domingo, 26 de julio de 2009
La cumbre
Llegué a la cima de la montaña. Solo. La gente que me convenció de venir hasta aquí, quién sabe dónde estará. Hablando de algún teléfono satelital para presumir su triunfo. Yo no tengo nadie a quien presumirle. A mí en cuanto me dijeron que esta jornada no la emprendía cualquier hombre, me monté a la caravana. Y ahora estoy solo en la cumbre. Y ¿saben qué? Es horrible. Con el viento que pica como agujas. Sentarte aquí a ver cómo transcurre la monstruosa armonía del mundo en tu ausiencia. O ni siquiera a ver el mundo. Porque todo lo tapa la nieve. Y todavía con el desasosiego. Porque falta bajar. Todo estaría bien si te quedaras ahí, a esperar que la nieve enterrara tu recuerdo. Pero, claro, si no bajas, qué chiste tiene. Falta lo de bajar y encontrarte a un montón de gente que va a preguntarte ¿qué se siente estar allá arriba? Como si la respuesta fuese a gustarles o pudieran entenderla. Estar arriba es como pegarte un tiro. Te la pasas afanándote en subir hasta que chocas con el techo, despostillas el vitral, y la manera más graciosa de pedir disculpas es rodando por las escaleras. Hasta abajo. Y todo por la banderita. ¿Quién recordará la banderita? ¿Cuánto durará en pie? Un monito mal bordado. Un golpe seco. Fop. Con la cabeza en el suelo. Sí, qué chingón estar en la cumbre, pisar donde nadie ha pisoteado antes. Lo único es la blancura. La blancura de la nieve…
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