viernes, 22 de junio de 2007
¡Trae a tu madre a la cámara de gas! II
Ellos pueden negar todo esto; al preguntarle cómo se gestó el concepto de la banda, Ozzy Osbourne respondió con un vago “no sé. Conocí a los chicos, nos juntamos a ensayar unos dos años, nos morimos de hambre, anduvimos por ahí esperando una oportunidad y simplemente sucedió. Tú me dices que tiene que ver con la fatalidad o algo así, pero yo no puedo decirte nada al respecto porque estoy en medio de esto.”
Realmente no importa qué tan conscientes estén de lo que dicen. El mensaje está ahí para el que tenga oídos, y es inequívoco. Los temas son la perdición, la destrucción y la redención, y su elemental búsqueda de justicia y armonía que en la noche del mundo cada vez se vuelve más explícitamente social. En su primer álbum esa cualidad sólo aparecía en una canción, “Wicked World”. Pero prevalecía un ánimo de percepción medieval de poderes sobrenaturales que actúan para secuestrar almas incautas y someterlas a la esclavitud eterna.
La banda tomó su nombre de una película de horror británica apenas superior al promedio producida por Hammer Studios y estelarizada por Boris Karloff, su canción homónima abre con efectos sonoros de lluvia y el tañido de una campana que resuena en la adolorida guitarra, lenta y saturada, marcando el paso a seguir en cortes abridores de futuros álbumes, lo que contribuyó en gran parte para avalar el estigma de “rock narcótico”. Satanás aparece por primera vez dentro de su material en esta canción , con mirada lasciva y relamiéndose los labios mientras va apilando almas recién capturadas.
Con el nombre de la banda y el contenido temático de su álbum lo mismo que el diseño de su empaque tendientes a este tipo de cosas es fácil darse cuenta por qué la gente los estereotipa como un grupo que explota bien por lucro -o bien que vive y promulga- una especie de pop maginegresco que tiene a las niñas de prepa leyendo intensamente libros de cómo convertirse en brujas y practicar hechizos en novios potenciales (y a un abusado como Antón LaVey[1] trasquilando a gusto) aun cuando organizaciones mortalmente (en sentido literal) serias tales como Proceso llevan a cabo sus tétricos rituales en Los Ángeles, México, Nueva York y el lugar que quieran, promulgando un nihilismo total y el fin del mundo, involucrados en maquinaciones increíbles para, sí, apoderarse de la gente (y conseguir zombies competentes que realicen cualquier trabajo con el que ellos no quieran mancharse las manos) incluso en algunas ocasiones cometiendo asesinatos con la precisión ritualista de un completo psicópata. Por todas partes hay salamandras trapicheras como Manson que le encuentran una utilidad fantástica a esa faceta aplicada a sus propios un poco menos bizarros fines “religiosos”. La magia negra tiene que ver con el control absoluto; y como el rocanrol es una música poderosa que tiene efectos extraños sobre la gente, cuyos temas con trasfondo de dominancia cuasifascista y sometimiento vienen desde el blues más temprano hasta los Stones y Alice Cooper, el camino estaba libre para establecer ciertas conexiones psíquicas y subculturales. Sin duda existen admiradores de Black Sabbath a quienes el grupo les gusta porque parece reflejar su propio interés en la magia y la manipulación sobrenatural, igual que alguna vez hubo gente que usó al Velvet Underground como banda sonora para las películas de drogas duras que vivían en todo su apogeo.
Pero los miembros de la banda en sí no tienen que ver con nada de eso, según Ozzy: “Nunca anduvimos metidos en la magia negra. Pero una vez, sólo para tener algo distintivo, decidimos que haríamos algo nunca antes se había hecho, lo de las cruces y todo eso, la misa negra en el escenario, pero no queríamos que fuera cosa de salir con un par de cuernos. Aun así todavía hay gente que se acerca y piensa que les vamos a echar una chingada maldición. O si no es que tienen miedo, entonces creen que somos densos, que andamos en la densidad total. Una vez, volviendo de una presentación, llegamos al hotel y oí muchos pasos afuera del cuarto que recorrían el pasillo de un lado a otro. Así que abro la pinche puerta y veo a un montón de personas raras que iban y venían con velas negras y pintaban cruces y cosas en las puertas, esos cabrones de verdad que me asustaron. Todos apagamos las velas y cantamos el “Happy Birthday””, se carcajea. “Eso no les agradó mucho.”
