martes, 9 de octubre de 2007

Sobre las canciones...

Se me está haciendo tarde para lo que ustedes quieran, pero en la tornamesa da vueltas “Visions of Johanna” en el lado uno de Blonde on Blonde y prefiero que el tic-tac del reloj me coma los nervios antes que cortar los sinuosos versos que la carraspeada voz de Dylan emite. Ni modo, la música me impone un respeto así de abrumador, especialmente las canciones, porque bueno, también hay que ser realistas y zamparse los 15 o 20 minutos de una sinfonía con el tránsito de la ciudad de México equivale a echar por la borda tu día entero, pero, hombre, una rolita, qué te cuesta: un regaño del jefe por cinco minutos de verdad vestida de belleza de bolsillo.
En casa de mis papás eso era un problema. Yo estaba clavado oyendo al psicópata que canta como un arrullo “I am an American aquarium drinker/I assassin down the avenue” en “I Am Trying to Break Your Heart”, del Yankee Hotel Foxtrot de Wilco, y mi mamá llegaba y ponía el radio con el chismorreo de Maxine Woodside y eunucos que la acompañan a todo volumen. Hay maneras, ¿no? Desgarrar un momento así puede arruinarte todo el día, en el peor de los casos convertirte en un personaje parecido al de la canción. Porque a veces basta eso, una canción para salvarte de la locura que acumulan los días herrumbrosos. “Sometimes salvation in the eye of the storm”, como bien cantan los Black Crowes.
A veces me da la impresión que no escucho canciones según mi estado de ánimo, sino que son ellas, las canciones, las que tironean a su gusto la veleta de mi voluntad. Pongamos por ejemplo la otra tarde, estaba muy quitado de la pena escuchando el Cómo conseguir chicas cuando Charly García se pone a cantar “yo estaba en un lugar/a punto de caer/y aunque te parezca extraño música es lo que das”. De súbito esas palabras envueltas en una melodía aparentemente inofensiva resonaron con un significado brutal, como si un dragón empezara a materializarse del humo que escapaba de mi cigarrillo. Cuando terminó la volví a poner. “El problema no está aquí./Cambiar es bien/aun sin amor/aun sin creer”. Parecía un mensaje mandado por el capricho de quién sabe qué dioses justo cuando tenía sentido. Me ocurre más seguido de lo que me gustaría admitir, esa sensación de que ciertas canciones te expresan mejor de lo que tú mismo jamás podrás. “Salta y sé feliz./Para qué fingir./No vale la pena./Y música es lo que me das”. Atacó entonces la imperiosa necesidad de compartir este descubrimiento con una persona, algo que ha sido una pesadilla durante mi vida, correr a ponerle a quien sea una canción que te emociona para obtener un aburrido “ah, está bonita” de respuesta. Como sea, aquí el día terminó sin que siquiera se presentara la oportunidad de hacer que esta persona escuchara la mentada melodía y por alguna razón eso se sintió como un mal augurio.
Elegir lo primero que merezca escucharse al despertar impone una operación delicada al que ve un oráculo en su colección de discos. Primero, para no sacarme mucho de balance, a la mañana siguiente retomé a Charly, esta vez con Filosofía barata y zapatos de goma, “Curitas”, que habla de “la chica que esperaba era infinita/como el bajo que perdí/pegaba las canciones con curitas/hay algo sangrando/hay algo que sangra…”; la letra y la sonoridad de este tema me parecían de lo más raro hasta que en No digas nada, la biografía que Sergio Marchi escribió sobre Charly, leí que un día éste batallaba en el estudio con dos canciones que se negaban a salir hasta que alguien (pudo ser una dama, no importa demasiado) llegó y con espontaneidad apabullante le sugirió juntarlas para hacer una, “pegar las canciones con curitas”, si al final el mejor arte es más claro en lo que dice de lo que nadie se atreve a reconocer. Después decidí que era tiempo de algo más animado y puse un dvd que tenía guardado de The Polyphonic Spree, un hatajo de freaks enfundados en túnicas de colores que suenan como la cruza de los Flaming Lips con una orquesta juvenil en éxtasis fugada de alguna iglesia bautista. Muchos los critican por exceso de optimismo, pero a veces exactamente eso es lo que se necesita para creer que las cosas cambian. Y las cosas cambian. Para bien o para mal cambian. Aunque uno siga sentado en la esquina del cadalso.

***

Han pasado días desde que escribí lo anterior y siento la obligación de precisar que las canciones no salvan a nadie. No basta sacar la canción que uno atesora al fondo de sus secretos y verterla en el oído de quien más quiere para redimir su tristeza. No basta el caballero de pelo largo, guitarra eléctrica trenzada al pecho y corazón sangrante –sagrado corazón. No bastan los versos de Oliverio Girondo a estas alturas ya muy sobados (que podrían sonar en una rola de los Byrds): “llorarlo todo pero llorarlo bien”. Ni siquiera bastan los abrazos ni el amor a la medida. Y no tiene caso lamentarse o sentirse impotente. Un diluvio se avecina, ya lo anunció Peter Gabriel: “¡beban, soñadores, que se están quedando secos!”. Las canciones no nos salvan, pero son los pedazos del barco a los que nos aferramos para creer que el naufragio todavía no es absoluto. Las canciones se nos meten por la boca y las narices y nos hacen levantar una sonrisa idiota al sol que nos quema la cara. Pereceremos ahogados por los lagartos que vuelan nuestra sangre, silbando una tonada que no recordamos en dónde escuchamos.

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