Ahora que The Cure nuevamente agota boletos para sus dos fechas en la ciudad de México (con una tercera que al parecer se viene), irremisiblemente al eRRe se le han movido el corazoncito y los recuerdos que lo ligan con la banda del Robert Smith. Magnífico pretexto para compartirles las cavilaciones resultantes.
The Cure es un grupo caro a mi corazón, qué puedo hacerle. Recuerdo bien el día que compré Disintegration, una tarde atravesando el centro comercial que acortaba el regreso a casa de la secundaria. Tenía 14, 15 años, era la época en que empecé a comprar discos, yo había oído algo de ellos, lo vi en el escaparate de una tienda, entré y pagué por él. Desde entonces la introducción instrumental al primer corte del disco, “Plainsong”, me ha sonado como a música de astros o a la que uno escucha en sueños imposibles de recuperar. Venía luego “Pictures of You”, que se convertiría en mi rola fundamental de aquel momento –habiendo sobrevivido a 8 años de escuela de puros hombres (con 4 años de condena por purgar), para mí las imágenes de las revistas porno que orquestaban mis sesiones masturbatorias, no eran más lejanas que las niñas inmutables a mis tartamudeos en las kermeses o las damiselas que en el mismo centro comercial veía salir de las tiendas de ropa- y a fin de cuentas probaría ser emblemática para otras ocurrencias del pendejo guionista de mi vida: las fotos de R. rociadas de vino tinto que rompí con unos amigos borracho, la foto de M. que cada mañana contemplaba agonizante entre las ruinas del mundo, las fotos que B. me mandaría desde el otro lado de un océano, la foto que M. (otra M…) nunca querrá tomarme… Ahora mismo, cuando escucho la apertura de Disintegration (redondeada por “Closedown” la canción número tres, más lóbrega que las anteriores) mientras escribo esto, me parece un monumento de gélida belleza cuyo peso inconsolable desafía la fuerza de gravedad que domine a cualquier memoria específica.
De ahí fui para atrás, conseguí los discos previos (en vinil, en vinil), el Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me que hasta la fecha es mi favorito de ellos, en el Chopograbaciones pirata de conciertos, con otros fans las rarezas, biografías, letras, videos… Los videos eran importantes. No hay mucho lugar a dudas en afirmar que la imagen desgreñada de Robert Smith, con el rostro blanqueado y los labios embadurnados de rojo jugó un papel, si no esencial, por lo menos muy relevante en el impacto inicial que tuvo The Cure y, a la postre, en el nivel de exposición masiva que alcanzaría en los ultravisuales años ochenta. Por ejemplo, el video de “Lullabye”, donde un Robert Smith bebé teme ser devorado por una araña que avanza entre sus sábanas (también con la crisma de Roberto maquillado más lúgubre que de costumbre) a mi mamá que es de susto fácil nunca se le olvidaría, ese video le inspiraba terror. Sería el único grupo que me reclamaría escuchar durante un ataque de rabia menopáusica (“¿cómo pueden gustarte esos facinerosos pintarrajeados de mujer?”), hasta la fecha por un motivo u otro saca a colación “ese grupo de la araña”.
Un poco asombrado, a partir de los prejuicios de mi pobre madre descubro también la ceguera de muchos “cureheads”, los que se enojaron cuando sacaron “Friday I’m In Love” o a los que no les interesa escuchar “Mint Car” en concierto porque creen que esas jaladas no van con la esencia del grupo, incapaces de apreciar que existe algo especialmente dramático en oír a Robert Smith describiendo una velada perfecta, con velas, helado de coco, Stolichnaya, nada que ver en la TV y una amante dispuesta con alfombra de peluche en una rola como “Return” y sin embargo cantar “but I’m still not sure what’s goin’ on/and I can’t help feeling something’s wrong”. A cambio de cada himno oscuro tipo “Charlotte Sometimes”, “M” o “Piggy in the Mirror”, estos arranques de inesperada alegría –que han estado presentes desde “Let’s Go to Bed” o “The Lovecats”- lejos de restarles credibilidad vienen a confirmar la humanidad que hay en la música de The Cure; si hubieran seguido igual de sombríos que en Pornography serían buenos tragamonedas de tristeza generacional (que creo es como buena parte de la industria está empeñada en que sigamos viéndolos) pero no el grupo entrañable con agallas para reconocer que todo buen darketo lo que de verdad busca es una probadita de felicidad, pero entonces el problema es que se ha pasado tanto tiempo entre las tinieblas que uno sólo atina a responder con risitas nerviosas y temblores del cuerpo que terminan ahuyentando a la gente.
