jueves, 12 de septiembre de 2019

Noticias sobre Daniel Johnston (mail desde otra vida)


Yo creía que había estado enamorado, pero no tenía idea. Supongo que parte de lo que me gustaba de esta chica –aunque fuera más grande que yo- era que le gustaba leer los mails kilométricos y digresivos que le escribía. Y no sólo eso, ¡me los contestaba con misivas igual de extensas! ¿Cómo no iba a caer por su saeta? Después de que Yahoo Mail me borrara a la mitad y por capricho un par de mis largas cartas, adopté el hábito de guardar los mensajes en Word antes de mandarlos. Pasaron los años; el amor, como es su mala costumbre, se echó a perder; dejé de escribir mails kilométricos. Ayer, con la noticia de la muerte de Daniel Johnston, conecté un viejo disco duro. Yo buscaba música… Pero di con esto. Es apenas un fragmento (en mi defensa debo agregar: casi el texto completo) de uno de esos mails, básicamente un relato a mi manera de lo que se ve en el documental The Devil & Daniel Johnston (supongo que por ese tiempo me tenía trastornado). No me pregunten a qué quería llegar con todo el choro, yo creo que compartir las impresiones que me había dejado su música y su historia. Dejo a ustedes que juzguen si el esfuerzo valió la pena, o si la receptora del correo original tuvo razón en la fatiga de su querer.


Daniel Johnston es un santo. Me gusta iniciar los días oyéndolo cantar como en una canción infantil “Don’t let the sun fall down on your grivieance/respect love of the heart over lust of the flesh/do yourself a favour/become your own saviour” con su voz chillona, desesperada, enloquecida. Daniel sabía que un día sería famoso como los Beatles y por eso grababa casetes en la cochera de su madre que luego repartía en la calle y toda su vida la tiene documentada en casetes de audio y video. Daniel saludando “hola, soy el fantasma de Daniel Johnston y me complace mucho que hoy estén aquí para hablarles de mi condición”. Daniel discutiendo con su madre que lo llama “siervo inútil del Señor”. Daniel pidiéndole a Laurie si no podría decir al micrófono de su grabadora “te quiero, Dany”. Daniel conoció a Laurie cuando se inscribió a la carrera de arte en una universidad cerca de casa de sus papás tras haber sido devuelto de la universidad de Texas luego de manifestar su condición –qué curioso término, ¿no?, padecer una “condición”-. Daniel dice que Laurie le inspiró mil canciones y probablemente no mienta. Laurie se casó con el dueño de una funeraria y Daniel tomó Cadillac Ranch de Bruce Springsteen y le cambió la letra por “Funeral Home, Funeral Home/Going to the funeral home/Got me a casket shinny and black/I’m goin’ to the funeral and I’m never coming back”, cuando la cantó en una librería de Austin los universitarios –tan sarcásticos ellos- se cagaban de risa… pero dejaban de reírse cuando Daniel cerraba los ojos muy fuerte y apartaba las manos de la guitarra y seguía cantando como poseído, con lágrimas escurriéndosele por la regordeta cara, y se hacía evidente que ese hombre sufría. Una madrugada despertaron a un editor de Austin para preguntarle si conocía a un tal Daniel Johnston, él dijo que sí y le pidieron que acudiera al campus de inmediato. Daniel estaba desnudo en medio de un riachuelo, aventando agua con las manos y hablando del bautismo; el editor, amante de la pintura de VanGogh, hubo de pedir que lo metieran a un manicomio. Daniel salió de ahí y los güeyes de Sonic Youth se lo llevaron a Nueva York con intención de grabar y tocar. Una tarde emprendieron la típica visita por las entrañas de la Estatua de la Libertad, donde dicen que hay un acuario –no sé, yo nunca he estado-, quién sabe de dónde Daniel sacó una lata de pintura en aerosol y empezó a trazar peces en las paredes, ya sabes, el símbolo de los primeros cristianos. Los policías detuvieron a Daniel y le advirtieron que no volviera a pararse por ahí, los de Sonic Youth pagaron una fianza y decidieron que sería buena idea que Daniel volviera con sus papás. Daniel fuera de sí les replicó que si no se daban cuenta de que eso era una artimaña del demonio, que estaban siendo usados por el mal, que su misión era acabar con las legiones de Satán que hay en este mundo. Igual subieron a Daniel a un camión. Igual Daniel se bajó antes y casi mata a una viejilla que le pidió que dejara de hacer ruido mientras caminaba por la calle canturreando. Subió al edificio donde vivía la anciana y estuvo a punto de tirarla por un balcón. Daniel también casi mata a su papá. Su papá había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial. Tenía su avionetita para no perder la práctica. Un día invitó a Daniel a dar una vuelta. Daniel leía un cómic de Gasparín en cuya portada se veía al Fantasma amigable saltando de un avión. Daniel decidió que era buen momento para intentar eso mismo. Papá dijo que no. Papá ya no era papá, era Satanás. Daniel quería terminar con las legiones de Satán en este mundo. Daniel y papá terminaron estrellándose en el campo… pero como papá había sido piloto, ejecutó una maniobra que les permitió salir con vida. Papá regresó a aliviarse a casa y Daniel al manicomio. Encerrado ahí nunca se enteró de que a Kurt Cobain, el cantante del grupo punk de moda, se la había ocurrido asistir a unos premios MTV ataviado con una playera que exhibía uno de sus diseños monstruosos. Daniel no sabía que su fama estaba creciendo. Cuando salió del manicomio el amigo que fungía de manager lo contactó para decirle que estaba en tratos con Elektra para firmar un contrato discográfico. Al amigo le costó mucho pero consiguió que Elektra le ofreciera el contacto con más concesiones en la industria para una persona que no fuera Bob Dylan: tenía en cuenta “su condición”, podía grabar cuando quisiera, las regalías íntegras de sus composiciones irían para él. Daniel no quiso firmarlo porque en Elektra grababa una banda de esbirros de Satán que temía pudieran romperle el culo: Metallica. El amigo no contuvo su enojo. Daniel pensó que él también había sido dominado por los espíritus de las tinieblas. Pero el amigo siguió comercializando las cintas por Internet. Y Daniel siguió perdido dentro de Daniel. Una mañana unos chavitos de 16 y 17 años que habían salido a tomar unas chelas en campo abierto encontraron a un hombre corpulento de más de 40 años, con la ropa desgarrada, sucio y el pelo revuelto, “hey, ¿podrían decirme cómo llego a-tal-sitio?”, uno de ellos que era fanático de la música se le quedó viendo y le preguntó: “¿qué, no eres Daniel Johnston?”. “Sí, vaya, qué bien, me conocen”. Ese mismo día Daniel y los chicos formaron una banda: Danny & The Nightmares. Daniel los atavió con camisetas de “Death to Satan” y se puso a cantar con la voz más punk que pudo rolas con títulos como “Love is for Losers” y “I Killed Satan”. Eventualmente los doctores encontraron la medicación adecuada para Daniel y él pudo tocar en Alemania y Dinamarca. Daniel actualmente vive con sus papás, que se ponen a llorar porque “él está solo y a nosotros ya no nos queda mucho tiempo”. Lo único que no le gustó a Daniel cuando proyectaron por primera vez The Devil & Daniel Johnston, el documental sobre su vida, fue “ver a mis padres llorar”. Esa misma noche, durante la premier, el productor y el director presentaron a Laurie, la mujer que había inspirado tantas de las canciones de Daniel, pero cuando lo buscaron a él nadie lo encontró. Fue hasta después, en una fiesta privada, que Daniel abrazaría a Laurie y le diría “you look like a movie star” y “let’s get married”. Laurie no sabía muy bien qué decir, así que le decía que había escuchado toda su música. Daniel se le quedaba viendo con una sonrisa gigante y no paraba de darle las gracias por ese momento al director y tomaba de la mano a Laurie que con mucho esfuerzo intentaba tener una conversación natural. Cuando MTV todavía trataba de música Daniel salió en MTV. No estaba programado, quién sabe cómo, pero salió en MTV y le mandó un saludo a un amigo de la prepa “I told you I would be in MTV!”, y cantó una canción, todo con mucha efusión, si la palabra “efusión” es la correcta aquí. Daniel roquea más que cualquier estrellita derrumbado en su cuarto de hotel con su corona de botellas de Crystal vacía y la nariz taponeada de producto colombiano. Daniel vende los dibujos que hace en hojas de cuaderno arrancadas por cientos de dólares y él no entiende muy bien por qué, aunque le gusta ser conocido. Daniel quiere hacer un cómic con Matt Groening, creador de los Simpson. Daniel hace canciones tan reales e inocentes que de verdad resulta duro escucharlo mucho tiempo, aguantar su pegada. Daniel es un miembro del Fight Club.

jueves, 29 de agosto de 2019

Triste me pongo: 30 años de Caifanes

El año pasado escribí este texto alusivo a las tres primeras décadas del debut de la banda mexicana Caifanes. No estoy seguro de si lo publicaron, porque nunca lo vi en su versión digital; sí me lo pagaron, que por estos días es lo único que pido. Ahora que la alharaca se repite, creo que ya puedo compartir aquí mi punto de vista.
 
