jueves, 29 de agosto de 2019

Triste me pongo: 30 años de Caifanes

El año pasado escribí este texto alusivo a las tres primeras décadas del debut de la banda mexicana Caifanes. No estoy seguro de si lo publicaron, porque nunca lo vi en su versión digital; sí me lo pagaron, que por estos días es lo único que pido. Ahora que la alharaca se repite, creo que ya puedo compartir aquí mi punto de vista.
 
En días recientes me tocó ver en internet distintas conmemoraciones por los 30 años de la publicación del primer disco de Caifanes. Predominaba en los comentarios el carácter elogioso por haber sido un álbum que cambió el destino del rock hecho en México. Cierto, el debut homónimo de Caifanes fue publicado el 28 de agosto de 1988 en una camada de artistas nacionales que incluía al grupo Neón y a la solista Alquimia como parte de la estrategia mercadológica que el sello BMG-Ariola implementó con el lema “Rock  En Tu Idioma”. Sin embargo, tengo mis dudas de que ese haya sido el momento que restauró el rock como entidad en la conciencia pop del mexicano promedio. Me parece que ese momento vino cuatro meses después, cuando la banda, Caifanes, lanzó el maxi-single de “La Negra Tomasa”. Así es, yo creo que el rock mexicano debe  su poca o mucha popularidad contemporánea no precisamente a una canción de guitarras afiladas y vocales desgarradas, sino a una cumbia.

El debut de Caifanes fue bien recibido, tuvo una promoción sin precedentes para una banda de rock nacional y algunas canciones como “Mátenme porque me muero” o “Viento” recibieron modesta exposición en estaciones de radio fuera de las acostumbradas Espacio 59 y Rock 101. Por olvidadizos o sencillamente porque todavía no habían nacido, lo que algunos comentaristas omiten mencionar es que el disco lo compró un público que ya estaba ganado, quienes los habían conocido en Rockotitlán desde que eran las Insólitas Imágenes de Aurora, o los enganchados por el éxito Soda Stereo, Radio Futura y Miguel Mateos. No tuvo mayor trascendencia a nivel mayoritario, el rock, y en particular el rock nacional, seguía siendo una extravagancia que no superaba la etiqueta de música para mariguanos y delincuentes en potencia. Para ser tomado en serio tuvo que subirse a competir en el ring de quienes son los rockstars de por acá, el de Rigo Tovar, los Yonics, la Sonora Dinamita y el Acapulco Tropical, es  decir: tuvieron que grabar una cumbia.

“La Negra Tomasa” era una especie de broma que Caifanes tocaban para cerrar sus tocadas con espíritu desmadroso ante la falta de mayor material original. La tocaron de hecho al final de uno de esos maratónicos programas de Verónica Castro junto a Bon y los Enemigos del Silencio (que tenían su cábula equivalente con su versión a “El rey”, de José Alfredo Jiménez). De todas las canciones interpretados esa noche en un programa que todo México veía, esa fue la canción que cautivó a la audiencia, empezó a buscar la grabación en las tiendas y desilusionada se topaba que en el único disco disponible del grupo sólo venían sus canciones derivativas de The Cure. La discográfica entendió la minita de oro que tenían enfrente, convenció al grupo de grabarla y cuatro meses después, en diciembre (justo a tiempo para los regalos navideños), publicó el maxi-single de “La Negra Tomasa”, el trancazo fue inmediato y rotundo. Caifanes se volvió un nombre familiar en estaciones de pop, rock y tropical; salieron en Siempre en Domingo; la rola se bailaba en bautizos, bodas, quince años de todos los estratos sociales; tan rotundo fue el impacto que guardo el vivo recuerdo de que la señora que nos ayudaba en casa (una mujer ya mayor que sólo escuchaba boleros y música guapachosa), me lo obsequió esa Navidad, aunque como buen aferrado yo lo había adquirido el día que salió a la venta, no tanto por “La Negra…”, sino por el lado B, que traía “Perdí mi ojo de venado”, una de las mejores canciones que la banda haya grabado jamás.

Ese fue el punto de inflexión, no el debut de Caifanes. Una cumbia, no una canción de guitarras punzantes y voz desaforada. Prueba de ello es que Neón, Alquimia y Bon poco a poco fueron extinguiéndose hasta desaparecer. Es un poco frustrante (y ojalá no vean en mí al Nazareno que hicieron de Nicolás Alvarado). Está muy bien que haya personas que disfrutan de la cumbia como con el pasodoble, los sones veracruzanos, la marimba chiapaneca o los crooners al estilo Frank Sinatra, que era la música que escuchaban mis papás. Pero en el páramo de un adolescente criado en el seno de los valores clasemedieros a finales de los 80, yo me acercaba al rock para obtener algo que mi familia no me daba, una sensación de libertad, de imaginación, de temas que en mi familia no se hablaban, o si se hablaban eran minimizados como pasajera obsesión de pubertad, era descubrir un culto donde no sólo te entendían, sino que hablaban tu mismo idioma (y fue el principal motor para aceptar que mis padres me mandaran a clases privadas de inglés).


Con el paso de los años (y muchos kilómetros de estéreo recorrido) he llegado a entender que el rocanrol es por naturaleza una música mestiza en la que cabe todo, y por eso una banda mexicana nunca sonará como una banda croata, por ejemplo, sin siquiera tener que esforzarse (y por eso Carlos Monsiváis se equivocaba cuando se enojaba si le preguntaban por su pasado de rockero colonizado escribiendo letras para Los Tepetatles). Ahora me gustan muchas cosas que antes repelía por mera rebeldía hormonal y celebro que el rock hecho en México haya logrado salir de las cloacas por la rendija que le quedó más próxima. Sin embargo, no dejo de experimentar cierta pena porque una agrupación como Ninot (cuya propuesta me parecía y sigue pareciendo inmensamente más interesante que la de Caifanes) nunca haya podido escapar del subsuelo. Me despierta un peculiar abatimiento cuando al estar en una fiesta con amigas más jóvenes, llenas de perforaciones, y tatuajes, y reclamos feministas (algo normalizado por el rocanrol), puede estar sonando el requinto más filoso de Chuck Berry, o el exquisito punk minimalista de Wire, o el estrógeno a trallazos de las Chicks On Speed, y siempre va a resonar una voz que clame: “ya pónganse algo para bailar, una cumbia”. Me molesta porque, además, es una vil calumnia, como dijo Steven Van Zandt, el guitarrista de Bruce Springsteen: “el rocanrol antes de sacudir nuestras mentes, sacudió nuestros cuerpos”. También entiendo que el Sonido Gallo Negro, las Kumbia Queers o Tropikal Forever son una reacción al mastodonte anquilosado del rock “institucionalizado”. Lo que me frustra es que después de todos estos años la idea de fiesta en México sea una boda eterna. “Muchos hablan del rock, pero se olvidan del roll”, ha sentenciado Keith Richards. Bailar "La negra Tomasa" es bailar al ritmo de la sobrevivencia, y para sobrevivir hay que adaptarse. Hubo una vez en que el rocanrol era la música de los inadaptados. Yo no anhelaba bailar al ritmo del resto de mi familia, sino ser estremecido por esa sacudida primigenia, tan inexplicable, tan personal, tan poderosa, que cuando en el furor de culquier reven sueltan los cumbiones, yo busco una silla y “triste me pongo”.

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