Comandante Cohen,
desertor
Para Mora in my secret
life
Poeta, monje, mujeriego. Ninguna
de estas palabras viene mal aplicada a Leonard Cohen. Ninguna alcanza. Tan
engañosas las palabras, tan poco fiables, esas manoseadas herramientas eligió
el canadiense de 78 años para, como dicen por ahí, “ganarse la vida". Al final
a eso se reduce todo, ¿no? Sobrevivir. Un descubrimiento que marcó la
diferencia para el flamante ganador del premio Príncipe de Asturias de
Literatura, a quien no debe escapársele la paradoja de recibir semejante
galardón básicamente por su renuncia a la vocación literaria. Y ya que hablamos
de renuncia, necesariamente hablaremos también de trabajo, concluimos entonces que
lo único posible de afirmar sin margen de error sobre Leonard Cohen no difiere
mucho de lo que diríamos sobre casi cualquier persona que trabaje para comer.
Siendo un
escritor publicado, incluso reconocido en su país, creía que le bastaría para
asegurarse un futuro. Pero ni siquiera le alcanzaba para poner uvas y nueces en
la mesa que ya compartía con mujer y el hijo de otro que le acompañaba. Entonces
se le ocurrió. Había experimentado maridajes de música con su poesía, en una
lectura se atrevió a cantar acompañado por su tímida guitarra española encontrando
tibia recepción de sus colegas literatos; distaba de ser un músico formal,
apenas calificaba de aficionado, cuando se acomodaba junto a las rocolas en los
cafés y bares que frecuentaba confesaría después que “no era para estudiar la
música, sino el lugar en donde estaba… y a las meseras.” Aguantando las burlas del
ghetto intelectual canadiense que pronosticaba debacle a ese susurro de voz monótona
y quebradiza, con nada qué perder excepto su prestigio intelectual, claudicó a
tal grado que por un momento consideró adoptar un pseudónimo artístico. En
1966, ese hombre que nunca llegó a llamarse September, con 32 años y los
vientos en contra, emprendió su metamorfosis de escritor respetable a figura
enigmática del pop. No hay actos descabellados para el hambriento.
Entró demasiado
tarde a la fiesta para considerarlo una estrella de rock natural. Leonard Cohen
ocupa esta zona ambigua en que parece gustarle a gente que preferiría estar
leyendo en lugar de oír música o aspirantes a escritores que en el fondo
envidian los reflectores de la farándula. Hasta donde alcanza a percibirse, esta
indefinición le agrada. Hijo de un militar, sobre su empleo de vocabulario bélico
ha dicho, “si se fijan en mis canciones antiguerra, también son antipaz”. Ha encontrado la manera de unir los polos
de esta postura, irreconciliables en el vistazo superficial, recurriendo a la
figura del desertor. A Leonard Cohen le encantan los papeles de embustero. Al
menos en las canciones. Una de ellas, de hecho titulada “El traidor” (“The
Traitor”), describe a un hombre relacionado con una mujer por un deseo que en
principio supone exclusivamente carnal para caer abatido por la fascinación
sublime, de modo que cuando asesta “en campos de batalla, de aquí a
Barcelona/me enlisto con los enemigos del amor”, el escucha intuye un
significado opuesto, seducido como el protagonista por los muslos de la dama
que lo abandona pero lo castiga dejándole su cuerpo. “A veces descubres que el
valor de la misión consistía en no cumplir la misión”, anota en el documental
de 2005 I’m Your Man.
Hay que irse
con cuidado antes de desestimar las argucias del embustero. En “Field Commander
Cohen” dibuja la siguiente caricatura de sí mismo: “nuestro espía más destacado,
herido en la línea del deber, lanzándose en paracaídas de ácido a fiestas
diplomáticas de coctel, urgiendo a Fidel Castro retirarse de campos y
castillos”. Cabe rescatar los elementos de humor en un personaje cuyos seguidores
han investido de una solemnidad que amenaza con opacarlo so pretexto de su
eminencia literaria. El bufón es el sastre del traje nuevo del emperador
porque su tarea es desnudar.
A mediados de
la década de 2000, contra su voluntad, volvió a salir de gira. Un desfalco de
su representante le devolvió las angustias económicas que lo llevaron a cantar
en un principio No obstante, los conciertos rindieron hermosas demostraciones
del romance con un público tornado numeroso durante los años que pasó siendo Jikan
-el monje inútil-, enclaustrado en un monasterio budista cerca de Los Ángeles,
con la cabeza rapada mientras añoraba los cigarrillos y un cuerpo femenino. De su
regreso a los escenarios da testimonio el dvd Live in London. Registrado en una presentación de 2008 incluye “Anthem”,
con una letra que tañe: “hay una grieta en todas las cosas, así es como entra
la luz”. Me gusta creer que ahí ofrece un indicio del velo que vino a
levantarnos. Pero más adelante Cohen es explícito en la visión metafísica. Conforme
va apagándose “Tower of Song” comenta que esa noche le han sido revelados los
grandes misterios de la existencia. “¿Quieren oír la respuesta?”, pregunta a la
audiencia. “¿De verdad están hambrientos de la respuesta?”, nos pregunta a
todos. “La respuesta a los misterios es…”
y en un murmullo repite las sílabas que sus coristas han ronroneado a lo
largo de la canción: “du-da-dom-dom-dom-da-dum-da-dom”.
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