Dios
habla en muchas lenguas, una de ellas es el terror. Nunca he sido muy sensible
a los temblores, así que cuando escuché la alerta sísmica, apenas dando la
vuelta a la esquina de la calle donde vivo, apurado por llegar al metro para
realizar mi programa en Rock 101, lo primero que pensé fue: “¿pues qué no ya
había sido el simulacro? ¿Va a ser cuestión de todo el día?”. Pero vi que los
meseros de unos restaurantes ubicados a la vuelta salían, uno de ellos dijo
“está temblando” y entonces sentí el jalón. Me fui a la esquina, volteé arriba y vi el edificio encima
de uno de esos restaurantes meneándose como al ritmo del Muertho de Tijuana,
pero más me asustó ver la cadencia que se traían los cables eléctricos. Era
como una escena de los cómics que hasta el año pasado editaba, como un ataque
marciano o una visita de Galactus, en serio eso pensé, riéndome para mis
adentros, al tiempo que me desplazaba a mitad de la calle Concepción Beistegui
en su cruce con Av. Universidad. Y entonces uno de los meseros dijo:”¡ya se
cayó algo allí!”. Miré de reojo –todavía cuidándome de los cables eléctricos- y
reconocí la nube de polvo porque en el 85, de niño, me tocó ver caerse una
construcción a escasos 5 metros de mi autobús escolar.
Cuando
pasó, volví corriendo a casa para ver cómo estaba mi mamá y un tío que en ese
momento se hallaba de visita. Revisé rápidamente el hogar, un montón de discos
y libros caídos pero nada más. Entonces me entró aprehensión, no sólo por la
responsabilidad del trabajo –después de todo, hacemos radio, informamos a la
gente-, sino por nuestras instalaciones y mis compañeros, no podía comunicarme
con ninguno de ellos, no tenía señal en el celular . Me fui corriendo a un
sitio de taxis cercano y aunque el conductor estaba dudoso de llevarme,
conseguí que me trasladara hasta Insurgentes y Coahuila. De camino vimos el
edificio derrumbado en Viaducto, entre Medellín y Monterrey. Ya de a pie, rumbo
a la estación, también me tocó ver algunos de los estragos en la Condesa. Me
encontré a Jorge Concha, quien me contó cómo vivió la experiencia., no le dio
tiempo de salir del edificio. “Lo que más miedo me dio fue cuando vi las caras
de las señoras que me miraban con pánico desde la calle”, me confesó.
Nos
regresamos caminando desde Tamaulipas hasta metro Etiopía y en el camino una
probada del caos: recubrimientos caídos, olor a gas, tráfico, crisis nerviosas,
un edificio incendiándose sobre Insurgentes, la calle rebosante de gente que caminaba cabizbaja,
ciudadanos espontáneos que coordinaban el tráfico ante la falta de luz en los
semáforos, caos, confusión, el fin del mundo, pues.
Me
preocupaba que casi no teníamos comida en casa, busqué, todo alrededor estaba
cerrado. Nadie tenía energía eléctrica. Llegué. Encendí
el viejo radio de baterías. Y me enteré de lo de Escocia…
En
la calle de Escocia, número 29, departamento 503, viví algunos de los días más
felices de mi vida. Ha sido mi primer y único departamento. Ahí reí con amigos,
lloré en soledad y amé a la mujer que más he amado en mi vida. En febrero de
este año tuve que salirme por dos razones: ya no me alcanzaba para costear los
gastos ahí y mantener a mi mamá, y porque tras la muerte de mi padre, la
propiedad pasaba a mi hermana.
Escocia
es una calle muy chiquita, que nadie ubica en la colonia del Valle, abarca dos
cuadras, y aunque estás entre dos ejes viales es muy tranquila. Esa mujer –la
que les contaba que más he amado en mi vida-, cuando empecé a enamorarme de
ella, acababa de regresar de vivir cinco años en Londres, me contaba cuentos
druidas, y yo le decía que sólo había cambiado una isla por otra… Escocia… entre
Ferrol y Edimburgo. Ella reía y luego ardíamos…
Me
dejó por un tipo más guapo, inteligente y maduro. Ella ahora es mamá y yo no sé
muy bien quien soy… si los recuerdos ya son una fantasía. “Tengo miedo de pasar
por la esquina donde quedaba contigo”, creo que dice una canción cuyo nombre
ahora mismo se me va… Bueno, pues debería perder el miedo porque esa esquina
ahora ya no existe. O es muy diferente. Es una zona de guerra. Escocia era mi
isla, y ahora está destruida..
