Despertarte un día transformado en cucaracha es una pesadilla arquetípica de nuestro tiempo. Su contraparte es el sueño de metamorfosearte en tu héroe, lo que actualmente en la mayoría de los casos significa una celebridad. Creo que Chuck Klosterman en uno de sus libros habla del sentido épico que alborota Led Zeppelin especialmente en la hormona adolescente masculina. Ya sea por sus letras de brujos merlinescos y doncellas etéreas, o por su inflamatoria sonoridad, el grupo se ha vuelto rito de paso obligado para cualquier puberto amamantado por el rocanrol. Es natural que todos en algún momento nos sintamos Jimmy Page. Y luego pasamos lo siguiente, nos dedicamos a crecer. No así Akio Sakurai.
Llamémosle mejor Mr. Jimmy, es el nombre que prefiere y también el título de un documental que le dedicaron en 2019. Ahí lo vemos buscar las mismas guitarras, pastillas y amplificadores que usaba el legendario guitarrista británico, “porque con un elemento que falte”, aclara, “ya no consigues el mismo tono”. Sakurai ha dedicado tres cuartas partes de su vida a una niñería: convertirse en Jimmy Page.
Como los discos oficiales no le bastan, se compra bootlegs, grabaciones de conciertos no autorizadas, para estudiar bajo el microscopio cada etapa de la banda, identificar las sutiles diferencias de cada versión y copiar cada acorde con exactitud. Una costurera lo apoya para reproducir hasta el mínimo detalle los atuendos más icónicos de Jimmy. Sakurai afirma que cuando se pone el majestuoso traje de dragón que puede apreciarse en la película The Song Remains the Same se siente “bajo un hechizo”.
Claro que lo peliagudo de tamaño (des)propósito está en dar con músicos que tengan la voluntad de tocar a tu mismo nivel de idealismo. El día impensado llega cuando Jimmy Page asiste a verlo en un garito de Tokio y el creyente recibe la aprobación de su dios. Después de esa zarza ardiente, la propia esposa de Sakurai lo impulsa a dejarlo todo atrás, incluso a ella, para probar suerte en Estados Unidos, donde pronto se une a una banda tributo de cierta popularidad llamada Led Zepagain.
El asunto es que Sakurai no funciona dentro de la idea tradicional de un “tributo”. Considera lo que hace más bien un “revival”. La diferencia estriba en no conformarte con entregar un puñado de las canciones más populares del Zep para mantener contentos a los borrachos en turno; él se propone, en cambio, una recreación tan fiel como sea posible de conciertos históricos de la banda, así duren tres horas e incluyan solos de 20 minutos, porque hay un público al cual le habría gustado vivir esa experiencia, pero ni si quiera había nacido cuando eso era posible. El resto de Led Zepagain se conforma con montar un repertorio de grandes éxitos que los mantenga rodando con un ingreso estable en el circuito de clubes y fiestas regionales.
Ya sabrán cómo acaba este cuento cuando vean el documental. Pero ¿en realidad les importa el final? ¿No les maravilla simplemente que el mundo no necesite de grandes escritores para regalarnos este realismo mágico? De niños nos educan a evitar como la peste el destino de un don nadie, el éxito consiste en “llegar a ser alguien en la vida”. Mr. Jimmy cumple esta máxima de los adultos con tal radicalidad que la devuelve a una visión infantil: entonces, ¿por qué no ser la persona que más admiras? Hay algo inocente y demencial en su afán por convertirse en Jimmy Page. Una pureza de perspectiva que todos perdimos, pero él ha preservado, y no sólo eso, ha puesto el esfuerzo necesario para subir la escalera a ese cielo. ¿Cómo se llamaba aquel musical del Quijote? ¿Un sueño imposible? Eso mismo. Ha volcado su existencia en un vano empeño.
Entonces recuerdo que William Faulkner medía el éxito de un escritor según la magnitud de su fracaso por alcanzar lo imposible. Decía que Joyce era el más grande por la absoluta imposibilidad de la literatura que se había planteado. Las bandas son ampliamente menospreciadas por los snobs, pero cubren la necesidad de fantasía terrenal que de vez en cuando requerimos, un mánager de Led Zepagain lo explica bien: “es como Disneylandia, todo es falso, pero la gente lo disfruta”. Y a veces la vida exige mayor sacrificio de los émulos que de los maestros. Neil McCormick en su libro Killing Bono relata el chasco que se llevó una banda de covers que tardó semanas en sacar las armonías operísticas de “Bohemian Rhapsody”, cuando Queen tocó en la ciudad, emocionados adquirieron su entrada para presenciar la ejecución en directo, pero resulta que en el esperado momento, los músicos salían del escenario ¡y dejaban sonando una grabación! Por otro lado, en alguna parte leí la historia de una banda tributo a Guns N’Roses que seguía con obediencia militar una agenda apretada como nunca estuvo la de los capitaneados por Axl y Slash, aunque sin las suits presidenciales, el champán, ni los contratos millonarios.
Vivirá en una fantasía, pero Akio no se engaña. Es consciente de su precaria elección existencial. Por bajas que sean las probabilidades, basta una persona dispuesta a superar sus extremos rumbo a la transfiguración en Jimmy Page para que su trabajo pierda sentido. Y no sería lo único que perdería. “Es mi personalidad”, admite en el documental. De ser Mr. Jimmy, pasaría a convertirse en un don nadie. Despertaría cucaracha. Una locura, la locura de un experto falsificador, que tanto se parece a la locura del arte.