En días recientes me tocó ver en internet distintas conmemoraciones por los 30 años de la publicación del primer disco de Caifanes. Predominaba en los comentarios el carácter elogioso por haber sido un álbum que cambió el destino del rock hecho en México. Cierto, el debut homónimo de Caifanes fue publicado el 28 de agosto de 1988 en una camada de artistas nacionales que incluía al grupo Neón y a la solista Alquimia como parte de la estrategia mercadológica que el sello BMG-Ariola implementó con el lema “Rock  En Tu Idioma”. Sin embargo, tengo mis dudas de que ese haya sido el momento que restauró el rock como entidad en la conciencia pop del mexicano promedio. Me parece que ese momento vino cuatro meses después, cuando la banda, Caifanes, lanzó el maxi-single de “La Negra Tomasa”. Así es, yo creo que el rock mexicano debe  su poca o mucha popularidad contemporánea no precisamente a una canción de guitarras afiladas y vocales desgarradas, sino a una cumbia.

El debut de Caifanes fue bien recibido, tuvo una promoción sin precedentes para una banda de rock nacional y algunas canciones como “Mátenme porque me muero” o “Viento” recibieron modesta exposición en estaciones de radio fuera de las acostumbradas Espacio 59 y Rock 101. Por olvidadizos o sencillamente porque todavía no habían nacido, lo que algunos comentaristas omiten mencionar es que el disco lo compró un público que ya estaba ganado, quienes los habían conocido en Rockotitlán desde que eran las Insólitas Imágenes de Aurora, o los enganchados por el éxito Soda Stereo, Radio Futura y Miguel Mateos. No tuvo mayor trascendencia a nivel mayoritario, el rock, y en particular el rock nacional, seguía siendo una extravagancia que no superaba la etiqueta de música para mariguanos y delincuentes en potencia. Para ser tomado en serio tuvo que subirse a competir en el ring de quienes son los rockstars de por acá, el de Rigo Tovar, los Yonics, la Sonora Dinamita y el Acapulco Tropical, es  decir: tuvieron que grabar una cumbia.

“La Negra Tomasa” era una especie de broma que Caifanes tocaban para cerrar sus tocadas con espíritu desmadroso ante la falta de mayor material original. La tocaron de hecho al final de uno de esos maratónicos programas de Verónica Castro junto a Bon y los Enemigos del Silencio (que tenían su cábula equivalente con su versión a “El rey”, de José Alfredo Jiménez). De todas las canciones interpretados esa noche en un programa que todo México veía, esa fue la canción que cautivó a la audiencia, empezó a buscar la grabación en las tiendas y desilusionada se topaba que en el único disco disponible del grupo sólo venían sus canciones derivativas de The Cure. La discográfica entendió la minita de oro que tenían enfrente, convenció al grupo de grabarla y cuatro meses después, en diciembre (justo a tiempo para los regalos navideños), publicó el maxi-single de “La Negra Tomasa”, el trancazo fue inmediato y rotundo. Caifanes se volvió un nombre familiar en estaciones de pop, rock y tropical; salieron en Siempre en Domingo; la rola se bailaba en bautizos, bodas, quince años de todos los estratos sociales; tan rotundo fue el impacto que guardo el vivo recuerdo de que la señora que nos ayudaba en casa (una mujer ya mayor que sólo escuchaba boleros y música guapachosa), me lo obsequió esa Navidad, aunque como buen aferrado yo lo había adquirido el día que salió a la venta, no tanto por “La Negra…”, sino por el lado B, que traía “Perdí mi ojo de venado”, una de las mejores canciones que la banda haya grabado jamás.

Ese fue el punto de inflexión, no el debut de Caifanes. Una cumbia, no una canción de guitarras punzantes y voz desaforada. Prueba de ello es que Neón, Alquimia y Bon poco a poco fueron extinguiéndose hasta desaparecer. Es un poco frustrante (y ojalá no vean en mí al Nazareno que hicieron de Nicolás Alvarado). Está muy bien que haya personas que disfrutan de la cumbia como con el pasodoble, los sones veracruzanos, la marimba chiapaneca o los crooners al estilo Frank Sinatra, que era la música que escuchaban mis papás. Pero en el páramo de un adolescente criado en el seno de los valores clasemedieros a finales de los 80, yo me acercaba al rock para obtener algo que mi familia no me daba, una sensación de libertad, de imaginación, de temas que en mi familia no se hablaban, o si se hablaban eran minimizados como pasajera obsesión de pubertad, era descubrir un culto donde no sólo te entendían, sino que hablaban tu mismo idioma (y fue el principal motor para aceptar que mis padres me mandaran a clases privadas de inglés).


Con el paso de los años (y muchos kilómetros de estéreo recorrido) he llegado a entender que el rocanrol es por naturaleza una música mestiza en la que cabe todo, y por eso una banda mexicana nunca sonará como una banda croata, por ejemplo, sin siquiera tener que esforzarse (y por eso Carlos Monsiváis se equivocaba cuando se enojaba si le preguntaban por su pasado de rockero colonizado escribiendo letras para Los Tepetatles). Ahora me gustan muchas cosas que antes repelía por mera rebeldía hormonal y celebro que el rock hecho en México haya logrado salir de las cloacas por la rendija que le quedó más próxima. Sin embargo, no dejo de experimentar cierta pena porque una agrupación como Ninot (cuya propuesta me parecía y sigue pareciendo inmensamente más interesante que la de Caifanes) nunca haya podido escapar del subsuelo. Me despierta un peculiar abatimiento cuando al estar en una fiesta con amigas más jóvenes, llenas de perforaciones, y tatuajes, y reclamos feministas (algo normalizado por el rocanrol), puede estar sonando el requinto más filoso de Chuck Berry, o el exquisito punk minimalista de Wire, o el estrógeno a trallazos de las Chicks On Speed, y siempre va a resonar una voz que clame: “ya pónganse algo para bailar, una cumbia”. Me molesta porque, además, es una vil calumnia, como dijo Steven Van Zandt, el guitarrista de Bruce Springsteen: “el rocanrol antes de sacudir nuestras mentes, sacudió nuestros cuerpos”. También entiendo que el Sonido Gallo Negro, las Kumbia Queers o Tropikal Forever son una reacción al mastodonte anquilosado del rock “institucionalizado”. Lo que me frustra es que después de todos estos años la idea de fiesta en México sea una boda eterna. “Muchos hablan del rock, pero se olvidan del roll”, ha sentenciado Keith Richards. Bailar "La negra Tomasa" es bailar al ritmo de la sobrevivencia, y para sobrevivir hay que adaptarse. Hubo una vez en que el rocanrol era la música de los inadaptados. Yo no anhelaba bailar al ritmo del resto de mi familia, sino ser estremecido por esa sacudida primigenia, tan inexplicable, tan personal, tan poderosa, que cuando en el furor de culquier reven sueltan los cumbiones, yo busco una silla y “triste me pongo”.

viernes, 3 de mayo de 2019

Fascinación por Disintegration: 30 años de un instante congelado en el tiempo


La fascinación significa lo siguiente: aquel que ve ya no puede apartar la vista. En el cara a cara frontal, tanto en el mundo humano como en el mundo animal, la muerte petrifica.
-Pascal Quignard en El sexo y el espanto

