lunes, 19 de noviembre de 2018

Dios despertó, un poema de Stan Lee

Dios despertó.
Se estiró, bostezó y su alrededor miró,
Atormentado por un pensamiento que no encontraba,
Un pensamiento vagabundo que a morir se negaba.
Se levantó y el cielo infinito escrutó.
Sondeó el es, siguió el rastro del fue
Buscó lo que todavía estaba por ser,
Y entonces encontró el planeta Tierra,
El medio olvidado planeta Tierra,
Inmerso en pena y tragedia,
Y lo supo de inmediato,
Vio el mundo que había forjado para encajar en su plan maestro.
Y entonces vio los cambios que la mano del hombre indujo.
El hombre, tan frágil, tan pequeño,
Y aun así dueño de todo,
Luchando, prosperando,
Afanando, fracasando,
Sembrando, creciendo, siempre andando,
Siempre aprendiendo, jamás conociendo.
Menos que recto, menos que justo
Y finalmente al polvo condenado.
Oyó los ruidos del hombre por todos lados:
Los disparos, los clangs, los rugidos, los bangs
El estrépito, el repiqueteo, martillos y armas.
Y luego descubrió, para su desesperación,
El tortuoso y hueco sonido de la oración.
Mil millones de cuerpos en eterna postración
Mil millones de voces donde nunca el silencio cabe:
“Dame…”, “consígueme…”,
“concédeme, “permíteme…”,
“ámame…”, “libérame…”,
“escúchame…”, “mírame…”.
Mientras él reflexionaba, observaba y aguardaba,
Ellos interminablemente suplicaban,
Cantaban, vociferaban,
Gemían, sollozaban,
Engañaban, mentían,
¿pero con qué fin? ¿En qué magna dirección
Esta devota marea de genuflexión?
Para agradar a su señor, para agradar a su dios.
Dios levantó la cabeza y rió,  a carcajadas rió,
Del hombre, el enigma, que ayuda pedía,
Que siempre exigía, siempre temía.
El hombre, el enigma, que  lamentaba su suerte.
Pero la inactividad lo infesta hasta que es muy tarde ya.
El paradójico hombre, con tanto miedo a la muerte,
Pero despilfarra su vida y su aliento derrocha
Desperdicia sus horas, disuelve sus días,
Sin conseguir nada mientras reza que reza.
El hipócrita hombre,
Pretencioso y engreído,
Pronunciando su nombre
Sólo con cuerdas vocales,
Palabras sin sentimiento,
Sonido sin significado,
Cuánta arrogancia, qué gran soberbia,
Pensar en el propio ser como elitario,
Exigiendo atención en cada ruego,
Mientras dolorosamente, vanamente, sin saberlo,
El omnipotente, infinito y absoluto señor de uno mismo
Yace enterrado.
Dios se enfadó.
¿Cómo se atrevían a creer que la Luz y el Camino
pueden ser atosigados con insistencia, de la mañana a la noche?
¿Cuál es el insensato modelo? ¿Qué insensata norma siguen?
¿Acaso prodigan a su creador el trato de una herramienta
al tiempo que proclaman su gloria, por un tonto lo tomaban?
¿Quién más, sino un tonto, con un cosmos para saborear,
se amarraría a la Tierra para concederle su favor y ayuda?
¿Quién más, sino un tonto, con un cosmos que desdobla,
se quedaría con el hombre, todo alabanza y regaño?
¿Quién, más sino un tonto, con un cosmos para deambular
concebiría un hormiguero para volverse su preso?
¿De quién más, sino de un tonto, cabría esperar
que cree hombres mortales a quienes cuidar, arreglar,
para llorar por ellos, morir por ellos una vez tras otra y otra
Dios suspiró
Les di mentes hasta donde recuerdo, fue hace demasiado tiempo.
Les di mentes que podrían usar para elegir, pensar, conocer,
Pues el desventurado que nace débil debe ser sabio para probar su valor.
Y luego les di el paraíso, la Tierra, fértil y verde.
Al principio el plan me pareció juicioso y un tanto entretenido,
Pero una vez iniciado, habiendo cumplido el acto, mi interés declinó.
Con la semilla sembrada,
El tallo crecido,
Ahí los dejé yo.
Solos.
Solos entre los planetas y las estrellas,
Y todo lo que es insondable y no tiene final.