El pasado 6 de marzo se cumplieron 15 años de la muerte de Mark Linkous por suicidio. La manera en que lo cometió me conmueve mucho. Hace poco tuve la oportunidad de ahondar en la ruta que conduce a ese desenlace gracias al documental de 2022 This Is Sparklehorse (dirigido por Alex Crowton y Bobby Dass). Cuando truena la banda que tenía, The Dancig Hoods, Linkous ya estaba casado, y para no molestar el sueño de su mujer, por las noches se encerraba en el cuarto de lavado a grabar sus nuevas canciones con voz bajita, un estilo que marcaría la música que empezaría a presentar con el nombre de Sparklehorse. El primer álbum que grabaría es Vivadixiesubmarinetransmissionplot, de 1995.Al año siguiente, mientras lo promovía en una gira como telonero de Radiohead, una sobredosis lo dejó inconsciente en una posición antinatural, requirió de varias cirugías que aun así lo mantuvieron tocando en silla de ruedas. Para 1998 sacó Good Morning Spider, el título ironizaba sobre su nueva condición de “patas de araña”. Vino en2001 It’s a Wonderful Life, con colaboraciones de PJ Harvey, Tom Waits, John Parish y Nina Pearson, traía una canción en coautoría con Vic Chesnutt, poderosa influencia en su vida, un músico que por sus propias circunstancias también había quedado discapacitado, a Mark le gustaba decir que si Vic podía, entonces él podía. Dreamt for Light Years in the Belly of a Mountain, en 2006, fue un primer fruto de su colaboración con Danger Mouse. El segundo vendría en 2010 con Dark Night of the Soul, donde Linkous relega las responsabilidades vocales en invitados de lujo como Iggy Pop, Wayne Coyne (de Flaming Lips) o David Lynch. Este último convocado no sólo a cantar, sino a completar la otra parte del proyecto, tramaban un concepto audiovisual, Lynch no haría videos de las canciones, sacaría fotografías para un libro que incluiría el disco. Por la cantidad de artistas involucrados, conflictos entre disqueras les impidieron cumplir su plan. Esta historia nos remonta al amanecer de la piratería digital por internet, el libro salió publicado con un disco en blanco, listo para quemar, ya que no podían editar oficialmente su nueva música, Linkous y Danger Mouse la pusieron a circular en servicios de distribución ilegal de archivos para que quien gustara, se sirviera. La Navidad de 2009 trajo una pésima noticia, Vic Chesnutt se había quitado la vida. El 6 marzo de 2010, Mark Linkous pasaba el día en compañía de unos amigos con quienes planeaba mudarse en Knowville, TN. Atravesaba una amarga separación con su esposa de 19 años, Teresa. Una serie de mensajes en su Blackberry lo pusieron alterado. Se levantó y anunció a sus amigos que saldría a dar un paseo por el vecindario. Ellos no se dieron cuenta que se había llevado un rifle que guardaba. Aproximadamente a la 1.15 de la tarde, un testigo lo vio sentado en un callejón cerca de la calle Irwin, acomodarse el rifle en el costado izquierdo y jalar del gatillo. Esta es la parte que me deja helado, no tanto por el suicidio, pero ¿quién se suicida disparándose al corazón? Y luego con un rifle… Si ya decidiste que te quitarás la vida mediante un arma de fuego, lo natural sería apuntar a tu cabeza y en dado caso usar un revólver para garantizar los resultados. ¿Pero cuál es el manifiesto de dispararte al corazón? Por un lado, es más posible que falles en el intento de quitarte la vida; por el otro, si atinas, a nivel simbólico no quedan dudas; no te disparaste a la cabeza porque ni siquiera tuviste que pensarlo: sencillamente te explotó el corazón.
I
Qué viste la primera vez del otro lado
picos de pájaros amarillo dolor abriendo
un pasadizo de lluvia en playa de iglesia
risitas que te caminan el rostro si buscas
la punta desmadejada de tu arrepentimiento
Pianos afiebrados lanzados a fauces náuticas
inmersión con equipo de música antifaz
visor tanque de oxígeno que graba la procesión
de ballenas a medio insomnio arbotante
la radio con interferencia libélula anuncia
que antes del amanecer ponis ciegos
empujarán la carreta cuesta abajo
el horizonte. Y al despertar, baile de araña.
Destazado candelabro. En cualquier trabajo
te pagan por empezar de nuevo.
II
Marchaban los rastrojos que escupía el subsuelo
cazadores de miel desollados en una guerra
para las abejas otra visita del circo a la ciudad
Cuando el canario faltaba a dirigir la orquesta
los sábados rumiaban tedio y hojas de afeitar
Al pie de un secreto estacionaste el submarino
Agobiado por los paréntesis en el periscopio
¿abriste la escotilla y salió a recibirte “Happiness”,
Los New York Dolls acudieron presurosos cuando Lou Reed llamó a caminar por el lado salvaje. Antes de grabar un disco ya se les había muerto un baterista. En su corta existencia de apenas dos álbumes, el grupo generó ondas expansivas que cuartearon las placas tectónicas del rock setentero, no sólo surtieron de combustible al punk, KISS o Aerosmith engordaron su cochinito con fórmulas más estudiadas de aquella espontánea desfachatez. A David Johansen, último de los Dolls que acaba de pelársenos el pasado 28 de febrero, esto no les molestaba. “Si algún valor tuvimos fue demostrar que cualquiera podía hacerlo”.
Pueden constatar esa declaración en Personality Crisis: One Night Only, un documental de Martin Scorsese y David Tedeschi. Tomando como base un espectáculo del mismo título que Johansen presentó el 9 de enero de 2020 (día de su cumpleaños) intercalan entrevistas de antaño y recientes además intervenciones en su programa de radio satelital Mansion of Fun para confeccionar un retrato emocional antes que profesional del cantante. Ahí precisa el momento exacto del nacimiento del punk, una noche de 1972 en que los Dolls tocaban en Newcastle, Inglaterra. Antes del magno evento se les agasajó con los mejores elíxires que la región tenían para ofrecer: unos toneles de poderosa cerveza oscura. Como consecuencia, cuando salieron a tocar, el bataco empezó a vomitar, parte de sus efluvios gástricos salpicaron al vocalista, quien también soltó la guácara, y así cada uno de los músicos contribuyó a un banquete de bazofias que los jóvenes británicos encontraron estimulante.
Johansen venía del teatro del absurdo, según se lee a su amiga Cyrinda Foxe –mamá de Liv Tyler, por cierto- en la historia oral del punk Please Kill Me, era un ambiente “mucho más emocionante que el rock & roll. Era más vivo, no estaba todo cortado, remendado, limpiado y vendido a los medios masivos como el rock & roll”. De ahí sacó el exótico estilo para la vestimenta de los Dolls, para él no eran atuendos de mujer, simplemente como debía vestir una estrella de rock. Seguramente ayudó que Syl Sylvain y Billy Murcia vendieran ropa en un mercado cerca de un taller donde reparaban muñecas antiguas, un local que se anunciaba como el New York Doll Hospital y se robaron el nombre para su banda.
Johansen empezó a cantar con The Vagabond Missionaries. Un día se aparecieron en la puerta de su apartamento un güero larguirucho y un moreno chaparrito para proponerle mejor unirse a su grupo. Eran Arthur Kane y Billy Murcia, bajista y baterista de los New York Dolls. Sylvain se encargaba de una guitarra y el otro guitarrista, reventado al filo de lo alarmante, aunque romántico hasta la médula y erudito en riffs de rocanroles olvidados de los 50, se hacía llamar Johnny Thunders.
El rock institucionalizado de la época les hizo el fuchi por la misma razón que sus escasos incondicionales los veneraban: casi no sabían tocar sus instrumentos, pero traían de vuelta y recargada la energía de la canción de tres minutos frente a los engolosinados solos de guitarra o batería que hinchaban la escena dominante. Era música agresiva, rápida y depravada, como las calles de Nueva York. Y respecto a la imagen afeminada, Jerry Nolan, baterista que reemplazó al fenecido Murcia, aseguraba que la aversión venía de los chicos refundidos al fondo de los auditorios, las chicas sí que lo entendían y se lanzaban encima de ellos.
Cuando los Dolls terminaron, Johansen emprendió una carrera solista, de la que yo les recomiendo el álbum debut homónimo y Here Comes The Night, de 1981. Más que sus lanzamientos discográficos, el respeto se lo ganarían sus demoledores directos. Emprendía giras agotadoras junto al David Johansen Group y al fijarse que en un año había pasado 250 noches lejos de casa, decidió inventarse un alter ego que sólo pudiera cantar en Nueva York. Al menos es la explicación que da para su transformación en Buster Poindexter.