…like the cold when you’re dead…
-The Cure en “Plainsong”

Me cuesta creer que han pasado 30 años desde que The Cure publicó Disintegration porque todavía tengo muy presente el momento de su adquisición. Regresaba de mi secundaria, estaba pegada a un centro comercial  que servía de atajo camino al metro, subiendo los escalones había una tienda de discos y ahí lo vi, nunca olvidaré. al fondo de esas formas y tonos verdosos en la portada del álbum, la cara de Robert Smith casi sonriente detrás del escaparate, como invitándome a comprarlo, a zambullirme en ese estanque y salir de ahí con la vida cambiada. No recuerdo bien la fecha, pero no debía distar mucho de su lanzamiento el 2 de mayo de 1989 porque hacía calor, hacía sol, fue un momento luminoso.
Era un vinilo importado. Antes de que el genio de la lámpara de Spotify nos concediera el deseo de escuchar cualquier novedad el mismo día de su publicación en cualquier parte del mundo, las ediciones nacionales tardaban varios meses en aparecer y muchas veces en versiones más modestas que las originales, así que valía la pena hacer el sacrificio. Ahora bien, aunque yo ya compraba discos y era fan de The Cure, considero que mi colección inició formalmente con Disintegration, o por lo menos me afirmó en los hábitos maniáticos justificables sólo para el coleccionista de discos. Me refiero a que poco después vine a enterarme que el CD incluía dos cortes extra, así que tan pronto pude me armé con el compact de Disintegration, que a lo largo de mi vida he adquirido en tres presentaciones distintas. Me indujo al extraño culto de los lados B, compré todos los sencillos que se desprendieron, con canciones en la cara B que no habrían desentonado en el álbum final. También me entregué a la caza de grabaciones no oficiales de conciertos o bootlegs, los bootlegs “originales”  en su mayoría venían de Europa, eran caros y difíciles de conseguir, pero en el tianguis del Chopo circulaban pasados a cassettte y más tarde a CD-R, de esta forma The Cure se convirtió en la banda de la que más bootlegs he tenido, en su mayor parte amasados durante la época del Prayer Tour, la gira de Disintegration (cuando parecía imposible que el grupo alguna vez tocara en México).

¿Qué trastornó tanto a ese niño de 14 años? Bueno, Disintegration empieza con la mejor canción para abrir un disco de la historia, los teclados de “Plainsong” suenan a un iceberg despedazándose al paso de mamut moribundo que marca la tarola, luego entra la guitarra, esa guitarra que a lo largo del disco va pasándote una aguja directo al corazón para suturar las heridas largo tiempo escondidas; la rola desborda pasión, sólo que no es la pasión volcánica que suele asociarse con esa axaltación del espíritu, sino una pasión gélida, “como el frío si estuvieras muerto” murmura Robert Smith.

Disintegration no es un disco ardoroso, es un disco que te deja helado. “Creo que está oscuro y parece que hay lluvia” es el pronóstico de entrada; de ahí en adelante, la meteorología no varía demasiado.  En “Pictures of You” sigue el aguacero, y de tanto frío se vuelve nieve, que en el universo de The Cure  siempre sugiere un deslumbramiento. Antes mencioné que en la portada Robert Smith aparece como en el cuadro de un bote con fondo transparente,  y el agua en cualquiera de sus tres estados figura en esta colección de canciones entre las cuales, por si fuera poco, incluso hay una titulada “Prayers For Rain”; el agua que limpia, el agua que ahoga y también el agua estancada, podrida por el paso del tiempo. El disco ideal para un día lluvioso. 

The Cure había salido de las tinieblas con el pop preciosista de The Head On The Door; en Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me  probaron su capacidad para las composiciones monumentales, de las que llenan arenas, y Disintegration suele verse como  una retractación de los presupuestos que dictan el gusto masivo para de nuevo abrazar la sombra. Yo digo que es el disco donde Robert Smith se plantea más seriamente el compromiso de su obra con la belleza. Es la culminación de los caminos andados previamente que llevan a un hallazgo majestoso, único e irrepetible. En realidad no hay algo anterior o posterior en la discografía de The Cure comparable a Disintegration. La oscuridad no es efecto de las letanías nihilistas ni de los armazones minimalistas de sus inicios, Disintegration es exuberante en lo musical y oscuro porque la contemplación de la belleza no es bonita, es un abismo; no puede prolongarse mucho sin correr el riesgo de caer en él. Este disco, que llegó a ser calificado de suicidio comercial, se convirtió en el más vendido de la banda sin plegarse a las convenciones del pop, colocaron su sencillo de mayor éxito con “Love Song”, que era casi la única canción con algo parecido a un coro, lo demás demostraba que ningún público se resiste a la expresión bella, por más tétrica que sea, de una emoción.

Así me lo confirmó una vivencia a los pocos meses de haber comprado el disco. “Fascination Street” sonaba insistentemente en las radios y en la secundaria organizaron una tardeada. El dj ponía algunos de los éxitos del momento mientras los niños católicos nos sobreponíamos a la timidez de sacar a alguna linda chica católica a bailar. Pero el cabrón no quería tocar “Fascination Street”. Ya varios nos habíamos acercado a pedirla, hasta unas cuantas chavas. De modo que a alguno de los inadaptados presentes se le ocurrió organizar a la concurrencia para que nadie bailara hasta que la petición no fuera cumplida. Ahí nos tenían a todos, sentados alrededor de la pista, me gustaría decir que con el semblante inmutable, pero la verdad es que reíamos de la travesura y gritábamos “Fascination, Fascination”, no habría fiesta, nadie se iba a divertir hasta que no sonara. Y entonces empezó el bajeo hipnótico, la batería fornida, el bordado de la guitarra, la larga introducción de “Fascination Street” y aquello fue una implosión de júbilo adolescente, saltamos,  gritamos, nos sacudimos, no falto quien se despojara de la camisa, y al empezar la letra cantamos al unísono, nos abrazamos, y nadie, nadie dejó de bailar. Antes de asistir a cualquier concierto, aquello me enseñó montones sobre el poder de la música en comunidad; era a la vez como si toda esa emoción que guarda el gélido y lluvioso Disintegration encarnara en su plena humanidad . Fue, en efecto, un acontecimiento fascinante. Por cierto, la palabra “fascinación” proviene de “fascinus”, personificación divina del falo entre los antiguos romanos, quienes le dedicaban fiestas que hoy llamaríamos bastante impúdicas; Pascal Quignard en su libro El sexo y el espanto básicamente escribe que la fascinación maravilla y aterra, igual que una fiebre o una pequeña muerte… ¿Y me vienen a decir que ese instante ha durado 30 años? ¡Pfft!



lunes, 8 de abril de 2019

Shawn Smith en su jardín



No merezco más que cualquier otra persona. Nunca me preocupó ganar dinero. Siempre se trató de hacer la mejor canción posible. Esa era mi meta: ser un escritor de canciones

Otra vez amaneció frío en abril. Ahora ha muerto Shawn Smith, el 5 de abril de 2019, una fecha que los supersticiosos del grunge considerarán aciaga, el mismo día de 1994 Kurt Cobain se dio en la madre, y le siguió Layne Staley de Alice in Chains en 2002. Claro que la muerte de Shawn ocurre en circunstancias menos escabrosas (si tal cosa es posible, por complicaciones con la diabetes, según los primeros informes) y su nombre no resonará para tanta gente como el de sus antecesores. Por arbitrariedad o por voluntad, Shawn Smith fue lujo de pocos. Ya sea al frente de bandas como Satchel, Pigeonhead, Brad o All Hail The Crown, lo mismo que con sus distintos discos como solista, siguió siendo “el secreto mejor guardado de Seattle”. 
Con las elegías tras su muerte, me entero de que así se refería a él Greg Dulli (que lo convocó a sus Twilight Singers), y me entra la duda de si lo leí en algún lado y de ahí yo empecé a llamarlo de la misma manera; de ser ese el caso, no lo recuerdo. Para mí simplemente es la aclaración natural cuando uno piensa en Shawn Smith. Dueño de una voz privilegiada y del talento para escribir canciones conmovedoras, pudo haber conquistado el mundo con estándares distintos para el éxito, quizá si se tratara de cimbrar el espíritu como él sabía. Y, como fan, se sentía bien gozar de este portento en las catacumbas, a salvo del fuego del hype que consume todo a su paso, aunque a veces también encabronaba no encontrar más oídos abiertos a la revelación, supongo que como artista debía sentirse peor. 