Solos, bañados de luz y arropados por la oscuridad,
En medio de lo difuso y lo vasto y la nimiedad.
Solos.
Solos como siempre he estado, como yo siempre estaré.
¿Por qué no lo aceptan ellos? ¿Cómo, si no, serán libres?
¿Por qué?
Cuando sus pequeñas vidas son tan breves y estériles,
Cuando el dolor acaba por mancillar todos sus placeres;
En lo que dura un suspiro, su presencia se vuelve pasado;
Se aferran a cada momento, pero no hay momento duradero.
Cuando el fin llega tan rápido y tan pronto son olvidados,
¿Por qué buscan lo que ya no es?
Semejantes a niños perdidos en la noche,
Buscan a Dios para que él los guíe.
Semejantes a niños contraídos de terror,
Deben tener a Dios de su lado.
Pero ¿qué clase de niños, de la cuna al sepulcro,
Le jurarían obediencia al tiempo que lo hacen su esclavo?
Le conjuraron un cielo en el que debe quedarse morando,
Receptivo siempre, si cae la noche o si el día ha iniciado,
Debe amarlos y perdonarlos, y obedecer a sus rezos.
Por siempre atento, nunca lejano.
Y semejantes a niños, en su infantil ardor,
Adoran su sueño, piensan que la fantasía es real.
Dios reflexionó.
Él, que es todo, el fin de todo, la voluntad y la senda,
El poder, la gloria, la noche tanto como el día,
El mundo y la ley, el origen, lo mismo que el plan;
Al Señor Dios Todopoderoso, el hombre desconcertó.
Se sentía confundido por la paradoja,
Por la ironía que existía en todo eso.
Si tuviera oportunidad de enseñarles…
Pero ¿por dónde debería empezar?
¿Cómo hacerles entender, cómo lograr que vean,
cómo hacer que reconozcan su particular locura?
Viven para lucrar y vanamente se esfuerzan
Por tratar de escapar a la muerte,
Pero ni todo el oro, ni una riqueza impensable
Servirán para comprarles un aliento adicional  
Dispensan aplausos y bañan en fama
A aquellos que el poder alcanzan
Pero a los que velan, a los que comparten y aman,
Los olvidan cuando mucho en una hora
Tienden a la reyerta, a disponer sus fuerzas
Al servicio de la bandera en turno que veneran.
Pero no muren los que “¡A las armas!” llaman.
Son sus jóvenes a quienes a perecer mandan.
Sí, privados de reconocimiento, a sus jóvenes matan,
Ellos caen y mueren, para que después les lloren.
Pero ¿por qué?
¿Por una adoración diferente? ¿Por otro color en la piel?
Se codicia un palmo de tierra y arrancan tambores de guerra
Sólo puede triunfar la muerte, no hay lugar para esconderse,
Y aun así, los locos hombres ofician,   dicen que de su lado a Dios tienen.
De todos los seres que viven, que se arrastran y que trepan,
Que toman y que dan, que se duermen y que despiertan,
Que corren, que se levantan, que de costa a costa pululan la Tierra;
El hombre, sólo el hombre, nada más que el hombre, hace la guerra.
Sólo el hombre, en eterna matanza,
Sólo el hombre, con infernal voluntad,
Puede otorgarse la gracia
De enterrar a su raza,
Sólo el hombre solemne reza a su dios mientras mata y dice piadoso,
Conforme la batalla aumenta,
Que él hace lo que debe, pues lo mueven razones justas.
El caos, la masacre, el matadero no cesan,
Pero nada motivo de angustia, Dios está en su esquina, él mata para la paz.
El hombre,
Su codicia, su odio, su crimen, su guerra.
El señor, nuestro Dios, no pudo aguantarlo más.
Echó un último vistazo al hombre, tan pequeño,
De tan tardía crianza, de caída tan prematura.
Una última mirada y la necesidad de saber:
¿Quién es culpable de tamaña angustia, de esta mortal congoja?
¿El hombre defraudó al Creador? ¿O el Creador al hombre?
¿Quién es el trazador y quién el trazo?
Una oteada final y la mirada apartó.
Él conocía la respuesta,  
por eso es que Dios lloró.



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