martes, 9 de octubre de 2007

Radiohead revela In Rainbows

Van a ser 10 días de que Radiohead anunció en su sitio de Internet que su nuevo álbum estaba listo y se llamaba "In Rainbows". El disco sale mañana asestando un buen golpe a la industria discográfica tradicional, pues en un principio sólo estará disponible desde el sitio inrainbows.com para ordenarlo ya sea en forma física o como descarga dando al comprador la libertad de elegir el precio que quiera pagar. El acceso a las descargas estará disponible a partir del 10 de octubre para todos aquellos que se registren antes de las 10 de la mañana -tiempo de Inglaterra- de ese mismo día, de modo que aunque apurados todavía están a tiempo de aprovechar esta movida de los invariablemente revolucionarios Radiohead y descubrir qué nuevos derroteros exploran en su aventura musical.
we hope that you choke...

Sobre las canciones...

Se me está haciendo tarde para lo que ustedes quieran, pero en la tornamesa da vueltas “Visions of Johanna” en el lado uno de Blonde on Blonde y prefiero que el tic-tac del reloj me coma los nervios antes que cortar los sinuosos versos que la carraspeada voz de Dylan emite. Ni modo, la música me impone un respeto así de abrumador, especialmente las canciones, porque bueno, también hay que ser realistas y zamparse los 15 o 20 minutos de una sinfonía con el tránsito de la ciudad de México equivale a echar por la borda tu día entero, pero, hombre, una rolita, qué te cuesta: un regaño del jefe por cinco minutos de verdad vestida de belleza de bolsillo.
En casa de mis papás eso era un problema. Yo estaba clavado oyendo al psicópata que canta como un arrullo “I am an American aquarium drinker/I assassin down the avenue” en “I Am Trying to Break Your Heart”, del Yankee Hotel Foxtrot de Wilco, y mi mamá llegaba y ponía el radio con el chismorreo de Maxine Woodside y eunucos que la acompañan a todo volumen. Hay maneras, ¿no? Desgarrar un momento así puede arruinarte todo el día, en el peor de los casos convertirte en un personaje parecido al de la canción. Porque a veces basta eso, una canción para salvarte de la locura que acumulan los días herrumbrosos. “Sometimes salvation in the eye of the storm”, como bien cantan los Black Crowes.
A veces me da la impresión que no escucho canciones según mi estado de ánimo, sino que son ellas, las canciones, las que tironean a su gusto la veleta de mi voluntad. Pongamos por ejemplo la otra tarde, estaba muy quitado de la pena escuchando el Cómo conseguir chicas cuando Charly García se pone a cantar “yo estaba en un lugar/a punto de caer/y aunque te parezca extraño música es lo que das”. De súbito esas palabras envueltas en una melodía aparentemente inofensiva resonaron con un significado brutal, como si un dragón empezara a materializarse del humo que escapaba de mi cigarrillo. Cuando terminó la volví a poner. “El problema no está aquí./Cambiar es bien/aun sin amor/aun sin creer”. Parecía un mensaje mandado por el capricho de quién sabe qué dioses justo cuando tenía sentido. Me ocurre más seguido de lo que me gustaría admitir, esa sensación de que ciertas canciones te expresan mejor de lo que tú mismo jamás podrás. “Salta y sé feliz./Para qué fingir./No vale la pena./Y música es lo que me das”. Atacó entonces la imperiosa necesidad de compartir este descubrimiento con una persona, algo que ha sido una pesadilla durante mi vida, correr a ponerle a quien sea una canción que te emociona para obtener un aburrido “ah, está bonita” de respuesta. Como sea, aquí el día terminó sin que siquiera se presentara la oportunidad de hacer que esta persona escuchara la mentada melodía y por alguna razón eso se sintió como un mal augurio.
Elegir lo primero que merezca escucharse al despertar impone una operación delicada al que ve un oráculo en su colección de discos. Primero, para no sacarme mucho de balance, a la mañana siguiente retomé a Charly, esta vez con Filosofía barata y zapatos de goma, “Curitas”, que habla de “la chica que esperaba era infinita/como el bajo que perdí/pegaba las canciones con curitas/hay algo sangrando/hay algo que sangra…”; la letra y la sonoridad de este tema me parecían de lo más raro hasta que en No digas nada, la biografía que Sergio Marchi escribió sobre Charly, leí que un día éste batallaba en el estudio con dos canciones que se negaban a salir hasta que alguien (pudo ser una dama, no importa demasiado) llegó y con espontaneidad apabullante le sugirió juntarlas para hacer una, “pegar las canciones con curitas”, si al final el mejor arte es más claro en lo que dice de lo que nadie se atreve a reconocer. Después decidí que era tiempo de algo más animado y puse un dvd que tenía guardado de The Polyphonic Spree, un hatajo de freaks enfundados en túnicas de colores que suenan como la cruza de los Flaming Lips con una orquesta juvenil en éxtasis fugada de alguna iglesia bautista. Muchos los critican por exceso de optimismo, pero a veces exactamente eso es lo que se necesita para creer que las cosas cambian. Y las cosas cambian. Para bien o para mal cambian. Aunque uno siga sentado en la esquina del cadalso.

***

Han pasado días desde que escribí lo anterior y siento la obligación de precisar que las canciones no salvan a nadie. No basta sacar la canción que uno atesora al fondo de sus secretos y verterla en el oído de quien más quiere para redimir su tristeza. No basta el caballero de pelo largo, guitarra eléctrica trenzada al pecho y corazón sangrante –sagrado corazón. No bastan los versos de Oliverio Girondo a estas alturas ya muy sobados (que podrían sonar en una rola de los Byrds): “llorarlo todo pero llorarlo bien”. Ni siquiera bastan los abrazos ni el amor a la medida. Y no tiene caso lamentarse o sentirse impotente. Un diluvio se avecina, ya lo anunció Peter Gabriel: “¡beban, soñadores, que se están quedando secos!”. Las canciones no nos salvan, pero son los pedazos del barco a los que nos aferramos para creer que el naufragio todavía no es absoluto. Las canciones se nos meten por la boca y las narices y nos hacen levantar una sonrisa idiota al sol que nos quema la cara. Pereceremos ahogados por los lagartos que vuelan nuestra sangre, silbando una tonada que no recordamos en dónde escuchamos.