A Shawn Smith le tocó una época complicada para la industria musical; daría la impresión que, ante su incapacidad para entender ese mundo, le dio la espalda y creó su propia industria, donde importaba más compartir la música que comercializarla. Hasta el momento de su muerte –al momento de escribir esto-, la discografía solista podía descargarse a precio de cero dólares desde su bandcamp shawnsmith.bandcamp.com

Como buen hijo de la franela grunge, yo descubrí a Shawn cuando Stone Gossard, el guitarrista de Pearl Jam, formó Brad. Sus detractores no lo entienden, pero la música que popularizó Seattle en los 90 alivianó mucho a los chavos moldeados en la careta del “tipo duro hedonista” que predicó el heavy en la década anterior. Eran grupos más abiertos a la variedad de posibilidades sónicas descubiertas en la historia del rocanrol; y con eso, acaso más importante, validaron la diversidad anímica en la música dura. No hacía falta transformarse en témpano new-wave o maquillarse de vampiro gótico para tener derecho a la melancolía, el grunge admitió la debilidad y la tristeza en las guitarras fuertes que eran tradicional signo de masculinidad, y aquí incluso podríamos detenernos a ponderar la visibilidad que aportó a las discusiones sobre feminismo y homosexualismo en la mesa de la cultura popular.

Es lo que me gustaba de Brad. No era sólo un proyecto alterno para las canciones de Stone que no cabían en los discos de Pearl Jam, era un grupo enteramente distinto. Compartían lo básico en una banda de rock –guitarra, bajo, batería-, con una gran diferencia: el piano que tocaba Shawn Smith y su voz, muy distinta en tono y registro de la de Eddie Vedder. Mientras el barítono profundo de Vedder se convirtió en imitadísimo elemento de los clones grunge, Shawn era un tenor delicado, enternecedor, que no te ganaba en una descarga de poder, te envolvía en un misterio. Si Vedder era el trueno, Smith era la caricia de los primeros rayos de la mañana. La voz de Shawn Smith es tan fácil de imitar porque pocos cantan desde ese núcleo del ser.

Shame, el debut de Brad, se mueve principalmente en dos direcciones: por un lado las baladas dulces con el piano llevando las riendas (un poco reminiscentes de Elton John) y su particular versión del funk mutante aprendido de Prince (a quien Smith citaba como inspiración vital). Momentos más o menos explosivos de esta combinación con préstamos tomados del soul y el rock de los setenta cimentan el armazón del segundo disco, Interiors (álbum más introspectivos, de tintes hasta progresivos), y del tercero, Welcome to Discovery Park (el más jipi y melódico). Vendrían otros, pero esos son los tres discos de Brad para escuchar.

De Brad derivé a Satchel, la banda anterior de Shawn. En plena euforia grunge (1994) Epic les publicó EDC, un álbum unificado por referencias a la película Reservoir Dogs, de sinuosidades melódicas y teclados en primer plano que era grunge sólo nominalmente. El segundo, The Family (1996), traía mejores canciones, pero el grupo tardaría casi 15 años en grabar de nuevo, Heartache and Honey apareció hasta 2010 presagiado en 2005 por una colección de demos en coalición con la otra banda de Smith, Brad vs. Satchel.

Antes de todo eso, Shawn Smith había pasado por Malfunkshun, el grupo donde empezó Andrew Wood, que luego encabezaría Mother Love Bone, el precedente inmediato de Pearl Jam. Una sobredosis se cargó a Andy en 1990, y para 2006 los sobrevivientes de Malfunkshun tramarían el álbum Monument, con Shawn entregando al micrófono letras que el fenecido cantante original dejó escritas. Ya entrado en el reino de las guitarras borrascosas, se seguiría con el guitarrista de Malfunkshun y hermano de Andy, Kevin Wood, para formar All Hail The Crown, una estampida de heavy metal clásico es lo hay en su único disco (2011). Material en las antípodas de las pulsiones electrónicas que ejercitó al lado de Steven Fisk, haciéndose llamar Pigeonhead sacaron una placa homónima en 1993 y The Full Sentence en 1997. “Battleflag” de Pigeonhead y “Wrapped In My Memory”, como solista, llegaron a sonar en la serie The Sopranos.

Para su presentación en solitario, Shawn Smith escogió la imagen más sencilla pero más representativa de su exuberancia creativa. La foto de unas ramas fuertes y de frondoso verdor por las que se vislumbraba un día soleado abarcaba la portada de Let It All Begin (1999), un disco en el que Shawn tocaba casi todos los instrumentos en canciones de pop preciosista, caramelos ambientales, directamente eléctricas, etéreas tallas acústicas, cadencias exultantes; en fin, lo que no desmerece a la descripción de un jardín que en Shield of Thorns, The Diamond Hand y el restó de las grabaciones a su nombre continuó floreciendo en canciones luminosas. ¿Cómo lo enunció Bob Marley, “canciones de redención”? Pues eso es lo que ofrecía Shawn Smith, en el trayecto puede romperte el corazón, pero vas a salir de esa arboleda sintiéndote más vivo. Al menos eso me hace sentir cuando lo escucho. Frutos de esa modesta belleza hacen falta en el mundo.