Buster Poindexter fue tanto una bendición como una maldición. Un crooner coctelero de voz engolada que vestía de smoking y llevaba un voluminoso copete engominado, contraste absoluto de lo que se suponía debía ser el iconoclasta padrino del punk. Buster le trajo exposición a una escala que jamás recibieron los Dolls y, seguramente, fajos de billetes que ni soñaron. Pero fue un precipicio de credibilidad. Su sencillo “Hot, Hot, Hot” en 1987 logró lo que más tarde conseguirían “Aserejé” o “Macarena” volverse una tonadita que de tan ubicua en bodas, quince años, bautizos nadie resiste bailar ni ridiculizar universalmente. David Johansen llama la atención el documental sobre un programa de One-Hit Wonders realizado por la cadena VH1 donde es el único que aparece dos veces: una como Buster Poindexter con “Hot, Hot, Hot” y otra por un medley de los Animals que hizo con su propio nombre. Qué ironía, ¿no? ¿Cómo puedes ser un One-Hit Wonder con dos éxitos? El caso omiso a esta evidente contradicción dará una idea de cuán bajos andaban sus bonos en los 90.
Inmune a la veleta de las tendencias, mientras la entrada de un nuevo milenio exacerbaba fantasías futuristas, David se abrazaba a las raíces. En sus años mozos había frecuentado la compañía de Harry Smith, etnógrafo, pero sobre todo dedicado bohemio, que reunió las grabaciones de la fundamental recopilación Anthology of American Folk Music. Johansen rescataría varias de esas piezas arqueológicas para los dos discos que grabó con un ensamble de blues acústico al cual llamó The Harry Smiths
En el hogar de su infancia creció con un papá que se la pasaba escuchando ópera. Él lo odiaba. No obstante, en el documental le hacen ver que su show radiofónico abunda en esa música. Su desaforado amor por Maria Callas sería aprovechado por un controvertido muchacho que en los setenta fue fundador –y, según él, único miembro- del club de fans de los New York Dolls en Inglaterra. Morrissey le llamó para recordarle el video de la mítica gala en el Royal Festival Hall donde La Divina se despidió de Londres en 1973. Para ir al grano, se trataba de un chantaje: si quería pisar el mismo escenario sólo tenía que reunir a su antigua banda. El 16 de junio de 2004, los New York Dolls resucitaron en el Meltdown Festival organizado por el ex The Smiths, buena revancha para Johansen, Syl Sylvain y, en especial, para Arthur Kane, que se había refugiado en la religión mormona tras años de sentirse pisoteado por el ambiente musical. Murió 22 días después del concierto y fue motivo de su propio documental, New York Doll. Johnny Thunders había muerto en 1991 (su documental: Looking For Johnny) y a los pocos meses, en 1992, le siguió Jerry Nolan.
Syl Sylvain falleció en julio de 2021 por lo mismo que se llevó a David Johansen el este 28 de febrero de 2025: pinche cáncer. Alcanzaron a grabar en 2006 un tercer disco y último como New York Dolls, One Day It Will Please Us to Remember Even This. Incluye una canción inspirada por una frase del filósofo William James: “Maimed Happiness”. En su letra, hay un doctor que porta un diagnóstico devastador: “tienes la condición humana, muchacho, siento lástima por ti”. La vida es una felicidad mutilada. Si estamos desahuciados, el paliativo lo propone una alocución del programa Mansion of Fun en el documental Personality Crisis: “los resultados no nos preocupan, porque en la tristeza hay una esencia; porque cuando hay tiempo, hay tristeza, y no nos podemos librar de ella, pero podemos elegir vivir con alegría”.
El 13 de marzo de 1325, según códices, el pueblo mexica terminó un vagabundeo que duró más de dos siglos. Encontraron por fin la señal que les había profetizado su máxima deidad, Huitzipochtli. Un águila que devoraba una serpiente encima de un nopal sobre un islote en medio de un lago, ahí debían fundar su nación. Son ya 700 años de esta capital del caos que hoy llamamos CDMX y hasta hace poco Distrito Federal. La ciudad donde nací y he pasado toda mi vida. De la que siempre he querido irme, pero en la que hasta la fecha permanezco. La ciudad que amo y odio simultáneamente, lo cual considero la relación más saludable que uno pueda tener con el sitio donde habita. Desde muy temprano tomé consciencia de que mi ciudad no era chinampa en un lago escondido, si quería encontrar un sentido de pertenencia, tendría que buscarme mis rolas que me ayudaran a reconocerme en la urbe para poder llamarla hogar.
Cuando empezaba a descubrir la ciudad a mí mismo, la rola que me salvó no la hizo un chilango. La primera vez que publiqué un texto, en una revista de la prepa, apareció firmado bajo el seudónimo de “Corredor callejero”, un corte de A contracorriente (1988), álbum de Gerardo Enciso, poblano de nacimiento, tapatío por adopción. Su cuestionamiento fundamental también era el mío: “¿La ciudad te pertenece o perteneces a la ciudad?”. Me movía por la ciudad, no tanto porque me gustara, sino por esa búsqueda de “un lugar donde pasarla bien”. “Corredor callejero” me identificaba como no podría hacerlo, digamos, “Sabádo Distrito Federal” de Chava Flores, por más que disfrute cada vez que suena.
Como toda corriente estética, el rocanrol tiene sus metáforas recurrentes: coches, chicas, luces de neón, anonimato en la muchedumbre y la alienación que esto conlleva, elementos que congrega una ciudad. Todas las ciudades se parecen porque “destruyen las costumbres” –como observó José Alfredo Jiménez-, pero en cada una dicha destrucción sucede a su estilo, y quien sabe captar eso en su canto, expresa el espíritu más profundo de la metrópoli en cuestión. Ahí tenemos a Jaime López, el natural de Puerto Bagdad (Matamoros, Tamaulipas) al grito de “¡nena, haz patria, ama a un chilango”, ha elaborado una poética de la capirucha cuya más palpable muestra es la popularizada por Café Tacuba “Chilanga banda”, pero igualmente se manifiesta en “El mequetrefe”, “1.ª Calle de la Soledad” o “Corazón de cacto”. Su intérprete de cabecera, Cecilia Toussaint, ofrece por lo menos un par de discos imprescindibles para esta suerte de Guía Roji auditiva: En esta ciudad (1988) y Arpía (1987), por donde cruza el “Viaducto piedad”, composición de Pepe Elorza que sentencia: “porque aquí a nadie le importa un carajo si lloro, si muero, si grito”.