martes, 25 de septiembre de 2007

Jaco, en vuelo a lo imposible

El pasado 21 de septiembre se cumplieron 20 años de la muerte de Jaco Pastorius, el bajista más grande que haya pisado la Tierra, como él mismo acostumbraba presentarse. Personas que lo conocieron bien lo describen como “una fuerza de la naturaleza”. De niño, cuentan que tenía que correr por el bosque como un salvaje, nadar en el mar durante horas o trepar hileras de palmeras en las playas de Florida para sacudirse su provisión de energía aparentemente inagotable. Por su apabullante condición física pronto destacó en los deportes. Mamá decidió que si Jaco era el atleta estrella, entonces su hermano Gregory sería el músico de la familia. Resultó que un día levantó la guitarra y como si nada sacó una canción de los Beatles con la que Rory había estado batallando meses. Eso fue a los 12 años. A los 13 había formado The Sonics, su primera banda. Los compañeros de la escuela se acercaban a Rory para decirle “vaya, Jaco no sólo es el mejor atleta de la escuela, ¡también es el mejor baterista!”. Pobre de Rory, pobre de Jaco. Un día se rompió la muñeca jugando futbol americano y tuvo que dejar los tambores, pero tomó el bajo. Todo el tiempo se la pasaba practicando con el bajo hasta que un día volteó y le dijo a Rory, “soy el mejor bajista del mundo”. Lo único que su hermano atinó a responderle fue: “lo sé”.
A los 19 años se le ocurrió quitarle las divisiones entre trastes a un bajo Jazz Fender ’62, rellenando los espacios vacíos con masilla de madera Duratite y cubriendo el cuello con una resina epóxica llamada Petit’s Poly-Poxy, sumado a otras modificaciones técnicas esto dotaba al instrumento de una cualidad “cantora” muy particular, inventando con ello el bajo “fretless”, modalidad que no tardarían en adoptar otros bajistas de jazz y rock. Tan especial era el sonido que Jaco sabía sacarle a su bajo que cuando mandó un demo de prueba para el puesto vacante en Weather Report, Joe Zawinul, mandamás del grupo, se comunicó con el muchacho para comentarle “tu demo suena muy bien, pero quería preguntarte si no tocas el bajo eléctrico”. “¿De qué me hablas? Todo lo que oíste fue bajo eléctrico”, fue la inesperada respuesta que recibió Zawinul. El jovenzuelo fue reclutado.
Jaco construyó su fama alrededor del mundo en Weather Report. Con ellos grabó discos que los sacaron del reducido círculo de snobs jazzeros a un público mayoritario, y con ellos a buena parte del jazz. Así como podía tocar escalas imposibles de 16 notas, incursionando en terrenos inéditos para la historia del bajo eléctrico, Jaco era muy conciente de la parte del espectáculo y la asumía con idéntico vigor. Pedía que barnizaran el escenario con aceite de bebé para con los pies descalzos efectuar entradas espectaculares y contonearse en movimientos que el mismísimo James Brown envidiaría, sin dejar de poner cada chispeante nota en su lugar, desplantes que junto con sus homenajes a Jimi Hendrix y su sensibilidad para la música popular atrajeron a un público rock que de paso salía con su primera probadita de Charlie Parker o John Coltrane.
Fueron los años del mejor Jaco -finales de los setenta, todavía los primeros dos años de la siguiente década-, el que puede oírse en temas de Heavy Weather y Night Time de Weather Report, Hejira y Lights & Shadows de Joni Mitchell, el concierto Trilogue al alimón con el baterista Alphonse Mouzon y el trombonista alemán Albert Manglesdorff, el alucinante Word of Mouth como solista. Aunque hay quien sostiene que no, que el mejor Jaco fue el que tocaba con la orquesta de Ira Sullivan en pequeños bares de Florida, cuando recién había aprendido a leer notación musical y su cabeza bullía de ideas que desarrollaría en los años venideros, al que le bastaba la música para ponerse. Porque los años de gloria también fueron los años en que la gente hacía cualquier cosa con tal de estar cerca del ídolo: conseguirle un trago, una línea de cocaína, lo que fuera para presumir “yo me codeé con el grande”.
Para 1983, cuando registró Twins, el disco grabado en vivo durante la gira de Japón que captaba en acción a su espectacular Word of Mouth Big Band (una especie de orquesta all-star de jazzistas neoyorquinos), el comportamiento de Jaco ya era muy errático; podía estar genial una noche y a la siguiente salía con la cara pintada de guerrero apache o cubierto de marcador negro, pulsando la misma nota interminable, distorsionada e inaudible. Desaparecía y lo encontraban desnudo entre unas rocas cerca del mar. Una vez entró al vestíbulo de un hotel montado en una motocicleta sólo para de inmediato caer inconsciente, cuando trataron de reanimarlo descubrieron que llevaba un calamar muerto debajo de la camiseta. En Tokio cayó de varios pisos de altura al tratar de caminar por una cornisa, sus acompañantes creyeron que se trataba de otra broma pesada, supieron que iba en serio cuando uno le oyó decir “el mejor bajista del mundo acaba de romperse un hombro… bueno, tal vez no el mejor”.
Particularmente desoladora resulta la historia de Jaco saliendo a toda prisa de una disquería en Nueva York con un montón de discos suyos y de Weather Report bajo el brazo y un vendedor pisándole los talones, corriendo sobre una acera que tenía grabadas las manos de algunos músicos locales destacados, a semejanza del Paseo de las Estrellas en Hollywood, justo cuando Jaco pisa el recuadro con sus huellas, el cargamento de lp’s cae, pero él no detiene su escapatoria. Esa imagen del maestro convertido en un vulgar ladrón que dilapida su legado en un punto que conmemora su grandeza compendia la debacle de Jaco Pastorius de una forma específicamente lastimera que no transmiten los cientos de cuentos de terror que circulan sobre él. Más si uno piensa que seguramente los había hurtado para regalárselos a la gente que pasara por la calle, eso hacía cuando todavía le quedaba algo de dinero, agotaba las existencias de sus propios álbumes en las tiendas o, en los kioskos alguna revista que le hubiera concedido la portada , y los entregaba a los transeúntes como una forma de decir “éste que ven de camino a las cloacas de la humanidad una vez fue dueño del mundo… éste podría ser cualquiera de ustedes, pero no lo es”.
Para Jaco la música debía tener un carácter comunitario, si no podía compartirse carecía de sentido. Si bien conocía a fondo las estructuras jazzísticas tradicionales, dedicaba mucho tiempo a oír la radio, los éxitos del momento, lo que le gustaba a la gente común, estudiando los contagiosos compases del sonido Motown y absorbiendo la inmediatez del rock para trasladarla a nuevos campos. Ese primer disco homónimo, Jaco Pastorius, constituye un buen muestrario de todos los estilos por los que se decantaba: el soul de “Come On, Come Over” con la participación vocal de los legendarios Sam & Dave; las etéreas sonoridades de “Continuum”, las cadencias latinas de “(Used to Be a) Cha-Cha” y el jazz más conservador de “Forgotten Love”, ambas con Herbie Hancock al piano; nada más su inconcebible adaptación al bajo eléctrico del clásico “Donna Lee” de Charlie Parker que abre la placa basta para calificarlo de revolucionario. Pese a sus fanfarronadas, siempre lo más importante fue sustentarlas haciendo música. En cuanto algunos billetes caían a sus manos, alquilaba unos estudios, reunía a los primeros músicos que hubiera disponibles y armaba una jam session. Claro que el dinero acababa metiéndoselo por la nariz y Jaco se marchaba sin tomarse la molestia de rescatar las grabaciones, total, el gusto de tocar ya nadie se lo quitaba.
A mí, la primera vez que escuché a Jaco, vía un disco recopilatorio, lo que me impresionó fue la vehemente humanidad que respira su música. Hablo de una cualidad irreductible a los extraordinarios malabares que sus dedos ejecutaban con sólo cuatro cuerdas, porque el virtuosismo nace muerto y lo que subyace a sus sofisticadas composiciones volviéndolas accesibles y tarareables al mismo tiempo es algo que respira y se retuerce y golpea y acaricia, un ser con vida propia que cada audición la hace irrepetible. Como si no se tratara de una determinada sucesión de notas, sino transmisiones desde el centro neurálgico de la música misma.
Cuenta Charly García –quien quedara profundamente impresionado por Jaco al conocerlo en un festival brasileño a principios de los 80 y a quien años más tarde dedicaría el tema instrumental “Jaco & Chofi”, incluido en La hija de la lágrima- que desde muy temprana edad descubrió que tenía “oído absoluto”, una condición que le revela en qué tonalidad está cualquier sonido. “Es horrible”, afirma Charly, “como si tuvieras una partitura frente a ti todo el tiempo de la cual no puedes escapar”. Para desgracia suya y fortuna nuestra, al parecer Jaco compartía el padecimiento de Charly. En ocasiones iba con alguien a la orilla del mar y de repente le decía, “shh, escucha”, el otro no escuchaba nada mientras Jaco parecía inmerso en la sinfonía universal. Sí, todo era música para Jaco, pero nunca la suficiente. Para el percusionista Airto Moreira, “su música se volvió más grande que él mismo. Realmente no podía tocar todo lo que quería. El tipo estaba muy allá. Y yo respeto eso”. Y nosotros también deberíamos, porque en el descalabro de lo imposible Jaco tuvo el valor de animarse a volar… aunque al final, digno descendiente de la estirpe de Ícaro, haya merecido una caída monumental.
La noche del 11 de septiembre de 1987, un Jaco fuertemente intoxicado quiso entrar al Midnight Bottle Club, ubicado en un suburbio de Fort Lauderdale, Florida, localidad en la que pasó su niñez y adolescencia. Un tipo de seguridad le impidió el paso. A las 4 am del 12 de septiembre Jaco era encontrado en un charco de sangre, con varias costillas rotas y severas fracturas en el cráneo. Un día después caería en coma. El 21 de septiembre su familia decidió retirarle los aparatos que lo mantenían con vida. Jaco dejó de respirar, pero su corazón continúo latiendo unas buenas dos horas. Jack, su padre, que había sido crooner en orquestas de salón comentó “ya sabía que Jaco tenía buen ritmo, pero esto es ridículo”, luego lo rodeó con sus brazos y empezó a cantarle una balada llamada “Watch What Happens”. Al igual que su admirado Charlie Parker, no rebasó los 35 años, como él siempre había predicho.
Cada septiembre se suceden las notas en revistas especializadas, radio, televisión, periódicos para conmemorar la muerte de Jimi Hendrix (acaecida el día 18 de 1970). Uno pensaría que este 2007 el vigésimo aniversario luctuoso de Jaco sería el pretexto perfecto para revalorar su trabajo de frente al gran público. No fue así. Ni siquiera el fallecimiento de Joe Zawinul, su mentor en Weather Report y un músico vital para entender el viraje eléctrico que Miles Davies dio en los sesenta, mereció mayor atención de los medios, acaso por el mal día que eligió para soltar el último aliento: 11 de septiembre. Por cierto, en los últimos años, cuando vagaba con esos ojos descomunales inyectados de sangre por las calles de Nueva York y dormía en canchas de basquetbol, a Jaco se le oía decir “Jimi Hendrix y yo, los dos levantamos las Torres Gemelas solo con nuestras manos ”. Las torres que los hombres construyen también hacen posible su desmoronamiento. Pero hay otros edificios, eternos... por ser invisibles. Como sea, septiembre parece la fecha ideal para darse una vueltecita por ese club colmado de humos de cigarro y whiskey que hay más allá.