lunes, 19 de noviembre de 2018

Dios despertó, un poema de Stan Lee

Dios despertó.
Se estiró, bostezó y su alrededor miró,
Atormentado por un pensamiento que no encontraba,
Un pensamiento vagabundo que a morir se negaba.
Se levantó y el cielo infinito escrutó.
Sondeó el es, siguió el rastro del fue
Buscó lo que todavía estaba por ser,
Y entonces encontró el planeta Tierra,
El medio olvidado planeta Tierra,
Inmerso en pena y tragedia,
Y lo supo de inmediato,
Vio el mundo que había forjado para encajar en su plan maestro.
Y entonces vio los cambios que la mano del hombre indujo.
El hombre, tan frágil, tan pequeño,
Y aun así dueño de todo,
Luchando, prosperando,
Afanando, fracasando,
Sembrando, creciendo, siempre andando,
Siempre aprendiendo, jamás conociendo.
Menos que recto, menos que justo
Y finalmente al polvo condenado.
Oyó los ruidos del hombre por todos lados:
Los disparos, los clangs, los rugidos, los bangs
El estrépito, el repiqueteo, martillos y armas.
Y luego descubrió, para su desesperación,
El tortuoso y hueco sonido de la oración.
Mil millones de cuerpos en eterna postración
Mil millones de voces donde nunca el silencio cabe:
“Dame…”, “consígueme…”,
“concédeme, “permíteme…”,
“ámame…”, “libérame…”,
“escúchame…”, “mírame…”.
Mientras él reflexionaba, observaba y aguardaba,
Ellos interminablemente suplicaban,
Cantaban, vociferaban,
Gemían, sollozaban,
Engañaban, mentían,
¿pero con qué fin? ¿En qué magna dirección
Esta devota marea de genuflexión?
Para agradar a su señor, para agradar a su dios.
Dios levantó la cabeza y rió,  a carcajadas rió,
Del hombre, el enigma, que ayuda pedía,
Que siempre exigía, siempre temía.
El hombre, el enigma, que  lamentaba su suerte.
Pero la inactividad lo infesta hasta que es muy tarde ya.
El paradójico hombre, con tanto miedo a la muerte,
Pero despilfarra su vida y su aliento derrocha
Desperdicia sus horas, disuelve sus días,
Sin conseguir nada mientras reza que reza.
El hipócrita hombre,
Pretencioso y engreído,
Pronunciando su nombre
Sólo con cuerdas vocales,
Palabras sin sentimiento,
Sonido sin significado,
Cuánta arrogancia, qué gran soberbia,
Pensar en el propio ser como elitario,
Exigiendo atención en cada ruego,
Mientras dolorosamente, vanamente, sin saberlo,
El omnipotente, infinito y absoluto señor de uno mismo
Yace enterrado.
Dios se enfadó.
¿Cómo se atrevían a creer que la Luz y el Camino
pueden ser atosigados con insistencia, de la mañana a la noche?
¿Cuál es el insensato modelo? ¿Qué insensata norma siguen?
¿Acaso prodigan a su creador el trato de una herramienta
al tiempo que proclaman su gloria, por un tonto lo tomaban?
¿Quién más, sino un tonto, con un cosmos para saborear,
se amarraría a la Tierra para concederle su favor y ayuda?
¿Quién más, sino un tonto, con un cosmos que desdobla,
se quedaría con el hombre, todo alabanza y regaño?
¿Quién, más sino un tonto, con un cosmos para deambular
concebiría un hormiguero para volverse su preso?
¿De quién más, sino de un tonto, cabría esperar
que cree hombres mortales a quienes cuidar, arreglar,
para llorar por ellos, morir por ellos una vez tras otra y otra
Dios suspiró
Les di mentes hasta donde recuerdo, fue hace demasiado tiempo.
Les di mentes que podrían usar para elegir, pensar, conocer,
Pues el desventurado que nace débil debe ser sabio para probar su valor.
Y luego les di el paraíso, la Tierra, fértil y verde.
Al principio el plan me pareció juicioso y un tanto entretenido,
Pero una vez iniciado, habiendo cumplido el acto, mi interés declinó.
Con la semilla sembrada,
El tallo crecido,
Ahí los dejé yo.
Solos.
Solos entre los planetas y las estrellas,
Y todo lo que es insondable y no tiene final.
Solos, bañados de luz y arropados por la oscuridad,
En medio de lo difuso y lo vasto y la nimiedad.
Solos.
Solos como siempre he estado, como yo siempre estaré.
¿Por qué no lo aceptan ellos? ¿Cómo, si no, serán libres?
¿Por qué?
Cuando sus pequeñas vidas son tan breves y estériles,
Cuando el dolor acaba por mancillar todos sus placeres;
En lo que dura un suspiro, su presencia se vuelve pasado;
Se aferran a cada momento, pero no hay momento duradero.
Cuando el fin llega tan rápido y tan pronto son olvidados,
¿Por qué buscan lo que ya no es?
Semejantes a niños perdidos en la noche,
Buscan a Dios para que él los guíe.
Semejantes a niños contraídos de terror,
Deben tener a Dios de su lado.
Pero ¿qué clase de niños, de la cuna al sepulcro,
Le jurarían obediencia al tiempo que lo hacen su esclavo?
Le conjuraron un cielo en el que debe quedarse morando,
Receptivo siempre, si cae la noche o si el día ha iniciado,
Debe amarlos y perdonarlos, y obedecer a sus rezos.
Por siempre atento, nunca lejano.
Y semejantes a niños, en su infantil ardor,
Adoran su sueño, piensan que la fantasía es real.
Dios reflexionó.
Él, que es todo, el fin de todo, la voluntad y la senda,
El poder, la gloria, la noche tanto como el día,
El mundo y la ley, el origen, lo mismo que el plan;
Al Señor Dios Todopoderoso, el hombre desconcertó.
Se sentía confundido por la paradoja,
Por la ironía que existía en todo eso.
Si tuviera oportunidad de enseñarles…
Pero ¿por dónde debería empezar?
¿Cómo hacerles entender, cómo lograr que vean,
cómo hacer que reconozcan su particular locura?
Viven para lucrar y vanamente se esfuerzan
Por tratar de escapar a la muerte,
Pero ni todo el oro, ni una riqueza impensable
Servirán para comprarles un aliento adicional  
Dispensan aplausos y bañan en fama
A aquellos que el poder alcanzan
Pero a los que velan, a los que comparten y aman,
Los olvidan cuando mucho en una hora
Tienden a la reyerta, a disponer sus fuerzas
Al servicio de la bandera en turno que veneran.
Pero no muren los que “¡A las armas!” llaman.
Son sus jóvenes a quienes a perecer mandan.
Sí, privados de reconocimiento, a sus jóvenes matan,
Ellos caen y mueren, para que después les lloren.
Pero ¿por qué?
¿Por una adoración diferente? ¿Por otro color en la piel?
Se codicia un palmo de tierra y arrancan tambores de guerra
Sólo puede triunfar la muerte, no hay lugar para esconderse,
Y aun así, los locos hombres ofician,   dicen que de su lado a Dios tienen.
De todos los seres que viven, que se arrastran y que trepan,
Que toman y que dan, que se duermen y que despiertan,
Que corren, que se levantan, que de costa a costa pululan la Tierra;
El hombre, sólo el hombre, nada más que el hombre, hace la guerra.
Sólo el hombre, en eterna matanza,
Sólo el hombre, con infernal voluntad,
Puede otorgarse la gracia
De enterrar a su raza,
Sólo el hombre solemne reza a su dios mientras mata y dice piadoso,
Conforme la batalla aumenta,
Que él hace lo que debe, pues lo mueven razones justas.
El caos, la masacre, el matadero no cesan,
Pero nada motivo de angustia, Dios está en su esquina, él mata para la paz.
El hombre,
Su codicia, su odio, su crimen, su guerra.
El señor, nuestro Dios, no pudo aguantarlo más.
Echó un último vistazo al hombre, tan pequeño,
De tan tardía crianza, de caída tan prematura.
Una última mirada y la necesidad de saber:
¿Quién es culpable de tamaña angustia, de esta mortal congoja?
¿El hombre defraudó al Creador? ¿O el Creador al hombre?
¿Quién es el trazador y quién el trazo?
Una oteada final y la mirada apartó.
Él conocía la respuesta,  
por eso es que Dios lloró.



jueves, 8 de noviembre de 2018

10 días sin Falkor



Detesto los segunderos
Detesto que hayan pasado 10 días
Desde que te fuiste
Y que el mundo pueda seguir tan normal
Detesto las palabras frívolas de la gente
Como aquello de que el tiempo
Cura cualquier herida
Yo no quiero que me cure de ésta
Quiero llevarla sangrante en el pecho
Como llaga abierta,
como insignia de lo que marcó
tu vida
en mi vida

La otra noche vi un documental
Se llama Heart of a Dog,
Ahí dicen que según no sé qué creencia oriental
No hay que llorarles porque eso les impide
Irse y no pueden regresar.
Yo te lloro todas las mañanas, no quiero
Que te vayas, quiero ir a todas partes
Rodeado por tus moléculas,
Como a ti te hubiera gustado
Cuando me ladrabas triste
Por dejarte solo en casa.
Sin embargo, detesto
cada mañana
llorarte un poco menos.

En Heart of a Dog también dicen
Que te tomará 49 días acostumbrarte a la muerte
Detesto la idea de algún día acostumbrarme
A que estás muerto. Cuando sigues tan vivo.
Todavía me cuido de no tropezar contigo
Al despertar. Todavía busco tu carita pegada al vidrio
De la puerta de la cocina cuando entro con el coche.
Todavía pienso en no dejar mi cena a tu alcance
Y cuando la mente anda por la estratósfera,
todavía alcanzo a oír tus bostezos, tu sollozo leve
para pedir algo, tus patitas entrando al estudio,
Tus muy escasos ladridos. De reojo juro
que todavía puedo verte echado en tu sillón,
tomando una siesta mientras los hombres
se destrozan en el mundo.

Detesto ya no tener que cuidar ese plato de comida.
Detesto voltear a la puerta de la cocina y verla vacía.
Detesto no fijarme en dejar tirado algo que puedas comer.
Detesto no vigilar la pisada por una caca o una meada
Que dejabas al final dentro de la casa. Detesto
No mentar madres por tenerlas que limpiar y detesto
No enojarme porque ya traes un papel en el hocico.
Detesto que llegue el momento en que no hayan pasado
10 días,
sino 10 años.

Pero para todo lo que ahora mismo detesto,
De repente descifro el significado oculto
de los últimos 18 años: cuando extrañas
las cosas que antes te molestaban
es porque has descubierto
el verdadero amor.

domingo, 28 de octubre de 2018

Obsesión por el instante: La Maravillosa Orquesta del Alcohol en México


 La Maravillosa Orquesta del Alcohol es una banda de Burgos, España, que decidió abrirse camino en México sin grandes estrategias de marketing. La primera vez que vinieron, en mayo de 2017, tocaron literalmente en las calles de la capital, regalando calcomanías y vendiendo sus cedés a todo transeúnte que quisiera escucharlos. Por eso se sintió como una reivindicación para la música libre de parafernalias el vibrante concierto que brindaron el pasado sábado en El Plaza de la Ciudad de México frente a una más que aceptable concurrencia tan intensa en su entrega como el grupo sobre el escenario. 