Personalmente The Cure siempre ha significado más un instrumento para conjurar la tristeza que para solazarme con ella. Además, les debo uno de los actos de solidaridad más desinteresados que me haya tocado presenciar. Ocurrió en esa misma secundaria a la que yo iba. Habían organizado una “tardeada” tipo discotheque, con luces estroboscópicas y unos baffles enormes, apenas una oportunidad para darle a las bestias obtusas un día de campo en compañía femenina… sólo que la mayoría andábamos tan absortos en nuestra timidez que la pista de baile era una desilusión que ni nuestro habitual ejército de galanes alcanzaba a salvar. La cosa fue poniéndose más interesante con las botellitas de licor y las latas de cerveza que algunos intrépidos consiguieron introducir, el número de parejitas bailando aumentó sin que aquello terminara de prender, faltaba esa sensación de riesgo característica de un reventón respetable. Fue cuando alguien pensó que deberían poner “Fascination Street” y desairado por el rechazo a su solicitud interpuso queja con el principal rufiancete de la escuela, quien acudió al DJ convencido de infundirle el mismo respeto que a sus condiscípulos, pero cuando obtuvo la misma negativa comunicó a su novia que debía organizar a sus amigas para que nadie bailara hasta que se tocara “Fascination Street”. Como por arte de magia la pista se vacío y por más que el DJ sudaba poniendo los éxitos del momento todos permanecían sentados y exigían a gritos “Fas-ci-na-tion Street”. De repente uno de los muchachos se levantó, se sacó la camiseta y agitando la prenda al aire empezó a asuzar a la gente. “Fas-ci-na-tion Street”. Siguió otro y otro y otro (y alguna chavita atrevida), hasta que uno de los hermanos maristas que dirigía la institución salió horrorizado a preguntar la causa de semejante alboroto y cuando le informaron que fue porque el tipo de los discos se negó a tocar una rola, corrió a ordenarle inmediatamente que tocara lo que los muchachos querían oír, quién se creía él para perturbarlos al grado de ponerlos en peligro de pecado. Cuando las bocinas por fin escupieron el delay de la guitarra de Robert Smith y el robusto bajo de Simon Gallup, los asistentes estallaron saltando y abrazándose, en una expresión de sincera unidad que ninguna de las pocas manifestaciones políticas en las que he participado me ha brindado.
Casi 20 años después vuelve la sensación. Estoy en el primer concierto que The Cure ofrece en la ciudad de México, en el Palacio de los Deportes, con un boleto que compré al doble de su precio en la reventa, codo a codo con un güey más moreno que yo con párpados y labios pintados de negro, cuello tatuado y peinado a la mohawk cantando “In Your House” y “Three Imaginary Boys” a punto de escupir las entrañas, volteamos a vernos y la única afección en la cara de ambos y en muchas otras alrededor nuestro es el inocultable júbilo por al fin vernos cara a cara con nuestros héroes, por comprobar que son de carnita y hueso y que suenan a toda madre . Arriba, en el escenario, contemplo a Robert Smith y recuerdo que años atrás declaró en una entrevista “mi idea de la felicidad es ganar el dinero suficiente para comprar cerveza de lunes a domingo y echarme un par de curries el fin de semana”. Sigo pensando que ese hombre podría ser mi mejor amigo, él también luce conmovido, su voz batalla con la altura del DeFe pero esa noche y las dos siguientes prolonga sus presentaciones casi hasta las tres horas con tal de tocar todo, o si no todo, sí lo suficiente para que nadie salga decepcionado: éxitos, clásicos, caras B, temas del último disco, temas del primer disco… Todo. Cambiando las canciones en cada concierto y generando la misma reacción de emociones desbordadas, un lujo disponible únicamente para grupos de su calibre. Esas tres noches me confirman en mi fidelidad a The Cure, hago la promesa solemne de que cada vez que estos viejos carnales vengan yo debo estar ahí para contagiarme de su poder restaurador, por el honor que hacen a su nombre, Cura que alivia espíritus.
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