“Me veo California y me siento Minnesota”
Outshined, Chris Cornell
Comparados con sus contemporáneos de mayor éxito, la
música de Soundgarden era más
sofisticada que Pearl Jam y más
pesada que Nirvana. De la horda de bandas salidas de Seattle en los 90, el
sonido de Soundgarden es el más cercano al del metal clásico, pero también es
algo más. Las quejas de metaleros recalcitrantes sobre que el grunge nos hizo
unos llorones, exhibe su propio berrinche. El grunge enseñó que hacía falta un
tipo duro para llevar los sentimientos en la solapa. Black Sabbath conocía a los Smiths.
Y quizá te rendía la crudeza de
Nirvana o la intensidad de Pearl Jam, pero si se trataba de imaginar a tu banda
ideal, yo quería a Chris Cornell en el micro, la voz más poderosa del grunge.
Los mismos metaleros enrabietados que ya mencionamos olvidan
que en el amanecer de los 90 la línea no estaba tan clara, muchas de las bandas
de Seattle en el apogeo de MTV pasaban lo mismo por Headbanger’s Ball (su
espacio dedicado al metal) que en 120 Minutes (el programa de ‘alternativo’), baste recordar que Alice In Chains abrió
una gira para Metallica. Si acaso, lo que hizo el grunge por muchos sometidos
al cinturón de castidad del detector de metal fue abrirlos a la inmensidad
musical (y emotiva) de esto que llamamos rocanrol, fíjense si no en los covers
que hizo Cornell en su gira de 2016 con Temple
Of The Dog (o sea, los integrantes de Pearl Jam) de Led Zeppelin a The Cure. Soundgarden entregó
los discos más complejos de su camada. Tanto que al final uno ya no sabía si era grunge o no
lo que hacían, ¿y a quién le importaba? Era música pesada que no caía en la
perorata satánica y el alarde de proezas sexuales donde se había atascado el
metal. Era progresivo sin ser rebuscado y punk sin desafinar.
Con lo buenos que eran Soundgarden, su sonido
machacón podía tornarse agotador. Cornell ya había dado muestras de matices más
suaves donde su voz alcanzaba a transmitir más con la canción “Seasons” de la
película Singles. Por eso me entusiasmó Euphoria Morning, su debut solista,
me parecía que al fin iba en camino de poner su garganta al servicio de lo que me parecía su verdadera vocación: el
blues. Me equivocaba, él optó por hacer rock llena-estadios con Audioslave y el
resto de su discografía solista no me suena a la altura de ese primer esfuerzo, incluso lo considero autor de un disco que en su momento reseñé –y sigo
convencido de ello- como el peor disco de la historia: Scream, una producción de
Timbaland, quien entonces estaba de
moda por su trabajo con Justin Timberlake, ahí Cornell busca disfrazarse
del último fenómeno teen y el truco
no le sale.
Eso no borra que haya sido autor de algunas
canciones que se me hicieron emblemáticas en el largo y sinuoso camino.
Mientras él iniciaba carrera por su cuenta, yo salía de la universidad y me veía
con una chica a la que quería, pero no tanto como a esta otra chica que había elegido
a un chico llamado ‘Arturo’ y ese ‘Arturo’ era alguien distinto a mí (creo que en ese momento
decidí que iría como ‘el eRRe’ nomás). Cornell publicó “Sunshower” como parte
de la banda sonora de Great Expectations, de Alfonso
Cuarón (una peli que fui a ver 7 veces y en cada una salí de la sala llorando).
“Dark as roses, fine as sand”, empieza en fórmula exacta de la naturaleza
siniestra y frágil de la belleza… y sí, ella terminó “floreciendo en un dulce
baño de sol”, como también dice la canción, yo permanecí morador de las
tinieblas. “Me llamaste perro, bueno, eso es justo… yo te llamaré hermosa, si
acaso tengo voz”, cantaba Cornell una de las primeras veces que lo escuché. “Me
veo California y me siento Minnesota”, una frase de su primer éxito, “Outshined”,
es un cuadro perfecto de buena parte del espíritu de los 90.
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