viernes, 21 de septiembre de 2007

GHP se raya...

Para quienes hayan leído el texto "RIP Go Home Productions", les alegrará saber que nada de venta, la obra completa de Mark Vidler en su vida como bootleger puede descargarse por tiempo limitado desde su página www.gohomeproductions.co.uk. Vayan ahora y dense un atasque. El eRRe seguro no dejará pasar la oportunidad.
Pump up the motherfuckin' volume!!

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Tache Rock Machine

En la relación con el amigo y maestro Tachepiranha, la música siempre ha jugado un papel fundamental. Nos conocimos en el primer año de secundaria, en medio de pleno boom del “Rock en tu idioma”. Felizmente el azar quiso que Tachepiranha viviera a una cuadra de casa del eRRe y así fue como creció la amistad, recorriendo todos los días cansina y fervientemente (con ese fervor que sólo tienen los niños de 13 años) el camino que llevaba de la secundaria a nuestras casas platicando de bandas, intercambiando discos y, en buena parte, burlándonos de todos los demás. Ni modo habrá que caer en el cliché y decir que fuimos creciendo al ritmo que marcaban Espacio 59 y Rock 101, como muchos otros compañeros de generación, casi nunca WFM, sólo cuando pasaban conciertos. Nos recorrimos todo el diccionario de bandas de rock en español de la época, Radio Futura, Soda Stereo, Charly García, Sabina, Neón, Caifanes, Huizar. En el último año de la secundaria llegó el desmadre que fue el salón 37, sin saberlo sería el germen para esa potencia de conquista mundial llamada toqueyrol (golpearán su localidad próximamente).
Ya en la prepa nos tocó el apogeo del grunge y eso que por entonces llamaban música “alternativa” y ahora “indie”. Una época en que MTV todavía trataba de música y no de ver cuántos mocos se saca un pelado en una hora, con programas obligados como 120 Minutes, Headbanger’s Ball o Alternative Nation. Una época en la que los discos costaban alrededor de 70 pesos (los caros). Una época en que las tiendas Mix-up todavía no manejaba códigos de barras y discretamente podía intercambiar las etiquetas del precio de los discos para que salieran más baratos. Una época en que todos los días uno parecía sentirse emocionado por haber descubierto una banda nueva. Fueron días llenos de angustia y valemadrismo adolescente. Días llenos de alcohol y risotadas a media noche. Días agotando las calles que llevaban de Coyoacán a la Naravarte. Días llenos de Alice in Chains, Red Hot Chili Peppers, The Cure, The Smiths, Metallica, Pink Floyd, Jane’s Addiction, Beastie Boys, Rollins Band, Ministry, Ramones, Nine Inch Nails, mucho Nirvana, mucho Pearl Jam, la banda favorita de Tachepiranha. Los dos compramos Ten, el debut del quinteto de Seattle, e inmediatamente se convirtió en otro punto de identificación, cantando “Jeremy”, “Why Go”, “Black” y “Garden” llegamos a la universidad, luego de la fugaz carrera de Tachepiranha como escritor maldito, una historia que, como diría Michael Ende, debe ser contada en otra ocasión.
De nuestra época en la universidad hay muchos episodios musicales dignos de recordar. Especialmente los conciertos y sobre todo los conciertos de C.U. Uno de los primeros –si no es que el primero- en plenas islas atascadas de banda bien pacheca y cervecera. Los zapatistas recién habían emergido a la luz y con la falta de respeto político que nos caracteriza, Tachepiranha y eRRe emprendieron el fatigoso camino a la tienda por más chelas, el primero ataviado con pasamontañas y el otro pidiendo monedas para la causa –por supuesto, las caguamas. Recuerdo también el Día de Muertos en que fuimos a ver a los Aterciopelados a un bar del centro, cuando “Bolero falaz” apenas empezaba a sonar, con Andrea Echeverri desde el escenario hablando con nosotros y arrojándonos flores de xempaxochitl. La noche en que tuvimos que convencer al Pregonero y al Prisionero para que nos acompañaran a ver el Hard Rock con Eliades Ochoa y se pasaran una de las mejores noches de su vida, cerrando con don Eliades dedicándonos una canción que nosotros le habíamos pedido toda la noche y que ninguno de los demás asistentes sabía que tocaba. No menos inolvidables son las desaforadas sesiones de viniles en el cuartito trasero de su casa o la noche en que rodeado de hermanos borrachos canté “Round Here” de los Counting Crows abrazado a una bocina de su estéreo.
Cuando Pearl Jam por fin vino a México, tuve la oportunidad de ver a un Tachepiranha que pocos conocen. La tarde que llegamos al primer concierto en los Palacios de los Deportes, su mirada no era la de un tirano, era la de un niño no muy distante al que muchos años atrás yo había conocido en el salón 110 del Instituto México, llena de ilusión porque uno de sus sueños estaba por hacerse realidad, de un lado para otro, comprando camisetas, pósters… y por un momento yo también me sentí como uno de esos engendros de inocencia que alguna vez fuimos, cuando el mundo era nuevo y caminábamos entre las rosas sin pensar en las espinas.
Poco después Tachepiranha partió un año a estudiar a Alemania. Resulto que su partida se sumaba a otra muy sentida por el eRRe, pero ese fue el mismo año en que descubrió “Left and Leaving” de los Weakerthans, ese disco que habla de personas que se van y personas que se quedan, de las cosas del tiempo, le servía de consuelo para las ausencias y si bien Tachepiranha no tuvo nada que ver con dicho descubrimiento, seguramente si él no hubiera estado lejos no representaría un título tan significativo en mi fonoteca.
Luego regresó. Y abrazado a él lloré “Something I Can Never Have” en el concierto de Nine Inch Nails. Y un día llegó a proponerme que nos fuéramos a ver a Pearl Jam. Y ahí fuimos, a Praga, a Berlín, a Zagreb, el eRRe torpe como siempre, el Tachepiranha ostentando su inagotable sabiduría. Y nos apretujamos con los checos e hicimos enojar a las lesbianas alemanas y sobrevivimos a los salvajes guerreros y guerreras croatas… Y la última noche en Berlín nos deleitamos con un desfile de damas nocturnas mientras bebíamos cerveza alemana y tequila mexicano en un restaurante español. Y el mundo lucía en paz consigo mismo, y nuestras caras chorreaban cansancio y felicidad, y a nadie le importaba pensar en el día de mañana…
Ahora Tachepiranha vuelve a Alemania, esta vez por dos años. Acá la ciudad se quedará un poco más sola, pero la música seguirá sonando y no nos cansaremos de rockear en el mundo libre. Que así sea.