 Tuve oportunidad de entrar en contacto con la banda por un texto que escribí sobre La primavera del invierno, donde relataba que ese disco me había salvado la vida en un año difícil de padres enfermos, despido laboral y aprietos económicos. Lo leyeron y a través de Twitter me expresaron cuánto les había gustado. En aquella primera visita nos vimos las caras y cuando David y Joselito, dos de sus integrantes, vinieron en marzo pasado para darnos un adelanto en formato dueto, tuvimos oportunidad de saludarnos de nuevo e incluso hacer una entrevista para mi programa A la Deriva. No sé si ellos alcancen a considerarme un amigo, pero he convidado su música a quien se ha dejado y su trato me ha hecho considerarlos camaradas existenciales. Así que el sábado 27 de octubre de 2018 quedó marcado como una fecha especial, el primer concierto formal en la Ciudad de México de La MODA, una banda que tanto te ha acompañado en los últimos años, buena gente valedera de la mejor fortuna. Se suponía que sería una fecha feliz. Sin embargo, las nubes negras que siempre me guían quisieron que mi perro Falkor muriera el día anterior, lo que significa la pérdida de un compañero de más de 18 años es otra historia que debe ser contada en otra ocasión. El hecho es que otra vez necesitaba que La MODA me llevara a ese lugar al que he llamado hogar, que me salvaran la vida como la primera vez que los escuché. Sé que no es peso menor para poner sobre los hombros de cualquier grupo, pero si ellos son los primeros que aconsejan “perder la voz cantando una canción es la mejor medicación”, sabía que podían con ello.


 El primero en poner ese mantra a prueba sería el propio David, que desde el principio confesó que pocos días antes había contraído una infección en la garganta. Si sus cuerdas vocales estaban dañadas, combatió el malestar con coraje, prolongando algunas notas como queriendo obrar un milagro del espíritu imponiéndose a la materia, cantó con una garra capaz de ahuyentar a los “Mil demonios” de su primera canción y de milagro su voz no dejó marcadas las paredes del Plaza con huellas animales. El resto de la banda te envuelve en un torbellino de perfecto ensamblaje, un tren emocional. Cada uno de sus componentes aporta una cualidad musical y una presencia escénica personales que juntos rinden más que la suma de sus partes. Cuando suena “Suelo gris”, el público está por completo en las garras de este monstruo que ya puede hacer lo que quiera con ellos. “Todos quieren desaparecer alguna vez”, es cierto, como al darte cuenta que quizás el amor de tu vida fue el cocker-spaniel que acabas de perder; pero no ahora. Ahora “no tengo fuerzas para rendirme”, una estrofa de “Amoxicilina” que necesitaba gritar esta noche para elevarme por encima de la duda que plantea “O naufragar”: “¿A qué venimos a este mar?” ¿Cuándo vamos a parar? A estas alturas en que los ahí presentes nos hallamos unidos por el sudor, el sentimiento, el baile y el canto que adoptan como lema el estribillo de “Miles Davis”: “Quiero quedarme a vivir en ese instante, en el que la montaña rusa llega arriba y no antes”.


 En este marco nos ofrecen dos de las canciones 7:47 (ni un minuto más), el EP que revelaron hace poco; no en balde grabado por Steve Albini (Black Flag, Pixies, PJ Harvey, et. Al), “El camino” y “Colgados del sol” indican un perfil más endurecido y acaso el inicio de un nuevo sendero.


Porque para quien no lo sepa, habrá que repetir que La MODA es una banda basada principalmente en instrumentos acústicos con la virtud de producir electricidad punketa como la que ya recorre nuestros cuerpos. Nadie hay quien se resista al alto voltaje de “1932”, “¿Quién nos va a salvar?”, “PRMVR”, con la que levanto el resto de la botellita de Jack Daniels que logré colar porque “yo sí quiero tener una musa que me escriba o escribirle yo a ella a través de esta botella”. Y le doy un beso a ella. Y por un momento, como ya casi no hago, me aviento al slam para sentir en carne propia esta obsesión por el instante. Y pienso que una de las principales lecciones que aprendí de Falkor fue que amaba la vida más que yo y en este momento me siento tan vivo que con “Catedrales” brindo por la tempestad, porque quién sabe qué vendrá detrás, una sensación que me autoriza a caer en el cliché de que en una noche  que necesitaba sentirme vivo me sentí como Jon Landau viendo a Bruce Springsteen por primera vez.


 Llega “Hay un fuego”, la primera canción de ellos que canté, en la parte de “no van a poder parar la fuerza del destino y sonreímos”, uno de los amigos con los que fui me acaricia la cabeza, nos abrazamos, tengo ganas de abrazar a toda esa gente. Se despiden con “Flores del mal” y la contribución de un hip-hop cortesía del nacional Tino el Pingüino. Por supuesto, vuelven, han ejercido en los asistentes el truco del flautista de Hamelin, entregan tres más. En un sábado donde obraron una gesta épica, se despiden con “Héroes del sábado” para mandarnos por ahí, si nos hieren hoy, si nos hacen daño, a intentarlo una vez.


Al terminar, salen a saludar a la gente, firmar autógrafos, sacarse fotos. Yo no quiero nada de eso, sólo quiero agradecerles. Al verme, el saxofonista, Alvar, exclama, "¡ah, me salvaron la vida¡”, esto en referencia a un grito que vociferé en su primera visita, durante una presentación en el Centro Cultural de España. Joselito me da el pésame por Falkor, me dice que lo espere para platicar, le contesto que sé que su agenda es apretada y lo dejo atendiendo a los fans. David me abraza en cuanto me ve, también me da ánimos por lo de mi perro, con Jacobo hablamos de que nos debemos un mezcal desde la primera visita, será para la próxima. Cuando ellos me tuitearon por ese comentario a La primavera del invierno me decían que su música no estaba a la altura de lo que había escrito. Yo ahora quiero decirles que nada de lo que pueda escribir está a la altura de lo que su música hizo por mí esa noche. Gracias.


martes, 13 de febrero de 2018

Soundgarden o los espejismos del rocanrol



“Me veo California y me siento Minnesota”

 Outshined, Chris Cornell



Comparados con sus contemporáneos de mayor éxito, la música de Soundgarden era más sofisticada que Pearl Jam y más pesada  que Nirvana. De la horda de bandas salidas de Seattle en los 90, el sonido de Soundgarden es el más cercano al del metal clásico, pero también es algo más. Las quejas de metaleros recalcitrantes sobre que el grunge nos hizo unos llorones, exhibe su propio berrinche. El grunge enseñó que hacía falta un tipo duro para llevar los sentimientos en la solapa. Black Sabbath conocía a los Smiths. Y quizá  te rendía la crudeza de Nirvana o la intensidad de Pearl Jam, pero si se trataba de imaginar a tu banda ideal, yo quería a Chris Cornell en el micro, la voz más poderosa  del grunge.



Los mismos metaleros enrabietados que ya mencionamos olvidan que en el amanecer de los 90 la línea no estaba tan clara, muchas de las bandas de Seattle en el apogeo de MTV pasaban lo mismo por Headbanger’s Ball (su espacio dedicado al metal) que en 120 Minutes (el programa de ‘alternativo’), baste recordar que Alice In Chains abrió una gira para Metallica. Si acaso, lo que hizo el grunge por muchos sometidos al cinturón de castidad del detector de metal fue abrirlos a la inmensidad musical (y emotiva) de esto que llamamos rocanrol, fíjense si no en los covers que hizo Cornell en su gira de 2016 con Temple Of The Dog (o sea, los integrantes de Pearl Jam) de Led Zeppelin a The Cure. Soundgarden entregó los discos más complejos de su camada. Tanto que al final uno ya no sabía si era grunge o no lo que hacían, ¿y a quién le importaba? Era música pesada que no caía en la perorata satánica y el alarde de proezas sexuales donde se había atascado el metal. Era progresivo sin ser rebuscado y punk sin desafinar.



