viernes, 7 de septiembre de 2007

Rockeando con Lester Bangs

El pasado lunes 3 de septiembre "El ángel exterminador", de la sección cultural de Milenio Diario publicó un artículo del eRRe sobre su personal héroe, el maese Lester Bangs, bajo el título "El crítico nada críptico de rock" que pueden leer en su versión on-line aquí: http://www.milenio.com/mexico/milenio/notaanterior.asp?id=841706

De todos modos a continuación tienen la versión tamizada por el paso de los días. Que les sea leve.



Suena a rocanrol

“Conocí a Dios recién llegué aquí… Le pregunté por qué. Ya sabes, si tenía 33 años y todo eso. Él nada más me dijo, “M.T.V”, no quería que lo viviera, quién sabe qué chingadera sea esa.”
-Carta desde la nube de Lester Bangs para Dave Marsh; enero, 1986

Todos mis amigos son ermitaños, así habría de llamarse uno de los tantos libros que Lester Bangs nunca publicó. Algunos empezó a escribirlos, otros nada más por los títulos que dejó anotados dan ganas de leerlos: Todo lo que ya serías si tu mamá fuera la esposa de Iggy Pop, Guía razonable del ruido horrible, Vive como multimillonario sin ganar dinero: yo lo hago todo el tiempo y este libro te dice cómo. El aparente silencio de la grandeza en realidad marca la pauta, el beat de un estilo: "Probablemente nunca produzca una obra maestra, ¿y qué? Siento que tengo un sonido nacido en mí, que me pertenece, y aun si es errático, ese sonido sigue siendo mi principal orgullo, porque prefiero escribir como una bailarina que mueve las nalgas al ritmo del cabaret dentro de mi cabeza y llegar tal vez a esos lectores que usan los libros para limpiarse el culo, que ser o escribir para el hombre que se encierra en un armario a leer a Esquilo mientras este mundo estupidizante se apresura enloquecidamente delante de su ventana hacia su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”.
Y eso suena como a rocanrol.
De botepronto Lester Bangs da la impresión de un Bukowski anfetaminizado o patiño de Hunter S. Thompson; en el fondo toca cuestiones de mayor interés que uno en tono menos politizado que el otro, con el mejor sentido del humor de los tres. Un escritor, no cabe duda, dueño de una de las voces más definidamente personales entre la generación de pos-guerra. Eso sí, para disfrutarlo, como señala Greil Marcus en el prólogo a la antología Psychotic Reactions and the Carburetor Dung, exige a sus lectores conceder una premisa: “que el mejor escritor de Estados Unidos pueda ser alguien que prácticamente no escribe otra cosa que reseñas de discos”.
A diferencia de los VJ’s en la televisión musical o los divos de martini que alimentan la vanidad progre de los medios en la post-época, desde 1969 hasta 1982 -año en que murió al tratarse un catarro con libérrimas prescripciones de Vicodin y Darvon- Lester Bangs en sus textos para Rolling Stone, Creem, The Village Voice y otras publicaciones no buscaba que le salpicara un poquito del glamour levantado al divino paso de vuestras majestades, las estrellas de rock, tampoco ensalzar un estilo de vida “alternativo”. Quién sabe qué tan real sea el diálogo que Cameron Crowe le adjudica en la película Almost Famous -“no somos cool, siempre tendremos problemas porque nos falta una mujer, pero de eso se trata el mejor arte, el arte de la gente bonita no perdura”-, lo cierto es que va de acuerdo con su personalidad. Admiraba a The Velvet Underground por sacudir la Nación Woodstock, que tenía “el cerebro lavado por álbumes narcisistas y buena-onda de grupos contentos de servir como escuadrones de la cultura juvenil en su fervor por los “muchachitos hermosos” pero que fracasan en distinguir que cuando el arte trata de la oscuridad no necesariamente la apoya”, igual que era capaz de exhibir al ídolo Lou Reed mediante una discusión absurda sobre drogas químicas o de vislumbrar a la primera banda católica del rock en Black Sabbath -un grupo que 20 años después acusarían de satánico en México-, al tiempo que denunciaba los engaños de la prédica contracultural: “ahora tenemos un chamán recargado en cada esquina y los mesías de ocasión andan de oferta. Unos son “políticos” y otros “místicos”, algunos construyen sus reinos con un estofado “cósmico” de ambos elementos, y cada cual parece tener su tropita de heroinómanos-ojos-sumidos haciendo proselitismo”.
Tampoco le quitaba el sueño ascender los peldaños estatutarios de la intelectualidad, “profesionalmente soy calificado como crítico de rock, lo aceptaré (sin embargo) el punto es que no sé qué clase de escritor soy, sólo sé que lo hago bien y hay montones de gente que leen todo lo que escribo, y me gusta que sea así”; ni pretendía ennoblecer el circo de frivolidades en que se movía: “hay quien argumenta que el material de los Dead Boys es sexista. Vaya deducción tan brillante. Sólo que como The Spokemen dijeron en “Dawn of Correction”, “se han perdido la parte buena”. La parte buena es que los Dead Boys probablemente se pongan tan borrachos que no se les pare y le tengan tanto puto miedo al verdadero sadomasoquismo que conciban el sexo en general no como un asunto de supremacía masculina sino como cosa de cochinadas”.
Al final casi nos toma el pelo exponiendo la ridiculez de una mitología que tiende a las glándulas para en saltos espasmódicos referir “los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo”, que de acuerdo con William Faulkner, “es lo único que conforma la buena escritura, porque sólo de eso vale la pena escribir”.

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