viernes, 7 de septiembre de 2007

R.I.P. Go Home Productions

Desafortunadamente el dj y productor inglés Mark Vidler anuncia la muerte de Go Home Productions, faceta bajo la cual perpetró algunos de los bootlegs con vena más infecciosamente rockera en esta primera década del milenio. Dícese bootleg o mash-up del compuesto resultante de tomar elementos de dos canciones distintas para crear una nueva mediante manipulaciones técnicas significativas. GHP supo desmentir a los aguafiestas que acusaban a los bootlegers de ocultar su falta de talento tomando dos temas mediocres para crear uno más o menos aceptable, eligiendo para sus (re)creaciones himnos rockeros como “Back in Black” de AC/DC y “We Will Rock You” de Queen para sumar su potencia en la explosión bailable de “Rock in Black”; al mismo tiempo es de agradecerse el desenfado de Vidler al no permitir que su querencia por el rock clásico inhiba los poderes de su imaginación confirmados en el maridaje de Christina Aguilera con el Velvet Underground en “Girl Wants (to Say Goodbye to) Rock & Roll” o de acompañar a Britney con el sonido Motown de los O'Jays en “Backstab Me One More Time”, alcanzando una cumbre de su arte con la epifánica "Abba & the Bunnymen".
Muchas de estas versiones salieron en ediciones de vinil muy limitadas o en recopitalorios difíciles de conseguir por los problemas que involucran los derechos. Ahora que Vidler anuncia su retiro del mundo mash-up para dedicarse a proyectos de música original y producción para otros artistas, por demanda popular ha colocado en la sección de mp3 del sitio http://www.gohomeproductions.co.uk/ una colección con 20 de sus menjurjes más cotizados que con el título de "This Was Pop 2002-2007" está disponible para todo aquel que se tome la molestia de descargarlo como probadita de los 16 cds de material con sello Go Home Productions que pronto lanzará en la tienda I Tunes.
Go Home Productions dejará un espacio insustituible en el panorama de los mash-ups, sin duda un divertimento que de vez en cuando alcanza alturas de incuestionable gloria. Habrá que estar pendientes de lo que Mark Vidler haga en el futuro y por lo pronto descargar esta muy efectiva antología que nos deja de su vida como bootleger... y a buscar más en www.mashuptown.com.


Rockeando con Lester Bangs

El pasado lunes 3 de septiembre "El ángel exterminador", de la sección cultural de Milenio Diario publicó un artículo del eRRe sobre su personal héroe, el maese Lester Bangs, bajo el título "El crítico nada críptico de rock" que pueden leer en su versión on-line aquí: http://www.milenio.com/mexico/milenio/notaanterior.asp?id=841706

De todos modos a continuación tienen la versión tamizada por el paso de los días. Que les sea leve.



Suena a rocanrol

“Conocí a Dios recién llegué aquí… Le pregunté por qué. Ya sabes, si tenía 33 años y todo eso. Él nada más me dijo, “M.T.V”, no quería que lo viviera, quién sabe qué chingadera sea esa.”
-Carta desde la nube de Lester Bangs para Dave Marsh; enero, 1986