Cuando empiezas a oír su música con oídos abiertos, rápidamente se nota que eso de la brujería rocanrolera sólo es una asidera diseñada para hacer el concepto de Black Sabbath más inmediatamente digerible. Así como Satanás, el Dios vengativo del Antiguo Testamento y las agonías espiritusobrenaturales son recurrentes en su música, casi de forma invariable acostumbran hacer un señalamiento moral.
La visión de Black Sabbath acerca de la vida en nuestro planeta y la maquinaria de la civilización se concreta en su segundo LP, Paranoid, cuya primera canción (“War Pigs”) toma el epíteto que durante la pasada década tan indiscriminadamente se aplicó a cualquier persona con la que quien lo pronunciara no estuviera de acuerdo, y lo lleva a su máxima personificación en una viñeta que por su contenido verbal y desenfrenada amargura recuerda a “Masters of War” de Dylan y la retórica distintivamente incendiaria de los panfletos subversivos del Obrero Socialista y otros partidos que han sobrevivido desde la Primera Guerra Mundial. Recuerdo haber visto en libros viejos agresivas caricaturas en las que se veían (literalmente) cerdos capitalistas paseando con sombreros de copa y usando chalecos con botones a punto de salir disparados por toda la grasa contenida, encendiéndose habanos gigantescos con billetes de 100 dólares. Posiblemente la única diferencia entre aquello y esto o la canción de Dylan es que esas caricaturas eran conscientes de ser propaganda agitadora y esto (pueden aceptar lo siguiente en el grado que ustedes gusten, yo me lo tomo al pie de la letra) es auténtica cultura folklórica, donde el odio más orgánico y sensato se revuelve desde las mismas entrañas en una catarsis de rabia tan apocalíptica como el Final que visualizan en esta canción y en “Electric Funeral”, probablemente las declaraciones más perversas que vayamos a oírle a esta banda. Incluso Dylan, después de hallar el valor para escribir “ojalá se mueran”, descubrió que no había nada más que decir una vez al extremo de ese tema en particular.
“War Pigs” termina con una fantasía sobre el Día del Juicio, con la espada del arcángel hundiéndose en los cuellos de quienes han elegido servir a Lucifer y ahora deben seguirlo hasta el Gehenna. Ríanse si quieren, pero Black Sabbath son algo así como los John Milton del rocanrol: “Volteaste a mí con todo tu orgullo y tu codicia terrenales/¿Pero voltearás a mí cuando te toque morir?”. El cristianismo que consistentemente corre por sus canciones es cruel y sangriento como sólo el cristianismo puede ser (es decir, ejecutando decapitaciones con placer febril escudadas en el bien y la rectitud moral). “Electric Funeral” es su imagen de la guerra atómica como la Segunda Vuelta.
Y el motivo de la venganza no se limita a los referentes bíblicos, “Iron Man”, una de sus mejores canciones, es una pieza casi de pura música programada que utiliza tenebrosas percusiones retumbantes como pasos de golem y un riff de guitarra que se precipita con la brusquedad de un brazo mecánico al demoler edificios para describir una maldad que recuerda mucho al monstruo de Frankenstein interpretado por Karloff, que realmente lo único que anhelaba era jugar con los otros niños, que al encontrarse aislado como todo anormal, debido a su tamaño y su arrolladora falta de gracia (tal vez Iron Man en realidad sea el símbolo y la fantasía de todo adolescente torturado por ser desgarbado y “diferente”), responde con una rabia por salir y un arranque destructivo incontenible. La gente es extraña cuando eres un extraño. “Iron Man” es un melodrama de alienación tanto como “Paranoid” es una descripción tersa y tranquilizadoramente acertada de lo que en verdad sucede cuando de repente descubres que de algún modo has patinado apenas una fracción de segundo fuera del mundo como tú mismo y los demás lo perciben. “Paranoid” traduce a la perfección el acalambrante sentimiento de saber que en semejante condición no hay absolutamente nadie sobre la faz del planeta con quien puedas hacerte entender o que te pueda ayudar. Andas bien solito, como una piedra rodante; en tales circunstancias ni cabe preguntarse por qué la imaginación se despabila un poco y se vuelca en sueños de ciencia-ficción vengativa. Yo mismo he sentido el filo ártico de la demencia en ocasiones, el estar atascado en ese doloroso sitio donde no puedes hacer que atraviesen la frontera más que advertencias congeladas que inevitablemente se distorsionan. Por haber captado esto tan bien, nada más por “Paranoid”, Black Sabbath significa mucho para mí y para muchos de mis amigos. Abordando una experiencia tan común en estos años, ¿a quién le queda duda de por qué este grupo ha conquistado el mundo (por decirlo así)?
Y ahora que lo han conquistado al detallar numerosos de nuestros malestares más habituales, ¿qué cura tienen para ofrecer? Bueno, aquí es donde su moralismo empieza a desmoronarse, al menos para muchos de nosotros, porque ¿qué otra cosa tendría para ofrecer un grupo del Antiguo Testamento si no es a Jehová? O, adelantándonos unos cuantos siglos en las escrituras griegas, a Jesús. Tampoco es que actúen como sicofantes de la virulenta proliferación de sectas hippies fundamentalistas. En Masters of Reality dan la impresión de que debido al aire fúnebre que pende sobre sus personajes y a la etiqueta de “rock narcótico” se sintieron obligados a convertir su moralismo en el proselitismo descarado que “Lord of This World” sugiere y que afianza “After Forever”, la cual sigue a una loa de los placeres de la cannabis (ya ven, niños, nosotros no tomamos esas pastillas horribles, usamos y defendemos este saludable material...) titulada “Sweet Leaf”:
Bueno he visto la verdad
Sí he visto la luz
Y he cambiado mis costumbres.
Y estaré preparado
Cuando estés sola y asustada
Al final de tus días.
Esta canción llega a afirmar que “Dios... es el único que puede salvarte de todo el pecado y el odio” y hasta incluye un verso que va “te gustaría ver al Papa al final de una soga: ¿crees que es un tonto?”. Pues, de hecho, sí y sí, porque si alguien es un cerdo de guerra ése es el Papa, o por lo menos un ángel malvado. Quizá quede como un tonto, pero yo veo que esta banda hace un intento por brindar alguna dirección a una generación muy ocupada en autoinmolarse tan rápido como sea posible. Y dado que no hay nadie más a quien yo vea que parezca tener un mejor consejo para ellos que Black Sabbath, me duele quizá incorrectamente verlos sugerir la evasiva más desabrida que se haya concebido en los últimos 2’000 años. Es decir, ¿qué diferencia existe entre un vegetal que balbucea acerca de cuánto crack puede aguantar manteniéndose vivo, y uno empeñado en repetir una letanía fanática con terca persistencia a cuanto extraño pasa por la calle?
Pero supongo que no debo esperarme respuestas muy sofisticadas de Black Sabbath. Masters of Reality de cualquier forma tiene más de una alternativa que sugerir. “Into the Void” es una fantasía sobre escapar del desbarajuste de esta órbita mediante “motores de cohetes quemando el combustible muy rápido/elevándose al cielo nocturno en un estallido...” tal y como las naves espaciales que hace poco promovió el Concejo de Incidentes Musicales en Cocaína. Por lo menos esta versión de la fantasía tiene la ventaja de contar con una música sólida y pulverizante como respaldo.
Una solución mucho más interesante es la bosquejada en “Children of the Grave”, una pieza acelerada, profunda y cojonuda que es uno de los momentos estelares en sus actuales presentaciones en vivo. (“¿Tiene que vivir el mundo bajo la sombra del miedo atómico?”) Eso alienta previsibles insinuaciones de una hipotética catástrofe que provienen de una imagen romantizada en la que los niños nacidos a la sombra del megatón insisten en salvar el planeta en un final feliz fuera de lo común: “Pelearán por el mundo/hasta que hayan ganado/y el amor empiece a fluir”.
Por mí está bien. El nebuloso romanticismo de la canción la aparta de las limitaciones utópicas de cualquier facción, aun cuando tiene tanta carnita dialéctica como Grand Funk al cantar “People Let’s Stop the War”.
[1] Satanista mediático, autor de The Satanic Bible y Sumo Sacerdote de la Iglesia de Satanás durante la época hippie en San Francisco.
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