Con lo buenos que eran Soundgarden, su sonido machacón podía tornarse agotador. Cornell ya había dado muestras de matices más suaves donde su voz alcanzaba a transmitir más con la canción “Seasons” de la película Singles. Por eso me entusiasmó Euphoria Morning, su debut solista, me parecía que al fin iba en camino de poner su garganta al servicio de lo que  me parecía su verdadera vocación: el blues. Me equivocaba, él optó por hacer rock llena-estadios con Audioslave y el resto de su discografía solista no me suena a la altura de ese primer esfuerzo, incluso lo considero autor de un disco que en su momento reseñé –y sigo convencido de ello- como el peor disco de la historia: Scream, una producción de Timbaland, quien entonces estaba de moda por su trabajo con Justin Timberlake, ahí Cornell busca disfrazarse del último fenómeno teen y el truco no le sale.



Eso no borra que haya sido autor de algunas canciones que se me hicieron emblemáticas en el largo y sinuoso camino. Mientras él iniciaba carrera por su cuenta, yo salía de la universidad y me veía con una chica a la que quería, pero no tanto como a esta otra chica que había elegido a un chico llamado ‘Arturo’ y ese ‘Arturo’ era alguien distinto a mí (creo que en ese momento decidí que iría como ‘el eRRe’ nomás). Cornell publicó “Sunshower” como parte de la banda sonora de Great Expectations, de Alfonso Cuarón (una peli que fui a ver 7 veces y en cada una salí de la sala llorando). “Dark as roses, fine as sand”, empieza en fórmula exacta de la naturaleza siniestra y frágil de la belleza… y sí, ella terminó “floreciendo en un dulce baño de sol”, como también dice la canción, yo permanecí morador de las tinieblas. “Me llamaste perro, bueno, eso es justo… yo te llamaré hermosa, si acaso tengo voz”, cantaba Cornell una de las primeras veces que lo escuché. “Me veo California y me siento Minnesota”, una frase de su primer éxito, “Outshined”, es un cuadro perfecto de buena parte del espíritu de los 90.


El 31 de mayo de 2013 los reunidos Soundgarden visitaron por primera vez México. Ya había visto a Cornell con Audioslave, pero no era lo mismo. Aquello había sido una visita al zoológico, pero esto debía ser el animal en estado salvaje (de hecho, venían en gira para su disco King Animal). No se llenó el Palacio de los Deportes, ni falta que hizo. La mayoría bien entrados en nuestra tercera década de vida nos inmolábamos en un slam no gandalla aunque sí severo. Acabamos descamisados, sudorosos, despeinados y adoloridos, con una sonrisa de oreja a oreja. Yo que fui feliz esa noche, acaso me dejé engañar por Soundgarden. Entre las versiones que interpretó el año pasado con Temple of the Dog estaba mi canción favorita de David Bowie, “Quicksand”, con una letra a contracorriente del egocéntrico optimismo moderno: “no creas en ti mismo, no te engañes con la fe, el conocimiento llega con la liberación de la muerte”. Es una pena… eso es tan obvio que debería dar vergüenza decirlo, pero igual lo haré: es una pena que ese cachito de salvación que Cornell me regaló hace cuatro años no haya alcanzado para sí mismo. Espejismos de rocanrol.

Mi disco salvavidas de 2016: La primavera del invierno, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

 

Descubrí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol (conocidos también con el menos mágico acrónimo de La M.O.D.A.) revisando una lista de los mejores discos españoles de 2015, decidí que con tan sugerente nombre debían gustarme. Mi primer contacto fue como se oye música hoy en día: a través de YouTube, su video para “Hay un fuego”, me llamó la atención su discurso libre de maquillaje: “Él dijo una vez que no es la fama ni el dinero,/pero cada halago significa el mundo entero/si es sincero,/no importa si vivo de esto o de ser camarero”. Busqué algunas otras canciones que me gustaron y al final me puse a escuchar en Spotify La primavera del invierno.

La M.O.D.A. se decanta por un sonido acústico que incorpora banjo, mandolina, acordeón y metales con vientos de folklore celta (por momentos recuerdan a los primeros Pogues), un cantante con voz de navaja de afeitar y letras igualmente filosas. La breve introducción de “Nubes negras” marca el tono de La primavera del invierno, que es indudablemente oscuro desde la portada, que no necesariamente depresivo.  Sí, es un disco  nocturno, pero que busca desesperadamente salir de la noche; no la noche de metáfora romántica, este es el naufragio sin remedio en la noche de buscarse a uno mismo, el cual no tendrá sentido hasta poder asirse a las primeras sogas luminosas que tire el amanecer. Si hay que reducirlo a un adjetivo, yo elegiría el de “vital”. Es un disco comprometido con la intensidad de la vida en las buenas y en las malas en todas sus formas a la caza de, como enuncia “Miles Davis”, la primera canción ya en forma, “vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes… ni después”; es también, siguiendo la letra de “Hay un fuego”, un disco para “perdedores y perdidos, no vencidos”, o sea: para cualquiera que haya experimentado pérdida, sufrimiento, derrota, pero también el cálido alivio de los distintos remedios para cada mal.

 “PRMVR” se convirtió en himno personal en los primeros meses del año, una canción de denuncia sui generis que se resiste a dorar la píldora, primero desmitifica la libertad individual: “Asumido el hecho de que soy parte de un rebaño”, lo cual resalta el absurdo de ver ovejas con complejo de perro pastor  que “han atado nuestras manos/con las mismas manos con las que/acarician a sus hijos/antes de que duerman”, Sin necesidad de matrimonio ideológico, su disidencia más espiritual que política se resume en el mensaje: “dile al Capitán que renuncio a ser su guía,/yo sí quiero tener una musa que me escriba/o escribirle yo a ella/a través de esta botella”.

Es pertinente acotar que he atravesado una década dura. Mi padre tuvo un accidente en noviembre de 2016 que de un día para otro lo transformó de un viejo fuerte y bonachón en un anciano deteriorado y delirante, circunstancia que ha provocado desavenencias familiares, trastornos legales y angustias económicas que, en consecuencia dejaron a mi madre postrada en el primer trimestre del año por una extraña enfermedad de las piernas. Era simplemente natural que me calara la letra documentalista de “Los lobos”: “En Alaska cazan lobos,/con sangre de otros lobos,/la entierran con cuchillas en la nieve/y esperan a que lleguen./Los lobos tienen hambre/y empiezan a lamer/bebiendo y desangrándose,/matándose a sí mismos sin querer”. Y no hay menor verdad cuando afirman que “así funciona el hombre con sus adicciones”, porque “somos víctimas del estímulo”, algo que podría asimilarse a la teoría mimética del pensador francés René Girard, fallecido el pasado año y de quien les recomiendo empezar por el libro La violencia y lo sagrado.

Al finalizar mayo me quedé sin empleo. De un día para el otro, un trabajo de 11 años, sin indemnización, con ambos padres enfermos, préstamo en el banco y deudas para regalar. Mi rola de batalla se volvió “Catedrales”, con su propuesta de que “brindemos por la tempestad, ¿quién sabe qué vendrá detrás?”. Además está esta mujer que no he podido olvidar y con la cual este año intenté mantener una relación civilizada, “’No te rindas nunca’, me dejaste en un papel, pero el cinismo inunda los consejos”. Más tarde, con un montón de tiempo libre en mis manos, aparte de ver con detenimiento la Euro y los Juegos Olímpicos, descubrí que tenían un cover de la canción “Historia triste” del grupo de punk radical vasco Eskorbuto, cuyo tortuoso relato del paso del tiempo –“este puede ser tu último segundo”- encajaba con mi ociosidad forzosa. Ya entrado el 2016 publicarían un EP con una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, lo cual me resulta un tanto conflictivo porque desde la adolescencia Silvio y yo no andamos en muy buenos términos, pero la verdad es que me sé la letra entera y La M.O.D.A. me hace sentir menos culpable –no estoy en edad- de entonar versos como “ojalá por lo menos que me lleve la muerte/para no verte tanto, para no verte siempre”.