Todos mis amigos son ermitaños, así habría de llamarse uno de los tantos libros que Lester Bangs nunca publicó. Algunos empezó a escribirlos, otros nada más por los títulos que dejó anotados dan ganas de leerlos: Todo lo que ya serías si tu mamá fuera la esposa de Iggy Pop, Guía razonable del ruido horrible, Vive como multimillonario sin ganar dinero: yo lo hago todo el tiempo y este libro te dice cómo. El aparente silencio de la grandeza en realidad marca la pauta, el beat de un estilo: "Probablemente nunca produzca una obra maestra, ¿y qué? Siento que tengo un sonido nacido en mí, que me pertenece, y aun si es errático, ese sonido sigue siendo mi principal orgullo, porque prefiero escribir como una bailarina que mueve las nalgas al ritmo del cabaret dentro de mi cabeza y llegar tal vez a esos lectores que usan los libros para limpiarse el culo, que ser o escribir para el hombre que se encierra en un armario a leer a Esquilo mientras este mundo estupidizante se apresura enloquecidamente delante de su ventana hacia su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”.
Y eso suena como a rocanrol.
De botepronto Lester Bangs da la impresión de un Bukowski anfetaminizado o patiño de Hunter S. Thompson; en el fondo toca cuestiones de mayor interés que uno en tono menos politizado que el otro, con el mejor sentido del humor de los tres. Un escritor, no cabe duda, dueño de una de las voces más definidamente personales entre la generación de pos-guerra. Eso sí, para disfrutarlo, como señala Greil Marcus en el prólogo a la antología Psychotic Reactions and the Carburetor Dung, exige a sus lectores conceder una premisa: “que el mejor escritor de Estados Unidos pueda ser alguien que prácticamente no escribe otra cosa que reseñas de discos”.
A diferencia de los VJ’s en la televisión musical o los divos de martini que alimentan la vanidad progre de los medios en la post-época, desde 1969 hasta 1982 -año en que murió al tratarse un catarro con libérrimas prescripciones de Vicodin y Darvon- Lester Bangs en sus textos para Rolling Stone, Creem, The Village Voice y otras publicaciones no buscaba que le salpicara un poquito del glamour levantado al divino paso de vuestras majestades, las estrellas de rock, tampoco ensalzar un estilo de vida “alternativo”. Quién sabe qué tan real sea el diálogo que Cameron Crowe le adjudica en la película Almost Famous -“no somos cool, siempre tendremos problemas porque nos falta una mujer, pero de eso se trata el mejor arte, el arte de la gente bonita no perdura”-, lo cierto es que va de acuerdo con su personalidad. Admiraba a The Velvet Underground por sacudir la Nación Woodstock, que tenía “el cerebro lavado por álbumes narcisistas y buena-onda de grupos contentos de servir como escuadrones de la cultura juvenil en su fervor por los “muchachitos hermosos” pero que fracasan en distinguir que cuando el arte trata de la oscuridad no necesariamente la apoya”, igual que era capaz de exhibir al ídolo Lou Reed mediante una discusión absurda sobre drogas químicas o de vislumbrar a la primera banda católica del rock en Black Sabbath -un grupo que 20 años después acusarían de satánico en México-, al tiempo que denunciaba los engaños de la prédica contracultural: “ahora tenemos un chamán recargado en cada esquina y los mesías de ocasión andan de oferta. Unos son “políticos” y otros “místicos”, algunos construyen sus reinos con un estofado “cósmico” de ambos elementos, y cada cual parece tener su tropita de heroinómanos-ojos-sumidos haciendo proselitismo”.
Tampoco le quitaba el sueño ascender los peldaños estatutarios de la intelectualidad, “profesionalmente soy calificado como crítico de rock, lo aceptaré (sin embargo) el punto es que no sé qué clase de escritor soy, sólo sé que lo hago bien y hay montones de gente que leen todo lo que escribo, y me gusta que sea así”; ni pretendía ennoblecer el circo de frivolidades en que se movía: “hay quien argumenta que el material de los Dead Boys es sexista. Vaya deducción tan brillante. Sólo que como The Spokemen dijeron en “Dawn of Correction”, “se han perdido la parte buena”. La parte buena es que los Dead Boys probablemente se pongan tan borrachos que no se les pare y le tengan tanto puto miedo al verdadero sadomasoquismo que conciban el sexo en general no como un asunto de supremacía masculina sino como cosa de cochinadas”.
Al final casi nos toma el pelo exponiendo la ridiculez de una mitología que tiende a las glándulas para en saltos espasmódicos referir “los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo”, que de acuerdo con William Faulkner, “es lo único que conforma la buena escritura, porque sólo de eso vale la pena escribir”.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Mi Cura

Ahora que The Cure nuevamente agota boletos para sus dos fechas en la ciudad de México (con una tercera que al parecer se viene), irremisiblemente al eRRe se le han movido el corazoncito y los recuerdos que lo ligan con la banda del Robert Smith. Magnífico pretexto para compartirles las cavilaciones resultantes.

