viernes, 20 de diciembre de 2013

Comandante Cohen, desertor

Textito escrito a finales del 2011 para una revista del Colegio Madrid que, de hecho, nunca vi impresa, así que no estoy seguro de si llegó a publicarse. En aquel entonces LC acababa de ganar el Premio Príncipe de Asturias. Como ese fue el motivo primario, decidí dejar lo de "flamante ganador" y su edad de entonces (70, ahora cuenta dos años más). A partir de ahí, creo que se trata de una reflexión sobre la escritura, la necesidad de trabajar para comer y el azar de que en ocasiones sólo encuentres trabajo de bufón. Espero que no les incomode demasiado...


Comandante Cohen, desertor
Para Mora in my secret life

Poeta, monje, mujeriego. Ninguna de estas palabras viene mal aplicada a Leonard Cohen. Ninguna alcanza. Tan engañosas las palabras, tan poco fiables, esas manoseadas herramientas eligió el canadiense de 78 años para, como dicen por ahí, “ganarse la vida". Al final a eso se reduce todo, ¿no? Sobrevivir. Un descubrimiento que marcó la diferencia para el flamante ganador del premio Príncipe de Asturias de Literatura, a quien no debe escapársele la paradoja de recibir semejante galardón básicamente por su renuncia a la vocación literaria. Y ya que hablamos de renuncia, necesariamente hablaremos también de trabajo, concluimos entonces que lo único posible de afirmar sin margen de error sobre Leonard Cohen no difiere mucho de lo que diríamos sobre casi cualquier persona que trabaje para comer.
Siendo un escritor publicado, incluso reconocido en su país, creía que le bastaría para asegurarse un futuro. Pero ni siquiera le alcanzaba para poner uvas y nueces en la mesa que ya compartía con mujer y el hijo de otro que le acompañaba. Entonces se le ocurrió. Había experimentado maridajes de música con su poesía, en una lectura se atrevió a cantar acompañado por su tímida guitarra española encontrando tibia recepción de sus colegas literatos; distaba de ser un músico formal, apenas calificaba de aficionado, cuando se acomodaba junto a las rocolas en los cafés y bares que frecuentaba confesaría después que “no era para estudiar la música, sino el lugar en donde estaba… y a las meseras.” Aguantando las burlas del ghetto intelectual canadiense que pronosticaba debacle a ese susurro de voz monótona y quebradiza, con nada qué perder excepto su prestigio intelectual, claudicó a tal grado que por un momento consideró adoptar un pseudónimo artístico. En 1966, ese hombre que nunca llegó a llamarse September, con 32 años y los vientos en contra, emprendió su metamorfosis de escritor respetable a figura enigmática del pop. No hay actos descabellados para el hambriento.
Entró demasiado tarde a la fiesta para considerarlo una estrella de rock natural. Leonard Cohen ocupa esta zona ambigua en que parece gustarle a gente que preferiría estar leyendo en lugar de oír música o aspirantes a escritores que en el fondo envidian los reflectores de la farándula. Hasta donde alcanza a percibirse, esta indefinición le agrada. Hijo de un militar, sobre su empleo de vocabulario bélico ha dicho, “si se fijan en mis canciones antiguerra, también son antipaz”.  Ha encontrado la manera de unir los polos de esta postura, irreconciliables en el vistazo superficial, recurriendo a la figura del desertor. A Leonard Cohen le encantan los papeles de embustero. Al menos en las canciones. Una de ellas, de hecho titulada “El traidor” (“The Traitor”), describe a un hombre relacionado con una mujer por un deseo que en principio supone exclusivamente carnal para caer abatido por la fascinación sublime, de modo que cuando asesta “en campos de batalla, de aquí a Barcelona/me enlisto con los enemigos del amor”, el escucha intuye un significado opuesto, seducido como el protagonista por los muslos de la dama que lo abandona pero lo castiga dejándole su cuerpo. “A veces descubres que el valor de la misión consistía en no cumplir la misión”, anota en el documental de 2005 I’m Your Man.
Hay que irse con cuidado antes de desestimar las argucias del embustero. En “Field Commander Cohen” dibuja la siguiente caricatura de sí mismo: “nuestro espía más destacado, herido en la línea del deber, lanzándose en paracaídas de ácido a fiestas diplomáticas de coctel, urgiendo a Fidel Castro retirarse de campos y castillos”. Cabe rescatar los elementos de humor en un personaje cuyos seguidores han investido de una solemnidad que amenaza con opacarlo so pretexto de su eminencia literaria. El bufón es el sastre del traje nuevo del emperador porque su tarea es desnudar.
A mediados de la década de 2000, contra su voluntad, volvió a salir de gira. Un desfalco de su representante le devolvió las angustias económicas que lo llevaron a cantar en un principio No obstante, los conciertos rindieron hermosas demostraciones del romance con un público tornado numeroso durante los años que pasó siendo Jikan -el monje inútil-, enclaustrado en un monasterio budista cerca de Los Ángeles, con la cabeza rapada mientras añoraba los cigarrillos y un cuerpo femenino. De su regreso a los escenarios da testimonio el dvd Live in London. Registrado en una presentación de 2008 incluye “Anthem”, con una letra que tañe: “hay una grieta en todas las cosas, así es como entra la luz”. Me gusta creer que ahí ofrece un indicio del velo que vino a levantarnos. Pero más adelante Cohen es explícito en la visión metafísica. Conforme va apagándose “Tower of Song” comenta que esa noche le han sido revelados los grandes misterios de la existencia. “¿Quieren oír la respuesta?”, pregunta a la audiencia. “¿De verdad están hambrientos de la respuesta?”, nos pregunta a todos. “La respuesta a los misterios es…”  y en un murmullo repite las sílabas que sus coristas han ronroneado a lo largo de la canción: “du-da-dom-dom-dom-da-dum-da-dom”. 

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