martes, 25 de septiembre de 2007

Jaco, en vuelo a lo imposible

El pasado 21 de septiembre se cumplieron 20 años de la muerte de Jaco Pastorius, el bajista más grande que haya pisado la Tierra, como él mismo acostumbraba presentarse. Personas que lo conocieron bien lo describen como “una fuerza de la naturaleza”. De niño, cuentan que tenía que correr por el bosque como un salvaje, nadar en el mar durante horas o trepar hileras de palmeras en las playas de Florida para sacudirse su provisión de energía aparentemente inagotable. Por su apabullante condición física pronto destacó en los deportes. Mamá decidió que si Jaco era el atleta estrella, entonces su hermano Gregory sería el músico de la familia. Resultó que un día levantó la guitarra y como si nada sacó una canción de los Beatles con la que Rory había estado batallando meses. Eso fue a los 12 años. A los 13 había formado The Sonics, su primera banda. Los compañeros de la escuela se acercaban a Rory para decirle “vaya, Jaco no sólo es el mejor atleta de la escuela, ¡también es el mejor baterista!”. Pobre de Rory, pobre de Jaco. Un día se rompió la muñeca jugando futbol americano y tuvo que dejar los tambores, pero tomó el bajo. Todo el tiempo se la pasaba practicando con el bajo hasta que un día volteó y le dijo a Rory, “soy el mejor bajista del mundo”. Lo único que su hermano atinó a responderle fue: “lo sé”.
A los 19 años se le ocurrió quitarle las divisiones entre trastes a un bajo Jazz Fender ’62, rellenando los espacios vacíos con masilla de madera Duratite y cubriendo el cuello con una resina epóxica llamada Petit’s Poly-Poxy, sumado a otras modificaciones técnicas esto dotaba al instrumento de una cualidad “cantora” muy particular, inventando con ello el bajo “fretless”, modalidad que no tardarían en adoptar otros bajistas de jazz y rock. Tan especial era el sonido que Jaco sabía sacarle a su bajo que cuando mandó un demo de prueba para el puesto vacante en Weather Report, Joe Zawinul, mandamás del grupo, se comunicó con el muchacho para comentarle “tu demo suena muy bien, pero quería preguntarte si no tocas el bajo eléctrico”. “¿De qué me hablas? Todo lo que oíste fue bajo eléctrico”, fue la inesperada respuesta que recibió Zawinul. El jovenzuelo fue reclutado.
Jaco construyó su fama alrededor del mundo en Weather Report. Con ellos grabó discos que los sacaron del reducido círculo de snobs jazzeros a un público mayoritario, y con ellos a buena parte del jazz. Así como podía tocar escalas imposibles de 16 notas, incursionando en terrenos inéditos para la historia del bajo eléctrico, Jaco era muy conciente de la parte del espectáculo y la asumía con idéntico vigor. Pedía que barnizaran el escenario con aceite de bebé para con los pies descalzos efectuar entradas espectaculares y contonearse en movimientos que el mismísimo James Brown envidiaría, sin dejar de poner cada chispeante nota en su lugar, desplantes que junto con sus homenajes a Jimi Hendrix y su sensibilidad para la música popular atrajeron a un público rock que de paso salía con su primera probadita de Charlie Parker o John Coltrane.
Fueron los años del mejor Jaco -finales de los setenta, todavía los primeros dos años de la siguiente década-, el que puede oírse en temas de Heavy Weather y Night Time de Weather Report, Hejira y Lights & Shadows de Joni Mitchell, el concierto Trilogue al alimón con el baterista Alphonse Mouzon y el trombonista alemán Albert Manglesdorff, el alucinante Word of Mouth como solista. Aunque hay quien sostiene que no, que el mejor Jaco fue el que tocaba con la orquesta de Ira Sullivan en pequeños bares de Florida, cuando recién había aprendido a leer notación musical y su cabeza bullía de ideas que desarrollaría en los años venideros, al que le bastaba la música para ponerse. Porque los años de gloria también fueron los años en que la gente hacía cualquier cosa con tal de estar cerca del ídolo: conseguirle un trago, una línea de cocaína, lo que fuera para presumir “yo me codeé con el grande”.