The Cure es un grupo caro a mi corazón, qué puedo hacerle. Recuerdo bien el día que compré Disintegration, una tarde atravesando el centro comercial que acortaba el regreso a casa de la secundaria. Tenía 14, 15 años, era la época en que empecé a comprar discos, yo había oído algo de ellos, lo vi en el escaparate de una tienda, entré y pagué por él. Desde entonces la introducción instrumental al primer corte del disco, “Plainsong”, me ha sonado como a música de astros o a la que uno escucha en sueños imposibles de recuperar. Venía luego “Pictures of You”, que se convertiría en mi rola fundamental de aquel momento –habiendo sobrevivido a 8 años de escuela de puros hombres (con 4 años de condena por purgar), para mí las imágenes de las revistas porno que orquestaban mis sesiones masturbatorias, no eran más lejanas que las niñas inmutables a mis tartamudeos en las kermeses o las damiselas que en el mismo centro comercial veía salir de las tiendas de ropa- y a fin de cuentas probaría ser emblemática para otras ocurrencias del pendejo guionista de mi vida: las fotos de R. rociadas de vino tinto que rompí con unos amigos borracho, la foto de M. que cada mañana contemplaba agonizante entre las ruinas del mundo, las fotos que B. me mandaría desde el otro lado de un océano, la foto que M. (otra M…) nunca querrá tomarme… Ahora mismo, cuando escucho la apertura de Disintegration (redondeada por “Closedown” la canción número tres, más lóbrega que las anteriores) mientras escribo esto, me parece un monumento de gélida belleza cuyo peso inconsolable desafía la fuerza de gravedad que domine a cualquier memoria específica.
De ahí fui para atrás, conseguí los discos previos (en vinil, en vinil), el Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me que hasta la fecha es mi favorito de ellos, en el Chopograbaciones pirata de conciertos, con otros fans las rarezas, biografías, letras, videos… Los videos eran importantes. No hay mucho lugar a dudas en afirmar que la imagen desgreñada de Robert Smith, con el rostro blanqueado y los labios embadurnados de rojo jugó un papel, si no esencial, por lo menos muy relevante en el impacto inicial que tuvo The Cure y, a la postre, en el nivel de exposición masiva que alcanzaría en los ultravisuales años ochenta. Por ejemplo, el video de “Lullabye”, donde un Robert Smith bebé teme ser devorado por una araña que avanza entre sus sábanas (también con la crisma de Roberto maquillado más lúgubre que de costumbre) a mi mamá que es de susto fácil nunca se le olvidaría, ese video le inspiraba terror. Sería el único grupo que me reclamaría escuchar durante un ataque de rabia menopáusica (“¿cómo pueden gustarte esos facinerosos pintarrajeados de mujer?”), hasta la fecha por un motivo u otro saca a colación “ese grupo de la araña”.
Un poco asombrado, a partir de los prejuicios de mi pobre madre descubro también la ceguera de muchos “cureheads”, los que se enojaron cuando sacaron “Friday I’m In Love” o a los que no les interesa escuchar “Mint Car” en concierto porque creen que esas jaladas no van con la esencia del grupo, incapaces de apreciar que existe algo especialmente dramático en oír a Robert Smith describiendo una velada perfecta, con velas, helado de coco, Stolichnaya, nada que ver en la TV y una amante dispuesta con alfombra de peluche en una rola como “Return” y sin embargo cantar “but I’m still not sure what’s goin’ on/and I can’t help feeling something’s wrong”. A cambio de cada himno oscuro tipo “Charlotte Sometimes”, “M” o “Piggy in the Mirror”, estos arranques de inesperada alegría –que han estado presentes desde “Let’s Go to Bed” o “The Lovecats”- lejos de restarles credibilidad vienen a confirmar la humanidad que hay en la música de The Cure; si hubieran seguido igual de sombríos que en Pornography serían buenos tragamonedas de tristeza generacional (que creo es como buena parte de la industria está empeñada en que sigamos viéndolos) pero no el grupo entrañable con agallas para reconocer que todo buen darketo lo que de verdad busca es una probadita de felicidad, pero entonces el problema es que se ha pasado tanto tiempo entre las tinieblas que uno sólo atina a responder con risitas nerviosas y temblores del cuerpo que terminan ahuyentando a la gente.
Personalmente The Cure siempre ha significado más un instrumento para conjurar la tristeza que para solazarme con ella. Además, les debo uno de los actos de solidaridad más desinteresados que me haya tocado presenciar. Ocurrió en esa misma secundaria a la que yo iba. Habían organizado una “tardeada” tipo discotheque, con luces estroboscópicas y unos baffles enormes, apenas una oportunidad para darle a las bestias obtusas un día de campo en compañía femenina… sólo que la mayoría andábamos tan absortos en nuestra timidez que la pista de baile era una desilusión que ni nuestro habitual ejército de galanes alcanzaba a salvar. La cosa fue poniéndose más interesante con las botellitas de licor y las latas de cerveza que algunos intrépidos consiguieron introducir, el número de parejitas bailando aumentó sin que aquello terminara de prender, faltaba esa sensación de riesgo característica de un reventón respetable. Fue cuando alguien pensó que deberían poner “Fascination Street” y desairado por el rechazo a su solicitud interpuso queja con el principal rufiancete de la escuela, quien acudió al DJ convencido de infundirle el mismo respeto que a sus condiscípulos, pero cuando obtuvo la misma negativa comunicó a su novia que debía organizar a sus amigas para que nadie bailara hasta que se tocara “Fascination Street”. Como por arte de magia la pista se vacío y por más que el DJ sudaba poniendo los éxitos del momento todos permanecían sentados y exigían a gritos “Fas-ci-na-tion Street”. De repente uno de los muchachos se levantó, se sacó la camiseta y agitando la prenda al aire empezó a asuzar a la gente. “Fas-ci-na-tion Street”. Siguió otro y otro y otro (y alguna chavita atrevida), hasta que uno de los hermanos maristas que dirigía la institución salió horrorizado a preguntar la causa de semejante alboroto y cuando le informaron que fue porque el tipo de los discos se negó a tocar una rola, corrió a ordenarle inmediatamente que tocara lo que los muchachos querían oír, quién se creía él para perturbarlos al grado de ponerlos en peligro de pecado. Cuando las bocinas por fin escupieron el delay de la guitarra de Robert Smith y el robusto bajo de Simon Gallup, los asistentes estallaron saltando y abrazándose, en una expresión de sincera unidad que ninguna de las pocas manifestaciones políticas en las que he participado me ha brindado.
Casi 20 años después vuelve la sensación. Estoy en el primer concierto que The Cure ofrece en la ciudad de México, en el Palacio de los Deportes, con un boleto que compré al doble de su precio en la reventa, codo a codo con un güey más moreno que yo con párpados y labios pintados de negro, cuello tatuado y peinado a la mohawk cantando “In Your House” y “Three Imaginary Boys” a punto de escupir las entrañas, volteamos a vernos y la única afección en la cara de ambos y en muchas otras alrededor nuestro es el inocultable júbilo por al fin vernos cara a cara con nuestros héroes, por comprobar que son de carnita y hueso y que suenan a toda madre . Arriba, en el escenario, contemplo a Robert Smith y recuerdo que años atrás declaró en una entrevista “mi idea de la felicidad es ganar el dinero suficiente para comprar cerveza de lunes a domingo y echarme un par de curries el fin de semana”. Sigo pensando que ese hombre podría ser mi mejor amigo, él también luce conmovido, su voz batalla con la altura del DeFe pero esa noche y las dos siguientes prolonga sus presentaciones casi hasta las tres horas con tal de tocar todo, o si no todo, sí lo suficiente para que nadie salga decepcionado: éxitos, clásicos, caras B, temas del último disco, temas del primer disco… Todo. Cambiando las canciones en cada concierto y generando la misma reacción de emociones desbordadas, un lujo disponible únicamente para grupos de su calibre. Esas tres noches me confirman en mi fidelidad a The Cure, hago la promesa solemne de que cada vez que estos viejos carnales vengan yo debo estar ahí para contagiarme de su poder restaurador, por el honor que hacen a su nombre, Cura que alivia espíritus.

lunes, 6 de agosto de 2007

Cuatro canciones de los Weakerthans...

en versión castellana del eRRe, como complemento al artículo anterior. Pueden descargar algunos mp3 de estos maestros desde su página theweakerthans.org (chéquense los vínculos del eRRE: Denle click o mueran).

Dejado y dejando

y por un momento ambos creen
que pueden escuchar a la ciudad respirar

ambos están cansados, quieren estar agotados

-Catherine Hunter

Mi ciudad aún respira (pero apenas, es verdad) a través de edificios que le faltan como dientes. Las aceras me observan pensar en ti, todas salpicadas de vidrios rotos. Estoy de vuelta con cicatrices que mostrar. De vuelta en las calles que conozco. Nunca me llevarán a otra parte que no sea aquí. Esas manchas en la alfombra, esta bebida en mi mano, estos extraños cuyos rostros conozco. Nos reunimos para nuestra prueba de vestuario y decimos “yo lo quería así” y aguardamos a que se ahogue otro año. Adelantar la primavera, el otoño que se cae. Trato de no preguntarme en dónde estás. Todo este tiempo persiste, indefinido. Alguien escogió a quien es dejado y a quien deja. La memoria se oxidará y erosionará en listas de cosas que me diste: unos cerillos, una cobija, este dolor en mi pecho, las mejores partes de Lonely, cinta de aislar y cables soldados, nuevas palabras para viejos deseos, y todas las tarjetas de cumpleaños que tiré. Espero en ritmo de 4/4. Cuento las líneas amarillas de carretera que confías habrán de conducirte a casa.

Esta es una salida de incendios nunca dejar la puerta abierta
Los faros corren hacia la esquina del desayunador. Iluminan a medias un rostro antes de desaparecer. Tú respiras cuarenta años de fracasar en describir un sentimiento. Yo expiro humo contra la ventana, trazo las letras que hay en tu nombre. Nuestras letras suenan iguales; llenas de todo nuestro cambio que es no cambiar en nada. Todas las líneas rectas alguna vez se curvan. Tú dijiste “en algún lugar hay una caja con todos los repuestos para la ternura que hemos roto o dejado oxidar. En algún lugar condescender es más que sólo una forma de marcharse. En algún lugar alguien dice “lo siento”. Alguien hace planes para quedarse”. Así que dime que está bien. Dime cualquier cosa, o enséñame que hay una palanca, inexpugnable, que te conducirá de ahí, de la oscuridad, sola, a la bondad que nunca has conocido, o conociste cuando tenías cuatro años y no puedes recordar. Donde un cuchillito corta esas torpes costuras, y el silencio sabe lo que tu silencio significa, y tus metáforas (tan revueltas como te salgan) están ligadas, como días, todas juntas. Todavía escucho trenes por la noche, cuando el viento es el correcto. Lo recuerdo todo, lamer e hilvanar este hilo que nunca te remendará o te arreglará mejor que el recuerdo del suelo de una cocina, o la salida para incendios que dejamos abierta. Y me encanta este lugar; el cielo inmenso y las caras, las manos que me acechan, entonces ¿por qué no puedo perdonar a estos edificios, a estos cuadros con un letrero de “Hogar”?

Alegato de una gata llamado Virtute
¿Por qué nunca quieres jugar? Estoy cansado de este trozo de hilo. Ahora duermes tanto como yo, y no comes casi nada. No sé con quién andas hablando –busqué en todos los cuartos pero solo encontré al polvo moviéndose en las sombras de la tarde. Y oye, ¿esas canciones amargosas que cantas? No están ayudando en nada. No te harán fuerte. Así que deberíamos abrir la casa. Invitar al minino que vive a dos puertas de aquí. ¿Podrías pedirle a tu hermana que no traiga a su basset hound? Dile a las cosas que no te pueden faltar: el gis de los casetes y el Hombre Moderno, la Guerra Fría y los Catálogos de Naipes que si pueden también vengan, a tomarse unos tragos de nena y jugar juegos de mesa. Le sacaremos la vuelta a la mentira fácil de no arrepentirnos de nada, y más tarde tal vez podrías intentar dejar tus pérdidas colgando al filo de un siglo, y hablar del clima, o de cómo acostumbraba ser el clima. Y yo los atenderé con todas las aves que pueda matar. Dejaré que sus finas plumas llenen la decepción. Recuéstate; lámete la tristeza de la piel. Ráscate el terror y empieza a creer que eres fuerte. Lo único que quieres hacer es beber y ver la tele, y francamente eso es algo en lo que no estoy muy interesado. Juro que voy a morderte con fuerza y a probar tu sangrita si no le paras a las mentiras derrotistas que has estado repitiendo desde el día en que me trajiste a casa. Yo sé que eres fuerte.

Nuestro explorador retirado (cena con Michel Foucault en París, 1961)
Sólo un trago más y luego debo emprender el camino a casa. No estoy enteramente seguro de qué está hablando usted. La pasé muy bien, pero mis perros necesitan comer. Debo decirle que con la luz adecuada le da un aire a Shackleton. Comment allez-vous ce soir? Je suis comme ci comme ça. Sí, un pingüino me enseñó francés allá en la Antártica. Yo podría mostrarle cómo las sombras colonizan la nieve. El hielo resquebrajándose en la bahía frente a la costa de Lassiter. La luz cayendo sobre el polo mientras cada meridiano conduce a sus pies congelados y golpeados. Oh, es usted muy amable, gracias por las flores y el libro de Derrida, pero debo regresar a la querida Antártica. Dígame, ¿no tendrá un barco y una docena de hombres fuertes que pueda facilitarme?

Cartografía cotidiana: The Weakerthans y la escritura de John K. Samson

Para Tache y M. Girl

y por un momento ambos creen
que pueden escuchar a la ciudad respirar

ambos están cansados, quieren estar acabados

-Catherine Hunter

Hay días en que deslumbra el caudal visionario de Dylan y la decadencia de Lou Reed causa indigestión. Un resplandor más exiguo ilumina la realidad tendido encima del sofá con una cerveza en la mano, luego de sobrevivir al calor del tráfico de la ciudad en donde siempre has vivido, sorbiendo la derrota de intentar cumplir con el trabajo y el otro montón de responsabilidades estúpidas que parecen llevarte a ninguna parte. A la hora en que las manchas de luz vespertina se evaporan mientras piensas en los amigos que andan lejos y en las mujeres que perdiste antes de tener, cuando es inevitable preguntarte si las cosas no irían mejor en otro sitio, sólo las canciones que John K. Samson escribe y canta en su grupo The Weakerthans ofrecen verdadero sosiego.
Puede que carezcan del sonido excéntrico que acostumbramos esperar de otras bandas canadienses surgidas en los últimos años con mayor potencial para convertirse en objetos de culto que de credibilidad (aun con Arcade Fire apelando a un sentimiento de tan inobjetable solidaridad como la condolencia en el exitoso disco Funeral). The Weakerthans ejecutan un rock de raigambre punk con tintes de música folk y americana que, si bien trasciende el estigma “emo” que han querido inflingirles, acaso quede corto para los dictaminadores del éxito masivo. Lo que no forzosamente disminuye sus posibilidades para vincularse con una audiencia, porque The Weakerthans suenan inteligentes sin sonar pretenciosos, en sentido estricto son un grupo pedestre, tocan para el ciudadano de a pie, el que no viaja enceguecido por los rayones de luz en el parabrisas.
También, y esencialmente, son un grupo de la ciudad de Winnipeg, si bien ninguna de sus canciones alude de manera explícita a ella. “One Great City!”, la cual aparece hasta su tercer disco, Reconstruction Site del 2003, el más reciente a la fecha, es la única que sí. The Weakerthans por lo general tampoco emplean el coro repetido tradicional del pop-rock, pero este tema lo tiene y dice: “Odio Winnipeg”.
Dejen escandalizarse a los defensores del orgullo cívico, quizá ésta sea una de las relaciones más íntimas que pueda establecer uno con el lugar donde vive. Simplemente tal parece que para Samson un elemento fundamental de habitar Winnipeg implica sentirse a disgusto en Winnipeg. “Siempre tuve la urgencia de marcharme. Todavía la tengo”, ha declarado en entrevista. “En realidad, se ha vuelto más parte de mí que una urgencia. Parte de la realidad de la persona que soy al vivir aquí es no querer estar aquí todo el tiempo”. De hecho Fallow, el debut de 1997, emprende un recorrido por esas calles que diagnostican “un corazón con forma extranjera”, donde “los relojes detenidos en la esquina de Albert Street avisan que tu último autobús partió hace una hora” y los revolucionarios de futón proponen matar a un miembro del Legislativo solo para prolongar la plática chelera; el sol radiante de la mañana que ordena “repasa tus líneas. Plancha tu disfraz de cuidada hechura” termina en la espera impaciente por oír que “el día diga que va a cerrar” para entonces acudir bajo el puente Disraeli donde “con corbatas de vía ferroviaria oxidada, tallaremos calles y banquetas nuevas, una ciudad para vidas pequeñas, y diremos que nos quedaremos un año más”, asidos al último reducto para la reconciliación que ofrece una ciudad de perpetua esperanza: la imaginación.
Como a García Márquez o a Rulfo, tanto impregna el terruño a Samson que termina erigiéndolo en una construcción personal de dimensiones superiores a las de la llana geografía.