Otro que también emigró desde Tamaulipas (Tampico, en su caso) para convertirse en Profeta del Nopal fue Rockdrigo González. De las numerosas coplas que dedicó a esta metrópoli, me conmueven especialmente las enunciadas en “Vieja ciudad de hierro”: “Capital de mil formas,/de bellezas que se pierden entre el polvo,/de tus carros, de tus fábricas y gentes/que se hacinan y tu muerte no la sienten”. Mención aparte merecen la desoladora “Perro en el Periférico” y la más cábula “Las aventuras en el DeFe” porque evidencia la plasticidad a la que se prestaba el antiguo nombre al deformarlo en “Detritus Hiederal”. Lo cual, por cierto, trae a mi mente la demoledora “Ciudad de Cagadas”, de los thrasheros Makina, con sus idílicos versos: “Cuando salgo de mi casa/mi nariz respira mierda,/mi cerebro se atrofia/con el ruido de cagadas./Pinche mierda, pinche mierda,/se convierte la ciudad./Pinche mierda, el Distrito Federal”.
Al Redrogo se le extraña con particular melancolía porque murió de un pasón de cemento a causa del sismo del 19 de septiembre de 1985. Le levantaron su estatua en un pasillo de la estación del metro Balderas por la rola que le dedicó (luego manoseada por El Tri). “Metro busco amor” de Los Lagartos, “Viaje en metro” de Chava Flores y “El metro” de Café Tacuba son otros chidos cantares inspirados por el gran gusano naranja. Además, claro, del “Heavy metro” de Botellita de Jerez: “Cruel destino que arrojas mi vida/a otras rutas que no son de mí,/hoy me encuentro entre gente perdida/que ha olvidado que debo salir./Quiero salir, quieren entrar”. Ya Pedro y las Tortugas avisaban en las síncopas tecno-pop de “A veces”, una predilecta personal de todos los tiempos del rock mexicano, que “a veces pasa el metro”, dictamen que cada año ha venido haciéndose más patente hasta llegar al punto en que tienes suerte si pasa, no vaya a ser que se caiga o choque. Y ya que viajamos en transporte colectivo, los confines de Texcoco urdieron el lamento perfecto sobre lo desmoralizante que puede resultar la experiencia cuando en “Un toque mágico” los muñecos de Tex-Tex cantaban: “Es viernes por la tarde,/me encamino a mi hogar./Me subo al autobús,/qué lleno, qué lleno va./El operador/me está cobrando de más,/ya no digo nada,/lo que quiero es llegar”.
Esa rola de Pedro y las Tortugas de la que les hablaba, se encuentra en el doble LP (o cassette, nunca salió en cedé) 21 grupos finalistas del concurso nacional Rock en tu Idioma (1988), lo mismo que “La Herida”, de Radio Carolina. Poseída de una fuerza que, para mí, trasciende su momento, los versos introductorios todavía me paralizan: “A veces la suerte mala es más rápida que la vista./A veces una bala de muerte le gana a la vida./Y tanto que hace parecer estúpido mirar/las piernas de las chicas por la calle”. Era una época, finales de los 80, en que la ciudad empezaba a tornarse violenta y a los niños ya no los dejaban salir a jugar tan fácilmente por temor a un secuestro, una situación que desde entonces sólo ha recrudecido. Luego asestan ese gruñido con una pregunta irresoluble desde el principio de los tiempos: “¿A dónde carajos lleva este camión, y dónde hemos de bajarnos cada uno de nosotros?”, para rematar con que “aquí el único delito es estar vivo”. Bien pudo haberse grabado ayer o mañana, “La Herida” sigue abierta.
Empecé a ir a mis primeros toquines en Rockotitlán. Los Botellita de Jerez fueron sus primeros dueños, luego pasó por manos de Kerigma y de los hermanos Rodamilans. Hay discos que no necesitan nombrar locaciones específicas para sonar a la ciudad, incluso a la zona donde fueron concebidos. Es lo que pasa con Mil marionetas (1988), de Ninot, donde intervenía uno de los Rodamilans, Enric. La página de Ninot en Facebook se anuncia con el subtítulo “el sonido Coyoacán”. Y tienen razón. Desde el organillero que se oye al principio del disco hasta los tintes oscuros y psicodélicos que bañarían a la siguiente generación de bandas al sur de la ciudad durante los 90, muchas producidas por otro de los Rodamilans, Marc (que a finales de los 70 formó parte de Mistus).
Antes de Ninot, con ruido y mensaje más canalla, por el sur se movían los Newspaper. Su único álbum, apropiadamente titulado Rock (1984),es como meter los dedos en el enchufe de la desesperación atravesada por la ciudad durante la crisis económica que inauguró la década de los 80. Cartas explosivas con letras de frenética alcoholemia, sexo casual y represión policial, berridos, tamborazos y guitarrazos que pueden asemejarse al llamado rock urbano, aunque no eran marginados de Neza, sino chavitos clasemedieros del Colegio Madrid. Me suenan a los ibéricos de La Banda Trapera del Río antes que a cualquier símil del país. Alguien debería reeditar ese pirómano disco.
No menos clasemediero, yo soy de la Narvarte, o Medianía, así le llamaba Parménides García Saldaña en sus andanzas con ese otro narvarteño ilustre, José Agustín. Para representar a la colonia elijo “Mariposa en la Narvarte”, Mamá-Z pintan un cuadro del que fui muchas veces testigo en casas, departamentos, covachas: “aceptó ser mariposa en una fiesta en la Narvarte”… whatever that means! Reconozco, sin embargo, que no hay mejor himno a un barrio que “Domingo en la ciudad”, de Paco Gruexxo, con su contagioso coro de blues cacheteadito que sigue al furtivo encuentro con una chava a quien amablemente se invita a “sexear”: “Yo sé que Tlatelolco es el mejor lugar/para escuchar el rock que te hace vibrar”. Viene, de hecho, en el plato Una sinfonía de Tlatelolco (1981), junto con la no menos indispensable “Insurgensex”.
Rita Guerrero en Santa Sabina cantó a dos vialidades que desde niño me reventaban la imaginación, Niño Perdido y Calzada de Misterios se mencionan en “Gasto de saliva”, pasando por Tlalpan y el Eje 10. Arturo Meza, más rotundo, afirma que “la Constitución sólo sirve para nombrar una plaza” en una obra imbuida de capitalino estiércol, 70 centavos (1989). El lado romántico lo aporta Trolebús con el insuperable arranque de su “Balada chilanga”: “Ayer me acordé de ti/mirando a dos perros hacer el amor,/entre Copilco y Revolución/vi tu nombre escrito/en el muro de un panteón,/en una pinta punk”. No estoy seguro de que haga falta ser muy chilango para dejarse conmover. Todo su disco En sentido contrario (1987) es una oda a las delicias y miserias que depara el irreversiblemente DeFectuoso, sobre todo para los jodidos. Ahí tocaba la guitarra Pato antes de unirse a Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, autores de “Un gran circo”, otro clásico desclasado: “mientras más pobreza hay, más alegría se ve”. Por su lado, Nina Galindo proponía un “brindis por muchos difuntos en una cárcel de la capital”.
