martes, 13 de febrero de 2018

Mi disco salvavidas de 2016: La primavera del invierno, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

 

Descubrí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol (conocidos también con el menos mágico acrónimo de La M.O.D.A.) revisando una lista de los mejores discos españoles de 2015, decidí que con tan sugerente nombre debían gustarme. Mi primer contacto fue como se oye música hoy en día: a través de YouTube, su video para “Hay un fuego”, me llamó la atención su discurso libre de maquillaje: “Él dijo una vez que no es la fama ni el dinero,/pero cada halago significa el mundo entero/si es sincero,/no importa si vivo de esto o de ser camarero”. Busqué algunas otras canciones que me gustaron y al final me puse a escuchar en Spotify La primavera del invierno.

La M.O.D.A. se decanta por un sonido acústico que incorpora banjo, mandolina, acordeón y metales con vientos de folklore celta (por momentos recuerdan a los primeros Pogues), un cantante con voz de navaja de afeitar y letras igualmente filosas. La breve introducción de “Nubes negras” marca el tono de La primavera del invierno, que es indudablemente oscuro desde la portada, que no necesariamente depresivo.  Sí, es un disco  nocturno, pero que busca desesperadamente salir de la noche; no la noche de metáfora romántica, este es el naufragio sin remedio en la noche de buscarse a uno mismo, el cual no tendrá sentido hasta poder asirse a las primeras sogas luminosas que tire el amanecer. Si hay que reducirlo a un adjetivo, yo elegiría el de “vital”. Es un disco comprometido con la intensidad de la vida en las buenas y en las malas en todas sus formas a la caza de, como enuncia “Miles Davis”, la primera canción ya en forma, “vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes… ni después”; es también, siguiendo la letra de “Hay un fuego”, un disco para “perdedores y perdidos, no vencidos”, o sea: para cualquiera que haya experimentado pérdida, sufrimiento, derrota, pero también el cálido alivio de los distintos remedios para cada mal.

 “PRMVR” se convirtió en himno personal en los primeros meses del año, una canción de denuncia sui generis que se resiste a dorar la píldora, primero desmitifica la libertad individual: “Asumido el hecho de que soy parte de un rebaño”, lo cual resalta el absurdo de ver ovejas con complejo de perro pastor  que “han atado nuestras manos/con las mismas manos con las que/acarician a sus hijos/antes de que duerman”, Sin necesidad de matrimonio ideológico, su disidencia más espiritual que política se resume en el mensaje: “dile al Capitán que renuncio a ser su guía,/yo sí quiero tener una musa que me escriba/o escribirle yo a ella/a través de esta botella”.

Es pertinente acotar que he tenido una década dura. Mi padre tuvo en accidente en noviembre de 2016 que de un día para otro lo transformó de un viejo fuerte y bonachón en un anciano deteriorado y delirante, circunstancia que ha provocado desavenencias familiares, trastornos legales y angustias económicas que, en consecuencia dejaron a mi madre postrada en el primer trimestre del año por una extraña enfermedad de las piernas. Era simplemente natural que me calara la letra documentalista de “Los lobos”: “En Alaska cazan lobos,/con sangre de otros lobos,/la entierran con cuchillas en la nieve/y esperan a que lleguen./Los lobos tienen hambre/y empiezan a lamer/bebiendo y desangrándose,/matándose a sí mismos sin querer”. Y no hay menor verdad cuando afirman que “así funciona el hombre con sus adicciones”, porque “somos víctimas del estímulo”, algo que podría asimilarse a la teoría mimética del pensador francés René Girard, fallecido el pasado año y de quien les recomiendo empezar por el libro La violencia y lo sagrado.

Al finalizar mayo me quedé sin empleo. De un día para el otro, un trabajo de 11 años, sin indemnización, con ambos padres enfermos, préstamo en el banco y deudas para regalar. Mi rola de batalla se volvió “Catedrales”, con su propuesta de que “brindemos por la tempestad, ¿quién sabe qué vendrá detrás?”. Además está esta mujer que no he podido olvidar y con la cual este año intenté mantener una relación civilizada, “’No te rindas nunca’, me dejaste en un papel, pero el cinismo inunda los consejos”. Más tarde, con un montón de tiempo libre en mis manos, aparte de ver con detenimiento la Euro y los Juegos Olímpicos, descubrí que tenían un cover de la canción “Historia triste” del grupo de punk radical vasco Eskorbuto, cuyo tortuoso relato del paso del tiempo –“este puede ser tu último segundo”- encajaba con mi ociosidad forzosa. Ya entrado el 2016 publicarían un EP con una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, lo cual me resulta un tanto conflictivo porque desde la adolescencia Silvio y yo no andamos en muy buenos términos, pero la verdad es que me sé la letra entera y La M.O.D.A. me hace sentir menos culpable –no estoy en edad- de entonar versos como “ojalá por lo menos que me lleve la muerte/para no verte tanto, para no verte siempre”.

La primavera del invierno no brilla precisamente por su optimismo, pero tampoco es pusilánime. Hace que te sientas valiente en épocas donde la natural sería amilanarte. Ignoro cuál haya sido la intención del grupo al usar ese título, pero para mis oídos suena a lo que cabe inferir de él: un momento de renacimiento en una época dura.

El final feliz de esta historia es que ahora tengo un programa en Rock 101 (lunes y martes a las 12 del día, eRRemental), "en este cementario por un día hay alegría", y que para terminar el año La M.O.D.A. publicó n disco en directo, Todavía no ha salido la luna, grabado en el cierre de su gira española, donde, además de las canciones La primavera del invierno, se suman algunos de los mejores temas de su discografía anterior –“Los hijos de Johnny Cash”, “Amoxicilina”, “Vasos vacíos”, “Gasolina”- y las ya mencionadas versionas de Eskorbuto y Silvio Rodríguez. Pónganse a La M.O.D.A., la ebriedad vale la pena.

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