Hola, Eva:
Desde mayo que no hablamos, apenas un comentario en
Facebook. Tu último mensaje de Whatsapp es de un mes después de que me dieran
la patada. Me habías guardado los últimos cómics que hice (que hicimos juntos,
tú, yo y todos los amigos, y enemigos, de Marvel), me pedías que pasara a
recogerlos a tu casa y no pasé porque me dolía (todavía me duele, creo que
ahora más) todo lo que tuviera el logo de Marvel encima. Ahora esos cómics
estarán contigo para siempre. Tu última llamada, en febrero, fue unos días
después de la muerte de mi padre, todavía dormía y entreví en la pantalla tu
nombre. Disculpa que no te haya contestado, supuse para lo que me hablabas y ya
no tenía ganas de hablar de eso, no quería hablar de muerte… De hecho, llevo como
dos meses sin hablar mucho con nadie, aunque ahora tengo un programa de radio,
qué paradoja, ¿no? Así que no lo tomes personal. Disculpa que me haya esperado hasta
ahora, he estado ocupado en buscarme motivos para vivir. Disculpa que te busque
hasta ahora… que ya no estás.
Pasó por Twitter, seguro no lo has olvidado. Andaba en busca
de alguien para ayudarme en las labores editoriales de Marvel y respondiste a
un mensaje que yo había colgado ahí, donde tan duramente me habían atacado,
para ver si como roncaban dormían. Me gustó la traducción que te pedí y fuiste
la última persona en hacer la prueba editorial. Ya te he contado –aunque pongas
cara de fuchi- que eras mi segunda opción, pero la primera no quiso el trabajo,
así que te llamé para darte el puesto. ¿Qué puede molestarte de esa historia?
Demuestra que ese dicho fatalista de “si no te toca, aunque te pongas; si te
toca, aunque te quites” también aplica para los azares felices. Yo siempre que la cuento afirmo que entraste por méritos propios. La mejor coordinadora editorial que Marvel podía tener, la única hasta la fecha, porque en cambio editores ya vamos creo que tres...
No tuvimos el mejor inicio. Tú con un carácter fuerte y yo
otro tanto, chocamos. Recuerdo especialmente que un día saliste a comer con los
compañeros de trabajo, entre ellos el equipo de DC, y supe de unas críticas que
me hiciste, me molestó que si yo te había abierto la puerta, no hubieras tenido
la confianza para tratar esos asuntos conmigo en lugar de llevarlo al cotorreo
después del almuerzo. No siempre estabas de acuerdo con mis decisiones que yo justificaba en mi experiencia, y no te convencía, porque yo también a tu edad
creía que la experiencia era para los débiles hasta que la experiencia me
demostró lo contrario. Aunque ahora, ante la realidad de tu breve vida, debo
concederte algo de razón, tú tenías que hacer todo con una fuerza superior a la
de los demás, porque si algo entendí de ti, Eva, es que a las limitantes de tus enfermedades, tratabas de imponerte con una gran fuerza
interior, y sí, nos dejaste la experiencia a nosotros, los débiles.
Hubo conflictos con otros compañeros que me pedían reprenderte
o de plano cortarte la cabeza. Una tarde nublada lloraste, por más que te
insistía que la plática que sosteníamos no era un regaño, sino una llamada de
atención. Recuerdo que esa vez te dije que yo no quería que fueras una rockstar
de los cómics, sino una profesional del medio editorial. Y si bien es cierto que hay una parte
de eso que en este momento me puede sonar absurda, el camino fácil sería decir que
moriste como una rockstar, joven y en la cima del juego, pero eso es una tontería, porque perfectamente puedo imaginarte con mayores triunfos
profesionales que yo a mi edad –admito que no es tarea difícil- como una
editora con una gran carrera; porque ahí sí siempre -y hasta frente a mí
mismo-, ante cualquier reclamo, siempre antepuse la calidad de tu trabajo.
Igual me acuerdo de la primera vez que me diste un abrazo, a escaso un mes de haber entrado.
Me gustaba una chavita de servicio social a la que no me atrevía a hablarle, le
llevaba como16 años, pero yo más bien parecía tener 16 de edad y tú, conmovida,
me abrazaste como una mamá fuera del tiempo. También me acuerdo del último. El 27 de
mayo de 2016, fecha inolvidable, mi patada de Marvel. Junto con el abrazo, dijiste, casi queriendo llorar conmigo: “Así no se hacen las cosas” y
enseguida, cuando te pedí que si podías explicaras a los covachos y demás
trogloditas de la red que no era tan malo como me pintaban, “es que ellos no
han trabajado con usted y no saben cómo es”. Me serena saber
que con el tiempo logramos entendernos, formar un equipo, colaborar, apoyarnos, sacar adelante lo imposible
e incluso sentar los principios de algo que bien podría llamarse amistad, lástima que cuando apenas agarraba vuelo nos la cortaron. Me arrepiento de no haberte aceptado
esa invitación para ver Deadpool con tu pase extra de Cinépolis,
pero tú sabes que teníamos un Omnibus monolítico de X-Men Apocalypse que
cerrar, y bueno, uno cree que la vida es eso, trabajar, subsistir, chingarle…
hasta que se acaba.
En estos días te había estado pensando mucho por el estreno
de la serie de Iron Fist en Netflix. El entusiasmo con la que la esperabas
desde su anuncio, uno de tus héroes de Marvel favoritos, los cómics que me
recomendaste. Veía los capítulos y pensaba que acaso no estarías de acuerdo con
mis críticas pero que me encantaría conocer tus reparos, y los de Graff, Beto,
May, Mau… como en esa vida de antes, como cuando había vida… De hecho, me
enteré de tu muerte viendo la serie. No sé si recuerdes que yo acostumbraba
decir que nuestras condiciones de trabajo podían no ser ideales, pero podría
ser peor, podríamos trabajar para una revista de finanzas. Bueno, acabo de agarrar una
chamba parecida: una revista sobre función pública… Ríete, Eva. El caso es
que me había dado un descanso para ver Iron Fist y llegó un mensaje que
anunciaba una historia triste. Lo primero que pensé fue: “¿ahora quién se
murió?”. El día anterior me había pasado un cumpleaños bastante lúgubre, no
quería saber más de esas historias. Así que lo sacudí de mi cabeza e intenté
seguir las aventuras de Danny Rand. Pero el celular siguió vibrando, con
mensajes de gente de esa vida pasada. Y no pude más, congelé a Iron Fist… y me
desinflé. Sentí que lo último de mí que me unía a Marvel se había extinguido contigo,
mi Punisher Editorial, como te bauticé -la "Capitana", que te decía Mario, de Producción-, la niña en quien me reflejaba porque le
había ayudado a hacer su sueño realidad. Yo, que no tengo hijos, sólo en esta
pobre medida puedo acercarme al dolor de tu madre, a quien abrazo con el alma.
Desde mayo no usaba ninguna de mis camisetas de Marvel. Hoy
me puse una, por ti. De Deadpool. Después de todo, tenemos esa peli
pendiente, y me debes mis cómics. Te me adelantaste a la sala, apártame buen lugar. Me despido, todavía me falta el último capítulo de Iron Fist, ahora que nos veamos, lo comentamos.
Fueron dos años y medio que te prometo no malbaratar con ningún demonio.
Gracias.
Te quiere, te va a extrañar:
-Arturo
México, Ciudad. 24 de marzo, 2017.

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