Caras modernas (1992), el primer disco del Juguete Rabioso que caminé tanto como estas calles, trae “Canción de ciudad”, habla de destierro, Federico y Santiago, integrantes del grupo, eran hijos de exiliados sudamericanos, cuando cantaban ”porque mevoy a ir de la ciudad que es mi ciudad”, me gustaba imaginar que quien se iba era yo, no faltaba en mi walkman cada vez que conseguía treparme en algún camión para escapar. “Es sólo algo entre yo y la ciudad que se queda atrás”. El Juguete grabó para el fugaz sello discográfico que tuvo Rockotitlán, ahí también Ansia registró su debut homónimo (1991) que incluye “Inversión térmica”, compendio de la náusea que significó volverme adulto durante los 90 con mi costal de angustias y represiones: “Camión lleno a reventar,/el calor me empieza a ahogar,/o mato a alguien o denme paz,/tú en mi cabeza y afuera este gas”.
La Banda Bostik, Size, Factotum, Syndrome, Mara, Rebel d’Punk, Flor de Asfalto, SS20, Lira’N Roll, El Haragán y Compañía, Real de Catorce, Roberto González, Carmen Leñero, Chávez Teixeiro, Tere Estrada, Rafael Catana, Los Estrambóticos, Next, los Yap’s, Psicodencia, Escoria, Ultrasónicas, Intestino Grueso completan este rocanrol. He bailado en Reforma frente a la embajada de Estados Unidos, la tira me apañó a la vuelta de mi prepa, he huido de la montada en Pantitlán, me llovió jugo de riñón en Tlalnepantla, he saltado al slam en C.U., sacudido el cráneo en Culhuacán, fajado en Bellas Artes, he visto banda arponearse en el Zócalo, una torre de fuego en el Toreo y un trompo de pastor volar en el Cine Ópera, hice colas infinitas en el L.U.C.C., casi me asfixio en Rockotitlán, quedé ciego de alcohol en Rock Stock, toqué con mi banda en la delegación Venustiano Carranza, respiré gases de extinguidor en el Palacio de los Deportes, fui al Tianguis del Chopo como quien acude a un templo en busca de revelaciones, me enamoré en Taxqueña, di traspiés en la Condesa, choqué en el Periférico, me han manoseado en el metro y asaltado en un taxi. Diría el Three Souls in My Mind en el sudoroso “Blues de la llanta”: “varias veces me han parchado, pero aún sigo rodando”. He rolado mi ciudad, pagado el derecho de piso a cambio de mi actual soledad, que ahora me permite deslizar el Metal caído del cielo (1985) de Luzbel en el tocadiscos. “Sólo estoy soñando en un río de muertos”, canta Arturo Huizar, que ya nada en esas aguas. Le trepo al volumen. “Me atrapa en sus adentros la gran ciudad”. Afuera, la tarde se desangra.
Los Gallagher de Oasis, los Davis de los Kinks, los Fogherty de los Creedence. Entre la larga lista de hermanos en pugna que formaron bandas de rocanrol, los hermanos William y Jim Reid de The Jesus & Mary Chain destacan porque la animadversión entre ellos repercutió en abierta hostilidad por parte de su público, al menos en sus principios. Cuatro décadas después, en su autobiografía a dos voces Never Understood (publicada en español como Incomprendidos), se encargan de aclararnos que todo fue un mal entendido.
Las diferencias entre los dos se advierten pronto, mientras William se convertiría en ardiente hincha de los Rangers –aunque crecieron a pocos pasos del estadio del Celtic en Glasgow, Escocia-, a Jim le trae sin cuidado el futbol. La distancia que separa al mayor del menor especialmente en la pubertad se reduce cuando llega un tocadiscos al hogar de los Reid, la familia era tan pobre que el pequeño Jim tuvo que correr a pedir un disco prestado a los vecinos para estrenar el aparato.
Poco después compartían una pequeña colección, aunque cada uno a su gusto, William era fan de Dylan, Jim pensaba que Slade era la mejor banda del mundo. La música los había acercado, pero no lo suficiente para concebir la idea de formar una banda juntos, cada uno lo intentaba por su cuenta hasta que les hicieron ver que eso era una locura.
Su padre les obsequió parte del dinero de una indemnización con la esperanza de que lo invirtieran en un coche o cualquier otro aditamento que les ayudara a progresar entre la clase trabajadora de East Kilbride, donde habitaban por entonces. Para horror del señor Reid, los hermanitos lo usaron para comprarse un portaestudio que, sumado a una guitarra Gretsch conseguida a precio irrisorio y un pedal de fuzz, plantaba el germen del sonido Mary Chain.
Ambos eran reticentes a encargarse de la voz, así que definen mediante un volado quién sería el cantante, y no entraña algún misterio religioso el nombre que eligieron, fue una ocurrencia de Wiliam. Se encerraban por turnos en su cuarto a grabar demos, cada uno sus canciones, no componían juntos. De ahí salió un cassette que empezaron a mover en el circuito musical escocés, pero nadie los peló. Tajantemente aseguran que nada le deben a Escocia y si bien declaran su amor por bandas coterráneas como Orange Juice, The Fire Engines o Josef K, se preocupan en aclarar que les gustaban porque “podían ser de cualquier lugar, no armaban gran alboroto por ser escoceses”.
Ya que nadie les daba la oportunidad de tocar, debieron recurrir a medidas desesperadas. Colgaron una manta negra en su habitación y se tomaron fotos simulando un concierto con el fin de imprimir unos pósters y pegarlos por las calles para hacer algo de ruido. Claro que no había imágenes de los dos tocando juntos, porque mientras uno posaba, el otro debía disparar la cámara. Aquel cassette se abrió camino hasta los oídos de Bobby Gillespie, quien aparte de convertirse en su baterista, los pondría en contacto con Alan McGee, quien estaba levantando el sello Creation. Este conocería a los hermanos en medio de una prueba de sonido donde empezaron a gritarse por una insignificancia y casi llegan a los golpes. A McGhee casi no le importaba qué música hacían, embelesado por esa exhibición de agresividad, los promovería en ese mismo tenor, una publicidad que termina por incomodar a la banda cuando sus shows se convierten más en batallas campales que en ocasiones para escucharlos. Jim vencía el pánico escénico con alcohol y cocaína, William se entregaba al consumo excesivo de marihuana. Pese a la fama que se ganaron cuando un dj de la BBC interpretó “Some Candy Talking” como una apología de la heroína, ellos afirman que dicha droga nunca les interesó demasiado, pero admiten que la diferencia entre las sustancias elegidas por cada uno abrió fracturas en su relación.
La misión de Jesus & Mary Chain era terminar con lo que describen como el sonido estándar del rock purgado de guitarras en los 80. Para probar su caso, Jim acusa que dos éxitos de la década, “Jump” de Van Halen y “Born in the U.S.A.” de Bruce Springsteen, son ejemplos de grandes canciones arruinadas por el abuso de sintetizadores. “Ese déficit crónico de mediados de los ochenta fue lo que The Jesus & Mary Chain se proponía compensar. Puedes opinar lo que quieras sobre nuestro primer single, ‘Upside Down’, nadie puede negar que ahí hay una guitarra”.