“Mi ciudad aún respira (pero apenas, eso es verdad), a través de edificios que le faltan como dientes.”
Es de admirar que lo mismo el neoyorquino post-9/11 que el vecino de la colonia Narvarte puedan cantar libres de gratuidad hipócrita esta frase de la canción que da título a Left and Leaving, segundo álbum de The Weakerthans (del 2000), calificado en revistas canadienses especializadas dentro de los 10 mejores en la historia del rock de aquel país, apenas por debajo de trabajos emblemáticos de Neil Young y Joni Mitchell. Musicalmente amplían horizontes e instrumentación respecto a Fallow; guitarras slide y lap-steel, pianos, sintetizadores, órganos Rhodes y Wurlitzer, un instrumento alemán similar al xilófono llamado glockenspiel, hasta serruchos y navajas automáticas integran el entramado de una producción que por momentos alcanza electrizantes picos emotivos. Samson refina la visión, de los relatos urbanos a inspeccionar las historias ocultas en los objetos, empezando con la primera pista “Everything Must Go!”, cuyo protagonista, cual Bart en el capítulo de los Simpson que tras vender su alma oferta su conciencia y honradez (“¡es el bazar bartiano, señores, se va todo!”), despierta un sábado cualquiera dispuesto a organizar una venta de garaje que le ayude a saldar “las cuentas pendientes de mi corazón”, confiado en que con “el sofá verde vómito” se irán el “complicado boceto para un sueño de dignidad y una risa (muy ruidosa y muy larga)”. Al enterarnos que intercambia el lote completo por “una llamada de lejos con un “hola, cómo estás hoy” y una señal de que la recuperación llega para los rotos”, también descubrimos que, lejos de la estéril tarea de inventariar el mundo, a Samson le interesa desenterrar significados perdurables del polvo de los días, algo que contar de los “cuarenta años de fracasos en expresar un sentimiento” que refiere “This Is a Fire Door Never Leave Open”, cartas para la navegación cotidiana principalmente.
Left and Leaving abre con la siguiente dedicatoria-epígrafe de Alden Nowlen:
para los que pertenecen a ningún lugar
y para los que pertenecen tanto
a un lugar como para pertenecer a cualquier otro.
“Alguien escogió a quien es dejado y a quien deja”, entona Samson desde la calidez envolvente de sus limitadas cuerdas vocales. En apariencia la incógnita de ese “alguien” constituye un aspecto central del disco. Y, sin embargo, adelantándonos en la letra de la canción homónima, salta la clave. La que se va, el que se queda, ambos comparten un mismo dilema: “nuevas palabras para viejos deseos”. Los dos a su manera han quedado en un mundo roto que precisan restaurar, inventárselo de nuevo. Bajo el anhelo de partir late una añoranza por la perdida armonía entre los objetos del lenguaje y el lenguaje de los objetos sin la cual deambulamos extranjeros en cualquier tierra, atarantados, incompletos, semejantes al dibujo de las personas tiradas en la portada de Reconstruction Site, que más parecen las piezas de un rompecabezas desarmado que personas.

Esta es la declaración de principios que domina Reconstruction Site:
Para vivir y morir apropiadamente, las cosas deben ser nombradas apropiadamente. Reclamemos nuestras palabras
-John Berger
Cabe puntualizar que la cita, asimismo las de los poetas de Winnipeg Alden Nowlan y Catherine Hunter, que han aparecido en todos los discos del grupo, existen sólo para la letra impresa. Samson formó The Weakerthans luego de abandonar la banda de ínfulas socialistas Propagandhi con intención para dedicarse a escribir e integrar una editorial, oficio que denota el cuidado en la impresión de los cuadernillos que acompañan sus cd’s, como en su música, nada está de sobra: el fondo de agua con un mapa de Winnipeg en Fallow, las letras inscritas en líneas continuas, resistiéndose a la versificación artificiosa que desprende una lectura fragmentaria. Lo que en otro grupo pasaría por detalle snob, obedece aquí a una particular atención por lo indecible.
Si el disco anterior exploraba las relaciones humanas a través de la diaria interacción con los objetos, Reconstruction Site examina los objetos más cotidianos en las relaciones humanas: las palabras. O, mejor, es un álbum sobre lo que dejan fuera las palabras, hilvanado en un lenguaje lleno de dobles sentidos que inevitablemente conduce al equívoco. “Tú me dices que me joda cuando lo que necesito es alguien a quien joder”, asesta la paradójica “The Reasons”. En “Uncorrected Proofs” pensar en las palabras no escogidas detonan una crisis vital y de obra en un escritor. El angelical campeón de los negocios que en los cuernos de la luna proclama su amor al pueblo, por lo bajo arroja su “odio Winnipeg”. Curiosamente la mejor comunicación proviene del gato de “Plea from a cat named Virtue” que convierte su reclamo por la falta de atención en una oportunidad para sincerarse con su amo: “oye ¿esas canciones amargas que cantas? No están ayudando en nada. No te harán fuerte”, aprovechando para señalarle algunas costumbres que no se atreve a encarar: “Todo lo que quieres hacer es beber y ver la tele, y francamente eso es algo en lo que no estoy muy interesado”; podrían organizar una fiesta, invitar a la gatita atigrada vecina (“¿podrías pedirle a tu hermana que no traiga a su basset-hound?”), cualquier cosa que ayude a sacudirse la depresión, de lo contrario “juro que voy a morderte con fuerza y a probar tu sangrita si no le paras a las mentiras derrotistas que has venido repitiendo desde que me trajiste a la casa”, amenaza Virtud, el felino, que despide su alegato con un cariñoso voto de confianza: “Yo sé que eres fuerte”. Samson regala otros momentos de ácido sentido del humor, el encontronazo de la teoría frente a la praxis encarnado por el encuentro casual en un cafetín de París de Michel Foucault con un explorador polar que agradece al autor de Las palabras y las cosas el obsequio de un libro de Derrida, aunque preferiría un barco y una docena de hombres fuertes para volver a su querida Antártica, si alguien no aprecia la mención al padre del deconstructivismo en un disco que aborda los intersticios del lenguaje con la palabra “reconstrucción” en el título definitivamente necesita refinar su sentido del sarcasmo.
A la memoria erosionada en listas de cosas (en palabras huecas) de Left and Leaving, Reconstruction Site responde “si vuelves trae un nombre nuevo para todo”, un lenguaje donde la belleza no sea “solo otra palabra que nunca estoy seguro de cómo se deletrea”. Si tú te vas y yo me quedo, valga el viaje de ambos para por fin encontrar el camino que pase por nuestro hogar.

The Weakerthans: Los Másdébilesque… A todo esto, ¿comparados a qué son más débiles los Weakerthans? “A un martillo que pese 9 kilos. Probablemente seamos más débiles que eso”, responde al terminar de carcajearse el guitarrista Stephen Carroll. “Pero somos más fuertes que los de un kilo. Somos más débiles que un vehículo con semi-remolque pero más fuertes que un triciclo”. The Weakerthans. Anuncian su siguiente disco para septiembre de 2007, prometen un sonido más experimental en un álbum de temática menos cohesionada. Esperemos eso no implique sacrificar la congruencia demostrada en su trabajo para entrar con calzador a la moda de la nueva ola canadiense. Yo sé que son más fuertes que eso.