The first mistake of
art is to assume that it's serious.
― Lester Bangs
No me pusieron el nombre por Bob Dylan,
me lo pusieron por un perro que se llamaba Dylan
No me pusieron el nombre por Bob Dylan,
me lo pusieron por un perro que se llamaba Dylan
― Dylan Mee en la película We Bought a Zoo
Amanecí de buenas porque, aparte de anoche haber presenciado
un vibrante concierto de The Who que estuve a punto de perderme, me enteré de
que Bob Dylan es Nobel de literatura. El hecho me alegró porque significa un reconocimiento al poder de las canciones en la vida de la gente, que la canción -tan vilipendiada en los últimos dos
siglos hasta por sus propios creadores- posee una fuerza capaz de sacudir el
espíritu humano como hace el mejor arte. En un año de sombrías noticias para quienes valoramos el milagro de bolsillo que es una canción, esto es un día de sol.
No sé bien cuáles sean los lineamientos que guían la
elección del premio Nobel de literatura, ni me interesa (la verdad no me
interesa conocer los detalles del mayor galardón literario en el mundo cuyo
principal chiste es que nunca premió a Jorge Luis Borges, empecemos por ahí).
Supongo que tendrá algo que ver con la huella que un autor deja en la cultura de
su tiempo. Y si me pongo a pensar en escritores vivos que hayan impactado en
nuestra manera de ver el mundo y de los creadores que les siguieron, pocos, muy
pocos vienen a la mente que puedan competir con Bob Dylan. "¡Canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles!", oímos en el amanecer de la literatura, así que tiene lógica que uno de los máximos cantores de la cólera de nuestro tiempo sea flamante premio Nobel antes que un oscuro literato leído por un puñado de elegidos. Si hoy discutimos los méritos de Boby Dylan es porque en menor o mayor medida, mal que bien, todos tenemos alguna noción de su obra y su persona, lo que ya es prueba de su trascendencia.
Con Bob Dylan, el rocanrol –y me atrevería a decir que la
canción popular en general- alcanzó estatura intelectual. Dylan introdujo temas
nuevos, estructuras líricas inéditas, estilos narrativos que sólo permitía la vocación mestiza de esta nueva música… y por si fuera poco culminó lo que Sinatra
había iniciado: hacer del micrófono un instrumento de acceso a la intimidad del espíritu humano a través de la voz. Cuando Dylan mudó del sonido acústico al
eléctrico le gritaron “¡Judas!”, así que estos eruditos de tocador
desgarrándose las vestiduras por lo del Nobel no son nuevos para su mundo.
Si me pregunta, a mi gusto, si le iban a dar el Nobel a un rolero –que al cabo eso es Bob Dylan-, se lo hubieran dado a Leonard Cohen. Pero lo cierto es que, sin el precedente de Dylan, difícilmente el muchacho Cohen se habría decidido a dejar de escribir novelitas viajadas con poca repercusión para convertirse en gran ministro de la canción. Y ese es el meollo del asunto. Sin Dylan no habrían existido Lou Reed, Bruce Springsteen, Neil Young, Nick Cave, PJ Harvey, Santiago Auserón, Charly García, Jaime López, Gerardo Enciso y más allá; o existirían de una manera muy distinta, pero no como algunos de mis escritores de canciones favoritos. Nada más en tres películas o series que vi la semana pasada, Dylan fue citado en la banda sonora o directamente en la trama. Ahora circulan memes al parecer con la intención de ridiculizar a Bob Dylan como si fuera un pendejo, y Bob será hermético y hasta mamón, pero no es ningún pendejo, un pendejo no afecta las mentes de tantas personas. En ese aspecto, no dudo al comparar la obra de Bob Dylan con el Quijote, o ni más ni menos, con Borges, que justo por eso es considerado el gran perdedor del Nobel: porque aunque no lo hayas leído, te toca, por impregnar muchas de las cosas que vinieron después. Sus memorias en Chronicles vol. 1 rinden una gran narración, aunque su libro Tarántula es infumable, pero bueno, a Faulkner no le exigieron ser un poeta destacado para premiar al extraordinario novelista que fue, ¿cierto?
Dicho lo anterior, hay una parte del Nobel a Dylan que me
consterna y tiene que ver con algo que ya le cuestionaban desde los 60. Cuando
dio el volantazo de acústico a eléctrico, algunos críticos se preguntaban si no
era una transigencia de su parte, si no era ceder en la radicalidad política
del folk al subirse a la moda eléctrica del rock para volver más digerible su
mensaje. Como dije, a mí me parece que la música salió beneficiada con
estupendos discos como Highway 61 Revisited, Blonde on Blonde (el primer álbum
doble de la historia) o Blood on the Tracks, pero lo cierto es que la aparición
de Dylan dotó al rocanrol de una seriedad que no necesitaba para volverlo más
puramente “rock”. Y como dice el vicioso viejo sabio de Keith Richards, el rock
vende discos, pero el rol es lo que mueve los corazones. A partir de que Dylan
cruza el umbral, todos en la fiesta se ponen más serios; las letras tenían que
ser poesía y las rolas, “composiciones”; ¿no hasta los Beatles se dejaron de
yeah-yeah-yeahs para tocar cítaras? Ese es mi problema. En el rocanrol yo no
busco “alta cultura”, “bellas artes” ni mayor refinamiento; si quisiera eso, me
metería a un museo o a un concierto sinfónico. A mí lo que me atrajo del
rocanrol desde un principio es que parecía más cercano a la vida que cualquier
arte académico, era sudoroso, sucio, profano, electrizante en el más amplio
de los sentidos, no hacía falta ser culto o virtuoso, lo esencial para el rocanrol, como decía uno de nuestros muertos de 2016, Lalo Tex, era querer echar desmadre. Cada vez encuentro que me
gusta más el rocanrol en las antípodas de Dylan, las canciones directas, las
letras sencillas que nunca ganarían un Nobel, el puro afán de echar desmadre, porque a mí me gusta el arte, pero prefiero mil veces echar desmadre, y si algo no hace falta en
los clubes de rocanrol es una comitiva de seudointelectuales llorosos porque no se reconoce el auténtico talento, de
por sí ya andamos sobrados de ellos.

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