La guitarra seguirá presente a lo largo de sus discos, lo que varía es la intención. Si con su debut, Psychocandy (1985), probaron el ruido que eran capaces de hacer; en el segundo, Darklands (1987), le bajan a la distorsión para dirigir la atención al aspecto melódico. Empiezan a experimentar con ritmos electrónicos en Automatic (1989) y para Honey’s Dead (1992) se proponían una renovación radical. La narcolepsia acústica de Stoned & Dethroned (1994) responde al desencanto por la falta de apoyo de Warner, disquera con la que se arrepienten de haber firmado. Munki (1998) anunciaría el principio del fin cuando Jim termina una canción sin dejar espacio para la guitarra de William, y el rompimiento se vuelve definitivo después de una pelea por un puñado de nueces de macadamia. Pondrían un océano de distancia entre ellos. Hicieron falta años y que su hermanita Linda les pidiera canciones para un disco que tramaba (el injustamente olvidado Little Pop Rock de Sister Vanilla). A partir de ahí, reanudaran el contacto. The Jesus & Mary Chain volvieron con todo su esplendor en el festival Coachella de 2007 y desde ese momento se han mantenido en activo, publicando dos discos de rolas inéditas, Damage and Joy (2022) y Glasgow Eyes (2024).
Al concluir su lectura, uno entiende por qué le pusieron ese título al libro. Los Reid se sienten inadaptados entre los inadaptados. La rama televisiva de la BBC los vetó por incidentes ridículos. El shoegaze no les dio crédito por su notoria influencia. Promovieron a Blur, aunque no les devolvieron el favor cuando estos llegaron a la cima. Guardan ingratos recuerdos de su participación en el festival Lollapalooza, durante el supuesto auge de la música alternativa. Quedaban mal cada vez que conocían a sus ídolos, como Iggy Pop o David Bowie.
Estas decepciones en común bordan un lazo de afecto que prevalece aun a pesar de ellos mismos. En el tiempo que pasaron alejados se dieron cuenta de que sólo funcionan haciendo música juntos. Con sus demonios a cuestas, están condenados a quererse. Esa es la verdadera cadenita.
Con la muerte de mi madre, algunas personas se mostraron preocupadas por la soledad que habría de atravesar. A la soledad estoy acostumbrado, desde niño fui introvertido, me pone nervioso el roce social y llego a sorprenderme de los pasos que he dado para sobreponerme a mi innata timidez, como el mero hecho de tener un podcast. Afortunadamente, me caigo bien. Aun en compañía de mi madre, llevábamos vidas bastante independientes. La soledad para mí significa poder ver más pelis, leer más libros, escuchar más música. El principal cambio ha sido la irrealidad con la que de repente percibo el pasado.
Encuentro increíble que alguna vez haya estado viva. Que hasta hace poco mi mamá hablaba y caminaba. No podría refutar a Calderón de la Barca con eso de que la vida es sueño, justo así se siente ahora que contemplo su inmóvil bastón y que su voz ya sólo es un sonido imaginado. Volteo al sillón donde se sentaba a comer y no me asombra tanto su ausencia como el hecho de que en un tiempo la imagen de verla sentada ahí haya sido posible. Escarbo recuerdos, fotografías en busca de pruebas y me llegan como postales de un mundo raro, diría José Alfredo Jiménez, sucesos acontecidos a un avatar.
Fue irreal el mes que le costó morirse. Acaso un período breve, comparado con ciertas enfermedades degenerativas o con los 10 años que vi a mi padre deteriorarse, pero me costaba, me sigue costando entender la marejada de dolor que la arrastró a su final. Yo estaba preparado para su muerte, no para el horror de verla fustigada por el sufrimiento. Ell refrán miente, claro que Dios aprieta, ahoga y pisotea sin contemplaciones. Tampoco me vengan con prédicas de la ley del karma, mi mamá no era perfecta, pero me consta que perdonaba a sus enemigos, se desvivía por ayudar siempre que podía, no deseaba mal a nadie y cultivaba su espiritualidad a conciencia de acuerdo con los medios que le fueron dados. Uno de los libros que leí durante aquel mes de fatal desenlace fue Leit It Blur, la biografía que Jim DeRogatis escribió sobre el crítico de rock Lester Bangs; su madre, una devota testigo de Jehova cuyos arranques fanáticos nunca atisbó el catolicismo de mi madre, se queda dormida en su cuarto una noche y al día siguiente la encuentran muerta, algo así pensaba que pasaría con mi jefa. Ella misma determinó que Arturo y Christian, dos amigos que perdí en años recientes, ambos por infarto fulminante, habían tenido “la muerte de un santo”. Mis amigos eran grandes personas, me pegó duro la partida de cada uno y los extraño un chingo. Pero si lo suyo fue “muerte de santo”, ¿qué clase de muerte merecía mi madre? Cuando un creyente reza “líbranos del mal”, ¿no espera como mínimo ser guardado del látigo del dolor? Digo, la pasión de Cristo no duró más de dos días. No existe orden en el universo. Dios es un crupier desquiciado que reparte los naipes disparejamente, o por ponerlo en palabras de Tom Waits: “No existe el diablo, es sólo dios cuando está borracho”.
Si ni siquiera las explicaciones que hemos inventado para consolarnos del ancestral desasosiego te traen consuelo, has saltado al terreno de lo insólito, el terreno de la pesadilla. Verás algunas de las escenas más crudas de tu vida. En las salas de urgencias se pierden líquidos vitales, pudor, distinciones sociales, paciencia, ganas de vivir. También descubres muestras de la más sincera solidaridad. Personas que se organizan para llevarnos una cenita navideña a los acongojados, una señora a quien más temprano le cedí el asiento a la salida de una de las alucinantes visitas a los pacientes se me acerca con una sonrisa de oreja a oreja y me dice –no entiendo muy bien por qué-“usted se merece un diez”. Trabo fugaz amistad con un chavo de hirsuta cabellera llamado Israel, un mediodía lo encuentro en los baños del quinto piso del hospital, también trajeron a su padre de urgencias a pocos cuartos del que ocupa mi mamá. Quedamos en buscarnos esa medianoche. Mi palabra queda para siempre incumplida porque para esas horas mi madre ya estaba muerta. Si alguien conoce a Israel, que me disculpe.
Ahora, la pesadilla ha terminado en más de un sentido. Uno de mis principales miedos era morir antes que mi madre, porque entonces ¿quién la cuidaría? En cuanto a mí, no doy mucho por mi vida y me tiene sin cuidado, como en una canción de Charly García. Los peligros importan menos, ya no hay un par de ojos marrones que esperen por mí, para recordar otra canción, esta vez de los Pogues. Todavía no pasa un día sin abrir un paréntesis para las lágrimas, pero no me siento particularmente devastado, mi madre sería la primera disgustada si su muerte sirviera de pretexto para mi debacle. Pensar que ya no está me maravilla, no doy con mejor verbo. Es decir que no termino por creerlo, la familia que formamos junto a mi padre ya sólo existe en mi memoria, y de la memoria a la imaginación sólo hace falta un suspiro. Es un buen lugar para habitar, la imaginación, pero como Bastian nos enseñó en La historia interminable, Fantasía es un lugar que sólo vale la pena visitar si sabes cómo volver de ahí
Un niño protesta porque su mamá lo despierta y él se resiste a ir al colegio en la canción de Klaus & Kinski que pongo por quinta ocasión. Quién sabe si Sartre se le apareció en sueños, pero amaneció de ánimo existencialista. El chamaco no quiere levantarse porque no se quiere morir. Ha comprendido de golpe todo lo que David Benatar expone en su libro Better Never to Have Been: “No debí comprometerme con la vida en general”. Es un retrato fidedigno de ese momento en que la posibilidad de no ser irrumpe entre las ilusiones de nuestra conciencia infantil. El momento que nos arranca del reino de los sueños para arrojarnos a una realidad que jamás aceptará nuestra imposible apuesta: “Déjame, yo me quedo aquí a dormir, o garantízame que nunca me voy a morir”.