Para 1983, cuando registró Twins, el disco grabado en vivo durante la gira de Japón que captaba en acción a su espectacular Word of Mouth Big Band (una especie de orquesta all-star de jazzistas neoyorquinos), el comportamiento de Jaco ya era muy errático; podía estar genial una noche y a la siguiente salía con la cara pintada de guerrero apache o cubierto de marcador negro, pulsando la misma nota interminable, distorsionada e inaudible. Desaparecía y lo encontraban desnudo entre unas rocas cerca del mar. Una vez entró al vestíbulo de un hotel montado en una motocicleta sólo para de inmediato caer inconsciente, cuando trataron de reanimarlo descubrieron que llevaba un calamar muerto debajo de la camiseta. En Tokio cayó de varios pisos de altura al tratar de caminar por una cornisa, sus acompañantes creyeron que se trataba de otra broma pesada, supieron que iba en serio cuando uno le oyó decir “el mejor bajista del mundo acaba de romperse un hombro… bueno, tal vez no el mejor”.
Particularmente desoladora resulta la historia de Jaco saliendo a toda prisa de una disquería en Nueva York con un montón de discos suyos y de Weather Report bajo el brazo y un vendedor pisándole los talones, corriendo sobre una acera que tenía grabadas las manos de algunos músicos locales destacados, a semejanza del Paseo de las Estrellas en Hollywood, justo cuando Jaco pisa el recuadro con sus huellas, el cargamento de lp’s cae, pero él no detiene su escapatoria. Esa imagen del maestro convertido en un vulgar ladrón que dilapida su legado en un punto que conmemora su grandeza compendia la debacle de Jaco Pastorius de una forma específicamente lastimera que no transmiten los cientos de cuentos de terror que circulan sobre él. Más si uno piensa que seguramente los había hurtado para regalárselos a la gente que pasara por la calle, eso hacía cuando todavía le quedaba algo de dinero, agotaba las existencias de sus propios álbumes en las tiendas o, en los kioskos alguna revista que le hubiera concedido la portada , y los entregaba a los transeúntes como una forma de decir “éste que ven de camino a las cloacas de la humanidad una vez fue dueño del mundo… éste podría ser cualquiera de ustedes, pero no lo es”.
Para Jaco la música debía tener un carácter comunitario, si no podía compartirse carecía de sentido. Si bien conocía a fondo las estructuras jazzísticas tradicionales, dedicaba mucho tiempo a oír la radio, los éxitos del momento, lo que le gustaba a la gente común, estudiando los contagiosos compases del sonido Motown y absorbiendo la inmediatez del rock para trasladarla a nuevos campos. Ese primer disco homónimo, Jaco Pastorius, constituye un buen muestrario de todos los estilos por los que se decantaba: el soul de “Come On, Come Over” con la participación vocal de los legendarios Sam & Dave; las etéreas sonoridades de “Continuum”, las cadencias latinas de “(Used to Be a) Cha-Cha” y el jazz más conservador de “Forgotten Love”, ambas con Herbie Hancock al piano; nada más su inconcebible adaptación al bajo eléctrico del clásico “Donna Lee” de Charlie Parker que abre la placa basta para calificarlo de revolucionario. Pese a sus fanfarronadas, siempre lo más importante fue sustentarlas haciendo música. En cuanto algunos billetes caían a sus manos, alquilaba unos estudios, reunía a los primeros músicos que hubiera disponibles y armaba una jam session. Claro que el dinero acababa metiéndoselo por la nariz y Jaco se marchaba sin tomarse la molestia de rescatar las grabaciones, total, el gusto de tocar ya nadie se lo quitaba.
