jueves, 30 de julio de 2009
Tigre en la corte
Parsimoniosa y casi a punto de llevarse la delicada boquilla a los labios excepto porque no se permitía fumar, dijo: “El error que cometió, estimado caballero, es jugar con fuego y quemarse”. Ahora, yo ignoro la alta sabiduría de los volúmenes que ha leído vuestra eminencia, pero ¿qué no es donde estriba lo espectacular del acto? Yo como cualquiera de los animales amaestrados del pueblo tengo los costados marcados de negro por cumplir el deber que me han marcado de atravesar los aros en llamas, nunca se me habría ocurrido que el acto valiera por evitar las quemaduras –bestia y domador tienen claro que es imposible-, sino por acabar en ascuas. ¿No fue así como se construyó este reino pasado mucho hierro y fuego, conteniendo la fascinación enfermiza de los hombres por incendiarse unos a otros si es necesario con tal de ver cosas arder? Por eso las bestias tememos naturalmente a ese resplandor. Vos me condenáis como si mi arrepentimiento precediera el delito y no derivara del mismo. No reparáis en que me entrego por que sólo así podré contenerme de cometer idéntido crimen. Y por eso, aunque vuestra sentencia sea justa, las acusaciones que le dan sustento son falaces.
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