martes, 31 de julio de 2007

¿La Cura en México?

Me pasó el tip hoy en la mañana un buen dealer musical que se avecina concierto de The Cure en tierras aztecas. Si alguien posee información al respecto que no dude en rolarla al eRRe o quede maldito para el final de los tiempos. Al parecer se anuncia un concierto a finales de octubre en el Palacio de los Rebotes, pero más no sabemos. Paren oreja...

martes, 17 de julio de 2007

El Jefe y su insólito carnaval

Una reseña de lo nuevo de Bruce Springsteen, por el eRRe

Live in Dublin
Bruce Springsteen with the Seeger Sessions Band
Columbia, 2007

Bruce Springsteen tal parece que aquí siempre nos quedará tiznado por aquel malentendido absurdo de “Born in the USA” durante la época Reagan. No importa “Sinaloa Cowboys” ni “Matamoros Banks”, sendas protestas contra la política migratoria de su país aparecidas en discos posteriores que lo muestran envejecer con dignidad. En consecuencia, a muy pocos mexicanos les importó escuchar We Shall Overcome-The Seeger Sessions, un tributo al cantante de protesta Pete Seeger que mostraba a un Springsteen revitalizado al frente de una banda tan extensa como una familia del Mississippi tocando temas tradicionales –algunos de los cuales incluso superaban los 100 años de compuestos- en exultantes aquelarres de folk, blues y sonido dixie-land que resultó una de las mejores experiencias auditivas del año pasado. Sería una lástima perderse ahora Live in Dublin, el nuevo DVD (filmado en alta definición y también disponible en doble CD) que registra una de las presentaciones en vivo derivadas de la gira de aquel álbum.
Este es un Springsteen capaz de subyugar la obcecación de sus detractores. Legendario por oficiar demoledoras celebraciones de rocanrol junto a su grupo de cabecera, la E Street Band, a través de los años no le han faltado críticas por exceso de histrionismo. Aquí, con la Sessions Band, Bruce enseña un perfil mesurado ahorrándose las largas alocuciones entre canciones y los desplantes guitarra en mano tipo héroe-clase-obrera para dedicarse a tocar, a integrarse a este crisol de la Norteamérica profunda que no pasa por el marketing de las disqueras: el contagioso bramido de unos metales en clave Nueva Orleáns, los aires montañeses del banjo, el susurro bluegrass de las guitarras, los ecos irlandeses en flautas y violines. Carnaval de raíces que recupera el sentido comunitario originalmente planeado para muchas de estas canciones contagiándolo a nivel casi físico mediante las epidemias rítmicas de "Oh, Mary Don’t You Weep", "Jacob’s Ladder", "This Little Light of Mine" o de alguna de las pocas canciones originales de Springsteen incluidas en arreglos irreconocibles ("Atlantic City" vuelta un country hillibilly, "Blinded by The Light" una bragada marcha irlandesa), desenfrenadas invitaciones al baile y la unión festiva.
Encima del escenario basta y sobra. La iluminación acompaña la música sin robarle brillo, nada de efectos especiales grandilocuentes, la electricidad ni siquiera juega un papel trascendente, al margen del concepto unplugged esto representa algo más primitivo, más esencial: seres humanos vaciándose en sus instrumentos para conjurar a los espíritus. De extra el DVD sólo incluye un par de canciones adiciones, con manjares de tal calidad pedir postre es gula.

domingo, 15 de julio de 2007

Noche de flores y fantasmas

Noche de flores y fantasmas
Por Alacrán Prisionero

“Hasta ahorita es el mejor concierto del 2007, neta. Estuvo increíble”. Mane tiene 27 años y es productora de TV, y esto me lo ha dicho al filo de la medianoche, cuando Sonic Youth ha dado las gracias y desaparecido por primera vez del escenario del salón 21. “No hace mucho que los conozco, de hecho los escuché por primera vez hace como un año y desde entonces he bajado casi todas sus canciones por internet.”
Pero el performance de Sonic Youth no ha terminado. El concierto en realidad ha alcanzado su segunda parte. Una hora antes, Thorston Moore había arremetido con los acordes iniciales de “Reena”, rola incluída en su más reciente producción, Rather Ripped (2006); se sucedieron entonces las canciones de dicho álbum: “Incinerate”, “Do you belive in Rapture?”, “What a waste” y “Rats”. A semejanza de lo que sucedió en 2004 en el Circo Volador, la banda integrada por Thurston Moore, Kim Gordon, Lee Ranaldo, Steve Shelley y Jim O’ Rourke decide promover lo que hasta ahora es su disco más nuevo, y así extender aún más su culto entre quienes ahora apenas alcanzan la veintena de edad. Debido a la naturaleza del Rather Ripped el personal se prende y baila y grita y no faltan los intentos de varios ilusos para meterse al escenario y plantarle un beso a Kim. Es decir, la primera parte del concierto mostró que Sonic Youth suena más fresco que nunca, más jóven y sónico que nunca, y que por ahora las atmósferas densas y oscuras deben esperar, porque Kim se ha puesto a girar como trompo al ritmo de “Jams run free”.
Cuenta la leyenda que ese sonido tan peculiar de SY se debe a que no tenían dinero para comprar guitarras nuevas, así que utilizaban guitarras de tercera o cuarta mano, logrando afinaciones fuera de lo común, elementales, sí, pero prácticamente inéditas en la historia del rock, sobre todo del rock de Nueva York de los años 80. Desde esta orilla del salón 21 (el extremo derecho del backstage), puede apreciarse cómo han perfeccionado lo que había comenzado por mera casualidad. El sexto miembro de la banda es un muchacho encargado de proporcionar distintas guitarras a los intérpretes, pues éstos han decidido cargar con por lo menos 10 modelos distintos de liras afinadas para cada canción.
Y Sonic Youth reaparece en el escenario. Quizá el mejor álbum que han tenido toma las directrices del concierto: Daydream nation y su más emblemática rola, “Teenage riot”, canción que define muy bien el estado de ánimo que marcó toda una generación de juventudes hipersónicas. Mi viejo amigo Thurston Moore roba cámara y entonces parece que preparara al público para un rito iniciático, pues juega con pedales y loops mientras Kim Gordon se encarga de hacer vibrar el bajo frente a los amplis. Es como si dijeran: “Después de hoy tu vida ya no será igual”. Las posiciones de cada uno de los integrantes no es azarosa: Jim O’Rourke cambia de lugar con Kim y piden una nueva guitarra al chalán de la esquina para aumentar la estridencia de su joven sonido.
Lo que está sucediendo en estos momentos es una muestra de que acaso nos encontremos frente al grupo de rock más determinante –en cuanto a influencias—de los últimos 20 años. Su presencia puede escucharse tanto en el tan mentado grunge, como en Mogwai o Tool, incluso en “neopunks” como Clinic o Fugazi. Y sobre todo se encuentra en la alineación actual de Sonic Youth. Creo que nunca envejecerán.
Ya era hora de que el staff técnico del Salón 21 se pusiera a la altura de los artistas que presenta. Durante los conciertos de los Sisters of Mercy y The Cult el sonido había dejado mucho qué desear, ocasionando el enojo de dichas bandas y su apresurada desaparición del escenario. En estos momentos no hay más que decir, sino clavarse aún más en el ajedrez musical de Sonic Youth. Surgen entonces las tonadas de “Pattern recognition”, canción del Sonic Nurse (2004), un disco muy desdeñado por la crítica pero que ahora se puede sentir que también es uno de los mejores álbumes de la banda formada en NY en 1981. Thurston Moore permite que pedales y loops hacgan todo el trabajo. Kim, Jim y Lee abandonan poco a poco el escenario, pero su líder decide cotorrear con el público.
Largos e intrincados trayectos, como dilatados paseos por algúna zona de Manhattan. Itinerarios interminables que deparan escalas inesperadas. Un vuelo charter por regiones ignotas del ritmo: algo así (insito: algo así) es la poética de estos muchachos que por desgracia han abandonado el escenario definitivamente. Las vibraciones del bajo y de los loops se han quedado encerradas en el salón 21, como si aún con los pedales y amplis apagados “Teenage riot” se hubiera quedado grabada entre las paredes.

Disculpas e invitacón

El eRRe se disculpa por haber echado la hueva en las dos semanas, pero varios imprevistos -entre ellos la inminente mudanza del eRRe- lo mantuvieron alejado de estos lares. Ya nos empezaremos a reponer. Por lo pronto les dejo una crónica del concierto de Sonic Youth, autoría del Alacrán Prisionero, y ya sábanas que cualquiera de vuestras mercedes que cuente con un texto similar que quiera exponer en eRRemental, pues pa' eso existe... mándenlo y lo ponemos.
Salu' pues.

viernes, 29 de junio de 2007

Narvarrock

El eRRe les recuerda este evento de los cuates del Gallerie's

DaPuntoBeat en Gallerie's Rock
Av. Cuauhtémoc 775 esq. Luz Saviñón
Sábado 30 de junio de 2007
A partir de las 10 p.m.
Boletos. Día del evento, $120. Preventa en Gallerie's Rock y Smart Ticket, $160.

miércoles, 27 de junio de 2007

¡Trae a tu madre a la cámara de gas! IV

He oído historias de conciertos de Black Sabbath que estremecerían a un alma frágil; Sandy Pearlman me contó que en el último al que asistió, nadie entre la audiencia podía siquiera mantenerse en pie, apenas y podían aplaudir, y había cuerpos tirados por todas partes. Pero el show de Black Sabbath al que yo asistí poco después de la entrevista con Ozzy, contrario a la leyenda, fue bastante parecido a cualquier otro concierto de rock, no hubo demasiadas sobredosis ni incidentes detestables como resultado de muchas personas al mismo tiempo en el mismo lugar tan pasoneada que no tuvieran la menor idea de qué estaban haciendo o por qué.
Por otra parte, los teloneros en esta gira son Yes. Este doble cartel agotó las entradas para el Cobo Hall, el principal palacio de las delicias en estos lugares, donde se llevan a cabo partidos de hockey y lucha libre profesional en las noches entre semana, y que nada más los pesos completos del rocanrol pueden llenar. Aun con el acabado general de un lugar así, donde cualquier cantidad de volumen se puede perder por sus mohosos corredores y su inmensa oscuridad, por lo menos el 60 por ciento de la audiencia acudió por Yes. Yes acaba de iniciar el camino a su propio superestrellato gracias a “Roundabout” y su álbum Fragile, y, como es de esperarse en un grupo que pone semejantes títulos a sus creaciones, los fans tienden a tener un pedigrí muy distinto. Elevan la edad promedio a nivel universitario, creo yo.
De hecho, me asombró lo bien portado de la audiencia y las buenas condiciones en las que parecía encontrarse. Andando por ahí, veías caras y cuerpos y ropas tan normales que a veces resultaban inolvidables, era una de esas raras ocasiones en las que no se podía leer la temperatura psíquica en la cara de los demás como en algún extraño barómetro. Si los que andaban “volando” superaban la mitad, entonces supieron disimularlo espantosamente bien.
Ya que esta historia originalmente iba a tratar del campo de batalla en que se había convertido el concierto de rock contemporáneo, con un panorama lastimoso de púberes pasoneados y otros lugares comunes, la mayoría de nosotros aquí en Creem nos preparamos para la sobrecogedora experiencia consumiendo uno o dos tranquilizantes. Ahora estábamos ahí, prácticamente (o así me lo pareció) siendo los únicos réprobos barbiturizados en kilómetros a la redonda. Siempre atento al detalle escabroso, Jan Uhelszki me reportó que alguien había intentado venderle una pastilla llamada Carbotrol en el baño, y que en determinado momento vio a una chica vomitar. ¡Solo una miserable vomitada!
Asimismo, la mariguana en ese momento y durante las tres semanas que siguieron fue legal en Michigan debido a que una corte superior del estado emitió un ordenamiento el cual establecía que, dado que la posesión estaba por convertirse en delito menor, existía un lapso en el que la ley anterior no se podría aplicar, así que todo mundo podía fumar hasta estupidizarse en donde quisiera sin otro temor que el del enfisema. ¡Dinamita periodística! Yo esperaba ver personas que caminaban tan casuales como catedráticos lanzando lánguidas volutas de sus churros como si fueran cigarrillos que ni siquiera se sacaban de la boca, o quizá entregándose a frenéticas orgías masivas de humo como las que John Sinclair y Jerry Ruby profetizaron, pero maldito sea si en toda la noche vi a un solo güey prendiendo un toque en público. Todos estaban en sus asientos con las manos entrelazadas escuchando la música. Fue decididamente espeluznante.
Yes tocó un set bien logrado y apantallante de art-rock de formica que les ganó la ovación del público. Hicieron un encore con una increíble ovación de pie, mientras que Sabbath, el acto principal, ni siquiera volvió a salir ni se los pidieron; exactamente en el instante que la última canción, “Paranoid”, terminó y ellos salieron del escenario, empezó la afluencia del público a los pasillos como si les hubieran dado una orden. ¡Y yo que pensaba que los encores se habían convertido en una costumbre social inquebrantable!
Por supuesto, no tocaron un set particularmente deslumbrante esa noche; la química entre público e intérprete siempre es algo más delicado de lo que la mayoría de la gente considera. Pero, sobre todo, Sabbath, para mi completo asombro y nuevamente haciendo la leyenda confusa, tocaron a un volumen apenas dentro del nivel promedio para una banda ascendente, locochona, con un álbum en el segundo puesto del Eastown Ballroom, un antrucho de reputación local. Luego de los rumores que corren entre la prensa de que los ejecutivos de Warner Brothers siempre llevan consigo tapones de oídos por si en el cumplimiento del deber les toca tener que ir a un concierto de Black Sabbath, no podía creerme este chaparrón de susurros de distorsión y voz platicada: ¡me sentí encabronado!
También hay que destacar que no tienen el despliegue escénico del siglo: Geezer Butler hace unas buenas agachadas y veloces levantones de su bajo a la inglesa, Bill Ward está dentro del promedio en lo que a histrionismo en batería se refiere, pero Tony Iommi toca la guitarra en una postura inmutable, con los ojos pegados a los trastes, como si estuviera tan concentrado en lo que hace que bien podría estar en la sala de su casa en Birmingham y el público ser un ratoncito solitario. Ozzy se divierte en el escenario más de lo que uno pensaría dado el tipo de material en que son especialistas, confirmando su observación previa de que “nuestra música hasta cierto grado libera la tensión acumulada en la gente. Cuando subo al escenario y empiezo a hacer locuras, siento un gran alivio, sé que algo está liberándose”.
Sí, yo también, sea escuchando tus discos mientras brinco encima de un mal día con una botella de vino en la sala de mi propia casa, o viendo tus saltos de cojito en el escenario que son muy ingeniosos, chico. No eres Mick Jagger, pero tampoco te haces el melindroso cuando se trata de menearse. De hecho, tu exaltado entusiasmo confiesa el mismo sentido de ingenuidad que tus modales y tu conversación transmiten en persona, contagia, y de verdad quería pasármela bien aun cuando mi texto sobre la Gran Tierra Baldía Adolescente estaba muerto y aun cuando el volumen andaba de vacaciones y aun cuando me dolían la espalda y los pies y me sentía cansado y tenía frío y básicamente estaba aburrido. Quería pasármela bien no solo porque me gusta Black Sabbath, sino porque ustedes me hicieron quererlo, y supongo que por eso estoy encabronado, porque salvo unos cuantos minutos de agitación y rugidos al compás de “Children of the Grave” y la excesivamente corta “Paranoid”, simplemente me la pasé matando el tiempo todo el concierto, nada más me senté y esperé, oyendo a medias como acostumbro en estas cosas, y de verdad que no fue culpa de nadie, ni siquiera mía. Casi me pregunto si no prefiero que todos anden drogados e insoportables.
Quitarte la camiseta no tuvo el mismo drama a lo James Brown de la simbólica Develación de los Bíces del Príncipe Plowboy del Rock Mark Farner, pero de cualquier modo el gesto fue bueno y una de las dos adolescentes detrás de mí que se la pasaron dando de chillidos por ti toda la noche gritó “¡quítatelo todo, Ozzy!”. Iban con trajes de terciopelo oscuro y cruces negras de madera que colgaban de tiritas de cuero alrededor de sus cuellos (aun cuando noté que de los miembros de la banda solo Geezer seguía portando su crucifijo de la buena suerte) y en determinado momento, al principio del concierto, una llegó a gritar “¡son unos diablos!”.
Cuando el mar de gente hizo olas en el pasillo central con un apretujón masivo apenas empezaba su set, empezaron a aumentar mis esperanzas, especialmente cuando cerca de una docena de apurados acomodadores salieron de los espacios libres a cada lado del escenario y con sus manos y luces acusatorias comenzaron a realizar una serie de intentos fútiles por resquebrajar la vacilante congregación de Black Sabbath. No obstante los fieles se mantuvieron firmes (de cualquier modo la mayoría ni siquiera podía moverse) y pronto apareció un enorme crucifijo hecho con dos pedazos de cartón clavados y forrados con papel aluminio que algún facineroso fanatizado debe haber traído a la tocada desde Pontiac o algún otro lugar así, hasta que alguien sostuvo el elefantiásico icono plateado justo frente a tu cara mientras cantabas, obstruyendo la visión de la gente que estaba más atrás con una necesidad un tanto absurda por hacer algo que provoque una señal de reconocimiento afirmativa por parte de sus héroes. Aunque solo sea porque piensen que eres extraño (pero no cambies...) y al menos debes ser increíblemente excéntrico e indescriptiblemente depravado y esperan mirar fugazmente un gesto que les dé una pista, un indicio, de la vida que llevas.
Lo cual, quizá, te brinde muchos motivos para vivir. De la entrevista:
“La gente dice, “carajo, ¿te das cuenta de qué grande eres?” y yo me subo a un avión, me bajo de un avión y me voy a casa... Todo el mundo cree que una gira no es más que una gigantesca orgía rockera de sexo y drogas. Y conoces a unas chicas increíbles cuando estás de gira, harían cualquier cosa con tal de llegar a ti. Como una mañana en que estaba dormido cuando suena el teléfono: “Bueno.” Y una voz jadeante y hermosa me contesta: “bueeeenoooo”. “¿Quién eres?”. “Soy la Reina de las Mamadas.” ¡En serio! Así que cuando me dijo “¿Y tú quién eres?”, yo le dije que Geezer y le di el número de su habitación. De lo siguiente que me entero es que Geezer llama diciéndome que está en su habitación y no puede sacarla. Así que todos vamos para allá y le decimos, “por favor, vete” y ella dice, “¡no! ¿Por qué? Doy las mejores mamadas de todo el Oeste. ¿No me creen?” Nosotros no queremos hacerla sentir mal, no sabemos qué contestar o qué hacer, así que finalmente amenazamos con que si no se marcha nos meamos encima de ella, y se va.
“La gente se pone muy rara, hombre, en ocasiones es jodidamente divertido, como cuando dicen “¡tócame la mano!” y tú dices “¿qué?” y ellos “¡me tocó la mano!” y se pierden de nuevo corriendo entre la multitud”. Se ríe. “Tienden a pensar en ti como en un chingado santero o algo así. Una persona maravillosa a la que conocí fue Peter Green, de Fleetwood Mac. Le pregunté por qué se había dejado la banda y él me dijo que había estado sobándose el lomo cerca de diez años, y cuando eventualmente sucedió, empezó a perder su identidad por completo. Eso es lo que no quiero que me pase. No quiero ser “OZZY OSBOURNE”, nada más quiero ser yo, como tú, que eres tú, y llevas una vida ordinaria. Ahora tengo algo de seguridad financiera, me compré mi propia casa, tengo mi propia esposa y dos hijos y eso es todo lo que quiero. Es decir, solo soy un tipo ordinario que hace música. Estoy muy deprimido, personalmente. Soy un pinche neurótico. Pero la gente cree que vivimos a lo Black Sabbath. Bueno, amo a esta banda, he pasado por todas las etapas con ellos, pero amo mi hogar y mi familia mil veces más. Porque esa es la realidad, es por lo que vivo. La gente tiende a pensar que llego a mi casa y le doy de latigazos a mi esposa, ¿sabes?... No digo que no lo haga”, vuelve a reírse, “pero ellos creen que mi madre era vampireza y mi padre un pinche saqueador de tumbas. La gente piensa que esa clase de cosas y la violencia son emocionantes. Kim Fowley me dijo “créeme, lo que debes hacer a continuación es ir a México a comprar un cadáver, lo subes al escenario y lo acuchillas”. A eso es a lo que está llegando. Pretendemos durar mucho tiempo, pero tampoco nos hacemos ilusiones. Black Sabbath solo fue un acontecimiento exitoso, no puede predecirse cómo o por qué, es una de esas cosas raras que pasan en la vida. No puedo seguir haciendo esto para siempre. Tarde o temprano se va a esfumar, cuando el pinche Adolfo Hitler y la Gestapo vengan por nosotros o algo. Y entonces vendrá algo nuevo que se llamará Rock de la Cámara de Gas: “¡Trae a tu madre a la cámara de gas!”.”

¡Trae a tu madre a la cámara de gas! III

Segunda parte: Black Sabbath y las extrañas orgías de drogas y sangre

Cuando se trata de política, las bandas de rocanrol habitualmente tienen más que decir en su música o más de lo que puede leerse en ella (lo que viene a ser lo mismo) que cuando se ponen a hablar al respecto. Ozzy Osbourne básicamente está igual de politizado que el músico promedio y, si bien su respuesta al comentario de alguien al otro lado de la habitación fue para efectos de que a alguien no debe temblarle la mano para meterle un tiro a Nixon –“cualquier político es tan jodidamente malo como el otro”-, considera que las canciones en sí son descripciones gráficas del estado actual de las cosas: “Para mí, se acabaron los días de escribir canciones de mierda. Me gusta pensar que si la gente escucha las palabras, llegará a la verdad de una canción, como en la letra de “Children of the Grave”, que habla de los chicos de hoy. La revolución que la gente de Estados Unidos trae en mente es ridícula, porque creen en ella con demasiada fuerza y con seriedad y quieren sacar provecho de eso, y después sublevarse mediante cualquier medio. Uno sale lastimado por cualquiera de los extremos, ya sea que uno deje todo como está y tan solo se deje llevar, o que haga algo diferente. No pueden estar peor que ahora, y podrían conseguirse algo mucho mejor”.
Por lo menos es sincero, y si sus posturas parecen un tanto ingenuas, todavía es posible tomárselas no solo con un grano de sal, sino con la música misma como indicador de una preocupación genuina, incluso puede concluirse que a cambio de toda la fealdad y el odio que lleva su música, a cambio de todos los aspectos de perversa hostilidad que se arrastran de rodillas a través del azufre rumbo al vientre de una resplandeciente nube blanca en forma de hongo, a la embestida final de lo que Black Sabbath dice o intenta decir la mueve un impulso humanista no muy común. Y porque les importa, y porque dan directo en el blanco con tanta frecuencia, y porque incluso su maledicencia fantasmagórica y sus castigos son tan vívidos, y porque son mejores en esto (musical y temáticamente) que Grand Funk y prácticamente cualquier otra banda de Tercera Generación con la posible excepción de Alice Cooper, y porque Alice Cooper no lo dice en serio y Black Sabbath sí, es muy difícil exagerar lo mucho que los necesitábamos y seguimos necesitándolos.
Así pues, que siga esa calumnia del “rock-narcótico”, porque a estas alturas resulta difícil imaginar que algo detenga a Black Sabbath. Tienen muy claro en donde están parados dentro de la arena mítica del ojo público, y toman la cultura de las drogas y su vinculación con ella de la única forma que les es posible, con ecuanimidad: “Mucha gente nos sorprende al decirnos que tocamos rock narcótico”, observa Ozzy. “Si nosotros no estuviéramos aquí, igual se narcotizarían. La gente va a meterse drogas así vayan a ver a James Taylor o a Englebert Humperndinck. Realmente no veo en qué forma nosotros los hayamos atraído. Quiero decir, tú no empezaste a tomar drogas desdeque oyes nuestra música...”
“Qué va, desde entonces no.”
“Si tomas drogas”, continúa, ignorando el jactancioso comentario del sabiondo de la onda, “las tomas porque te gusta ponerte. No las tomas porque cuatro tipos se llenan de dinero diciendo “debes tomar drogas”. Si quieren usarnos como pretexto, adelante.”
El problema con semejante postura, aunque perfectamente correcta, es que la gente la emprende contra algo de las maneras más horribles. Hay una canción de Black Sabbath sobre drogas llamada “Hand of Doom”, aparte de tener un arreglo de un dinamismo increíble que incluye media docena de quiebres de ritmo ascendentes, se trata de una de las declaraciones más fuertes y despiadadas acerca de la plaga química que proviene de la música pop. Es casi tan buena como “Heroin” de Lou Reed y termina en definitiva con sentimientos tan falsos como los de “The Needle and the Damage Done” de Neil Young o “Sam Stone” de John Prime porque no romantiza el tema demasiado (eso es algo ineludible) y no lo convierte en molienda para telenovelas. En vez de eso, describe con lenguaje sombrío y directo a una persona que lentamente muere por su propia mano y señala lo demencial del caso con firmeza.
Pero hay personas que toman una canción como ésta y automáticamente examinan algunos de los versos más fuertes con una lógica peculiar, considerándolos una afirmación del ciclo autodestructivo. Creen que lo que dice Ozzy es “¡tomen ácido! ¡Clávense un arpón! No se detengan a pensar en las consecuencias porque dentro de un minuto todos podríamos ser diminutas partículas de excreción radiactiva, dentro de unos cuantos segundos. Esa es una entre otras buenas razones”. Debo admitir que, yo mismo habiendo vivido hasta cierto grado tal síndrome, prácticamente llego a la misma conclusión, a percibir un estremecimiento tangible al oír a una estrella de rock apoyada por una sólida sección rítmica escupir las sentencias más nihilistas y amorales posibles; sentía lo mismo seguido cuando escuchaba a los primeros Velvet Underground, y Mick Jagger transmite esa sensación en algunos de sus momentos más decadentes. Es exactamente eso, una sensación, que se parece a lo que uno siente en una película cuando ve que de un disparo le vuelan las entrañas a alguien en cámara lenta.
Ozzy espera tales reacciones y se las arregla para tomarlas con filosofía: “Lo raro con el público es que le das una canción y ellos se la chingan según la quieran tomar. La letra de “Hand of Doom” es una de las más escabrosas y asquerosas que pueda haber sobre adicción a las drogas... Es como cuando niño veía una película de vaqueros y decía “vaya, Range Rider acaba de meterle un tiro a Dick West en la cabeza y qué ridículo se ver el tipo ese actuando su muerte de manera dramática”. Pero ahora todo se ha hecho más realista, ves que le disparan a alguien y de verdad lo hacen pedazos. Así son las cosas en la realidad. Cuando alguien te pone un arma en la cabeza y jala el gatillo, ya te chingaste, cuando te metes drogas de esa forma es como si un disparo en el brazo te matara. Después de un concierto en Estados Unidos, no recuerdo dónde fue, en el piso había como mil jodidas hipodérmicas; me quedé sorprendido, me sentí enfermo, de verdad me sentí enfermo pensando que acababa de cantar para unas personas que estaban un paso más cerca del hoyo. Entiendo por qué la gente quiere tomar drogas; básicamente es la presión, y el miedo. Este país le da miedo a las generaciones jóvenes porque está en guerra.”
Si en ocasiones sus palabras parecen tomadas directamente de una de las canciones de la banda, solo se debe a que éstas en general reflejan muchas de las actitudes que tiene la juventud de hoy tanto en este país como en Europa. Ozzy Osbourne es alguien con quien pudiste haber ido a la escuela. Pero no puedo tragarme por completo que la guerra en Vietnam y el espectro del reclutamiento tengan suficiente peso para constituirse en factor absoluto para que tanta gente arroje su vida a la basura por las drogas; tiene que haber algo más. Así que le dije que cuando voy a los conciertos de rock con frecuencia me da la impresión que la gente se acomoda en trincheras, a su manera casi igual de degradadas y desagradables que las otras, preguntándole si no pensaba que si hacían todo lo que se hacen a sí mismos era para no verse obligados a acomodarse en una trinchera Allá, si la gente no estaría matándose ella sola ante la posibilidad de tener que matar a alguien más.
Pensó un minuto, alisó la toalla que llevaba alrededor del cabello (recién lavado para el show de la tarde). “No sabría qué responder. Yo creo que es el tener que vivir en las ciudades, porque todas las ciudades son como gigantescos botes de basura. El lugar de donde vengo, Birmingham, es como éste [Detroit], violencia y demás, he pasado por todo eso. He estado en la puta cárcel, he andado de vago, pero solo la ciudad te obliga a hacer cosas. Tengo suerte, podría hablarte de cómo fui criado, pasé por muchas de las historias por las que ustedes están pasando ahora mismo, la violencia, que te rajen y te acuchillen y todo eso... así que mucho de eso emerge naturalmente en nuestra música. No sé si siempre seremos tan desafiantes como alguna gente parece pensar que es nuestra música, yo creería que no, pero a veces nos sentimos encabronados, así que escribimos canciones así. Otras veces simplemente surgen, como “Paranoid” que simplemente sucedió, la escribimos y la grabamos en media hora.”
Pese a todo el imaginario fosforescente, una de las cosas que distinguen a Black Sabbath es que tienden a pensar de forma bastante literal y su radio de artificio y contradicción, sin mencionar las actitudes de abierta deshonestidad hacia la audiencia, es inusualmente mínimo dentro de su música. Nada más compárenlos con alguien como Alice Cooper, gran rocanrolero y un cantante verdaderamente bueno en la tradición de Freddy Cannon y todo la cosa, pero que cada gira se envuelve en más fregados trapitos de P.T. Barnum, que no se cree nada de lo que dice hasta donde se alcanzo a ver y que tiene un buen humor cínico y un profesionalismo de altos vuelos como si todo se tratara de simple show business. Alice Cooper vende un producto; Black Sabbath también, supongo, pero no lo saben a ciencia cierta, o por lo menos están más preocupados por compartir su manera de entender el mundo que por ser la banda más llamativa y trabajadora de la industria. Y, con todo y lo crudo que a veces resulta el producto, esta calidad exige nuestro respeto. Dicen lo que deben y lo dicen en serio, aun si el choque entre su percepción del huracán cuyo ojo cabalgan y la realidad del público en ocasiones acaba en una buena sacudida.
Ozzy recuerda que “una vez dimos una tocada y toda la gente que sentada al frente agitaba sus puños y nos hacía muecas... se desahogaban con nuestra música narcótica”. Ríe, pero no muy convencido. “Yo sostenía el pedestal del micrófono con fuerza, lo sacudía, y toda la gente de las primeras cinco filas tenía putas botellas en las manos. Tuve la visión de que alguien me volaría la cabeza. Me gusta que la gente se pare, que agarre la onda, baile y la pase bien. Pero a veces, cuando se ponen locos de verdad, pienso si se darán cuenta de qué los está haciendo bailar, ¿se darán cuenta de la letra y del concepto de la canción? Lo que más me interesa a mí es subirme al escenario y hacer que la gente lo pase bien, pero a veces todavía me pregunto exactamente en qué andan.”

viernes, 22 de junio de 2007

¡Trae a tu madre a la cámara de gas! II

Ellos pueden negar todo esto; al preguntarle cómo se gestó el concepto de la banda, Ozzy Osbourne respondió con un vago “no sé. Conocí a los chicos, nos juntamos a ensayar unos dos años, nos morimos de hambre, anduvimos por ahí esperando una oportunidad y simplemente sucedió. Tú me dices que tiene que ver con la fatalidad o algo así, pero yo no puedo decirte nada al respecto porque estoy en medio de esto.” Realmente no importa qué tan conscientes estén de lo que dicen. El mensaje está ahí para el que tenga oídos, y es inequívoco. Los temas son la perdición, la destrucción y la redención, y su elemental búsqueda de justicia y armonía que en la noche del mundo cada vez se vuelve más explícitamente social. En su primer álbum esa cualidad sólo aparecía en una canción, “Wicked World”. Pero prevalecía un ánimo de percepción medieval de poderes sobrenaturales que actúan para secuestrar almas incautas y someterlas a la esclavitud eterna. La banda tomó su nombre de una película de horror británica apenas superior al promedio producida por Hammer Studios y estelarizada por Boris Karloff, su canción homónima abre con efectos sonoros de lluvia y el tañido de una campana que resuena en la adolorida guitarra, lenta y saturada, marcando el paso a seguir en cortes abridores de futuros álbumes, lo que contribuyó en gran parte para avalar el estigma de “rock narcótico”. Satanás aparece por primera vez dentro de su material en esta canción , con mirada lasciva y relamiéndose los labios mientras va apilando almas recién capturadas. Con el nombre de la banda y el contenido temático de su álbum lo mismo que el diseño de su empaque tendientes a este tipo de cosas es fácil darse cuenta por qué la gente los estereotipa como un grupo que explota bien por lucro -o bien que vive y promulga- una especie de pop maginegresco que tiene a las niñas de prepa leyendo intensamente libros de cómo convertirse en brujas y practicar hechizos en novios potenciales (y a un abusado como Antón LaVey[1] trasquilando a gusto) aun cuando organizaciones mortalmente (en sentido literal) serias tales como Proceso llevan a cabo sus tétricos rituales en Los Ángeles, México, Nueva York y el lugar que quieran, promulgando un nihilismo total y el fin del mundo, involucrados en maquinaciones increíbles para, sí, apoderarse de la gente (y conseguir zombies competentes que realicen cualquier trabajo con el que ellos no quieran mancharse las manos) incluso en algunas ocasiones cometiendo asesinatos con la precisión ritualista de un completo psicópata. Por todas partes hay salamandras trapicheras como Manson que le encuentran una utilidad fantástica a esa faceta aplicada a sus propios un poco menos bizarros fines “religiosos”. La magia negra tiene que ver con el control absoluto; y como el rocanrol es una música poderosa que tiene efectos extraños sobre la gente, cuyos temas con trasfondo de dominancia cuasifascista y sometimiento vienen desde el blues más temprano hasta los Stones y Alice Cooper, el camino estaba libre para establecer ciertas conexiones psíquicas y subculturales. Sin duda existen admiradores de Black Sabbath a quienes el grupo les gusta porque parece reflejar su propio interés en la magia y la manipulación sobrenatural, igual que alguna vez hubo gente que usó al Velvet Underground como banda sonora para las películas de drogas duras que vivían en todo su apogeo. Pero los miembros de la banda en sí no tienen que ver con nada de eso, según Ozzy: “Nunca anduvimos metidos en la magia negra. Pero una vez, sólo para tener algo distintivo, decidimos que haríamos algo nunca antes se había hecho, lo de las cruces y todo eso, la misa negra en el escenario, pero no queríamos que fuera cosa de salir con un par de cuernos. Aun así todavía hay gente que se acerca y piensa que les vamos a echar una chingada maldición. O si no es que tienen miedo, entonces creen que somos densos, que andamos en la densidad total. Una vez, volviendo de una presentación, llegamos al hotel y oí muchos pasos afuera del cuarto que recorrían el pasillo de un lado a otro. Así que abro la pinche puerta y veo a un montón de personas raras que iban y venían con velas negras y pintaban cruces y cosas en las puertas, esos cabrones de verdad que me asustaron. Todos apagamos las velas y cantamos el “Happy Birthday””, se carcajea. “Eso no les agradó mucho.” Cuando empiezas a oír su música con oídos abiertos, rápidamente se nota que eso de la brujería rocanrolera sólo es una asidera diseñada para hacer el concepto de Black Sabbath más inmediatamente digerible. Así como Satanás, el Dios vengativo del Antiguo Testamento y las agonías espiritusobrenaturales son recurrentes en su música, casi de forma invariable acostumbran hacer un señalamiento moral. La visión de Black Sabbath acerca de la vida en nuestro planeta y la maquinaria de la civilización se concreta en su segundo LP, Paranoid, cuya primera canción (“War Pigs”) toma el epíteto que durante la pasada década tan indiscriminadamente se aplicó a cualquier persona con la que quien lo pronunciara no estuviera de acuerdo, y lo lleva a su máxima personificación en una viñeta que por su contenido verbal y desenfrenada amargura recuerda a “Masters of War” de Dylan y la retórica distintivamente incendiaria de los panfletos subversivos del Obrero Socialista y otros partidos que han sobrevivido desde la Primera Guerra Mundial. Recuerdo haber visto en libros viejos agresivas caricaturas en las que se veían (literalmente) cerdos capitalistas paseando con sombreros de copa y usando chalecos con botones a punto de salir disparados por toda la grasa contenida, encendiéndose habanos gigantescos con billetes de 100 dólares. Posiblemente la única diferencia entre aquello y esto o la canción de Dylan es que esas caricaturas eran conscientes de ser propaganda agitadora y esto (pueden aceptar lo siguiente en el grado que ustedes gusten, yo me lo tomo al pie de la letra) es auténtica cultura folklórica, donde el odio más orgánico y sensato se revuelve desde las mismas entrañas en una catarsis de rabia tan apocalíptica como el Final que visualizan en esta canción y en “Electric Funeral”, probablemente las declaraciones más perversas que vayamos a oírle a esta banda. Incluso Dylan, después de hallar el valor para escribir “ojalá se mueran”, descubrió que no había nada más que decir una vez al extremo de ese tema en particular. “War Pigs” termina con una fantasía sobre el Día del Juicio, con la espada del arcángel hundiéndose en los cuellos de quienes han elegido servir a Lucifer y ahora deben seguirlo hasta el Gehenna. Ríanse si quieren, pero Black Sabbath son algo así como los John Milton del rocanrol: “Volteaste a mí con todo tu orgullo y tu codicia terrenales/¿Pero voltearás a mí cuando te toque morir?”. El cristianismo que consistentemente corre por sus canciones es cruel y sangriento como sólo el cristianismo puede ser (es decir, ejecutando decapitaciones con placer febril escudadas en el bien y la rectitud moral). “Electric Funeral” es su imagen de la guerra atómica como la Segunda Vuelta. Y el motivo de la venganza no se limita a los referentes bíblicos, “Iron Man”, una de sus mejores canciones, es una pieza casi de pura música programada que utiliza tenebrosas percusiones retumbantes como pasos de golem y un riff de guitarra que se precipita con la brusquedad de un brazo mecánico al demoler edificios para describir una maldad que recuerda mucho al monstruo de Frankenstein interpretado por Karloff, que realmente lo único que anhelaba era jugar con los otros niños, que al encontrarse aislado como todo anormal, debido a su tamaño y su arrolladora falta de gracia (tal vez Iron Man en realidad sea el símbolo y la fantasía de todo adolescente torturado por ser desgarbado y “diferente”), responde con una rabia por salir y un arranque destructivo incontenible. La gente es extraña cuando eres un extraño. “Iron Man” es un melodrama de alienación tanto como “Paranoid” es una descripción tersa y tranquilizadoramente acertada de lo que en verdad sucede cuando de repente descubres que de algún modo has patinado apenas una fracción de segundo fuera del mundo como tú mismo y los demás lo perciben. “Paranoid” traduce a la perfección el acalambrante sentimiento de saber que en semejante condición no hay absolutamente nadie sobre la faz del planeta con quien puedas hacerte entender o que te pueda ayudar. Andas bien solito, como una piedra rodante; en tales circunstancias ni cabe preguntarse por qué la imaginación se despabila un poco y se vuelca en sueños de ciencia-ficción vengativa. Yo mismo he sentido el filo ártico de la demencia en ocasiones, el estar atascado en ese doloroso sitio donde no puedes hacer que atraviesen la frontera más que advertencias congeladas que inevitablemente se distorsionan. Por haber captado esto tan bien, nada más por “Paranoid”, Black Sabbath significa mucho para mí y para muchos de mis amigos. Abordando una experiencia tan común en estos años, ¿a quién le queda duda de por qué este grupo ha conquistado el mundo (por decirlo así)? Y ahora que lo han conquistado al detallar numerosos de nuestros malestares más habituales, ¿qué cura tienen para ofrecer? Bueno, aquí es donde su moralismo empieza a desmoronarse, al menos para muchos de nosotros, porque ¿qué otra cosa tendría para ofrecer un grupo del Antiguo Testamento si no es a Jehová? O, adelantándonos unos cuantos siglos en las escrituras griegas, a Jesús. Tampoco es que actúen como sicofantes de la virulenta proliferación de sectas hippies fundamentalistas. En Masters of Reality dan la impresión de que debido al aire fúnebre que pende sobre sus personajes y a la etiqueta de “rock narcótico” se sintieron obligados a convertir su moralismo en el proselitismo descarado que “Lord of This World” sugiere y que afianza “After Forever”, la cual sigue a una loa de los placeres de la cannabis (ya ven, niños, nosotros no tomamos esas pastillas horribles, usamos y defendemos este saludable material...) titulada “Sweet Leaf”: Bueno he visto la verdad Sí he visto la luz Y he cambiado mis costumbres. Y estaré preparado Cuando estés sola y asustada Al final de tus días. Esta canción llega a afirmar que “Dios... es el único que puede salvarte de todo el pecado y el odio” y hasta incluye un verso que va “te gustaría ver al Papa al final de una soga: ¿crees que es un tonto?”. Pues, de hecho, sí y sí, porque si alguien es un cerdo de guerra ése es el Papa, o por lo menos un ángel malvado. Quizá quede como un tonto, pero yo veo que esta banda hace un intento por brindar alguna dirección a una generación muy ocupada en autoinmolarse tan rápido como sea posible. Y dado que no hay nadie más a quien yo vea que parezca tener un mejor consejo para ellos que Black Sabbath, me duele quizá incorrectamente verlos sugerir la evasiva más desabrida que se haya concebido en los últimos 2’000 años. Es decir, ¿qué diferencia existe entre un vegetal que balbucea acerca de cuánto crack puede aguantar manteniéndose vivo, y uno empeñado en repetir una letanía fanática con terca persistencia a cuanto extraño pasa por la calle? Pero supongo que no debo esperarme respuestas muy sofisticadas de Black Sabbath. Masters of Reality de cualquier forma tiene más de una alternativa que sugerir. “Into the Void” es una fantasía sobre escapar del desbarajuste de esta órbita mediante “motores de cohetes quemando el combustible muy rápido/elevándose al cielo nocturno en un estallido...” tal y como las naves espaciales que hace poco promovió el Concejo de Incidentes Musicales en Cocaína. Por lo menos esta versión de la fantasía tiene la ventaja de contar con una música sólida y pulverizante como respaldo. Una solución mucho más interesante es la bosquejada en “Children of the Grave”, una pieza acelerada, profunda y cojonuda que es uno de los momentos estelares en sus actuales presentaciones en vivo. (“¿Tiene que vivir el mundo bajo la sombra del miedo atómico?”) Eso alienta previsibles insinuaciones de una hipotética catástrofe que provienen de una imagen romantizada en la que los niños nacidos a la sombra del megatón insisten en salvar el planeta en un final feliz fuera de lo común: “Pelearán por el mundo/hasta que hayan ganado/y el amor empiece a fluir”. Por mí está bien. El nebuloso romanticismo de la canción la aparta de las limitaciones utópicas de cualquier facción, aun cuando tiene tanta carnita dialéctica como Grand Funk al cantar “People Let’s Stop the War”. [1] Satanista mediático, autor de The Satanic Bible y Sumo Sacerdote de la Iglesia de Satanás durante la época hippie en San Francisco.

¡Trae a tu madre a la cámara de gas! I

Para que tengan algo que leer durante el fin de semana, una traducción del eRRe a un artículito muy interesante de Lester Bangs, publicado originalmente en la revista Creem, junio-julio, 1972. Para su mejor lectura lo divido en cuatro partes. Enjoy! ¡Trae a tu madre a la cámara de gas! Primera parte: ¿Son Black Sabbath realmente los nuevos chamanes? Necesito mostrarme Las cosas de la vida que puedo hallar No puedo ver las cosas Que conforman la verdadera felicidad Debo estar ciego -Black Sabbath, “Paranoid” “El mundo se está terminando.” -Mozalbete británico entrevistado en un noticiario durante el primer auge de la beatlemanía. Hemos topado con días oscuros; el catálogo de los horrores presentes y lo desalentador del mañana nos es ya tan familiar que ni siquiera tiene sentido volver a hablar de eso. Puede tratarse de una evasiva, pero ahora la gente hace casi cualquier cosa con tal de escapar a los moldes. La (primera) Era de la Ansiedad dio paso al viscoso retroceso de los cincuenta, cuando todo ciudadano tenía su estrecho refugio antibombas; luego vino el sentido de cambio masivo de los sesenta, pero el final de esa década agitada ha traído una nueva Era de la Implosión, los iconoclastas hijos de la guerra han desviado el camino en masse, entre empujones y vomitándose unos a otros en los festivales que hasta hace muy poco eran celebraciones. Ponen todo su potencial en un bulto que dejan refundido en la vacuidad de habitaciones sombrías. Es una época desesperada en una “tierra desesperada”, como dijo Jim Morrison apenas cuando las cosas lucían más luminosas. Si los dramas terminales de los Doors y los Velvet Underground fueron proféticos, sus “sórdidas” tramas ahora se han convertido en banalidad cotidiana; lo cual ciertamente no disminuye el pavor dominante, pero sí implica la necesidad de una música nueva, una música que aborde los colapsos y las fumarolas psíquicas desde un nivel distinto, y, con suerte, apunte a una resolución positiva. Hemos visto a los Stooges arremeter la noche fieramente y volcarse dentro de sus fauces; actualmente Alice Cooper la explota en todo lo que vale, convirtiéndola en un circo. Pero sólo hay una banda que ha tratado el asunto con honestidad en términos significativos para vastas porciones del público, no nada más abordándolo con una estructura mítica personal y universal, sino ingeniándoselas de manera efectiva para también prosperar. Esa banda es Black Sabbath. En Inglaterra su primer disco estuvo entre los 20 más vendidos, el segundo llegó al primer lugar de las listas británicas y el sencillo de la canción que le da título al tercero, para cuando llegaron a Estados Unidos su compañía de discos estaba lista para levantar ámpula con carteles de “MÁS ESTRIDENTES QUE LED ZEPPELIN” a la cabeza, aunque, según dice su vocalista Ozzy Osbourne, “tuvieron que desechar eso muy pronto porque les dijimos que se dejaran de chingar”. La compañía nunca ha sabido realmente de qué va el grupo o cómo manejarlo. Pero eso no tuvo la menor importancia, porque Black Sabbath no perdió tiempo para repetir el triunfo inglés en este país; sus tres álbumes permanecieron meses enteros al mismo tiempo en las listas de popularidad. El público, en su interminable búsqueda tanto de un sonido que haga rechinar los huesos como de alguien que ponga en perspectiva los traumas sociales y psíquicos del presente, encontró ambas cosas en Black Sabbath. Eran estridentes, probablemente junto a Grand Funk lo más estridente que se hubiera oído en la historia de la humanidad; poseían una visión oscura de la sociedad y del alma humana tomada de la magia negra y el mito cristiano; llegaban directo a las tinieblas del corazón adolescente con bloques de sonido aplastantes y obsesivos, y “palabras que van directo a tu tristeza, palabras que dicen “no hay mañana””, como cantó Ozzy en “Warning”, de su primer disco. Los críticos y otros que simplemente eran incapaces de oír, ya fuera porque les resultaba tan ajeno como para considerar a James Taylor su vocero o meramente porque sintieran que ese riff en esencia ya había sido tocado mucho mejor por los Stooges o los MC5, respondieron casi al unísono y la condenaron de “música narcótica”. Puesto que carecía en gran medida de la incontenible adrenalina que había imperado en sus predecesores y bastaba con echar un vistazo a una sala de rock para saber adónde había conducido la Revolución Psicodélica, parecía una acusación válida para considerar. Muchos admiradores de Black Sabbath toman narcóticos, pero ciertamente hay muchos que no, al igual que hay muchas víctimas de los barbitúricos y la heroína a los que el grupo no les prende para nada, incluyendo a varios de esos adeptos al sonido acústico amelcochado que supuestamente llevan estilos de vida más saludables que los esbirros de la música de la desesperación. Pero de algún modo es más fácil imaginarnos que el chavo al final de la cuadra está tan jodido como lo hemos visto crecer, aplastado en su cuarto atascándose de Tuinal, escuchando a Black Sabbath parlotear del diablo y de la guerra nuclear y de lo cruel que es el mundo, negándose a sí mismo igual que niega todo lo demás y encontrando una justificación para su cancerosa apatía. Ése es el mito público. Pero no exactamente el mito de Black Sabbath, de veras que no, y poner a consideración la verdadera visión inherente a su rock narcótico revelará lo exacta que resulta la frase. Ustedes nunca han hecho nada Más que construir para destruir Ustedes juegan con mi mundo Como si fuera su juguetito Me ponen un arma en la mano Y se ocultan a mi mirada Luego voltean y salen corriendo Cuando las balas veloces vuelan. -Bob Dylan, “Masters of War” En la oscuridad el mundo deja de girar Cenizas donde arden los cuerpos No más cerdos de guerra del poder Y al llegar la hora de Dios El día del juicio, el llamado de Dios Los cerdos de guerra se arrastran de rodillas Implorando clemencia para sus pecados Satanás se carcajea y extiende sus alas. -Black Sabbath, “War Pigs” Escuchen mis últimas palabras en cualquier lugar. Escuchen mis palabras en cualquier mundo. Escuchen todos los dirigentes sindicales y los gobiernos de la tierra. Y los poderes detrás de cualquier asqueroso trato consumado en un baño cualquiera para tomar lo que no les pertenece. Pera vender la tierra de quienes no han nacido para siempre... ¿Y qué les ofrece mi programa de resistencia total y austeridad total? Les ofrezco nada. No soy político. Estas son circunstanciass de emergencia total. Y estas son mis instrucciones para la emergencia total que de seguirse ahora pueden evitar el desastre total que ahora se ha puesto en marcha: Pueblos de la tierra, a todos los envenenaron... en cualquier momento cincuenta millones de adolescentes ojos rasgados invadirán las calles con navajas automáticas, cadenas de bicicleta y ladrillos... -William S, Burroughs, “Últimas palabras [de Hassan i Sabbh]”, Nova Express Pese a la naturaleza aguerrida de su sonido, Black Sabbath son unos moralistas, como Bob Dylan, como William Burroughs, como la mayoría de los artistas que intentan abordar situaciones serias de manera honesta. Quizá no compartan el mismo nivel de profundidad; son ciertamente mucho menos articulados, más sujetos a lo efímero del rock, pero son una banda conciente, que ha mirado a su alrededor y se ha dado a la tarea de reflejar el caos de una forma que ellos consideran positiva. Hasta ahora han dado algunos pasos tentativos para ofrecer alternativas. En su libro The Making of a Counter Culture, Theodore Roszak sugirió que dada la actual escasez de líderes sociales en los que valga la pena invertir siquiera una esperanza pasajera, la coalición conformada por los jóvenes y el ala libre de la izquierda debería voltear hacia la antigua noción de chamán, ese santo demente cuyos remedios no provienen de la lógica o de amplias deliberaciones, en ocasiones ni siquiera de las palabras, sino de una percepción extraordinariamente aguda del fluir universal. Bueno, pues ahora hemos cosechado el montón de beneficios del texto de Roszak, en cada esquina hay un chamán recargado y los mesías de ocasión andan de oferta. Unos son “políticos” y otros “místicos”, algunos construyen sus reinos con un estofado “cósmico” de ambos elementos, y cada cual parece tener su tropita de heroinómanos-ojos-desorbitados haciendo proselitismo. Luego también están los chamanes culturales, Dylan el más grande de todos: bíblico, enraizado en la tierra y en la tradición y con su propia marca de conciencia Nuevo Testamento. Burroughs es otro, desde luego, y su “Asan i Sabbah” no es más que una forma particularmente malévola de chamán, mientras que la “Policía Nova” es la benevolente agencia de regulación que salva al universo de la adicción y el control. Burroughs ha sido uno de los moralistas más destacados en la literatura estadounidense; su trabajo equivale a una demonología de nuestros tiempos, donde las fuerzas que actualmente amenazan la supervivencia de nuestro planeta son retratadas como dioses que operan desde fuera. La parte donde Black Sabbath encaja en esta aparente digresión, es que ellos combinan una demonología no distante a la de Burroughs (si bien mucho más obvia) con un moralismo bíblico que hace ver a Dylan bastante blando, aunque pueden ser igual de vengativos que él en lo referente a los juicios de Jehová. Probablemente sean el primer grupo de rock verdaderamente católico, o el primer grupo en sumergirse por completo dentro de la Caída y la Redención: el dualismo cristiano tradicional que asegura que, de no caminar en la luz del Señor, Satanás habrá de controlar tus hilos y es de esperarse que acabes mal, acaso de forma inminente.

jueves, 21 de junio de 2007

Un poemita...

...poemita bastardo como todos los del eRRe (por aquello de que él alega que son hijos de la poesía, pero la poesía no los reconoce)... Salucita...

andar estremecido es el rocanrol
llevar las entrañas heridas
igual que un traje jaspeado
en medio de un bosque otoñal
como suena cualquier música
en el cementerio de Zagreb
el estallido de los secretos
eso es el rocanrol

quedarse quieto en lo alto
se oye como a rocanrol
quedarse estupefacto
la baba goteando palabras
animadas con colores aturdidos
todavía no manchados de nombre
pasear pasillos de puertas azotadas
y el rastaman que sueña Nietzsche
eso es el rocanrol

mi muerte, tu muerte,
la muerte que a diario jugamos
el humo que cuelga de mi corazón
Terry Reid toca en directo desde el sol
esta soledad triturada
con más soledad
que conserva sana la enfermedad
que se siente como un sentimiento
que pareciera una vida plena
lanzarse de la silla al suelo
como un avión o un rascacielos
cayendo
eso es el rocanrol