A mí, la primera vez que escuché a Jaco, vía un disco recopilatorio, lo que me impresionó fue la vehemente humanidad que respira su música. Hablo de una cualidad irreductible a los extraordinarios malabares que sus dedos ejecutaban con sólo cuatro cuerdas, porque el virtuosismo nace muerto y lo que subyace a sus sofisticadas composiciones volviéndolas accesibles y tarareables al mismo tiempo es algo que respira y se retuerce y golpea y acaricia, un ser con vida propia que cada audición la hace irrepetible. Como si no se tratara de una determinada sucesión de notas, sino transmisiones desde el centro neurálgico de la música misma.
Cuenta Charly García –quien quedara profundamente impresionado por Jaco al conocerlo en un festival brasileño a principios de los 80 y a quien años más tarde dedicaría el tema instrumental “Jaco & Chofi”, incluido en La hija de la lágrima- que desde muy temprana edad descubrió que tenía “oído absoluto”, una condición que le revela en qué tonalidad está cualquier sonido. “Es horrible”, afirma Charly, “como si tuvieras una partitura frente a ti todo el tiempo de la cual no puedes escapar”. Para desgracia suya y fortuna nuestra, al parecer Jaco compartía el padecimiento de Charly. En ocasiones iba con alguien a la orilla del mar y de repente le decía, “shh, escucha”, el otro no escuchaba nada mientras Jaco parecía inmerso en la sinfonía universal. Sí, todo era música para Jaco, pero nunca la suficiente. Para el percusionista Airto Moreira, “su música se volvió más grande que él mismo. Realmente no podía tocar todo lo que quería. El tipo estaba muy allá. Y yo respeto eso”. Y nosotros también deberíamos, porque en el descalabro de lo imposible Jaco tuvo el valor de animarse a volar… aunque al final, digno descendiente de la estirpe de Ícaro, haya merecido una caída monumental.
La noche del 11 de septiembre de 1987, un Jaco fuertemente intoxicado quiso entrar al Midnight Bottle Club, ubicado en un suburbio de Fort Lauderdale, Florida, localidad en la que pasó su niñez y adolescencia. Un tipo de seguridad le impidió el paso. A las 4 am del 12 de septiembre Jaco era encontrado en un charco de sangre, con varias costillas rotas y severas fracturas en el cráneo. Un día después caería en coma. El 21 de septiembre su familia decidió retirarle los aparatos que lo mantenían con vida. Jaco dejó de respirar, pero su corazón continúo latiendo unas buenas dos horas. Jack, su padre, que había sido crooner en orquestas de salón comentó “ya sabía que Jaco tenía buen ritmo, pero esto es ridículo”, luego lo rodeó con sus brazos y empezó a cantarle una balada llamada “Watch What Happens”. Al igual que su admirado Charlie Parker, no rebasó los 35 años, como él siempre había predicho.
Cada septiembre se suceden las notas en revistas especializadas, radio, televisión, periódicos para conmemorar la muerte de Jimi Hendrix (acaecida el día 18 de 1970). Uno pensaría que este 2007 el vigésimo aniversario luctuoso de Jaco sería el pretexto perfecto para revalorar su trabajo de frente al gran público. No fue así. Ni siquiera el fallecimiento de Joe Zawinul, su mentor en Weather Report y un músico vital para entender el viraje eléctrico que Miles Davies dio en los sesenta, mereció mayor atención de los medios, acaso por el mal día que eligió para soltar el último aliento: 11 de septiembre. Por cierto, en los últimos años, cuando vagaba con esos ojos descomunales inyectados de sangre por las calles de Nueva York y dormía en canchas de basquetbol, a Jaco se le oía decir “Jimi Hendrix y yo, los dos levantamos las Torres Gemelas solo con nuestras manos ”. Las torres que los hombres construyen también hacen posible su desmoronamiento. Pero hay otros edificios, eternos... por ser invisibles. Como sea, septiembre parece la fecha ideal para darse una vueltecita por ese club colmado de humos de cigarro y whiskey que hay más allá.

1 comentario:

Unknown dijo...

Excelente texto, como tú me impresionó mucho la primera vez que oí los acordes de el legendario Jaco..yo que vengo con las venas del Rock, me rindo ante majestuisidad y virtuosismo del buen Pastoriuos.