lunes, 8 de abril de 2019

Shawn Smith en su jardín



No merezco más que cualquier otra persona. Nunca me preocupó ganar dinero. Siempre se trató de hacer la mejor canción posible. Esa era mi meta: ser un escritor de canciones

Otra vez amaneció frío en abril. Ahora ha muerto Shawn Smith, el 5 de abril de 2019, una fecha que los supersticiosos del grunge considerarán aciaga, el mismo día de 1994 Kurt Cobain se dio en la madre, y le siguió Layne Staley de Alice in Chains en 2002. Claro que la muerte de Shawn ocurre en circunstancias menos escabrosas (si tal cosa es posible, por complicaciones con la diabetes, según los primeros informes) y su nombre no resonará para tanta gente como el de sus antecesores. Por arbitrariedad o por voluntad, Shawn Smith fue lujo de pocos. Ya sea al frente de bandas como Satchel, Pigeonhead, Brad o All Hail The Crown, lo mismo que con sus distintos discos como solista, siguió siendo “el secreto mejor guardado de Seattle”. 
Con las elegías tras su muerte, me entero de que así se refería a él Greg Dulli (que lo convocó a sus Twilight Singers), y me entra la duda de si lo leí en algún lado y de ahí yo empecé a llamarlo de la misma manera; de ser ese el caso, no lo recuerdo. Para mí simplemente es la aclaración natural cuando uno piensa en Shawn Smith. Dueño de una voz privilegiada y del talento para escribir canciones conmovedoras, pudo haber conquistado el mundo con estándares distintos para el éxito, quizá si se tratara de cimbrar el espíritu como él sabía. Y, como fan, se sentía bien gozar de este portento en las catacumbas, a salvo del fuego del hype que consume todo a su paso, aunque a veces también encabronaba no encontrar más oídos abiertos a la revelación, supongo que como artista debía sentirse peor. 

A Shawn Smith le tocó una época complicada para la industria musical; daría la impresión que, ante su incapacidad para entender ese mundo, le dio la espalda y creó su propia industria, donde importaba más compartir la música que comercializarla. Hasta el momento de su muerte –al momento de escribir esto-, la discografía solista podía descargarse a precio de cero dólares desde su bandcamp shawnsmith.bandcamp.com

Como buen hijo de la franela grunge, yo descubrí a Shawn cuando Stone Gossard, el guitarrista de Pearl Jam, formó Brad. Sus detractores no lo entienden, pero la música que popularizó Seattle en los 90 alivianó mucho a los chavos moldeados en la careta del “tipo duro hedonista” que predicó el heavy en la década anterior. Eran grupos más abiertos a la variedad de posibilidades sónicas descubiertas en la historia del rocanrol; y con eso, acaso más importante, validaron la diversidad anímica en la música dura. No hacía falta transformarse en témpano new-wave o maquillarse de vampiro gótico para tener derecho a la melancolía, el grunge admitió la debilidad y la tristeza en las guitarras fuertes que eran tradicional signo de masculinidad, y aquí incluso podríamos detenernos a ponderar la visibilidad que aportó a las discusiones sobre feminismo y homosexualismo en la mesa de la cultura popular.

Es lo que me gustaba de Brad. No era sólo un proyecto alterno para las canciones de Stone que no cabían en los discos de Pearl Jam, era un grupo enteramente distinto. Compartían lo básico en una banda de rock –guitarra, bajo, batería-, con una gran diferencia: el piano que tocaba Shawn Smith y su voz, muy distinta en tono y registro de la de Eddie Vedder. Mientras el barítono profundo de Vedder se convirtió en imitadísimo elemento de los clones grunge, Shawn era un tenor delicado, enternecedor, que no te ganaba en una descarga de poder, te envolvía en un misterio. Si Vedder era el trueno, Smith era la caricia de los primeros rayos de la mañana. La voz de Shawn Smith es tan fácil de imitar porque pocos cantan desde ese núcleo del ser.

Shame, el debut de Brad, se mueve principalmente en dos direcciones: por un lado las baladas dulces con el piano llevando las riendas (un poco reminiscentes de Elton John) y su particular versión del funk mutante aprendido de Prince (a quien Smith citaba como inspiración vital). Momentos más o menos explosivos de esta combinación con préstamos tomados del soul y el rock de los setenta cimentan el armazón del segundo disco, Interiors (álbum más introspectivos, de tintes hasta progresivos), y del tercero, Welcome to Discovery Park (el más jipi y melódico). Vendrían otros, pero esos son los tres discos de Brad para escuchar.

De Brad derivé a Satchel, la banda anterior de Shawn. En plena euforia grunge (1994) Epic les publicó EDC, un álbum unificado por referencias a la película Reservoir Dogs, de sinuosidades melódicas y teclados en primer plano que era grunge sólo nominalmente. El segundo, The Family (1996), traía mejores canciones, pero el grupo tardaría casi 15 años en grabar de nuevo, Heartache and Honey apareció hasta 2010 presagiado en 2005 por una colección de demos en coalición con la otra banda de Smith, Brad vs. Satchel.

Antes de todo eso, Shawn Smith había pasado por Malfunkshun, el grupo donde empezó Andrew Wood, que luego encabezaría Mother Love Bone, el precedente inmediato de Pearl Jam. Una sobredosis se cargó a Andy en 1990, y para 2006 los sobrevivientes de Malfunkshun tramarían el álbum Monument, con Shawn entregando al micrófono letras que el fenecido cantante original dejó escritas. Ya entrado en el reino de las guitarras borrascosas, se seguiría con el guitarrista de Malfunkshun y hermano de Andy, Kevin Wood, para formar All Hail The Crown, una estampida de heavy metal clásico es lo hay en su único disco (2011). Material en las antípodas de las pulsiones electrónicas que ejercitó al lado de Steven Fisk, haciéndose llamar Pigeonhead sacaron una placa homónima en 1993 y The Full Sentence en 1997. “Battleflag” de Pigeonhead y “Wrapped In My Memory”, como solista, llegaron a sonar en la serie The Sopranos.

Para su presentación en solitario, Shawn Smith escogió la imagen más sencilla pero más representativa de su exuberancia creativa. La foto de unas ramas fuertes y de frondoso verdor por las que se vislumbraba un día soleado abarcaba la portada de Let It All Begin (1999), un disco en el que Shawn tocaba casi todos los instrumentos en canciones de pop preciosista, caramelos ambientales, directamente eléctricas, etéreas tallas acústicas, cadencias exultantes; en fin, lo que no desmerece a la descripción de un jardín que en Shield of Thorns, The Diamond Hand y el restó de las grabaciones a su nombre continuó floreciendo en canciones luminosas. ¿Cómo lo enunció Bob Marley, “canciones de redención”? Pues eso es lo que ofrecía Shawn Smith, en el trayecto puede romperte el corazón, pero vas a salir de esa arboleda sintiéndote más vivo. Al menos eso me hace sentir cuando lo escucho. Frutos de esa modesta belleza hacen falta en el mundo.








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