Se
ha hablado mucho del silencio que levanta un puño. Yo quiero hablarles del
silencio inmóvil. De cuando se va la luz… y no vuelve… y regresa… y no vuelve.
De desempolvar la vieja radio de baterías para saber… ¡’uta! ¿Qué chingados
pasó? Encenderla y enterarte que sin que tú supieras perdiste un pedazo de
memoria. “When the music is over turn out the lights”, cantaba Jim Morrrison,
porque el silencio cuando la música termina es sepulcral. Pude haberme puesto a
escuchar música. Tenía mi iPod cargado. Pero es como dice Chuck Klosterman en Killing Yourself To Live, resulta
estúpido pensar en qué disco te gustaría escuchar en el momento de tu muerte, lo
más probable es que sólo quepa el pensamiento de que te está cargando la
chingada. Y el único sonido que se escuchaba en la ciudad –dejen ustedes la
ciudad, en mi barrio- era la muerte. Un sonido ensordecedor: el sonido de la
muerte es el silencio… excepto por el alarido de las ambulancias con desconocida
dirección…
Cuando
volvió la energía, después de reparar una puerta que nos chocaron el mismo 19
en la mañana y una fuga de agua descubierta dos días después, con algunas historias en
medio que prefiero reservarme, tímidamente traté de convencerme que era el
momento de volver a escuchar música. De volver a llenar el silencio. Pero los
primeros pasos siempre son muy delicados. Y esto era como aprender a escuchar
música por primera vez… aunque con algo de experiencia… como un lisiado, de
alguna manera. Había que tener cuidado por dónde empezar. Y decidí que sería
por Nusrat.
Conocí
al pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan, como casi todo el mundo, gracias a Peter
Gabriel, quien lo invitó a participar en la grabación de Passion, el disco que resultó de musicalizar La última tentación de Cristo, luego
siguió publicándole discos en su disquera Real World. Es exponente ilustre del
canto qwalii, a su vez inscrito en la gran tradición sufi, una corriente
islámica que predica la purificación de la existencia por el placer, gozar
hasta que duela, o porque duele gozar, es difícil explicarlo en un párrafo;
para resumirlo: es el éxtasis.
Escuchar
a Nusrat es ser arrasado por un vendaval, caer fulminado por un rayo, ser
sacudido en los cimientos de la existencia por un terremoto. No importa lo que
estés haciendo, adonde quieras huir, la voz de Nusrat te va a alcanzar. Como
todos esos fenómenos, es una fuerza de la naturaleza con efectos devastadores.
La voz de Nusrat es un fuego, pero no un fuego informe, silvestre, bárbaro. Es
un fuego con intención y un fuego elevado. Quizá una imagen más precisa sería
hablar de un pájaro de fuego. Nusrat me hace volar sobre un pájaro. Y ese viaje
quema. Pero hay que hacerlo. Porque la otra cosa en la que me hace pensar
Nusrat –acaso no muy lejana de la reflexión anterior- es en una gran huida. No
hablo de fugarse de una prisión. Hablo de gente que se aleja desesperada de un
gran incendio, o una inundación… o de un edificio en un terremoto. La voz de Nusrat es la cara del
espanto ante la realidad. Es la escapada definitiva.
Lo que no enseñan ni en la casa ni en la escuela es que escapar nos
afianza en el mundo. Escapamos en la imaginación pero los animales fantásticos
de nuestros cuentos hablan ese mismo lenguaje con el que encargamos fiambres en
el mercado. Escapamos de casa de nuestros padres sólo para años después
encontrarnos en una nueva vida de hogar. Escapamos de la tradición para al
final encontrar que creamos una nueva, porque la tradición es tiempo, y nadie
puede escapar del tiempo. Tiempo y espacio, más que los átomos, son la base de
nuestra existencia. La ruta de escape que abre Nusrat Fateh Ali Khan lleva en
realidad a la mirada más valiente de la realidad. La que frente a sus horrores
no aparta la vista. Porque vivir es un peligro. Pero la única alternativa a eso es
la muerte, y ahí no hay lugar al cual huir. Es como al final de La historia interminable de Michael Ende: Bastian tiene que volver
para traer el agua de la vida al mundo y que así sobreviva Fantasía; si permanece allá, significaría la locura. El efluvio de Nusrat cura la demencia,
anestesia angustias y ancla a la realidad. 


1 comentario:
chingón!!! que manera de expresar a través de las palabras, abrazo enorme eRRe
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