La primavera del invierno no brilla precisamente por su optimismo, pero tampoco es pusilánime. Hace que te sientas valiente en épocas donde la natural sería amilanarte. Ignoro cuál haya sido la intención del grupo al usar ese título, pero para mis oídos suena a lo que cabe inferir de él: un momento de renacimiento en una época dura.

El final feliz de esta historia es que ahora tengo un programa en Rock 101 (lunes y martes a las 12 del día, eRRemental), "en este cementario por un día hay alegría", y que para terminar el año La M.O.D.A. publicó n disco en directo, Todavía no ha salido la luna, grabado en el cierre de su gira española, donde, además de las canciones La primavera del invierno, se suman algunos de los mejores temas de su discografía anterior –“Los hijos de Johnny Cash”, “Amoxicilina”, “Vasos vacíos”, “Gasolina”- y las ya mencionadas versionas de Eskorbuto y Silvio Rodríguez. Pónganse a La M.O.D.A., la ebriedad vale la pena.

viernes, 24 de marzo de 2017

Carta a Eva

 
Hola, Eva:

Desde mayo que no hablamos, apenas un comentario en Facebook. Tu último mensaje de Whatsapp es de un mes después de que me dieran la patada. Me habías guardado los últimos cómics que hice (que hicimos juntos, tú, yo y todos los amigos, y enemigos, de Marvel), me pedías que pasara a recogerlos a tu casa y no pasé porque me dolía (todavía me duele, creo que ahora más) todo lo que tuviera el logo de Marvel encima. Ahora esos cómics estarán contigo para siempre. Tu última llamada, en febrero, fue unos días después de la muerte de mi padre, todavía dormía y entreví en la pantalla tu nombre. Disculpa que no te haya contestado, supuse para lo que me hablabas y ya no tenía ganas de hablar de eso, no quería hablar de muerte… De hecho, llevo como dos meses sin hablar mucho con nadie, aunque ahora tengo un programa de radio, qué paradoja, ¿no? Así que no lo tomes personal. Disculpa que me haya esperado hasta ahora, he estado ocupado en buscarme motivos para vivir. Disculpa que te busque hasta ahora… que ya no estás.
Pasó por Twitter, seguro no lo has olvidado. Andaba en busca de alguien para ayudarme en las labores editoriales de Marvel y respondiste a un mensaje que yo había colgado ahí, donde tan duramente me habían atacado, para ver si como roncaban dormían. Me gustó la traducción que te pedí y fuiste la última persona en hacer la prueba editorial. Ya te he contado –aunque pongas cara de fuchi- que eras mi segunda opción, pero la primera no quiso el trabajo, así que te llamé para darte el puesto. ¿Qué puede molestarte de esa historia? Demuestra que ese dicho fatalista de “si no te toca, aunque te pongas; si te toca, aunque te quites” también aplica para los azares felices. Yo siempre que la cuento afirmo que entraste por méritos propios. La mejor coordinadora editorial que Marvel podía tener, la única hasta la fecha, porque en cambio editores ya vamos creo que tres...
No tuvimos el mejor inicio. Tú con un carácter fuerte y yo otro tanto, chocamos. Recuerdo especialmente que un día saliste a comer con los compañeros de trabajo, entre ellos el equipo de DC, y supe de unas críticas que me hiciste, me molestó que si yo te había abierto la puerta, no hubieras tenido la confianza para tratar esos asuntos conmigo en lugar de llevarlo al cotorreo después del almuerzo. No siempre estabas de acuerdo con mis decisiones que yo justificaba en mi experiencia, y no te convencía, porque yo también a tu edad creía que la experiencia era para los débiles hasta que la experiencia me demostró lo contrario. Aunque ahora, ante la realidad de tu breve vida, debo concederte algo de razón, tú tenías que hacer todo con una fuerza superior a la de los demás, porque si algo entendí de ti, Eva, es que a las limitantes de tus enfermedades, tratabas de imponerte con una gran fuerza interior, y sí, nos dejaste la experiencia a nosotros, los débiles.
Hubo conflictos con otros compañeros que me pedían reprenderte o de plano cortarte la cabeza. Una tarde nublada lloraste, por más que te insistía que la plática que sosteníamos no era un regaño, sino una llamada de atención. Recuerdo que esa vez te dije que yo no quería que fueras una rockstar de los cómics, sino una profesional del medio editorial. Y si bien es cierto que hay una parte de eso que en este momento me puede sonar absurda, el camino fácil sería decir que moriste como una rockstar, joven y en la cima del juego, pero eso es una tontería, porque perfectamente puedo imaginarte con mayores triunfos profesionales que yo a mi edad –admito que no es tarea difícil- como una editora con una gran carrera; porque ahí sí siempre -y hasta frente a mí mismo-, ante cualquier reclamo, siempre antepuse la calidad de tu trabajo.
Igual me acuerdo de la primera vez que me diste un abrazo, a escaso un mes de haber entrado. Me gustaba una chavita de servicio social a la que no me atrevía a hablarle, le llevaba como16 años, pero yo más bien parecía tener 16 de edad y tú, conmovida, me abrazaste como una mamá fuera del tiempo. También me acuerdo del último. El 27 de mayo de 2016, fecha inolvidable, mi patada de Marvel. Junto con el abrazo, dijiste, casi queriendo llorar conmigo: “Así no se hacen las cosas” y enseguida, cuando te pedí que si podías explicaras a los covachos y demás trogloditas de la red que no era tan malo como me pintaban, “es que ellos no han trabajado con usted y no saben cómo es”. Me serena saber que con el tiempo logramos entendernos, formar un equipo, colaborar, apoyarnos, sacar adelante lo imposible e incluso sentar los principios de algo que bien podría llamarse amistad, lástima que cuando apenas agarraba vuelo nos la cortaron. Me arrepiento de no haberte aceptado esa invitación para ver Deadpool con tu pase extra de Cinépolis, pero tú sabes que teníamos un Omnibus monolítico de X-Men Apocalypse que cerrar, y bueno, uno cree que la vida es eso, trabajar, subsistir, chingarle… hasta que se acaba.
En estos días te había estado pensando mucho por el estreno de la serie de Iron Fist en Netflix. El entusiasmo con la que la esperabas desde su anuncio, uno de tus héroes de Marvel favoritos, los cómics que me recomendaste. Veía los capítulos y pensaba que acaso no estarías de acuerdo con mis críticas pero que me encantaría conocer tus reparos, y los de Graff, Beto, May, Mau… como en esa vida de antes, como cuando había vida… De hecho, me enteré de tu muerte viendo la serie. No sé si recuerdes que yo acostumbraba decir que nuestras condiciones de trabajo podían no ser ideales, pero podría ser peor, podríamos trabajar para una revista de finanzas. Bueno, acabo de agarrar una chamba parecida: una revista sobre función pública… Ríete, Eva. El caso es que me había dado un descanso para ver Iron Fist y llegó un mensaje que anunciaba una historia triste. Lo primero que pensé fue: “¿ahora quién se murió?”. El día anterior me había pasado un cumpleaños bastante lúgubre, no quería saber más de esas historias. Así que lo sacudí de mi cabeza e intenté seguir las aventuras de Danny Rand. Pero el celular siguió vibrando, con mensajes de gente de esa vida pasada. Y no pude más, congelé a Iron Fist… y me desinflé. Sentí que lo último de mí que me unía a Marvel se había extinguido contigo, mi Punisher Editorial, como te bauticé -la "Capitana", que  te decía Mario, de Producción-, la niña en quien me reflejaba porque le había ayudado a hacer su sueño realidad. Yo, que no tengo hijos, sólo en esta pobre medida puedo acercarme al dolor de tu madre, a quien abrazo con el alma.
Desde mayo no usaba ninguna de mis camisetas de Marvel. Hoy me puse una, por ti. De Deadpool. Después de todo, tenemos esa peli pendiente, y me debes mis cómics. Te me adelantaste a la sala, apártame buen lugar. Me despido, todavía me falta el último capítulo de Iron Fist, ahora que nos veamos, lo comentamos.

Fueron dos años y medio que te prometo no malbaratar con ningún demonio.

Gracias.

Te quiere, te va a extrañar:

-Arturo

México, Ciudad. 24 de marzo, 2017.