una competencia con Mick Jagger y la última vez que revisó llevaba la delantera por mucho. Pero nunca olvidó a esa mujer y un día descubrió que ella se había casado. Él tuvo que continuar con su vida y lidió con el asunto inventándose algunos nuevos superhéroes, personajes que reflejaban su propio desconsuelo y arrepentimiento: era él quien estaba detrás de la armadura del Dr. Doom que oculta su cuerpo deforme; Hulk, normal en un momento y al siguiente un huracán de emociones, como cuando se dio cuenta de lo que había perdido. “Hazte un favor, Brody: no esperes. Porque ni todas las mujeres, ni todo el dinero, ni siquiera todos los cómics del mundo pueden sustituir a esa persona excepcional”. Es el consejo que brinda al escéptico Brody, todos los cómics del mundo, después de todo, son algo a considerar, pero Stan Lee replica que cambiaría todo por volver a tener solo un momento con ella. Esta secuencia concentra el Santo Grial de Marvel: la persona es más heroica que el disfraz.
 Claro que el tono sentimental es matizado por el típico sentido del humor Marvel al enteramos que T.S. le ha pedido a la leyenda que hable con su amigo para animarlo a luchar por su novia. Le soltó el discurso de la edición de aniversario de Spider-Man, “Love Be A Vulture Tonight”, aunque también aconseja buscar ayuda para Brody, que parece extrañamente obsesionado por los genitales de los superhéroes, porque en su inmensa sabiduría Stan Lee sabe que nada salva el día como una buena risa.
¿O no?
Bueno, en realidad cualquiera medianamente familiarizado con la biografía de Stan Lee conoce el dato citado párrafos arriba, que no hubo ninguna competencia de proezas sexuales con Jagger porque desde los 24 años estuvo felizmente casado con Joan, a quien de hecho conoce mientras está casada con otro hombre; además de que no existe ninguna edición de Spider-Man titulada “Love Be A Vulture”. En Mallrats, Stan Lee es una invención del guión de Kevin Smith. El lector apropiándose del autor para construir algo nuevo es probablemente el máximo logro de un escritor. Es lo mismo que Cervantes mueve en Borges para urdir “Pierre Menard, autor del Quijote”. Lo que salva el día es la fantasía. Atrapar al creador en el universo por él creado.

 

Dios despertó

Stan Lee tiene un poema poco conocido, se llama “God Woke”. En él, Dios despierta, estira los brazos, mira alrededor y descubre la Tierra, aquel planeta medio olvidado que había forjado para encajar en su plan maestro y ve los cambios inducidos por la mano del hombre, luego oye sus ruidos, entre ellos sus plegarias. “Pero ¿con qué fin? ¿Con qué gran dirección?/Esta devota marea de genuflexión/Para complacer a su señor, para complacer a su dios”. Entonces Dios suelta una carcajada por estos hombres que temen a la muerte, pero despilfarran su vida; que creen que sus súplicas deben ser escuchadas con atención, como si cada uno fuera especial; que proclaman la gloria de su creador, pero lo tratan como herramienta.  ¿Quién, sino un tonto, con un cosmos para saborear, crearía hombres mortales y se quedaría atado a ellos para atenderlos?  Si les dio mentes para pensar y decidir por sí mismos, ¿por qué no aceptan que están solos como él siempre lo ha estado? “Se aferran a cada momento, pero no hay momento que pueda durar/Cuando el fin llega tan rápido y pronto son olvidados/¿Por qué buscan lo que no está?/Como niños perdidos en la noche/Buscan a Dios para que los guíe/Como niños contraídos de terror/Deben tener a Dios de su lado/Pero ¿qué clase de niños, de la cuna a la tumba,/Le prometerían obediencia y, sin embargo, lo volverían su esclavo?”. Y solamente el hombre, que reza incansablemente a su dios, hace la guerra, pero sus motivos son justos, alega que dios está de su lado y mata por la paz.  “El Señor, nuestro Dios, ya no pudo soportarlo”.  Echa un último vistazo al hombre y se pregunta: “¿Quién es el culpable de esta angustia, de esta mortal congoja?/¿El hombre defraudó a su creador? ¿O el creador al hombre?”. Dios ha dejado de reír: “Sabía la respuesta, por eso es que Dios lloró”.
Quizá Stan Lee compartía con Schopenhauer la visión de que la vida es cómica en sus pormenores, pero trágica en la suma total. O acaso simplemente coincidía con Leonard Cohen, que ignoraba si había un destinatario para sus plegarias, pero eso no era lo importante, sino la necesidad que sentía de elevarlas; así que nos llenó el mundo de dioses y semidioses, en disputa desde el amanecer de la historia, para aligerar un poco las querellas mortales. Piénsenlo la próxima vez que quieran acusar a los cómics de promover la violencia.

 
Epílogo

De niño me preguntaban en dónde había nacido y yo respondía que en Nueva York para asombro de mis padres. No era para extrañarse tanto, la culpa era del Hombre Araña; o sea, de Stan Lee. De grande quería convertirme en fotógrafo, enamorarme de una rubia como Gwen Stacy y columpiarme en mis redes por la ciudad.
Crecí, resulté un pésimo fotógrafo, la rubia nunca llegó y no me convertí en el Hombre Araña, pero conseguí lo más cercano a eso.
En 2005, cuando Editorial Televisa adquirió la franquicia de Marvel, empecé a colaborar como traductor y corrector de estilo. El 11 de junio de 2012 me nombraron editor de Marvel. Fue un día de lo más agridulce. Coincidía con el cumpleaños de una mujer a la que amaba y lo primero que hice fue llamarle, quería celebrar a su lado. Me dijo que no deseaba festejos. Por la noche el infame Facebook me reveló que sí hubo festejo, sólo que yo no estaba invitado. Supongo que empezaba a enamorarse del futuro padre de su hija y sencillamente no le entusiasmaba tenerme cerca. Empecé a decir que el trabajo era la mejor parte de mi vida, pero como el Stan Lee de Mallrats, hasta la fecha cambiaría todo por otra oportunidad con ella.
Me despidieron poco antes de cumplir 4 años, fui chivo expiatorio de los cacagrandes, ni las gracias recibí por más de una década que les dediqué, menos una indemnización, tardaron 3 meses en remunerarme mi último sueldo y la estocada final fue que nunca me pagaron un libro que traduje. Con dos padres enfermos, unos medios hermanos insufribles y deudas abrumadoras (en gran parte consecuencia de la infinita demora en los pagos), el mundo se me vino encima.
El 26 de octubre de 2018 murió mi perro de 18 años y medio, Falkor, llamado así en honor a Michael Ende, la segunda influencia más poderosa de mi infancia. 17 días después expiró Stan Lee y sentí que, ahora sí, mi niñez había muerto. Crecer es irse quedando solo. Les lloré a los dos como el Dios del poema porque fui víctima del espejismo de creerlos eternos., aferrado a cada momento, “pero ningún momento puede durar”.
Ojalá esto salde la deuda… dudo que así sea.










1 comentario:

luis dijo...

eRRe eres grande mi maestro.