Incluida en el álbum T.N.T. que AC/DC publicó en 1977, “It’s a long way to the top” debe ser una de las rolas más auténticas sobre los rigores que impone pertenecer a una banda de rocanrol. Credibilidad fundamentada en que a diferencia de la mayoría de las canciones que se atreven con el asunto, la letra lacónica escrita por el gritante Bon Scott –muerto por la patria- sortea lloriqueos que sólo corresponden a las celebridades –que sólo ellas entienden y sólo a ellas les perdonamos– ahorrándose las formalidades para llegar al meollo del asunto.
Como para cualquiera, el meollo del asunto estriba en ganar para la papa nuestra de todos los días. Empezamos en una carretera rumbo a la tocada. Pronto nos damos cuenta que no viajamos con una banda consagrada, sino con uno de esos grupetes de provincias, recién salidos del garage, tocan donde les paguen la gasolina, la chela y a veces ni eso. Esto lo sabemos prácticamente sin mediar descripción. Nada de juicios de valor, puros datos duros: se los tranzan (“gettin’ robbed”), se los madrean (“gettin’ beat up”), se gana mal (“underpaid”), pero todo lo compensa la oportunidad de llevar la irresponsable vida del rocanrolero, donde siempre puedes pretextar gajes del oficio para andar hasta la madre. Es más difícil de lo que parece, chavos, tocar en una banda de rocanrol. Cada verso breve entregado de un solo golpe, con la rudeza de un hombre dedicado a picar piedras o echar paladas de las mismas sobre un cadáver en un hoyo. El único rastro de emoción –indeterminada-, eso sí, bien distinguible: la voz de alto octanaje de Scott servida sobre uno de los riffs frenéticos marca de casa de los hermanos Young.
Una de las prerrogativas que más envidiamos en las estrellas de rocanrol, la libre disposición de su lujuria, desprovista del ornamento sentimental que habitualmente le acompaña pierde atractivo, adopta el cariz de trabajo. ¿Conque muy cabroncito? A ver intenta convertir ese frenesí en tu forma de vida: “Si crees que las aventuras de una noche son fáciles/prueba tocar en una banda de rocanrol”. Eso es lo más cercano a un enunciado que hay en la canción, el resto son palabras apenas articuladas entre sí, abandonadas a su significado adquieren un peso específico a tal grado devastadores que la siguiente estrofa basta empezarla con una escueta mención -“Hotel, motel, make you wanna cry”- para mandar el escalofrío por la espalda que tantas power-ballads embarradas de melcocha fracasan en recrear. No cunda el pánico: apenas asoman la cabecilla, los sentimientos reciben el merecido mazazo de conejo suelto en huerto de zanahorias. Cuando por fin aparece el sexo femenino en el horizonte, ocurre sin el glamour de las groupies que dejan a la estrella ahogada en su fama ni con la cursilería de la amada que espera el regreso de la gira. Estas son mujeres parecidas a las de Bukowski, que se venden más caro de lo que valen. Nada de supermodelos. Simples necesidades cubiertas. Mujeres que te recuerdan que estás envejeciendo. Con mayor economía en el lenguaje que Bukowski, Scott logra una ambigüedad que irreversiblemente se decanta por el tono fúnebre, para colmo amplificado por uno de los mejores usos dados a unas gaitas en una canción de rocanrol.
Si desarmamos su ritmo endurecido, la electricidad hiperquinética, los coros a medida de estadio –algo que ya hizo Susana & the Magical Orchestra en su contrastante versión a base de armonio, órgano de iglesia y voz en su álbum Melody Mountain de 2006-, esta sensación fúnebre es lo único que prevalece frente al esqueleto de “It’s a long way to the top”. Bajo su apariencia de épico hedonismo rocanrolero, retumba en realidad la voz del augur que severo nos advierte de un punto a partir del cual avanzamos bajo nuestro propio riesgo, donde los dioses ya no cuidan de nuestra fortuna. Si alguien puede reclamarlo como himno, esos serían los hatos de músicos que rebotan por los bares del mundo compartiendo anécdotas a cambio de una copa como la que Neil McCormick cuenta en el libro Killing Bono, insigne crónica de la derrota en el rock: personajes que pasan noches desvelándose con tal de sacar las armonías vocales de “Bohemian Rhapsody” nota por nota y cuando van al concierto de Queen ven al idolatrado grupo desaparecer en el momento crucial dejándole el escenario a: ¡una grabación! Eso es rocanrol… y también la razón por la que los asesinos seriales raramente muestran arrepentimiento: para ellos fue sólo un día más de trabajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario