domingo, 28 de octubre de 2018

Obsesión por el instante: La Maravillosa Orquesta del Alcohol en México


 La Maravillosa Orquesta del Alcohol es una banda de Burgos, España, que decidió abrirse camino en México sin grandes estrategias de marketing. La primera vez que vinieron, en mayo de 2017, tocaron literalmente en las calles de la capital, regalando calcomanías y vendiendo sus cedés a todo transeúnte que quisiera escucharlos. Por eso se sintió como una reivindicación para la música libre de parafernalias el vibrante concierto que brindaron el pasado sábado en El Plaza de la Ciudad de México frente a una más que aceptable concurrencia tan intensa en su entrega como el grupo sobre el escenario. 


 Tuve oportunidad de entrar en contacto con la banda por un texto que escribí sobre La primavera del invierno, donde relataba que ese disco me había salvado la vida en un año difícil de padres enfermos, despido laboral y aprietos económicos. Lo leyeron y a través de Twitter me expresaron cuánto les había gustado. En aquella primera visita nos vimos las caras y cuando David y Joselito, dos de sus integrantes, vinieron en marzo pasado para darnos un adelanto en formato dueto, tuvimos oportunidad de saludarnos de nuevo e incluso hacer una entrevista para mi programa A la Deriva. No sé si ellos alcancen a considerarme un amigo, pero he convidado su música a quien se ha dejado y su trato me ha hecho considerarlos camaradas existenciales. Así que el sábado 27 de octubre de 2018 quedó marcado como una fecha especial, el primer concierto formal en la Ciudad de México de La MODA, una banda que tanto te ha acompañado en los últimos años, buena gente valedera de la mejor fortuna. Se suponía que sería una fecha feliz. Sin embargo, las nubes negras que siempre me guían quisieron que mi perro Falkor muriera el día anterior, lo que significa la pérdida de un compañero de más de 18 años es otra historia que debe ser contada en otra ocasión. El hecho es que otra vez necesitaba que La MODA me llevara a ese lugar al que he llamado hogar, que me salvaran la vida como la primera vez que los escuché. Sé que no es peso menor para poner sobre los hombros de cualquier grupo, pero si ellos son los primeros que aconsejan “perder la voz cantando una canción es la mejor medicación”, sabía que podían con ello.


 El primero en poner ese mantra a prueba sería el propio David, que desde el principio confesó que pocos días antes había contraído una infección en la garganta. Si sus cuerdas vocales estaban dañadas, combatió el malestar con coraje, prolongando algunas notas como queriendo obrar un milagro del espíritu imponiéndose a la materia, cantó con una garra capaz de ahuyentar a los “Mil demonios” de su primera canción y de milagro su voz no dejó marcadas las paredes del Plaza con huellas animales. El resto de la banda te envuelve en un torbellino de perfecto ensamblaje, un tren emocional. Cada uno de sus componentes aporta una cualidad musical y una presencia escénica personales que juntos rinden más que la suma de sus partes. Cuando suena “Suelo gris”, el público está por completo en las garras de este monstruo que ya puede hacer lo que quiera con ellos. “Todos quieren desaparecer alguna vez”, es cierto, como al darte cuenta que quizás el amor de tu vida fue el cocker-spaniel que acabas de perder; pero no ahora. Ahora “no tengo fuerzas para rendirme”, una estrofa de “Amoxicilina” que necesitaba gritar esta noche para elevarme por encima de la duda que plantea “O naufragar”: “¿A qué venimos a este mar?” ¿Cuándo vamos a parar? A estas alturas en que los ahí presentes nos hallamos unidos por el sudor, el sentimiento, el baile y el canto que adoptan como lema el estribillo de “Miles Davis”: “Quiero quedarme a vivir en ese instante, en el que la montaña rusa llega arriba y no antes”.


 En este marco nos ofrecen dos de las canciones 7:47 (ni un minuto más), el EP que revelaron hace poco; no en balde grabado por Steve Albini (Black Flag, Pixies, PJ Harvey, et. Al), “El camino” y “Colgados del sol” indican un perfil más endurecido y acaso el inicio de un nuevo sendero.


Porque para quien no lo sepa, habrá que repetir que La MODA es una banda basada principalmente en instrumentos acústicos con la virtud de producir electricidad punketa como la que ya recorre nuestros cuerpos. Nadie hay quien se resista al alto voltaje de “1932”, “¿Quién nos va a salvar?”, “PRMVR”, con la que levanto el resto de la botellita de Jack Daniels que logré colar porque “yo sí quiero tener una musa que me escriba o escribirle yo a ella a través de esta botella”. Y le doy un beso a ella. Y por un momento, como ya casi no hago, me aviento al slam para sentir en carne propia esta obsesión por el instante. Y pienso que una de las principales lecciones que aprendí de Falkor fue que amaba la vida más que yo y en este momento me siento tan vivo que con “Catedrales” brindo por la tempestad, porque quién sabe qué vendrá detrás, una sensación que me autoriza a caer en el cliché de que en una noche  que necesitaba sentirme vivo me sentí como Jon Landau viendo a Bruce Springsteen por primera vez.


 Llega “Hay un fuego”, la primera canción de ellos que canté, en la parte de “no van a poder parar la fuerza del destino y sonreímos”, uno de los amigos con los que fui me acaricia la cabeza, nos abrazamos, tengo ganas de abrazar a toda esa gente. Se despiden con “Flores del mal” y la contribución de un hip-hop cortesía del nacional Tino el Pingüino. Por supuesto, vuelven, han ejercido en los asistentes el truco del flautista de Hamelin, entregan tres más. En un sábado donde obraron una gesta épica, se despiden con “Héroes del sábado” para mandarnos por ahí, si nos hieren hoy, si nos hacen daño, a intentarlo una vez.


Al terminar, salen a saludar a la gente, firmar autógrafos, sacarse fotos. Yo no quiero nada de eso, sólo quiero agradecerles. Al verme, el saxofonista, Alvar, exclama, "¡ah, me salvaron la vida¡”, esto en referencia a un grito que vociferé en su primera visita, durante una presentación en el Centro Cultural de España. Joselito me da el pésame por Falkor, me dice que lo espere para platicar, le contesto que sé que su agenda es apretada y lo dejo atendiendo a los fans. David me abraza en cuanto me ve, también me da ánimos por lo de mi perro, con Jacobo hablamos de que nos debemos un mezcal desde la primera visita, será para la próxima. Cuando ellos me tuitearon por ese comentario a La primavera del invierno me decían que su música no estaba a la altura de lo que había escrito. Yo ahora quiero decirles que nada de lo que pueda escribir está a la altura de lo que su música hizo por mí esa noche. Gracias.


martes, 13 de febrero de 2018

Soundgarden o los espejismos del rocanrol



“Me veo California y me siento Minnesota”

 Outshined, Chris Cornell



Comparados con sus contemporáneos de mayor éxito, la música de Soundgarden era más sofisticada que Pearl Jam y más pesada  que Nirvana. De la horda de bandas salidas de Seattle en los 90, el sonido de Soundgarden es el más cercano al del metal clásico, pero también es algo más. Las quejas de metaleros recalcitrantes sobre que el grunge nos hizo unos llorones, exhibe su propio berrinche. El grunge enseñó que hacía falta un tipo duro para llevar los sentimientos en la solapa. Black Sabbath conocía a los Smiths. Y quizá  te rendía la crudeza de Nirvana o la intensidad de Pearl Jam, pero si se trataba de imaginar a tu banda ideal, yo quería a Chris Cornell en el micro, la voz más poderosa  del grunge.



Los mismos metaleros enrabietados que ya mencionamos olvidan que en el amanecer de los 90 la línea no estaba tan clara, muchas de las bandas de Seattle en el apogeo de MTV pasaban lo mismo por Headbanger’s Ball (su espacio dedicado al metal) que en 120 Minutes (el programa de ‘alternativo’), baste recordar que Alice In Chains abrió una gira para Metallica. Si acaso, lo que hizo el grunge por muchos sometidos al cinturón de castidad del detector de metal fue abrirlos a la inmensidad musical (y emotiva) de esto que llamamos rocanrol, fíjense si no en los covers que hizo Cornell en su gira de 2016 con Temple Of The Dog (o sea, los integrantes de Pearl Jam) de Led Zeppelin a The Cure. Soundgarden entregó los discos más complejos de su camada. Tanto que al final uno ya no sabía si era grunge o no lo que hacían, ¿y a quién le importaba? Era música pesada que no caía en la perorata satánica y el alarde de proezas sexuales donde se había atascado el metal. Era progresivo sin ser rebuscado y punk sin desafinar.



Con lo buenos que eran Soundgarden, su sonido machacón podía tornarse agotador. Cornell ya había dado muestras de matices más suaves donde su voz alcanzaba a transmitir más con la canción “Seasons” de la película Singles. Por eso me entusiasmó Euphoria Morning, su debut solista, me parecía que al fin iba en camino de poner su garganta al servicio de lo que  me parecía su verdadera vocación: el blues. Me equivocaba, él optó por hacer rock llena-estadios con Audioslave y el resto de su discografía solista no me suena a la altura de ese primer esfuerzo, incluso lo considero autor de un disco que en su momento reseñé –y sigo convencido de ello- como el peor disco de la historia: Scream, una producción de Timbaland, quien entonces estaba de moda por su trabajo con Justin Timberlake, ahí Cornell busca disfrazarse del último fenómeno teen y el truco no le sale.



Eso no borra que haya sido autor de algunas canciones que se me hicieron emblemáticas en el largo y sinuoso camino. Mientras él iniciaba carrera por su cuenta, yo salía de la universidad y me veía con una chica a la que quería, pero no tanto como a esta otra chica que había elegido a un chico llamado ‘Arturo’ y ese ‘Arturo’ era alguien distinto a mí (creo que en ese momento decidí que iría como ‘el eRRe’ nomás). Cornell publicó “Sunshower” como parte de la banda sonora de Great Expectations, de Alfonso Cuarón (una peli que fui a ver 7 veces y en cada una salí de la sala llorando). “Dark as roses, fine as sand”, empieza en fórmula exacta de la naturaleza siniestra y frágil de la belleza… y sí, ella terminó “floreciendo en un dulce baño de sol”, como también dice la canción, yo permanecí morador de las tinieblas. “Me llamaste perro, bueno, eso es justo… yo te llamaré hermosa, si acaso tengo voz”, cantaba Cornell una de las primeras veces que lo escuché. “Me veo California y me siento Minnesota”, una frase de su primer éxito, “Outshined”, es un cuadro perfecto de buena parte del espíritu de los 90.


El 31 de mayo de 2013 los reunidos Soundgarden visitaron por primera vez México. Ya había visto a Cornell con Audioslave, pero no era lo mismo. Aquello había sido una visita al zoológico, pero esto debía ser el animal en estado salvaje (de hecho, venían en gira para su disco King Animal). No se llenó el Palacio de los Deportes, ni falta que hizo. La mayoría bien entrados en nuestra tercera década de vida nos inmolábamos en un slam no gandalla aunque sí severo. Acabamos descamisados, sudorosos, despeinados y adoloridos, con una sonrisa de oreja a oreja. Yo que fui feliz esa noche, acaso me dejé engañar por Soundgarden. Entre las versiones que interpretó el año pasado con Temple of the Dog estaba mi canción favorita de David Bowie, “Quicksand”, con una letra a contracorriente del egocéntrico optimismo moderno: “no creas en ti mismo, no te engañes con la fe, el conocimiento llega con la liberación de la muerte”. Es una pena… eso es tan obvio que debería dar vergüenza decirlo, pero igual lo haré: es una pena que ese cachito de salvación que Cornell me regaló hace cuatro años no haya alcanzado para sí mismo. Espejismos de rocanrol.

Mi disco salvavidas de 2016: La primavera del invierno, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

 

Descubrí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol (conocidos también con el menos mágico acrónimo de La M.O.D.A.) revisando una lista de los mejores discos españoles de 2015, decidí que con tan sugerente nombre debían gustarme. Mi primer contacto fue como se oye música hoy en día: a través de YouTube, su video para “Hay un fuego”, me llamó la atención su discurso libre de maquillaje: “Él dijo una vez que no es la fama ni el dinero,/pero cada halago significa el mundo entero/si es sincero,/no importa si vivo de esto o de ser camarero”. Busqué algunas otras canciones que me gustaron y al final me puse a escuchar en Spotify La primavera del invierno.

La M.O.D.A. se decanta por un sonido acústico que incorpora banjo, mandolina, acordeón y metales con vientos de folklore celta (por momentos recuerdan a los primeros Pogues), un cantante con voz de navaja de afeitar y letras igualmente filosas. La breve introducción de “Nubes negras” marca el tono de La primavera del invierno, que es indudablemente oscuro desde la portada, que no necesariamente depresivo.  Sí, es un disco  nocturno, pero que busca desesperadamente salir de la noche; no la noche de metáfora romántica, este es el naufragio sin remedio en la noche de buscarse a uno mismo, el cual no tendrá sentido hasta poder asirse a las primeras sogas luminosas que tire el amanecer. Si hay que reducirlo a un adjetivo, yo elegiría el de “vital”. Es un disco comprometido con la intensidad de la vida en las buenas y en las malas en todas sus formas a la caza de, como enuncia “Miles Davis”, la primera canción ya en forma, “vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes… ni después”; es también, siguiendo la letra de “Hay un fuego”, un disco para “perdedores y perdidos, no vencidos”, o sea: para cualquiera que haya experimentado pérdida, sufrimiento, derrota, pero también el cálido alivio de los distintos remedios para cada mal.

 “PRMVR” se convirtió en himno personal en los primeros meses del año, una canción de denuncia sui generis que se resiste a dorar la píldora, primero desmitifica la libertad individual: “Asumido el hecho de que soy parte de un rebaño”, lo cual resalta el absurdo de ver ovejas con complejo de perro pastor  que “han atado nuestras manos/con las mismas manos con las que/acarician a sus hijos/antes de que duerman”, Sin necesidad de matrimonio ideológico, su disidencia más espiritual que política se resume en el mensaje: “dile al Capitán que renuncio a ser su guía,/yo sí quiero tener una musa que me escriba/o escribirle yo a ella/a través de esta botella”.

Es pertinente acotar que he atravesado una década dura. Mi padre tuvo un accidente en noviembre de 2016 que de un día para otro lo transformó de un viejo fuerte y bonachón en un anciano deteriorado y delirante, circunstancia que ha provocado desavenencias familiares, trastornos legales y angustias económicas que, en consecuencia dejaron a mi madre postrada en el primer trimestre del año por una extraña enfermedad de las piernas. Era simplemente natural que me calara la letra documentalista de “Los lobos”: “En Alaska cazan lobos,/con sangre de otros lobos,/la entierran con cuchillas en la nieve/y esperan a que lleguen./Los lobos tienen hambre/y empiezan a lamer/bebiendo y desangrándose,/matándose a sí mismos sin querer”. Y no hay menor verdad cuando afirman que “así funciona el hombre con sus adicciones”, porque “somos víctimas del estímulo”, algo que podría asimilarse a la teoría mimética del pensador francés René Girard, fallecido el pasado año y de quien les recomiendo empezar por el libro La violencia y lo sagrado.

Al finalizar mayo me quedé sin empleo. De un día para el otro, un trabajo de 11 años, sin indemnización, con ambos padres enfermos, préstamo en el banco y deudas para regalar. Mi rola de batalla se volvió “Catedrales”, con su propuesta de que “brindemos por la tempestad, ¿quién sabe qué vendrá detrás?”. Además está esta mujer que no he podido olvidar y con la cual este año intenté mantener una relación civilizada, “’No te rindas nunca’, me dejaste en un papel, pero el cinismo inunda los consejos”. Más tarde, con un montón de tiempo libre en mis manos, aparte de ver con detenimiento la Euro y los Juegos Olímpicos, descubrí que tenían un cover de la canción “Historia triste” del grupo de punk radical vasco Eskorbuto, cuyo tortuoso relato del paso del tiempo –“este puede ser tu último segundo”- encajaba con mi ociosidad forzosa. Ya entrado el 2016 publicarían un EP con una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, lo cual me resulta un tanto conflictivo porque desde la adolescencia Silvio y yo no andamos en muy buenos términos, pero la verdad es que me sé la letra entera y La M.O.D.A. me hace sentir menos culpable –no estoy en edad- de entonar versos como “ojalá por lo menos que me lleve la muerte/para no verte tanto, para no verte siempre”.

La primavera del invierno no brilla precisamente por su optimismo, pero tampoco es pusilánime. Hace que te sientas valiente en épocas donde la natural sería amilanarte. Ignoro cuál haya sido la intención del grupo al usar ese título, pero para mis oídos suena a lo que cabe inferir de él: un momento de renacimiento en una época dura.

El final feliz de esta historia es que ahora tengo un programa en Rock 101 (lunes y martes a las 12 del día, eRRemental), "en este cementario por un día hay alegría", y que para terminar el año La M.O.D.A. publicó n disco en directo, Todavía no ha salido la luna, grabado en el cierre de su gira española, donde, además de las canciones La primavera del invierno, se suman algunos de los mejores temas de su discografía anterior –“Los hijos de Johnny Cash”, “Amoxicilina”, “Vasos vacíos”, “Gasolina”- y las ya mencionadas versionas de Eskorbuto y Silvio Rodríguez. Pónganse a La M.O.D.A., la ebriedad vale la pena.

viernes, 24 de marzo de 2017

Carta a Eva

 
Hola, Eva:

Desde mayo que no hablamos, apenas un comentario en Facebook. Tu último mensaje de Whatsapp es de un mes después de que me dieran la patada. Me habías guardado los últimos cómics que hice (que hicimos juntos, tú, yo y todos los amigos, y enemigos, de Marvel), me pedías que pasara a recogerlos a tu casa y no pasé porque me dolía (todavía me duele, creo que ahora más) todo lo que tuviera el logo de Marvel encima. Ahora esos cómics estarán contigo para siempre. Tu última llamada, en febrero, fue unos días después de la muerte de mi padre, todavía dormía y entreví en la pantalla tu nombre. Disculpa que no te haya contestado, supuse para lo que me hablabas y ya no tenía ganas de hablar de eso, no quería hablar de muerte… De hecho, llevo como dos meses sin hablar mucho con nadie, aunque ahora tengo un programa de radio, qué paradoja, ¿no? Así que no lo tomes personal. Disculpa que me haya esperado hasta ahora, he estado ocupado en buscarme motivos para vivir. Disculpa que te busque hasta ahora… que ya no estás.
Pasó por Twitter, seguro no lo has olvidado. Andaba en busca de alguien para ayudarme en las labores editoriales de Marvel y respondiste a un mensaje que yo había colgado ahí, donde tan duramente me habían atacado, para ver si como roncaban dormían. Me gustó la traducción que te pedí y fuiste la última persona en hacer la prueba editorial. Ya te he contado –aunque pongas cara de fuchi- que eras mi segunda opción, pero la primera no quiso el trabajo, así que te llamé para darte el puesto. ¿Qué puede molestarte de esa historia? Demuestra que ese dicho fatalista de “si no te toca, aunque te pongas; si te toca, aunque te quites” también aplica para los azares felices. Yo siempre que la cuento afirmo que entraste por méritos propios. La mejor coordinadora editorial que Marvel podía tener, la única hasta la fecha, porque en cambio editores ya vamos creo que tres...
No tuvimos el mejor inicio. Tú con un carácter fuerte y yo otro tanto, chocamos. Recuerdo especialmente que un día saliste a comer con los compañeros de trabajo, entre ellos el equipo de DC, y supe de unas críticas que me hiciste, me molestó que si yo te había abierto la puerta, no hubieras tenido la confianza para tratar esos asuntos conmigo en lugar de llevarlo al cotorreo después del almuerzo. No siempre estabas de acuerdo con mis decisiones que yo justificaba en mi experiencia, y no te convencía, porque yo también a tu edad creía que la experiencia era para los débiles hasta que la experiencia me demostró lo contrario. Aunque ahora, ante la realidad de tu breve vida, debo concederte algo de razón, tú tenías que hacer todo con una fuerza superior a la de los demás, porque si algo entendí de ti, Eva, es que a las limitantes de tus enfermedades, tratabas de imponerte con una gran fuerza interior, y sí, nos dejaste la experiencia a nosotros, los débiles.
Hubo conflictos con otros compañeros que me pedían reprenderte o de plano cortarte la cabeza. Una tarde nublada lloraste, por más que te insistía que la plática que sosteníamos no era un regaño, sino una llamada de atención. Recuerdo que esa vez te dije que yo no quería que fueras una rockstar de los cómics, sino una profesional del medio editorial. Y si bien es cierto que hay una parte de eso que en este momento me puede sonar absurda, el camino fácil sería decir que moriste como una rockstar, joven y en la cima del juego, pero eso es una tontería, porque perfectamente puedo imaginarte con mayores triunfos profesionales que yo a mi edad –admito que no es tarea difícil- como una editora con una gran carrera; porque ahí sí siempre -y hasta frente a mí mismo-, ante cualquier reclamo, siempre antepuse la calidad de tu trabajo.
Igual me acuerdo de la primera vez que me diste un abrazo, a escaso un mes de haber entrado. Me gustaba una chavita de servicio social a la que no me atrevía a hablarle, le llevaba como16 años, pero yo más bien parecía tener 16 de edad y tú, conmovida, me abrazaste como una mamá fuera del tiempo. También me acuerdo del último. El 27 de mayo de 2016, fecha inolvidable, mi patada de Marvel. Junto con el abrazo, dijiste, casi queriendo llorar conmigo: “Así no se hacen las cosas” y enseguida, cuando te pedí que si podías explicaras a los covachos y demás trogloditas de la red que no era tan malo como me pintaban, “es que ellos no han trabajado con usted y no saben cómo es”. Me serena saber que con el tiempo logramos entendernos, formar un equipo, colaborar, apoyarnos, sacar adelante lo imposible e incluso sentar los principios de algo que bien podría llamarse amistad, lástima que cuando apenas agarraba vuelo nos la cortaron. Me arrepiento de no haberte aceptado esa invitación para ver Deadpool con tu pase extra de Cinépolis, pero tú sabes que teníamos un Omnibus monolítico de X-Men Apocalypse que cerrar, y bueno, uno cree que la vida es eso, trabajar, subsistir, chingarle… hasta que se acaba.
En estos días te había estado pensando mucho por el estreno de la serie de Iron Fist en Netflix. El entusiasmo con la que la esperabas desde su anuncio, uno de tus héroes de Marvel favoritos, los cómics que me recomendaste. Veía los capítulos y pensaba que acaso no estarías de acuerdo con mis críticas pero que me encantaría conocer tus reparos, y los de Graff, Beto, May, Mau… como en esa vida de antes, como cuando había vida… De hecho, me enteré de tu muerte viendo la serie. No sé si recuerdes que yo acostumbraba decir que nuestras condiciones de trabajo podían no ser ideales, pero podría ser peor, podríamos trabajar para una revista de finanzas. Bueno, acabo de agarrar una chamba parecida: una revista sobre función pública… Ríete, Eva. El caso es que me había dado un descanso para ver Iron Fist y llegó un mensaje que anunciaba una historia triste. Lo primero que pensé fue: “¿ahora quién se murió?”. El día anterior me había pasado un cumpleaños bastante lúgubre, no quería saber más de esas historias. Así que lo sacudí de mi cabeza e intenté seguir las aventuras de Danny Rand. Pero el celular siguió vibrando, con mensajes de gente de esa vida pasada. Y no pude más, congelé a Iron Fist… y me desinflé. Sentí que lo último de mí que me unía a Marvel se había extinguido contigo, mi Punisher Editorial, como te bauticé -la "Capitana", que  te decía Mario, de Producción-, la niña en quien me reflejaba porque le había ayudado a hacer su sueño realidad. Yo, que no tengo hijos, sólo en esta pobre medida puedo acercarme al dolor de tu madre, a quien abrazo con el alma.
Desde mayo no usaba ninguna de mis camisetas de Marvel. Hoy me puse una, por ti. De Deadpool. Después de todo, tenemos esa peli pendiente, y me debes mis cómics. Te me adelantaste a la sala, apártame buen lugar. Me despido, todavía me falta el último capítulo de Iron Fist, ahora que nos veamos, lo comentamos.

Fueron dos años y medio que te prometo no malbaratar con ningún demonio.

Gracias.

Te quiere, te va a extrañar:

-Arturo

México, Ciudad. 24 de marzo, 2017.

sábado, 12 de noviembre de 2016

L.C.

They're going to give my heart a medal for letting go of you.
-Leonard Cohen

Cuando me enteré de la noticia
andaba un poco mareado
-últimamente paso mucho tiempo
mareado. Y respiré hondo para no llorar
-este año ya mucho he llorado.

No es que fuera algo inesperado,
hiciste un disco para avisarnos.
Una broma pesada, una capilla ardiente,
como asistir a tu propio velorio.
Eras el bufón de la funeraria,
la plañidera en media orgía.

Me funcionó unas cuantas horas
el teatro de los ojos secos, suficiente
para cumplir algunas obligaciones,
restar y sumar números -tú sabes
que las cuentas nunca salen.
Cuando la ciudad cayó, levanté
mi ramillete de lágrimas, pero tú sabes
que ya estaban secas, bien lo sabes:
desde el primer día estaban secas.

Tú, con tus rotas tablas de la ley.
Tú, con aguafuertes de noche y deseo.
Tú, de sombrero y nudo en la garganta.
Tú, mi amigo el traidor, el más querido.

El pequeño judío que escribió la Biblia, tú.
El dueño de la vida secreta, el que firmaba
L.C. los cuchillos, las cartas. Tú lo sabes.
Tú: Leonard Cohen.

jueves, 13 de octubre de 2016

Dylan Nobel

  The first mistake of art is to assume that it's serious.
― Lester Bangs

No me pusieron el nombre por Bob Dylan, 
me lo pusieron por un perro que se llamaba Dylan
― Dylan Mee en la película We Bought a Zoo

Amanecí de buenas porque, aparte de anoche haber presenciado un vibrante concierto de The Who que estuve a punto de perderme, me enteré de que Bob Dylan es Nobel de literatura. El hecho me alegró porque significa un reconocimiento al poder de las canciones en la vida de la gente, que la canción -tan vilipendiada en los últimos dos siglos hasta por sus propios creadores- posee una fuerza capaz de sacudir el espíritu humano como hace el mejor arte. En un año de sombrías noticias para quienes valoramos el milagro de bolsillo que es una canción, esto es un día de sol.

No sé bien cuáles sean los lineamientos que guían la elección del premio Nobel de literatura, ni me interesa (la verdad no me interesa conocer los detalles del mayor galardón literario en el mundo cuyo principal chiste es que nunca premió a Jorge Luis Borges, empecemos por ahí). Supongo que tendrá algo que ver con la huella que un autor deja en la cultura de su tiempo. Y si me pongo a pensar en escritores vivos que hayan impactado en nuestra manera de ver el mundo y de los creadores que les siguieron, pocos, muy pocos vienen a la mente que puedan competir con Bob Dylan. "¡Canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles!", oímos en el amanecer de la literatura, así que tiene lógica que uno de los máximos cantores de la cólera de nuestro tiempo sea flamante premio Nobel antes que un oscuro literato leído por un puñado de elegidos. Si hoy discutimos los méritos de Boby Dylan es porque en menor o mayor medida, mal que bien, todos tenemos alguna noción de su obra y su persona, lo que ya es prueba de su trascendencia.

Con Bob Dylan, el rocanrol –y me atrevería a decir que la canción popular en general- alcanzó estatura intelectual. Dylan introdujo temas nuevos, estructuras líricas inéditas, estilos narrativos que sólo permitía la vocación mestiza de esta nueva música… y por si fuera poco culminó lo que Sinatra había iniciado: hacer del micrófono un instrumento de acceso a la intimidad del espíritu humano a través de la voz. Cuando Dylan mudó del sonido acústico al eléctrico le gritaron “¡Judas!”, así que estos eruditos de tocador desgarrándose las vestiduras por lo del Nobel no son nuevos para su mundo.

Si me pregunta, a mi gusto, si le iban a dar el Nobel a un rolero –que al cabo eso es Bob Dylan-, se lo hubieran dado a Leonard Cohen. Pero lo cierto es que, sin el precedente de Dylan, difícilmente el muchacho Cohen se habría decidido a dejar de escribir novelitas viajadas con poca repercusión para convertirse en gran ministro de la canción. Y ese es el meollo del asunto. Sin Dylan no habrían existido Lou Reed, Bruce Springsteen, Neil Young, Nick Cave, PJ Harvey, Santiago Auserón, Charly García, Jaime López, Gerardo Enciso y más allá; o existirían de una manera muy distinta, pero no como algunos de mis escritores de canciones favoritos. Nada más en tres películas o series que vi la semana pasada, Dylan fue citado en la banda sonora o directamente en la trama. Ahora circulan memes al parecer con la intención de ridiculizar a Bob Dylan como si fuera un pendejo, y Bob será hermético y hasta mamón, pero no es ningún pendejo, un pendejo no afecta las mentes de tantas personas. En ese aspecto, no dudo al comparar la obra de Bob Dylan con el Quijote, o ni más ni menos, con Borges, que justo por eso es considerado el gran perdedor del Nobel: porque aunque no lo hayas leído, te toca, por impregnar muchas de las cosas que vinieron después. Sus memorias en Chronicles vol. 1 rinden una gran narración, aunque su libro Tarántula es infumable, pero bueno, a Faulkner no le exigieron ser un poeta destacado para premiar al extraordinario novelista que fue, ¿cierto?

Dicho lo anterior, hay una parte del Nobel a Dylan que me consterna y tiene que ver con algo que ya le cuestionaban desde los 60. Cuando dio el volantazo de acústico a eléctrico, algunos críticos se preguntaban si no era una transigencia de su parte, si no era ceder en la radicalidad política del folk al subirse a la moda eléctrica del rock para volver más digerible su mensaje. Como dije, a mí me parece que la música salió beneficiada con estupendos discos como Highway 61 Revisited, Blonde on Blonde (el primer álbum doble de la historia) o Blood on the Tracks, pero lo cierto es que la aparición de Dylan dotó al rocanrol de una seriedad que no necesitaba para volverlo más puramente “rock”. Y como dice el vicioso viejo sabio de Keith Richards, el rock vende discos, pero el rol es lo que mueve los corazones. A partir de que Dylan cruza el umbral, todos en la fiesta se ponen más serios; las letras tenían que ser poesía y las rolas, “composiciones”; ¿no hasta los Beatles se dejaron de yeah-yeah-yeahs para tocar cítaras? Ese es mi problema. En el rocanrol yo no busco “alta cultura”, “bellas artes” ni mayor refinamiento; si quisiera eso, me metería a un museo o a un concierto sinfónico. A mí lo que me atrajo del rocanrol desde un principio es que parecía más cercano a la vida que cualquier arte académico, era sudoroso, sucio, profano, electrizante en el más amplio de los sentidos, no hacía falta ser culto o virtuoso, lo esencial para el rocanrol, como decía uno de nuestros muertos de 2016, Lalo Tex, era querer echar desmadre. Cada vez encuentro que me gusta más el rocanrol en las antípodas de Dylan, las canciones directas, las letras sencillas que nunca ganarían un Nobel, el puro afán de echar desmadre, porque a mí me gusta el arte, pero prefiero mil veces echar desmadre, y si algo no hace falta en los clubes de rocanrol es una comitiva de seudointelectuales llorosos porque no se reconoce el auténtico talento, de por sí ya andamos sobrados de ellos.



viernes, 20 de diciembre de 2013

Comandante Cohen, desertor

Textito escrito a finales del 2011 para una revista del Colegio Madrid que, de hecho, nunca vi impresa, así que no estoy seguro de si llegó a publicarse. En aquel entonces LC acababa de ganar el Premio Príncipe de Asturias. Como ese fue el motivo primario, decidí dejar lo de "flamante ganador" y su edad de entonces (70, ahora cuenta dos años más). A partir de ahí, creo que se trata de una reflexión sobre la escritura, la necesidad de trabajar para comer y el azar de que en ocasiones sólo encuentres trabajo de bufón. Espero que no les incomode demasiado...


Comandante Cohen, desertor
Para Mora in my secret life

Poeta, monje, mujeriego. Ninguna de estas palabras viene mal aplicada a Leonard Cohen. Ninguna alcanza. Tan engañosas las palabras, tan poco fiables, esas manoseadas herramientas eligió el canadiense de 78 años para, como dicen por ahí, “ganarse la vida". Al final a eso se reduce todo, ¿no? Sobrevivir. Un descubrimiento que marcó la diferencia para el flamante ganador del premio Príncipe de Asturias de Literatura, a quien no debe escapársele la paradoja de recibir semejante galardón básicamente por su renuncia a la vocación literaria. Y ya que hablamos de renuncia, necesariamente hablaremos también de trabajo, concluimos entonces que lo único posible de afirmar sin margen de error sobre Leonard Cohen no difiere mucho de lo que diríamos sobre casi cualquier persona que trabaje para comer.
Siendo un escritor publicado, incluso reconocido en su país, creía que le bastaría para asegurarse un futuro. Pero ni siquiera le alcanzaba para poner uvas y nueces en la mesa que ya compartía con mujer y el hijo de otro que le acompañaba. Entonces se le ocurrió. Había experimentado maridajes de música con su poesía, en una lectura se atrevió a cantar acompañado por su tímida guitarra española encontrando tibia recepción de sus colegas literatos; distaba de ser un músico formal, apenas calificaba de aficionado, cuando se acomodaba junto a las rocolas en los cafés y bares que frecuentaba confesaría después que “no era para estudiar la música, sino el lugar en donde estaba… y a las meseras.” Aguantando las burlas del ghetto intelectual canadiense que pronosticaba debacle a ese susurro de voz monótona y quebradiza, con nada qué perder excepto su prestigio intelectual, claudicó a tal grado que por un momento consideró adoptar un pseudónimo artístico. En 1966, ese hombre que nunca llegó a llamarse September, con 32 años y los vientos en contra, emprendió su metamorfosis de escritor respetable a figura enigmática del pop. No hay actos descabellados para el hambriento.
Entró demasiado tarde a la fiesta para considerarlo una estrella de rock natural. Leonard Cohen ocupa esta zona ambigua en que parece gustarle a gente que preferiría estar leyendo en lugar de oír música o aspirantes a escritores que en el fondo envidian los reflectores de la farándula. Hasta donde alcanza a percibirse, esta indefinición le agrada. Hijo de un militar, sobre su empleo de vocabulario bélico ha dicho, “si se fijan en mis canciones antiguerra, también son antipaz”.  Ha encontrado la manera de unir los polos de esta postura, irreconciliables en el vistazo superficial, recurriendo a la figura del desertor. A Leonard Cohen le encantan los papeles de embustero. Al menos en las canciones. Una de ellas, de hecho titulada “El traidor” (“The Traitor”), describe a un hombre relacionado con una mujer por un deseo que en principio supone exclusivamente carnal para caer abatido por la fascinación sublime, de modo que cuando asesta “en campos de batalla, de aquí a Barcelona/me enlisto con los enemigos del amor”, el escucha intuye un significado opuesto, seducido como el protagonista por los muslos de la dama que lo abandona pero lo castiga dejándole su cuerpo. “A veces descubres que el valor de la misión consistía en no cumplir la misión”, anota en el documental de 2005 I’m Your Man.
Hay que irse con cuidado antes de desestimar las argucias del embustero. En “Field Commander Cohen” dibuja la siguiente caricatura de sí mismo: “nuestro espía más destacado, herido en la línea del deber, lanzándose en paracaídas de ácido a fiestas diplomáticas de coctel, urgiendo a Fidel Castro retirarse de campos y castillos”. Cabe rescatar los elementos de humor en un personaje cuyos seguidores han investido de una solemnidad que amenaza con opacarlo so pretexto de su eminencia literaria. El bufón es el sastre del traje nuevo del emperador porque su tarea es desnudar.
A mediados de la década de 2000, contra su voluntad, volvió a salir de gira. Un desfalco de su representante le devolvió las angustias económicas que lo llevaron a cantar en un principio No obstante, los conciertos rindieron hermosas demostraciones del romance con un público tornado numeroso durante los años que pasó siendo Jikan -el monje inútil-, enclaustrado en un monasterio budista cerca de Los Ángeles, con la cabeza rapada mientras añoraba los cigarrillos y un cuerpo femenino. De su regreso a los escenarios da testimonio el dvd Live in London. Registrado en una presentación de 2008 incluye “Anthem”, con una letra que tañe: “hay una grieta en todas las cosas, así es como entra la luz”. Me gusta creer que ahí ofrece un indicio del velo que vino a levantarnos. Pero más adelante Cohen es explícito en la visión metafísica. Conforme va apagándose “Tower of Song” comenta que esa noche le han sido revelados los grandes misterios de la existencia. “¿Quieren oír la respuesta?”, pregunta a la audiencia. “¿De verdad están hambrientos de la respuesta?”, nos pregunta a todos. “La respuesta a los misterios es…”  y en un murmullo repite las sílabas que sus coristas han ronroneado a lo largo de la canción: “du-da-dom-dom-dom-da-dum-da-dom”. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El Sonido Boston, por Wayne McGuire


Uno sólo puede mostrarse estupefacto ante la presunción de los Doors: ¿irrumpir en el Otro Lado? Difícil, si están aquí firmemente apoltronados. Pues queda claro que irrumpir en el otro lado no resulta sencillo. Probablemente el único grupo de rock que lo haya conseguido sea el Velvet Underground, hijos del Burroughs metálico y el Genet vestido de cuero, en “Sister Ray”, de White Light/White Heat (Verve V6-5046). Pues para irrumpir en el otro lado es necesario deslizarse por ese diminuto agujero que conecta la dimensión de las emociones humanas con la corriente en chorro de las energías superhumanas. Por supuesto, hay unos cuantos músicos estadounidenses que han irrumpido en la ionosfera, los más notables John Coltrane y Pharoah Sanders en Meditations. Pero mientras Coltrane y sus discípulos son la culminación de la Nueva Música Negra, los Velvet Underground son profetas de una nueva era, de irrumpir usando intermedia[i] electrónica. Pero basta de este estilo de pseudo-reseña, pues:
HA LLEGADO EL MOMENTO DE QUE LAS DISTORSIONES ARDAN. Con fortaleza de corazón he observado en silencio a los enanos espirituales mutilar todo lo que era sagrado. Pero he aquí que mi resignación llega a su fin y espada flamígera en mano barreré con todos esos feos tumores que en el desfile pasan por crítica musical perspicaz.
Probablemente la injusticia más flagrante que los medios de la escena musical contemporánea hayan perpetrado sea la cobertura virtualmente inexistente del Velvet Underground. Ha habido unos cuantos intentos de reconocimiento en Crawdaddy, Vibrations y Jazz & Pop, pero en general cuando los reseñistas encaran un fenómeno que no encaja en alguna de sus simplonas ranuras preexistentes optan por volcar todo su material en grupos sintéticos que se han ganado la aceptación masiva. Así pues, los Velvet Underground, que musical y mentalmente están por lo menos dos años adelantados a su tiempo, son ignorados, mientras los Doors, un grupo que artificialmente pretende ser la caótica no-entidad que domina el Velvet Underground, reciben cascadas de publicidad. Pero al final, como siempre, la verdad saldrá a la luz y el cascarón del artificio se desintegrará revelando a los Velvet Underground en el núcleo, donde siempre han estado.
Esta es una reseña sobre Velvet Underground, esta es una reseña sobre el fin del mundo, esta es una reseña sobre el Anticristo y Cristo, esta es una reseña sobre la Vida y la Muerte, esta es una reseña sobre el mañana y el para siempre. Pero primero deben subir/bajar/entrar aquí donde los aires son fuertes/débiles pero oh tan intoxicantes. O como C.S.Lewis lo describió en una notable faceta de retroalimentación burroughsiana en Esa fuerza atroz:

Abruptamente, como si algo brincase hasta él a través de distancias infinitas con la velocidad de la luz, el deseo (el salado, negro, famélico, incontestable deseo) lo cogió del pescuezo. Para quienes lo hayan sentido su mera alusión debe transmitir esa cualidad emotiva que ahora lo agitaba a él igual que una rata agita a un perro; para los demás, quizá no haya descripción que valga. Hay muchos escritores que lo describen en términos de lujuria: una descripción admirablemente iluminadora cuando se tiene y completamente errónea cuando no se tiene. No guarda relación alguna con el cuerpo. Pero es parecido a la lujuria en dos aspectos pues como a la lujuria se le encuentra en la cámara más oscura y profunda de su morada laberíntica. Y, como la lujuria, desencanta al universo entero. Todo lo demás que Mark había experimentado –el amor, el hambre, la ambición, la misma lujuria – no parecían más que leche y agua, juguetes infantiles que no valían un solo temblor de los nervios. La infinita atracción de ese objeto oscuro succionaba las demás pasiones en su interior: el resto del mundo lucía pálido, deslavado, insípido, un mundo de casamientos blancuzcos y misas blancuzcas… Estas eran las criaturas –y no dudaba que se hallaban presentes con él en la celda- de las cuales Frost había dicho exhalaban muerte sobre la raza humana y toda clase de alegría. No pese sino gracias a ello era que la terrible gravitación lo succionaba y lo jaloneaba y lo fascinaba en esa dirección. Nunca antes había conocido la fructífera fuerza del movimiento contrario a la Naturaleza que ahora lo controlaba; el impulso de revertir cualquier contrariedad y de dibujar todos los círculos en sentido opuesto a las manecillas del reloj. El significado de ciertas imágenes, de lo que Frost decía sobre la “objetividad”, de las acciones de las brujas en la antigüedad, se le aclaraba. Acudió a su memoria la imagen del rostro de Wither: esta vez no se limitó a aborrecerlo. Notó, con estremecedora satisfacción, las señales ocultas de la experiencia que compartían. Wither también sabía. Wither entendía.

Warhol también sabía. Warhol entendía… Aunque esto seguro es simplificar demasiado, ¿no? Después de todo, C.S. Lewis sólo defendía un cristianismo agonizante, ¿o no?
¿Pero por qué Bob Zimmerman le tenía un miedo del carajo a Warhol? ¿Por qué Zimmerman temía que Warhol quisiera destruirlo? No era un simple caso de “muchacho campirano conoce la gran ciudad”. Porque algo pasa, Bob, y ¿…? Pero ya estuvo bueno de crítica sarcástica. Sería mejor preguntarse, ¿por qué Bob Zimmerman se ha vuelto moralista, quizá incluso fundamentalista cristiano, en John Wesley Harding? ¿Lo recuerdan antes del accidente,[ii] cuando sus letras iban poniéndose cada vez más esquizofrénicas y chillaba horrorizado porque creía estarse volviendo “malvado”? El accidente en sí debe haberle provisto una visión del no-ser extremadamente intensa. ¿Fue por eso que se convirtió al cristianismo? Lo dudo. Por si no lo saben ahora mismo se libra una guerra y los mejores espíritus humanos se encuentran en el frente o cayendo en la batalla. La mayoría de ustedes allá fuera siguen con sus pequeñas exploraciones sin saber que el techo está por derrumbarse, pero esperen, oigo que llega un mensaje del campo de batalla: “BOLETÍN… BOLETÍN… BOLETÍN… Yo-uh-quisiera-uh-reportar un caso de circuitos sobrecargados y-um-muchos casos-uh-de insensato idiotismo progresivo… firma A. Warhol”.
Sí, Bob Zimmerman decidió alejarse del fragor de la pelea por un tiempo (fue mucho de nada), la cosa por ahí estaba poniéndose muy pesadillesca, y cuando un reseñista de Life afirma que Dylan ha desenchufado la música moderna lo que uno debe responder es ¿qué? Pues Dylan abandonó su puesto en el núcleo vital y abdicó su derecho a la acción o el diálogo significativos. Pasó del humanismo (las canciones de protesta) directamente al “nihilismo” (las canciones surrealistas esquizofrénicas) y de regreso al humanismo (las canciones morales), un humanismo más sofisticado que el anterior, pero humanismo al fin. En las artes de hoy sólo Tolkien conjunta una perspectiva cristiana honesta, lúcida y poética.
Tengo frente a mí la edición de Crawdaddy de febrero con una pretenciosa reseña de Paul Williams acerca de los Beach Boys, los Rolling Stones y el Jefferson Airplane. La reseña es una burbuja que implora un pinchazo, pero para qué tomarse la molestia. Me acuerdo de ellos en la prepa, ¿ustedes no? Intenté ponerles “Impressions” de Coltrane, una pieza de música densa y comprometida en un diálogo significativo creada por un espíritu noble que lo arriesgaba todo en el campo de batalla mientras andaban muy ocupados escuchando a los Beatles y a los Stones y con la masturbación adolescente (no puedo obtener satisfacción; ¿a esa bazofia le llaman rebelión?); ahora han aprendido algo de jerga musical y se metieron speed para la introspección y les ocupa alimentar el síndrome Beatles-Airplane-Doors o andan metidos en anticuados riffs de blues negro vía Cream, Butterfield, Bloomfield, Canned Heat o Traffic. Por Dios, ¿no se dan cuenta de que están comprometidos en crear y perpetuar la Nueva-Música de Fondo Estadounidense? Por ejemplo, Charles Lloyd es Nueva Música de Fondo Estadounidense (Dios guarde la paciencia de Frank Kofsky[iii] que vio en Pharoah Sanders a alguien que bordeaba en una transformación de pura energía espiritual). Pero está cerca la hora en que se verán forzados a descartar sus ilusiones, ya que como alguna vez gimió el Buda en la agonía de un éxtasis dionisiaco: “la intermedia será el microcosmos espiritual del mundo, la herramienta de una revolución política y espiritual en Occidente, una manifestación del siguiente salto evolutivo en la conciencia del hombre”. Lo que traducido quiere decir: “eh, que hay que ser un clavado de los medios conectado a la inconciencia colectiva del país y navegar en la marea eléctrica de la historia humana”. Lo que en una mejor traducción sencillamente significa: “la intermedia será la conciencia colectiva de la Era de Acuario”.
Pero divago. En palabras sencillas, los Velvet Underground son el grupo más vital e importante de la actualidad. Se ubican en el centro feroz del dilema del siglo XX, como Nietzsche. Ya que Nietzsche vislumbró un momento futuro en que las ciudadelas del Occidente judeocristiano se desmoronarían silenciosas convirtiéndose en polvo. En ese momento nuestras pobres almas humanas se desgarrarán con un dolor más intenso que el producido por el calor de cientos de bombas de hidrógeno. Por supuesto, hay quien ha previsto semejante dolor. (Por ejemplo, Johnny Jones me describió el siguiente sueño: Es 1982. John Lennon, amo del mundo occidental, está sentado en la cabina de control mientras los bárbaros amarillos atacan la ciudad amurallada de Occidente. Lennon, en aparente control de la situación gracias a su dinamismo y dominio de la tecnología, aprieta unos botones entre la miríada del panel que tiene delante y dispara poderosos tranquilizantes psicodélicos al enemigo. Aun así los bárbaros prosiguen el embate. Gruesas gotas de sudor brotan de la frente de Lennon. Aprieta más botones que lanzan descargas superpoderosas de imágenes para controlar el pensamiento del enemigo. Los bárbaros prosiguen su embate y con ímpetu inhumano derriban las paredes cansadas. Un horrible alarido perfora los cielos mudos cuando al Hombre Occidental le sacan los ojos y desmiembran su cuerpo, otorgándole una muerte lenta y tortuosa. ¡Pero, caray, no era mi intención invocar la amenaza del peligro amarillo!) El propio Nietzsche cayó en batalla libre de compromisos, igual que Van Gogh, Rimbaud, Artaud y tal vez Joyce y Beckett. (En nuestros tiempos esos dos oráculos, Burroughs y Warhol, siguen en pie. Y, por supuesto, Mel.[iv]) Muchos están volteando a Oriente, pero las personas íntegras saben que enfrentan un dilema de tales dimensiones que una solución como esa no resuelve (no es casualidad que Hesse haya escrito Lobo estepario después de Siddharta). Otros exploran las raíces occidentales para concretar su fin y, de nuevo, el apasionado de la honestidad sabe que las raíces fueron arrancadas y que esa solución aparente carece de relevancia para el dilema (y puesto que el Renacimiento y la Iluminación cobraron los activos de nuestro legado medieval y ahora no nos queda nada, estamos en bancarrota). En resumidas cuentas, la verdadera pregunta es ¿cómo controlar y humanizar una tecnología que crece y prolifera de forma incontrolable, una tecnología abrumadoramente deshumanizadora, cuando el valor fundacional de esa humanidad tentativa se desintegra con rapidez y cuando muy probablemente los intentos humanos por controlar semejante poder (¿quién será el programador maestro?) estén corrompidos al extremo? Y si no cuentan con una respuesta sólida para esa pregunta mejor cállense. Claro que si son unos niños de la era postnihilista, parte de la humanidad emergente que evoluciona cristalinamente, en pocas palabras Personas Cristalinas, sin rostro ni raíces, esta pregunta no se habrá presentado a su mente, les parecerá insensata. Pero la solución iónica para ustedes ahora es que se preparen, cuando la semilla principal caiga sin saberlo serán las primeras víctimas. El Planeta Tierra, que tiembla y se estremece, está bañado por una luz extraña, una luz eléctrica demoníaca. Toda la creación gime y se retuerce por el siguiente paso evolutivo. O como murmuró Confucio hace no mucho: “Dentro de 10 años seremos buscados y encontrados a través del Haikú Cósmico de la Intermedia, el Orgasmo Apocalíptico, que reverberará por todo el planeta tierra disparando la telepatía mental masiva”. Y todo este tiempo probablemente pensaron que el Velvet Underground hablaba de drogas, homosexualidad y sadomasoquismo. Pongan más atención.
Aunque probablemente anden muy atareados queriendo profundizar en los detalles del Sgt. Pepper a causa de algún astigmatismo mental, una falta de visión. Es verdad que los Beatles perciben las vibraciones del centro feroz, pero se trata de vibraciones débiles que se manifiestan en un cinismo elegante que busca una vía de escape a través de un misticismo oriental edulcorado. Musicalmente, esta desabrida odisea espiritual ha dado como resultado un costal de trucos musicales lindos producidos principalmente por George Martin tomando rasgos superficiales de música electrónica y de la India. La crítica que Jonas Mekas hace de USCO, el colectivo interdisciplinario con base en Nueva York, también es aplicable a los Beatles:

El espectáculo de USCO… es la búsqueda de una experiencia religiosa, mística. Mientras en el caso de los Plastic Inevitable (el Velvet Underground) el deseo de una experiencia mística es inconsciente, USCO la persigue de modo más consciente. Han llegado a un lugar obteniendo cierta paz, cierta introspección, y ahora están empezando a meditar. No obstante, con frecuencia me da la impresión de que el estado de meditación mística de muchos de mis amigos en los círculos psicodélicos no es en realidad el inicio de la nueva era o de la consciencia cósmica, sino la paz crepuscular de la Era del Pez, la Era Cristiana: la meditación vespertina. Con los Plastic Inevitable, por otro lado, la pista de baile y el escenario se cargan con la energía de un quiebre dramático justo antes del amanecer. Si en el espectáculo de USCO me sentí rodeado por la tradición, el pasado, los vestigios de las religiones orientales; con los Plastic Inevitable todo es Aquí y Ahora y Futuro.

Espiritualmente el único equivalente al Velvet Underground es Mel Lyman. Resulta interesante notar que ambas fuerzas producen reacciones similares en la gente: incomprensión indiferente, hostilidad vagamente comprensiva y sumisión comprensiva. El primer grupo no tiene la más remota noción de lo que sucede puesto que están muertos para el mundo; el segundo siente amenazado su pequeño ego (como el personaje que luego del más reciente recital del V.U., desconsolado y molesto, escupió: “¡apestan!” de modo muy afín a las cartas que Mel recibe de pobres diablos diciéndole que está acabado); el tercer grupo entiende que el V.U. y Mel son simplemente conductores a través de los cuales actúan fuerzas superiores y escuchan con atención.
Pero de lo que verdaderamente me interesa hablar es de la música del Velvet Underground. Esencial para esta música es el papel del bordón.[v] No el bordón grueso como un lápiz de la música de la India emitido por espíritus y sistemas nerviosos que creen haberlo descubierto y probablemente así haya sido dentro de su limitada estructura de las cosas, sino un bordón amplio como una casa, un bordón proveniente del sistema nervioso del Ciudadano del Nuevo Mundo al desplomarse en el Torbellino Cósmico. Existen dos niveles de bordón, el de octava alta y el de octava baja (que corresponden a los bordones del sistema nervioso central y del sistema circulatorio), producidos por dos sistemas nerviosos muy fuertes que pertenecen respectivamente a Lou Reed y John Cale. No siempre es posible oír el bordón, más bien se le siente como esencia pura y presencia perpetua.
Esos sistemas nerviosos producen la distorsión constante y la proyectan a través de los amplificadores convertidos en perfectas extensiones humanas; es orgánica y sale del hueco interior en sus almas; y sus almas están conectadas con la madre tierra, su energía se genera en el núcleo del planeta tierra y es enviada por sus pies hasta sus cabezas y de ahí a sus manos y amplificadores para crear una pared sónica que conforma una película de ricas y bellamente intrincadas texturas de expresionismo abstracto. En los momentos de clímax, la distorsión es un éxtasis místico suspendido en el cual el espíritu se transforma en espejo negativo de sí mismo donde las corrientes de energía entran y salen del espíritu simultáneamente a la velocidad de la luz. El único otro músico que ha estado cerca de una concepción tan profunda de la distorsión fue Jimi Hendrix en Are You Experienced? Pero como puede escucharse en Axis: Bold as Love, le faltó energía para mantener esa poderosa concepción; y al concentrarse en aspectos musicales tan superficiales como la melodía y la progresión armónica ha degenerado a nivel de músico de jazz de segunda a la Roland Kira o Yussef Lateef.
Y, por si acaso lo ignoraban, la nueva música no trata de notas y estructuras bonitas. Trata del espíritu, la energía, las presencias y los sistemas nerviosos. ¿Por qué John Cale es el bajista más pesado del país hoy en día? Porque su sistema nervioso es un aristócrata de los sistemas nerviosos, por la honda y oscura electricidad que es capaz de proyectar con su bajo y su viola. ¿Y por qué Maureen Tucker es la baterista perfecta para el V.U.? Por su espiritualidad y su sistema nervioso. No hay otro baterista en el mundo que pueda tocar el arquetípico 1234 con tal perfección, con un peso que raya el rito religioso (no necesariamente en la forma de una misa negra). Esa cualidad ritual es uno de los pilares en los que descansa la poderosa unidad estilística de los Velvets, un elemento estilístico reconocible de inmediato desde las primeras notas como si fuera el pulso machacante de un organismo similar a una máquina (nada más escuchen un compás de “The Gift”). En esencia ella desempeña el papel de Elvin Jones para el Coltrane de Lou Reed o de Sunny Murray para el Albert Ayler de Reed.
No es coincidencia que el Velvet Underground haya sido un elemento orgánico del Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol. El ahora extinto Inevitable permanece como uno de los ejemplos más avanzados y sólidos de arte con intermedia. Aunque producciones posteriores como Third World Raspberry de Al Rubin han alcanzado una mayor destreza técnica en el plano visual, todavía nadie ha sabido cómo transmitir un espíritu guía a través de esta forma compleja tan bien como Warhol y los Underground. Otra vez Mekas: “El Inevitable sigue siendo la expresión más dramática de la generación contemporánea: el sitio donde sus necesidades y desesperaciones quedan expuestas de manera más dramática”.
Que el Velvet Underground actualmente sea el único grupo verdaderamente intermedia del país ha quedado evidenciado por sus apariciones en el Boston Tea Party. Mientras todos los demás grupos (por ejemplo, Country Joe and the Fish en el Tea Party, los Doors en el Crosstown Bus, los Greatful Dead en el Psychedelic Market, etc.) tocan su música mientras el “espectáculo de luces” (vaya fórmula tan lamentable) hace su numerito sin que ninguno de los dos coincidan una sola vez, el V.U. provoca una fusión orgánica de imagen, luz y sonido. Dicha fusión es provocada (1) por su alto nivel de energía, (2) por la conciencia que tienen de la imagen y la luz: “tengo los ojos bien abiertos”, intenta engullir el flujo de luz/imagen del organismo mediante una visión periférica, (3) por el sofisticado uso que le dan a las proyecciones de video (por ejemplo, una noche mientras tocaban “Venus in Furs”, Lou Reed fijó la vista en una película que mostraba su rostro en acercamientos y alejamientos rítmicos, estableciendo una conexión espiral de distorsiones a través de sí mismo, la música y el flujo de luz/imagen).
Dije al principio en pocas palabras que “Sister Ray” había conseguido irrumpir en el otro lado. La pieza es un triunfo supremo en la revolución rock y un reproche a los remiendos inorgánicos del Sgt. Pepper (tener un motivo subyacente no hace que un álbum sea orgánico en lo musical), al Their Satanic Majestic Request e incluso al We’re Only in It for the Money, de las Mothers (benditos sean sus corazones). Yo sólo sé de cinco grabaciones de música estadounidense que estén a esa altura: “India” e “Impressions”, de Impressions, por John Coltrane; “Bells”, de Bells, por Albert Ayler; “D Trad, That’s What”, de Live at the Café Montmartre, por Cecil Taylor y “The Father and The Son and The Holy Ghost”, de Meditations, por John Coltrane y Pharoah Sanders (junto a cientos de intentos fallidos, siendo “Revelations” de Love una de las más burdas gestaciones malogradas entre muchas otras). “Sister Ray” se asemeja mucho a “Impressions” por tratarse de un ejercicio de estamina emocional sostenido y modal en el sentido más profundo: el modo como motivo espiritual, el modo como infinito universo musical. En cuanto a su unidad orgánica, aunque la pieza cuenta por lo menos con 12 cambios en sus17 minutos de duración, les resultará difícil identificar con claridad los puntos de transición, cada sección fluye y se mezcla bellamente con la que sigue.
Presten especial atención a las técnicas verbales de Lou Reed en este corte. Moldea y combina y estira y desarma las palabras y las frases para crear un cruce de corrientes rítmicas complejo y efectivo sin precedentes en el rock. Noten también cómo Sterling Morrison interpreta a la perfección su acostumbrada función de llenar el espacio intermedio entre Lou y John Cale.
“Sister Ray” supera a “Impressions” en la profunda estructuración de texturas que provee el trabajo al órgano de John Cale. La concepción arquitectónica de Cale es marcadamente sutil y amplia –recuerda la aproximación orquestal de Cecil Taylor al piano pero es más efectiva gracias a su austeridad electrónica (fusión y trascendencia de Taylor y Stockhausen). Cale de hecho construye un impresionante castillo de granito mediante grupos tonales alrededor de Lou, Sterling y Maureen; un lugar espléndido para vivir. Y ese maremoto de bordones que inunda las últimas secciones al principio de la pieza con un ataque aéreo de tambores explosivos: ésta es la corriente en chorro de las energías superhumanas, ésta es la dimensión que uno descubre al irrumpir. Y recuerden, “Sister Ray” no habla de inyectarse metadona, fellatio o asesinato. Más bien describe el mayor trastorno cósmico en la historia del hombre, y ustedes viven en medio de él. (Y no me refiero a disturbios menores como la Guerra de Vietnam y la crisis racial, inconsecuencias en la Era de Acuario que presenciará la callada desaparición de todos los sistemas políticos, incluidos el comunismo y la democracia capitalista, para sustituirlos con una teocracia electrónica universal).
“I Heard Her Call My Name” es también una pista destacable simplemente porque contiene uno de los trabajos de guitarra líder más avanzados que vayan a escuchar al menos por uno o dos años. Me refiero al emocionante fraseo impredecible pero preciso de Lou Reed y a la tensa línea en el límite de la difracción tonal sobre la cual camina robando el aliento. Comparen esto con la relativa blandura de las líneas marcadas por Hendrix o Clapton y creo que entenderán a qué me refiero. Asimismo, la pista contiene uno de los momentos más ricos que se hayan escuchado en la música: una pausa de silencio de una fracción de segundo después del segundo “mi mente está partida” que presagia la explosión de distorsión que se avecina.
El corte “White Light/White Heat” ilustra mejor mi anterior afirmación de que John Cale es el bajista más pesado del país actualmente. Si escuchan esta pista en un tocadiscos portátil colocando las bocinas una a cada lado de su cabeza, notarán la profundidad y resonancia con que se percibe cada nota del bajo. La mayoría de los bajistas de hoy tocan notas bidimensionales, pero John toca bloques de granito tridimensional (cuestión de entonación y densidad, no de volumen; es la misma diferencia que hay entre las botellas de Coca bidimensionales de Rauschenberg y las latas de sopa Campbell tridimensionales de Warhol), revelando un dominio absoluto de su instrumento y una penetrante conciencia de su música hasta el mínimo detalle. Su cuerpo y su mente están perfectamente afinados en sincronía con la escala del bajo, lo cual explica su capacidad para proyectar un bordón incluso cuando se limita a tocar una línea de bajo normal (sensibilidad que quizá desarrolló durante su estancia en el Theater of Eternal Music de LaMonte Young). Comenté esta cualidad tan particular a LeRoi Jones y él subrayó: “Muy profunda, muy gratificante. Especialmente esa manera que tiene de hacer thud, thud”.
En un análisis más detenido, la aparente simpleza de la línea de bajo se interna en dimensiones sutiles. Observen por ejemplo  que hay secciones de “White Light/White Heat” en las que John apenas lleva el ritmo, alterando sutilmente la infraestructura rítmica para crear una nueva y extraña tensión. Esta misma sensibilidad filosa aparece en la obertura de “European Son”, del primer álbum. Noten cómo Lou entra detrás del solo de bajo de John del principio apretando sutil pero significativamente la infraestructura rítmica.
En cuanto al resto del álbum, dejaré que ustedes mismos lo descubran. Olvídense de escucharlo en la radio porque hasta los programadores más subterráneos tienen la cabeza metida en el culo. Así que cómprense una copia. Dentro de algunos años se le reconocerá como un parteaguas en la evolución de la música universal que ahora está emergiendo. Pero, más importante aun, escuchen al V.U. en vivo. Es absolutamente indispensable si les interesa entender su mensaje íntegro, reciban todo el impacto visceral. Ni se preocupen por la posibilidad de obtener una versión rebajada del álbum, al V.U. no le hace falta ayudarse de trucos de estudio.

***

Releo lo anterior y me doy cuenta que no les he contado más que 50% de la historia. El Velvet Underground posee algo más que el dominio electrónico de un poder atroz y “Sister Ray” (que ha sido descrito como “Pan molido para el monstruo metálico de Frankenstein”) revela sólo una parte de su naturaleza. También crean música folklórica en el más amplio sentido. Particularmente en piezas más recientes que no han grabado todavía (“I’m Waiting for the Man” y “Heroin” ya ocupan cierta posición de clásicos folklóricos), Lou Reed está convirtiéndose con rapidez en un letrista incisivo, creando una mitología folklórica de la ciudad de Nueva York y de nuestra generación que suena profunda y verdadera entre el montón de torpe y dispersa imaginería artificialmente surrealista y las lecciones baratas de moralidad pseudo-mística que produce la mayoría de los grupos nuevos. Son letras que transpiran vida real y no conjeturas vacías, que revelan un lado humano y amoroso, unos sentimientos casi wagnerianos (contrario a ese comentario vulgar que un sabelotodo realizó acerca del trabajo de fúnebre belleza de la viola de John Cale en “The Story of My Life”: “Hasta quienes son perseguidos injustamente y los monstruos de apariencia inconmovible tienen sentimientos y pueden derramar una lágrima de vez en cuando”). Los V.U. bien pueden ser los herederos del trono que Dylan dejó vacante como hacedor de mitos primarios para nuestra generación. Pero eso es materia de un libro que sin lugar a dudas alguien escribirá este verano.

***

Recientemente se ha hablado y escrito mucho sin sentido sobre la existencia o no y la naturaleza de un Sonido Boston. A estas alturas debería quedar bastante claro que los Velvet Underground y Mel Lyman son el Sonido Boston. Es irrelevante que al principio el Velvet Underground haya recibido una exposición importante en su ciudad natal, Nueva York, dentro del Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol. Fue en Boston, por medio de las ventas de sus discos y las presentaciones en el Boston Tea Party, que empezaron a encontrar cierta aceptación y una respuesta significativa (como que les hayan robado el equipo). Carece de relevancia que los instrumentos de Lyman sean los avatares y el cine, no la música. Lo relevante es que estas dos voces son las que de mejor manera reflejan el carácter y el espíritu de las fuerzas que operan en Boston, hogar de la primera Revolución Estadounidense. Un carácter y un espíritu que en el futuro cercano harán de Boston el centro de la segunda Revolución Estadounidense, una revolución del espíritu. Un espíritu que se descubre robusto de salud y puro moralmente al rechazar, en nombre de la verdad, las falsas resoluciones: el engaño cristiano, el engaño oriental, el engaño africano y el engaño humanista. Las poderosas energías que emergieron primero en la Costa Oeste aquí están hallando su razón de ser y su dirección. Como Mel Lyman, el Velvet Underground ha emitido un "Manifiesto Creativo” trasladado al sonido:

voy a incendiar el mundo
voy a derribar todo lo que no se mantiene por sí mismo
voy a transformar los ideales en mierda
voy a meterles la esperanza por el culo
voy a reducir a escombros todo lo que está en pie
y luego voy a incendiar los escombros
y luego voy a esparcir las cenizas
y luego tal vez ALGUIEN pueda ver
ALGO como realmente es
MANTÉNGANSE ATENTOS

McGuire, Wayne. “The Boston Sound” en All Yesterday’s Parties The Velvet Underground in Print 1966-1971. Clinton Heylin (ed.) Da Capo Press. Cambridge, 2005.
Versión al castellano: eRRe



[i] Como se verá, lo que entiende el autor por este término es de naturaleza muy semejante a lo que actualmente llamamos “multimedia”. Se ha decidido, sin embargo, respetar la formulación original para subrayar el vocablo como precedente histórico que de cualquier modo describe una tecnología hoy arcaica frente a los inmensos progresos de la cibernética ineludibles ante la mención de “multimedia”.
[ii] El famoso accidente de motocicleta que Bob Dylan sufrió en 1966 y al que siguió un periodo de retiro del ojo público y silencio discográfico que se rompería hasta 19…, con…
[iii] Frank Kofsky (1935 - 1997) was an American Marxist historian and author who was a Professor of History at California State University, Sacramento, from 1969 until his death. A musician himself, Kofksy wrote several books on Jazz mainly concentrating on the avant-garde of the 1960s and the relationship between musicians and the industry on which they depend
[iv] Se refiere a Mel Lyman (1938-1978), de quien hablará más adelante,
[v] Nota musical larga y mantenida, generalmente grave, sobre la que se estructura la melodía o el conjunto de voces de una composición o canción: el bordón es muy común en la música oriental.

lunes, 28 de octubre de 2013

VELVET UNDERGROUND: GOLDEN ARCHIVE SERIES, por Ellen Willis


VELVET UNDERGROUND: GOLDEN ARCHIVE SERIES
The Velvet Underground (MGM GAS 131)
1967-1969/1970

Una traducción, hecha también hace tiempo, de un texto extraido del libro Stranded, una invitación que en 1978 tendió Greil Marcus para que diversos autores escribiran sobre algún disco que se llevarían a una isla desierta. En el presente caso Ellen Willis eligió el álbum recopitalorio VELVET UNDERGROUND: GOLDEN ARCHIVE SERIES


  1. TE DEJARÉ ESTAR EN MI SUEÑO

Cambio de fantasía: acabo de ganar el primer Concurso de Ensayo Anual a la Memoria de Keith Moon (este año el tema fue “¿Ha muerto el éxtasis?”). El premio es un refugio antinuclear en las entrañas de Manhattan al que sólo es posible acceder mediante una entrada secreta en el sótano de CBGB’s. Está bien pertrechado: cuando entré al concurso me pidieron elaborar una lista de mis favoritos: droga (LSD), comida chatarra (Milky Way), camiseta(“Eat the Rich”), libro (Parade’s End), película (El mago de Oz), sencillo de rocanrol (“Anarchy in the UK”) y álbum de rocanrol. El álbum es Velvet Underground (no confundir con The Velvet Underground), una antología conformada por material de sus tres primeros LPs. (La versión especial que ordené de esta colección difiere ligeramente de la original; sustituye “Afterhours”, una canción que nunca me ha gustado mucho, por “Pale Blue Eyes”, una de mis favoritas.) Todas las canciones incluidas en Velvet Underground abordan el pecado y la salvación. La suerte ha querido que examine mis ganancias en el momento que un terremoto masivo ha destruido un laboratorio de guerra bacteriológica en la planta nuclear de Indian Point, contaminando la ciudad de Nueva York con una virulenta forma radiactiva de la enfermedad de los legionarios. Según parece, voy a seguir contemplando pecado y salvación durante gran parte del porvenir.

  1. ME ENCANTA EL SONIDO DEL VIDRIO AL ROMPERSE

En la ciudad de Nueva York a mediados de los sesenta el cantante principal, guitarrista y auteur del Velvet Underground, Lou Reed, realizó una conexión aciaga entre dos ideas aparentemente dispares: el rocanrolero como esteta auto-consciente y el rocanrolero como truhán[i] auto-consciente. (Aunque la palabra punk no se usó en su acepción de género hasta principios de los años setenta, cuando los críticos empezaron a aplicarla a rocanroleros incorregibles con un estilo agresivo de clase baja, un concepto que data de Elvis.) Los Velvets se disolvieron en 1970, pero la conexión del punk-esteta la siguieron enarbolando principalmente en Nueva York e Inglaterra intérpretes influidos por los Velvet como Mott the Hoople, David Bowie (más en su faceta All The Young Dudes que Ziggy Stardust), Roxy Music, y sus retoños, los New York Dolls, además de bandas menos proto-punks que tocaban en el Mercer Arts Center de Manhattan antes de que (literalmente) colapsara, los anti-punk Modern Lovers, el arqueo-punk de Iggy Stooge/Pop. Para 1977 esta misma dualidad emergía en formas nuevas de renovada fuerza bajo nuevas condiciones,para convertirse en la base de la nueva ola[ii] del rocanrol.
Existen importantes diferencias, tanto temperamentales como musicales, que separan a los punks y punkoides actuales de los Velvet y otros precursores, lo mismo que entre sí; el punk estadounidense (que sigue teniendo a Nueva York como centro) y sus contrapartes británicas no sólo difieren sino que, en cierto sentido, son opuestos. Aunque toda esta música pertenece a un género coherente, definido de implícitamente por la tensión entre el término “punk” y el más incluyente “new wave” con sus connotaciones arty. Si bien los Velvet inventaron el género, éste fue claramente anticipado por los Who: Peter Townshend, después de todo, es una especie de esteta y Roger Daltrey, una especie de punk. No debe sorprender que el impulso por crear una música que uniera la elegancia formal con la crudeza desafiante saliera de la clase obrera inglesa y tomara forma entre los bohemios de Nueva York; cada ambiente, a su manera, estaba altamente estructurado y dominado por el conflicto. Y el rocanrol como vehículo para ese impulso ofrecía ventajas incomparables: era definitivamente crudo, y aun así para quienes se entusiasmaban con su onda también ofrecía un lenguaje musical, verbal y emocional, rico en posibilidades formales.
Los Who, los Velvet y las bandas new wave comparten esta concepción del rocanrol; sus presupuestos estéticos básicos tienen poco en común con lo que popularmente se conoce como “art rock”. La noción del rock-como-arte que inspiró la conversión de Dylan a la guitarra eléctrica –la idea de hacer un rocanrol más complejo musical y líricamente, de combinar elementos de música jazz, folk, clásica y de vanguardia a ritmo de rock, de crear una “ópera rock” y una “poesía rock”- era, desde la perspectiva de un fanático del rocanrol, sospechosa. En el mejor de los casos estimulaba un eclecticismo vital e imaginativo que propagaba los valores del rocanrol al tiempo que los difuminaba y diluía. En el peor, racionalizaba una forma de movilidad cultural ascendente preocupada más por alcanzar la apariencia y las pretensiones del arte que las de la realidad: lo que importaba era hacer que el rocanrol “avanzara” volviéndolo digerible para la clase media alta. De cualquier forma sumergía al rocanrol en algo más amorfo y de tono más elevado llamado rock. Pero desde principios de los sesenta (Phil Spector fue el primer gran ejemplo) existió una contra-tradición rocanrolera que tenía mucho más en común con el arte “elevado” –en particular con la vanguardia- que la baladronada síntesis del art-rock: implicaba el uso más o menos consciente de los cánones formales básicos del rocanrol como material (de manera muy semejante a como los artistas pop usaban el arte de masas en general), refinándolo, elaborándolo, confrontándolo, para producir algo que podría llamarse arte rocanrolero. Mientras el art rock de forma implícita se basaba en el alegato de que el rocanrol tenía o podía tener el mismo valor que otras expresiones artísticas establecidas, el arte rocanrolero era resultado de un compromiso obsesivo con el lenguaje del rocanrol y un desdén igualmente obsesivo por quienes rechazaban ese lenguaje o querían rebajarlo volviéndolo más accesible. En los sesenta por lo común el mejor rock trabajaba en ambos sentidos: la particular virtud de la cultura de los sesenta fue su capacidad para difuminar los límites, trascender las contradicciones, tirarlo todo de un jalón. Pero en los setenta ambas tendencias han crecido en polarización: mientras el art rock ha concretado sus posibilidades más chocantes en algo como Yes (o, para el caso, Meat Loaf), la new wave heredó la contra-tradición, menos popular y más consciente de su papel de tradición que hace una década.
Los Velvet superan las categorías. Eran de lo más ecléctico: su música y sensibilidad sugerían influencias tan diversas como Bob Dylan y Andy Warhol, Pete Townshend y John Cage; experimentaban con un feedback demencial y notas aisladas, puras, y ruido puro; mostraban parcialidad hacia las melodías dulces, casi folkis; tocaban la viola eléctrica en el Camino Desolación. Pero básicamente eran artistas rocanroleros, que construían sus canciones sobre un ritmo a veces más implícito que audible; sobre letras simples, duras, sucintas acerca de su peliagudo mundo urbano marginal; encima de la metáfora más antigua que tiene el rocanrol para la vida en la ciudad moderna: una energía anárquica contenida por una estructura ajustada y repetitiva. Algunas de las mejores canciones del Velvet –“Heroin”, especialmente- redefinieron la forma en como se suponía que debía sonar el rocanrol; otras –“I’m Waiting for the Man”, “White Light/White Heat”, “Beginning to See the Light”, “Rock & Roll”- utilizaban patrones básicos de rocanrol para redefinir cómo se suponía que la música debía sentirse.
Los Velvet fueron los primeros artistas rocanroleros de importancia que realmente no tenían posibilidades para atraer a un público masivo. Esto resultaba paradójico. El rocanrol era un arte de masas, cuya apelación directa, inmediata, a las emociones básicas subvertía las distinciones de clase y educación, y cuyos cánones formales encarnaban por completo la percepción de que el arte de masas no sólo era posible sino satisfactorio en nuevos y liberadores términos. En la medida que incorpora los valores formalistas de la élite de vanguardia, la idea misma de arte rocanrolero descansa en una contradicción. Sus más grandes exponentes –los Beatles, los Stones y (especialmente) los Who- disminuyen la contradicción volviendo el aspecto de la música casual en la superficie, y acaban por demolerla alcanzando a millones de jóvenes. Pero la música de los Velvet era demasiado abiertamente intelectual, estilizada y distante para ser comercial. Como en el arte pop, un componente muy importante del mundo de los Velvet, se trataba de arte anti-artístico hecho por elitistas anti-élite. La personalidad punk-esteta de Lou Reed, que tenía su obvio precedente en la tradición vanguardista del artista-como-criminal-como-forajido, también resultaba paradójica en el contexto del rocanrol. El punk típico del rocanrol era un muchacho (varón y blanco habitualmente) de clase obrera que pasaba el tiempo en una esquina con sus cuates; para los criterios de la clase obrera y/o de adultez pasaba por un huevón, un revoltoso, incluso un delincuente, pero en realidad no era siniestro ni criminal. El punk de Reed estaba más cerca del héroe bohemio (negro habitualmente), el hipster[iii] que llevaba gafas oscuras, consumía drogas fuertes, se involucraba en distintos tipos de perversión polimórfica; alguien que no se limitaba a matar el tiempo en una esquina, sino que vivía en la calle y se las arreglaba solo.
Como forma de explotación blanca de la música negra, el rocanrol siempre tuvo ironías intrínsecas, y conforme la música fue apartándose de sus orígenes, las ironías se agudizaron. Mientras, digamos, la ironía de Mick Jagger trataba de la identificación y la distancia que abie entre un bohemio blanco de clase media inglesa (y más tarde de una estrella de rock millonaria) y las raíces negras americanas de su música, su imagen proletaria y su público adolescente; la ironía de Lou Reed implicaba un salto aún mayor. No sólo se trataba de la identificación y la distancia que hay entre un bohemio judío de clase media con los hipsters negros (ambigüedad claramente definida cuando Reed-como-yonqui, mientras espera al efectivo en una esquina de Harlem, es retado con un “¡oye, niño blanco! ¿Quihaces en las afueras de la ciudad?”) sino con el hecho de usar una forma de arte masivo para expresar su enajenación estética y social respecto de prácticamente todo el mundo. Y una de las formas adquiridas por la enajenación apuntaba a otra ironía. Mientras el impulso originario, primigenio, del rocanrol era celebrar el cuerpo, lo que significaba una afirmación del placer material y sexual, el temperamento de Reed era no solamente cerebral sino ascético. No había nada parecido a la lujuria en la música de los Velvet, ni qué decir de los conceptos jipis sobre las bondades de la liberación sexual. Reed no celebraba el sadomasoquismo en “Venus in Furs” más de lo que celebraba la heroína; simplemente reconocía la atracción de lo que consideraba flores del mal. Tampoco compartía el entusiasmo de su generación por el consumo hedonista; para Reed el resplandor de los opulentos sesenta era oro de los tontos. Como Andy Warhol y los demás artistas pop, respondía a la potencia estética de los estilos culturales masivos; como a Warhol, le fascinaba la decadencia –es decir, el estilo sin significado o contenido moral-; pero permanecía impasible frente al aspecto de la mentalidad pop y del rocanrol desviados por el sueño americano. En un sentido, el formalismo autoconsciente de su música –la cualidad que volvía poco comerciales a los Velvet- era un intento por purificar el rocanrol, por purgarlo de todas esas asociaciones con bienes materiales y buenos momentos eróticos.
Aunque probablemente sólo la atmósfera todo-vale de los sesenta pudo haber inspirado un grupo como los Velvet, su música profetizaba una época más magra y malévola. Provenían de –y pertenecían a- la testaruda y suspicaz Nueva York, no a la utópica California buena vibra. Con toda la admiración que Lou Reed sentía por Dylan, no había rastro en él de la fe que Dylan tenía en las posibilidades liberadoras del extremo –lo que había tomado de Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde era el sonido del extremo resquebrajándose. Igual que sus herederos punks, el mundo para él era un lugar hostil y no esperaba que fuese a cambiar. Al rechazar el consenso optimista de los sesenta, prefiguró el ataque de los punks contra el consenso petulante de los setenta; su rigurosa iconoclasia anticipó el desprecio de los punks por cualquier autoridad –incluyendo la autoridad estética y moral del propio rocanrol.
En la presente década[iv] el rocanrol ha batallado para reclamar su identidad como música de oposición cultural, no sólo diferente sino antagónica de su propio conglomerado cultural, el rock. El principal logro de los punks ha sido volver explícito y público ese antagonismo de manera claramente contemporánea –o sea sin tener que ver con “revivir” nada salvo el mismo espíritu de oposición. Lo novedoso del rocanrol –lo incómodo y abrasivo y demandante- es su insistencia en una postura defensiva; la verdadera nota de finales de los setenta más que otra cosa es el mal humor. Si bien el movimiento punk británico en algunos aspectos fue la clásica revuelta juvenil –en resumidas cuentas, una revuelta con conciencia de clase-, su nihilismo autoburlón es una clásica actitud malhumorada, mientras por su parte la new wave estadounidense compensa con sabihondez enajenada la falta de beligerancia con intención de mancharlo todo de mierda. El poder y la vitalidad de la postura malhumorada quedan avalados por su manera de conseguir que las sensibilidades de menor discordancia suenen a cursilería, incluso para aquellos de nosotros que preferiríamos sentirnos con otro estado de ánimo. Bruce Springsteen todavía es capaz de extraer un potaje creíble de insurgencia callejera adolescente de los cincuenta, romance apocalíptico de los sesenta y angustia de principios/mediados de los setenta, pero se trata de una anomalía; también Graham Parker, cuya terca y convincente fe en los valores tradicionales del rocanrol recuerda la de John Fogerty. Patti Smith, por otro lado, es una figura de transición, parte mesías del mal humor, parte malhumorada mesiánica. Los rocanroleros que ejemplifican la estética actual lo hacen con notables variaciones de intensidad, desde Johnny Rotten (malhumorado maniático) a Elvis Costello (malhumorado apasionado) a Nick Lowe y los Talking Heads (malhumorados cerebrales) a los Ramones (malhumorados a conveniencia). (Los Clash, una convulsión adelante, son valientemente anti o post mal humor -¿la primera banda de los ochenta?) El obvio núcleo de su mal humor radica en la conciencia de ser una minoría disidente, si bien es algo más complejo que eso. El rocanrol verdadero, el que no está diluido, es casi por definición la provincia de una minoría disidente (en ciertos casos más grande que en otros); en los sesenta alcanzó su hegemonía cultural sólo tras convertirse en rock –absorbiendo valores culturales con los cuales competía y siendo a cambio absorbido, volviendo necesaria una nueva rebelión. Ahora la diferencia es que por primera vez en los veinticinco años de historia de esta música, los rocanroleros parecen aceptar su condición de minoría como algo dado e incluso como algo dentro de lo cual rebelarse. Esto implica una contradicción enorme, ya que casi por definición el verdadero rocanrol aspira a cambiar el mundo.
Volvemos así a la paradoja del punk-esteta. En ciertas formas el mal humor de los rocanroleros actuales recuerda el descontento de una época anterior de bohemios y artistas de vanguardia convencidos de poseer una visión que el público obstinadamente estúpido y complaciente era incapaz de comprender. Pero dado que la visión del rocanrol es inherentemente populista, los punks no pueden tomarse muy en serio a sí mismos como artistas enajenados; la ironía suaviza su mal humor. Al mismo tiempo, como han renunciado al mundo, tampoco pueden tomarse en serio como rocanroleros. No sólo son artistas antiarte sino populistas antipersonas –los punks ingleses en particular parecería que no sólo aborrecen a la reina, los Estados Unidos, las estrellas de rock ricas y el público incomprensivo, sino a la humanidad misma. El estilo proletario-cum-lumpen de los punks es político implícitamente; sugiere una oposición colectiva y por lo tanto una afirmación comunitaria. Pero esta afirmación es de una especie particularmente limitada y sombría. La concepción minimalista que la new wave tiene del rocanrol tiende a excluir no sólo el placer sensual sino todo el abanico de emociones humanas positivas, dejando exclusivamente lo que es duro y violento, o duro y distante, o ambas posibilidades: si los punks hacen del sexo una obscenidad, al amor lo convierten en algo embarazoso.
Al reducir el rocanrol a su esencia más áspera, la new wave llevó la presunción del punk-esteta de Lou Reed a un sitio que él jamás intentó. Para los Velvet la postura del punk-esteta era una forma de sobrevivir a un mundo que busca matarte; lo importante no era glorificar al punk, ni siquiera mentarle la madre al mundo, sino ser honestos sobre las estrategias que la gente adopta en una situación desesperada. Los Velvet no eran nihilistas, eran moralistas. En su universo el nihilismo frecuentemente aparece como una tentación vívida pero profana, el amor y la vulnerabilidad que lo acompaña como imperativos dolorosos que dan miedo. Si bien Lou Reed rechazaba el optimismo, pertenecía lo suficiente a su época para anhelar la trascendencia. Y finalmente –como hace explícito “Rock & Roll”-, que los Velvet emplearan una forma de arte masivo era una metáfora de la trascendencia, la vinculación, la resistencia frente al solipsismo y la desesperación. Que también es el significado que tiene para los punks; lo admitan o no, de eso trata su ironía. Tal vez sea pura coincidencia, pero fue en el amanecer de la new wave que Reed grabó “Street Hassle”, un himno antinihilista en tres partes de once minutos de duración que por mucho es el trabajo más convincente de su carrera solista post-Velvet. Ahí el nihilismo se representa como doble maldición: a la fe perdida en la posibilidad del amor se suma la negación de que esto tenga alguna importancia. “Eso no es más que una mentira”, masculla al final de la tercera parte. “Por eso ella se la cuenta a sus amigos. Porque la verdadera canción… la verdadera canción ni siquiera ante sí misma la admitiría”.

  1. LA VERDADERA CANCIÓN O YO SERÉ TU ESPEJO

Si bien los Velvet sugerían una continuidad entre arte y violencia, orden y caos, planteaban una división radical entre cuerpo y espíritu. En este aspecto también estaban más cerca de los Who que cualquier otro de sus contemporáneos. Como los Velvet, los Who eran fundamentalmente ascéticos; ellos también sentían que el mundo era hostil –particularmente el mundo organizado según el sistema de clases británico. Enfrentaban un desafío más fuerte que el de los Velvet, la música de sus inicios era tan dura y violenta como cualquiera que haya dado la new wave. Pero no eran malhumorados; estaban determinados a convertir al mundo, y la destrucción de las guitarras de Townshend expresaba su necesidad por tocar a su audiencia lo mismo que su desprecio por la autoridad, incluyendo la autoridad del propio rocanrol. Esa necesidad por conectarse adquirió también otra forma: aun antes que Townshend descubriera a Meher Baba, había un lado de la música de los Who que sólo puede denominarse religioso. Si al principio parecía sorprendente que la misma banda pudiera producir música de tan inflexible amargura como “Substitute” y tan milagrosamente trascendente como el coro “You are forgiven” de “A Quick One”, esto no era contradictorio; al contrario, expresaba precisamente el sentido que tenía Townshend de la dureza de la vida, de lo implacable del mundo, de lo que generaba su hambre espiritual.
Lo mismo puede decirse de Lou Reed, excepto que “hambre espiritual” parece una frase demasiado grandilocuente para aplicársela; la clase de espiritualidad de los Velvet tiene poco en común con los grandes estallidos de éxtasis místico de los Who o la preocupación autoconsciente de Townshend por buscar la iluminación. Resulta imposible imaginarse a Lou Reed adoptando a un gurú, aunque bien pudo haber escrito una canción salvajemente divertida (y quizá escalofriantemente seria) acerca de uno. El punk-esteta y sus compinches no buscan la iluminación, aunque de vez en cuando tropiezan con ella; como la mayoría de nosotros son peregrinos pese a sí mismos. Para Townshend la sensibilidad moral es un camino a la consciencia espiritual; para Reed la consciencia y la falta –o rechazo- de la misma posee una dimensión moral intrínseca. Aun cuando no es contrario al uso de metáforas sobre ilusión e iluminación –a veces con un efecto realmente brillante, como en “Beginning to See the Light” y “I’ll Be Your Mirror”-, éstas son menos centrales para su teología que los conceptos de pecado y gracia, maldición y salvación. Algunas de sus canciones (“Heroin”, “Jesus”, “Pale Blue Eyes”) invocan de manera directa ese lenguaje judeo-cristiano; muchas otras lo dejan implícito.
Pero “teología” asimismo es una palabra injustamente pretenciosa. A los Velvet no les ocupan las abstracciones sino los estados mentales. Sus canciones tratan de sentimientos que dieron origen a la descripción del vocabulario religioso –sentimientos profundos e indecibles de desesperación, enojo, aislamiento, confusión, culpa, anhelo, alivio, paz, claridad, libertad, amor- y de las maneras en que nosotros (y también ellos) acostumbramos enterrarlos, negarlos, volverlos materia sentimental, burlarnos de ellos, inspeccionarlos desde una distancia segura y sofisticada para sobrevivir en el mundo hostil y corrupto. Para los Velvet el pecado entierra sus raíces en esta arraigada resistencia a encarar nuestras emociones más profundas, dolorosas y sagradas; la esencia de la gracia está en comprender que nuestra sofisticación es una farsa, que nuestro deseo más profundo, doloroso y sagrado es recuperar una inocencia de tipo infantil que realmente nunca se ha perdido en nuestro corazón. Y la esencia del amor es compartir esa verdad redentora: en el primer álbum de los Velvet, dominado por imágenes de decadencia y muerte, de repente sale Nico de la nada con su nada artística voz cantando: “Yo seré tu espejo/…la luz en tu puerta que te señala que estás en casa./Cuando creas que la noche ha visto tu mente/que eres retorcido y desagradable por dentro/…Por favor baja las manos, porque yo te estoy viendo”.
Para una banda de rocanrol sofisticada con un público sofisticado, esta es una visión, por decir lo menos, arriesgada. La idea de inocencia infantil representa una invitación  tan grande a pasar de lo sublime a lo ridículo que volverla creíble parece apenas menos difícil que hacer pasar al camello de los Evangelios por el ojo de una aguja. Y la enajenación de los Velvet también es problemática: una cosa es que los jovencitos ingleses de la clase trabajadora decidan que la vida es una mierda, ¿pero qué tan mal puede irle a Lou Reed? Sin embargo, los Velvet la libran haciéndonos creer/admitir que las heridas psíquicas que nos inflingimos unos a otros son reales y terribles, que hacer sorna de la inocencia implica consentir una mentira desesperada, ya que nunca sucumben a la autoconmiseración. Puede que la vida sea una pelea brutal, el pecado inevitable, la inocencia elusiva y transitoria, la gracia un regalo en vez de una recompensa (“Hay personas que trabajan mucho/y aun así no consiguen que las cosas salgan bien”, observa Lou Reed en “Beginning to See the Light”); no obstante somos responsables de en quién o qué nos convertimos. Reed no trata de resolver esta paradoja espiritual tan familiar, tampoco la califica de injusta. Su presupuesto religioso básico (como el de Baudelaire) es que, querámoslo o no, habitamos un universo moral, que tenemos libre albedrío, que debemos elegir entre el bien y el mal, y que nuestras elecciones son de absoluta importancia; si rara vez tenemos la fuerza suficiente para tomar las decisiones correctas, si es imposible contar con los momentos de iluminación que lo propicien, de cualquier forma renunciar al esfuerzo equivale a la muerte espiritual.
Que los Velvet no sean precisamente inocentes, que mantengan una distancia estética y emocional incluso al describir –y evocar- la total desnudez espiritual, no disminuye lo que dicen, si acaso lo contrario. Los Velvet compelen a creer en parte porque, dado su contexto, lo que están diciendo requiere de mucho valor: no sólo  critican implícitamente su propia postura estética –corriendo el riesgo de arruinarlo todo y terminar en sinceras pero vergonzosas verdades banales. El riesgo es real porque los Velvet no utilizan la ironía a manera de red, como una forma de evadir su responsabilidad manteniendo a todos en la incertidumbre de lo que realmente estarán diciendo. Por el contrario, su ironía funciona como una metáfora de la paradoja espiritual, afirmando que la necesidad que uno tiene por encarar su propia desnudez y el impulso por esconderla son igualmente reales, igualmente humanos. Si el distanciamiento de los Velvet es una manera de protegerse (y por lo tanto, en sus propios términos, una maldición) también es revelador (y por lo tanto, redentor); deja en claro que los sentimientos que se protegen son de una intensidad tan insoportable que, de no controlarlos y contenerlos, terminarían sobrecogiendo tanto a los Velvet como a su público. La verdadera canción de los Velvet consiste en lo duro que es admitir esto, incluso ante sí mismos.
Esa canción y sus múltiples variaciones conforman la sustancia de Velvet Underground. Es un álbum que puede concebirse como –no linealmente; no todas las pistas están en el orden adecuado- el Progreso del peregrino[v] del punk-esteta en cuatro movimientos. (“Sha la la, caray, ¿por qué no simplemente te esfumas?”, puedo oír a Lou Reed respondiendo.)
UNO: SEDUCCIÓN MUNDANA Y TRAICIÓN. “Sunday Morning”, una canción de vaga y ominosa ansiedad, resume el tono emocional de este movimiento: “Cuidado, tienes al mundo detrás”. “Here She Comes Now” y “Femme Fatale”, dos canciones acerca de mujeres bellas pero insensibles (dentro de la poco adorable tradición de la misoginia pop –por no mencionar la religiosa-, las mujeres de Lou Reed por lo general son iconos demoníacos o angélicos, no personas) resumen esta filosofía: “Aah, se ve tan bien/Aah, pero está hecha de madera”. Estas canciones enfatizan el tema yuxtaponiendo melodías simples, dulces y pegajosas a letras amargas cantadas por voces planas, prácticamente despojadas de cualquier afecto (en “Sunday Morning” a la voz de Reed como que le falta aire, creando una sensación de pánico reprimido). “White Light/White Heat”, una canción acerca de inyectarse speed, empieza expresando como ninguna otra en el repertorio Velvet la euforia proveniente de la pura energía física; en la recta final del viaje la música se ha convertido en un aporreo ensordecedor, las palabras en un farfullar semiarticulado.
DOS: EL PECADO DE LA DESESPERACIÓN. “Heroin” es la obra maestra de los Velvet: siete minutos de atroz extremismo espiritual. Ninguna otra obra de arte que conozca ha vuelto la experiencia del yonqui más poderosa, más horrible, más atrayente; al escuchar “Heroin” me siento impelida simultáneamente a salvar de algún modo a este hombre y a probar la aguja. La canción está construida alrededor de la tensión entre altas y bajas –expresada musicalmente en un ritmo acelerado que da lugar a acordes lentos y solemnes que suenan como el tañido de una campana, y metafóricamente por la visión que el adicto tiene de la heroína como un camino a la trascendencia y la libertad, alternando con su descarnado reconocimiento de que lo que realmente ofrece es el entumecimiento de la muerte, abrazando la droga (“es mi esposa y es mi vida”) rechaza total y voluntariamente al mundo corrupto, a las personas, a los sentimientos. Al principio compara inyectarse con una travesía espiritual: va a tratar de alcanzar el Reino; en el subidón se siente como hijo de Jesús. Al final, con una rebeldía blasfema que contradice sus palabras, confiesa: “Gracias Dios porque no tengo conciencia/y gracias Dios ¡porque simplemente no me importa!”. Toda la canción parece precipitarse hacia el exterior y luego se cierra en sí misma, en el momento de la verdad, cuando el yonqui consciente y deliberadamente elige la muerte por encima de la vida: elige la maldición. Es la claridad de su consciencia lo que confiere al pecado un tamaño descomunal. Aunque esa claridad también brinda un tenue rayo de salvación. En el acto mismo de elegir el entumecimiento, el cantante admite lo profundo de su pena y su amargura, su anhelo de tener algo mejor; está consciente de cada uno de los matices que implica su rechazo a la consciencia; canta una canción de magnífica emotividad acerca de cómo ya nada le importa. (Una década más tarde, Johnny Rotten haría lo mismo de manera totalmente distinta.) Una nota clara y sostenida corre por la canción como un hilo luminoso; se desvanece o se ahoga en una distorsión caótica y adolorida, luego resurge, como si fuera la minúscula voz del alma. Reed finaliza cada estrofa con la frase “supongo que simplemente lo ignoro”. Su destino todavía no está decidido.
TRES: EL PARAÍSO BUSCADO, AVISTADO, RECORDADO. Este movimiento consta de cuatro canciones acerca de la sofisticación del hartazgo del mundo y el anhelo de inocencia. “Candy Says” define el problema: “He llegado a odiar mi cuerpo y todo lo que requiere en este mundo/…Me gustaría saber de qué hablan todos los demás con tanta discreción”. “Jesus” es una plegaria: “Ayúdame en mi debilidad pues he caído de la gracia”. En “I’m Set Free”, el cantante alcanza una iluminación, pero en cuanto intenta hablar de ella, definirla, se le escapa de las manos: “Vi mi cabeza riendo, rodando en la tierra/y ahora soy libre para encontrar una nueva ilusión”. En “Pale Blue Eyes”, el mundo se interpone entre el cantante y su amor trascendente: “Si pudiera volver el mundo tan puro y extraño como esto que veo/te colocaría en el espejo que coloco frente a mí”.
Musicalmente estas canciones forman un solo conjunto. Todas son amables, reflexivas. Todas recurren a la tensión entre voces planas y despojadas y melodías dulces. Todas tienen prístinas líneas de guitarra que llevan el peso de la emoción básica, que tiene un carácter agridulce: consuela saber que la inocencia es posible, tan inexpresablemente dolorosa que siempre parece situarse fuera del alcance. En “Pale Blue Eyes”, el ritmo lo lleva una pandereta, o más bien ésta va ligeramente descuadrada del ritmo que debería seguir, mientras una guitarra espectacular toma el mando, descargando ola tras ola de puro sentimiento.
CUATRO: LA SALVACIÓN Y SUS ESCOLLOS. “Beginning to See the Light” es el espejo colocado frente a “Heroin”. Siempre he tenido la convicción de que trata de un viaje de ácido, probablemente porque la primera vez que de verdad la escuché fue durante uno y la encontré muy apropiada. Probablemente también porque ambos, la canción y el ácido, me hicieron pensar en la descripción de un viaje de peyote elaborada por un escritor beat llamado Jack Green: “los que nos habíamos metido peyote teníamos poco que compartir con los que se habían metido mariguana, los fumadores de mariguana discutían asuntos de mucha profundidad y nosotros nos metíamos los dedos en el ombligo y nos poníamos a reír”. En “Beginning to See the Light”, la iluminación (o salvación) emerge de la carga que representa tomarse a uno mismo en serio, del egotismo, de la ilusión de que los sufrimientos propios llenan el universo; la inocencia infantil significa la posibilidad de jugar. No hay momento más encantador en el rocanrol que cuando Lou Reed se ríe y canta, sorprendido, alegre, agradecido, “¡Sólo quiero decirte que todo está bien!”
Pero “Beginning to See the Light” también es perversamente irónica. Hacia el final, arrastrado por la euforia, Reed chilla, “hay problemas en estos tiempos/pero ¡ooh, ninguno de ellos es mío!”. Súbitamente atravesamos el espejo y estamos de regreso en el manifiesto de “Heroin”: “¡Simplemente no me importa!”. La iluminación ha engendrado orgullo espiritual, un pecado que como su forma inversa, el nihilismo, arranca al pecador del resto de la raza humana. Especialmente de aquellas personas que, ya saben, trabajan mucho y aun así no consiguen que las cosas salgan bien. Al final nos quedamos con otra versión de la paradoja espiritual: experimentar la gracia equivale a ser conscientes de ella; ser conscientes de ella equivale a perderla.

CODA: ME ENCANTARÍA ENTUSIASMARLOS
Como todo genio, Lou Reed es impredecible. En “Street Hassle” realiza tan buen trabajo como el que más mostrando aquello que siempre le hizo falta a su visión y la de los Velvet. Al principio de la canción, una mujer (¿o es un trasvesti?) está en un bar pagándole a un muchachito sexy para que pase la noche con ella. Este encuentro, que se supondría sórdido, resulta trascendente. La descripción que Reed efectúa de la extravagante pareja haciendo el amor tiene tanto de tierna como de erótica: “Y luego sha la la la la él entró en ella despacio y le enseñó de qué iba/y luego sha la la la la le hizo el amor delicadamente, como si nunca antes ella se hubiera venido”. Claro que en la segunda parte se retracta prácticamente de todo al ligar sexo con muerte. Pero aun así.
          Para mí –como admiradora de los Velvet, amante del rocanrol, neoyorquina, esteta, punk, pecadora, ocasional buscadora de iluminación (y amor) (y sexo)- todo se reduce a esto: creo que todos, abierta o secretamente, luchamos contra uno u otro tipo de nihilismo. Creo que cuerpo y espíritu en realidad no están separados, aunque a menudo parezca que sí. Creo que la redención nunca es imposible y siempre es equívoca. Pero supongo que simplemente lo ignoro.



[i] Punk en el original. Se ha optado por traducir únicamente ésta, su primera mención, para aclarar el sentido que tendrá en el resto del texto; manteniendo por otra parte el anglicismo en este y otros términos de uso común en el argot rocanrolero, por lo que también se ha prescindido de recurrir a itálicas.
[ii] En adelante new-wave, anglicismo que refiere más claramente un subgénero de rocanrol surgido a partir de los presupuestos genéricos del punk a finales de la década de 1970.
[iii] Este término que ha terminado por aplicarse en general a los seguidores de las tendencias de moda, empezó a utilizarse en Estados Unidos alrededor de la década de 1950 para designar a los varones de raza negra que acostumbraban vestir con sacos y pantalones anchos en chillantes combinaciones y de los que se sospechaba no llevaban vidas precisamente honorables, justo como el personaje descrito en  letra de “Waiting for the Man”; en la cultura popular mexicana el burdo equivalente sería la figura del “pachucho”. Los hipsters representaron figuras tutelares para la generación beat en oposición a los valores tradicionales de la sociedad que consideraban cuadrada (square), derivando así en la palabra hippie (hip vs. square).
[iv] Se refiere a la de los setenta; la antología al cuidado de Greil Marcus de donde procede este texto fue publicada en 1979.
[v] Referencia a la novela alegórica (The Pilgrim’s Progress) de John Bunyan originalmente publicada en 1678 que relata las peripecias de un personaje, Christiano, por alcanzar la salvación en su vida