Estoy consciente de que el deceso de mi madre preludia mi propia aniquilación. Con la suerte de mis progenitores a la vista, sólo me atormenta el horizonte del dolor extremo. Ruego a mis muertos que aparten de mí ese cáliz. Yo quiero que me parta un rayo. ¿Pero me escuchan mis muertos? “Todo se ha ido, nada queda de lo que amé”. Cuando The Cure sacó Songs of a Lost World a finales del año pasado, supe que Robert Smith lo cantaba para mí. Faltaba una pieza. Ya encajó. Llegará el tiempo en que yo también sólo seré el sueño de un puñado de personas que, a la postre, dejarán de soñar. Al final de cada canción yo también me quedo solo y sin nada.
En el mejor mensaje que recibí tras la muerte de mi madre, un amigo derrochaba palabras muy conmovedoras respecto al vínculo que sostenía con la mujer que me trajo al mundo según su percepción. Concluía que si él tuviera un hijo, le gustaría que fuera parecido a mí. “Pero la verdad, menos sensible”, matizaba.
Desde entonces le he dado vueltas al asunto: ¿qué tanto una sensibilidad receptiva nos redime o condena? Mi amigo apoyó su dicho en un consejo recibido de su maestro de artes marciales: “debes ser menos sensible. Tal vez ahora no lo entiendas, pero al paso del tiempo lo harás”. No me extraña. Hace falta un yo sensible para sentir, disminuir la sensibilidad debe ser ventajoso en los deportes de contacto, además de una ruta a la disolución del ego que proponen varias filosofías orientales y occidentales.
Lo cierto es que sólo tenemos esta entidad que somos para experimentar el mundo y, antes de poder trascenderla, tendríamos que agotarla en sus máximas posibilidades, probar su punto de quiebre. Como sucede con la poesía, algunos genios directamente empiezan a escribir verso libre, pero los simples mortales tenemos que ejercitarnos en las cansinas reglas de versificación clásica antes de dar el salto al vacío, so pena de que nos salga un mamarracho (que de hecho es como llamo a mis tanteos poéticos). Tenemos que sentir. Permitirnos sentir sin restricciones equivale a una vida plena. Cuando no se siente a la ligera, cuando se va al fondo de cada sentimiento, este pasa, porque se agota, y lo reemplaza un sentimiento nuevo. Si cada sentimiento reclama nuestra entera atención, eso significa que estamos en constante cambio, sería absurdo hablar de un yo que nunca termina por definirse. Es una ruta opuesta a la misma disolución del ego, más accesible para cualquiera.
Me asusta saber de la alexitimia, la incapacidad de identificar y expresar emociones. Condición tan abominable como la amusia, ¡imagínense!, la imposibilidad de percibir la música, de distinguirla del repiqueteo de un taladro o los rebuznos de un mulo. La música, que transforma el ambiente íntimo o social de golpe, tiempo que escapa al tiempo, también es un idioma que habla directo al sentimiento sin filtro de razón o lógica alguna. Cualquier intento de explicación a la música o los sentimientos es un acto reflejo posterior que se aferra al filo del pensamiento para no caer presos de la angustia; en el momento simplemente ocurren, se viven como arrebatos, desbordamientos del ser. No estoy calificado para decir si la alexitimia necesariamente acarrea amusia, pero sí creo que la amusia es una especie de alexitimia, una deformidad del sentimiento.
Yo prefiero, parafraseando un poema en prosa de Olverio Girondo: “Sentirlo todo, pero sentirlo bien”. Una vez asumida esta postura sentimental se corre el riesgo de cruzar la delgada línea que la separa de la sensiblería. El sentimentalismo puede hacernos perder piso porque pone en juego la totalidad del yo, la sensiblería es un perrito amaestrado por la pulsión egoísta más primaria, el deseo, y lo que perdemos es la dignidad. Vean la parte que dirige Martin Scorsese en la película Historias de Nueva York. El personaje de Patricia Arquette le solicita como prueba de amor al personaje de Nick Nolte que se acerque a pedirle un beso a uno de los policías en la patrulla que tienen delante. Él sigue fielmente sus órdenes. A primera vista, parece un acto de inflamado amor; en realidad, es títere del deseo de complacerla, de ganarla para sí. Ninguna liberación se alcanza por medio de la humillación. Como alguien que ha tropezado innumerables veces con el fino lindero que divide la sensibilidad de la sensiblería, puedo decirles que es mejor andarse con tiento cuando empiezas a perder la dignidad.
Hace tiempo, décadas atrás, salí con una chica que de repente me salió con que yo sentía como mujer. El comentario sobresaltó al incurable heterosexual que soy. Pero no usó un tono ofensivo, hablaba con dulzura, la noté incluso agradecida, algo extrañada por toparse a tamaño espécimen. He comprendido que demostrar mis sentimientos no me hace menos hombre, pero sí más humano. Es uno de los máximos legados que debo a mi madre. Una manera de honrarla.
El pasado 18 de enero falleció mi madre, Josefina o doña Jose, y yo estaba empeñado, bajo la convicción de que así le habría gustado, en que su sepelio no resultara un desfile de condolencias, sino una celebración de su vida. La música fue un fuerte vínculo entre nosotros sobre todo a partir de que ella inició su senectud y yo mi edad adulta. Mi madre podía criticar la música que escuchaba, pero tenía oído para una buena canción. Mientras yo batallaba con las definiciones para una melodía que le compartía, ella sabía precisar con soltura: esto suena a un swing, un foxtrot, un merengue, un guagancó. A veces fallaba el dardo y definía como metal algo que realmente era ska. Pero era una buena contraparte de pláticas musicales que, por supuesto, entre otras muchas cosas, voy a extrañar.
Tiempo atrás le hice su playlist, que reproduje a lo largo de esa última despedida y, al final, balbuceé algunas barbaridades que aquí me gustaría precisar. Empiezo por “Put No Headstone On My Grave”, la lágrima con la que interpretaba Esther Phillips no podía escapar al radar de mi madre, el típico ejemplo de cantante que podía gustarle –y, de paso, que puede gustarme a mí-: dolida pero fortalecida en la pena, desbordada de sentimiento blusero. Cuando le traduje el título –ella no sabía inglés y constantemente me inquiría por el significado de las letras-, se mostró de acuerdo y dijo que tampoco quería lápida para su tumba. Con la sutileza en cada nota que salía de su garganta, Ella Fitzgerald era la voz femenina predilecta de mi madre, y me pareció apropiado elegir “Black Coffee”, como la bebida que cada mañana bendecía por poder seguir tomando. De Etta James le gustaba “Sunday Kind of Love”, aunque otra de sus canciones, “I’d Rather Go Blind”, pero en la titánica versión de Beth Hart con Joe Bonamassa, se convirtió en una de nuestras favoritas durante las tardes que degustábamos prolongados aperitivos. Sarah Vaughan era otra que le encantaba, especialmente la historia de ingenuo amor malavenido que entrega su “Poor Butterfly”. Le conmovía el trágico destino de Amy Winehouse, a quien había descubierto pocos meses antes de su deceso y que hizo dueto con uno de sus crooners favoritos, Tony Bennett, en “Body and Soul”.
"Only You”, de los Platters, le sacaba lágrimas, aunque eso no era una anomalía, mi mamá, como yo, chillaba con cualquier canción que le calaba grueso. Muchas del soul y el góspel, por eso incluí a ilustres representantes de tales géneros como Sam Cooke, Bobby “Blue” Bland, Otis Redding, Solomon Burke, Dinah Washington y los Blind Boys of Alabama, que aportaron un significativo “Jesus Gonna Be Here”, una original de Tom Waits –la verdad un tanto irónica- sobre el mesías a quien mi madre quiso dedicar su vida cuando de joven entró al convento y que veneraría el resto de sus días con fe, pero sin fanatismo. Por la misma razón incorporé el “Christo Redemptor” inmolado en la armónica de Charlie Musslewhite, un instrumento que la embelesaba. Ahora que lo pienso, debí incluir la versión del “Ave María” que hace Aretha Franklin. No faltó, en cambio, la balsámica Nina Simone con “Lilac Wine”, sus versos de alucinatorias cualidades que confunden lo real con lo imaginado, presencias con ausencias, me sonaron a una premonición de los días por venir, estos que ahora vivo mientras mi madre ya es cenizas.
Nacida en Orizaba, Veracruz, el 19 de abril de 1937, se ufanaba de ser una octogenaria que estaba más o menos enterada del rock y sus distintas vertientes, pero cuando se trataba de complacencias volvía a sus añoranzas y no fallaba en pedirle al trío del restaurante Amaranto “Veracruz”, el canto que dedicó a su terruño Agustín Lara, de quien asimismo incluí “Ya no me acuerdo”, esta composición del Flaco de Oro que busca en la amnesia voluntaria la sanación de un amor que no prosperó le fue redescubierta a mi mamá por mi igualmente ya difunto amigo Arturo López-Portillo, nunca se conocieron en persona, pero sí a través de mí, y coincidían en muchas querencias musicales.
Presumía el recuerdo de cuando Santiago Auserón le dio un beso al borde del escenario del Lunario, adonde mi mamá se acercó para obsequiarle un ejemplar de un libro que me habían publicado. Me llevó a mi primer concierto, Miguel Mateos en el entonces Salón Margó, hoy La Maraka, y vimos juntos al Buena Vista Social Club. Nuestra última salida nocturna fue a una tocada del maestro Gerardo Enciso. Se quedó con ganas de asistir a algún concierto de Fito Páez, quien tocaba en el Zócalo de la Ciudad de México la noche que ella exhaló su último aliento. No dejo de buscarle simbolismo a esa coincidencia, como si hubiera volado de su cuerpo para irse a gozar de “Dar es dar”, una canción que adoraba por afirmaciones como “no marcar las cartas, simplemente dar” o “no cuento el vuelto, siempre es de más”. “Dar es dar, es solamente una manera de andar”, y así iba mi madre por la vida, la recuerdo enfrascada en fuertes discusiones con mi padre para convencerlo de prestarle dinero a una de sus empleadas o de gastar un poco más en el regalo cumpleañero para uno de mis medios hermanos. “Dar es dar”… y al final la vida le pidió entregarlo todo.
Pero no sólo se trata de dar, hay que repartir con justicia, y ya que hablamos de argentinos, amaba ferozmente el tango “Cambalache” en la versión orquestal con Roberto “Polaco” Goyeneche, el recuento de las indolencias que marcarían el siglo XX cuyo inicio sentencia “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” bien puede seguir aplicando a lo que va del siglo XXI y mi mamá soñaba con algún día plantar frente a las cámaras de diputados, senadores y palacio nacional monumentales altavoces que tocaran el tema día y noche, como cuando torturaron al dictador Noriega en Panamá con heavy-metal. Y como no hay justicia sin verdad, la epopeya auditiva que Kamasi Washington elabora justo con ese nombre, “Truth”, ponía trémula de emoción a mi jefa y es apenas un ejemplo de cuánto disfrutaba del jazz. El flamenco, las grandes bandas, la música coral, el bossanova, los tríos con sus boleros, Marco Antonio Muñiz, Pedro Vargas, los Hermanos Castro, los Manhattan Transfer, el son, la salsa completaban el mosaico de sus deleites musicales.
Me encargó una canción específica para el adiós final: “Who Can I Turn To (When Nobody Needs Me)”. El fervor que le inspiraba esta lacerante balada en la magistral interpretación de Tony Bennett me inquietaba. ¿“A quién puedo recurrir cuando nadie me necesita”? ¿A qué se refería? Yo la necesitaba, aún la necesito. Pero entiendo que mucha de su desilusión en los últimos tiempos derivó del abierto odio que le prodigaron los hijos del primer matrimonio de mi padre a raíz del accidente que este sufrió en noviembre de 2006. Para mi mamá, el himno de batalla de su relación siempre fue “Si nos dejan”, de José Alfredo Jiménez, no estoy seguro de qué tanto les hayan dejado. Como sea, tras su partida, al que le queda bien preguntarse “¿a quién puedo recurrir cuando nadie me necesita?” es a mí. Aunque, antes de que la llevaran al crematorio, se la reviré, ni más ni menos que a través de su cantante favorito, Frank Sinatra. “Cycles” le resta importancia al dolor individual y pasajero porque muchas otras personas experimentan el mismo sentimiento y el único aprendizaje posible es que le vida corre en ciclos, si hoy hay risas, mañana tendrán que venir las lágrimas. Cuando el viejo ojos azules canta que casi resulta gracioso cómo las cosas no podrían estar peor, me recuerda un pasaje de Vida secreta donde Pascal Quignard escribe que la melancolía no es una descarga repentina como la risa, pero es una risa. “Una risa silenciosa. Es una voluptuosidad más lenta que reír a carcajadas. Es una risa sin carcajadas”, abunda. Por su lado, Sinatra asegura que seguirá cantando mientras no lo agobiemos con preguntas. Me reconforta esa resignación contrahecha, que no se pretende absoluta ni exorciza la tristeza, sino que la saborea, es puramente melancólica. “Es un goce paralelo, pero tal vez se extienda más que cualquier alegría”, deduce Quignard. Es a lo que me aferro.