miércoles, 27 de junio de 2007

¡Trae a tu madre a la cámara de gas! III

Segunda parte: Black Sabbath y las extrañas orgías de drogas y sangre

Cuando se trata de política, las bandas de rocanrol habitualmente tienen más que decir en su música o más de lo que puede leerse en ella (lo que viene a ser lo mismo) que cuando se ponen a hablar al respecto. Ozzy Osbourne básicamente está igual de politizado que el músico promedio y, si bien su respuesta al comentario de alguien al otro lado de la habitación fue para efectos de que a alguien no debe temblarle la mano para meterle un tiro a Nixon –“cualquier político es tan jodidamente malo como el otro”-, considera que las canciones en sí son descripciones gráficas del estado actual de las cosas: “Para mí, se acabaron los días de escribir canciones de mierda. Me gusta pensar que si la gente escucha las palabras, llegará a la verdad de una canción, como en la letra de “Children of the Grave”, que habla de los chicos de hoy. La revolución que la gente de Estados Unidos trae en mente es ridícula, porque creen en ella con demasiada fuerza y con seriedad y quieren sacar provecho de eso, y después sublevarse mediante cualquier medio. Uno sale lastimado por cualquiera de los extremos, ya sea que uno deje todo como está y tan solo se deje llevar, o que haga algo diferente. No pueden estar peor que ahora, y podrían conseguirse algo mucho mejor”.
Por lo menos es sincero, y si sus posturas parecen un tanto ingenuas, todavía es posible tomárselas no solo con un grano de sal, sino con la música misma como indicador de una preocupación genuina, incluso puede concluirse que a cambio de toda la fealdad y el odio que lleva su música, a cambio de todos los aspectos de perversa hostilidad que se arrastran de rodillas a través del azufre rumbo al vientre de una resplandeciente nube blanca en forma de hongo, a la embestida final de lo que Black Sabbath dice o intenta decir la mueve un impulso humanista no muy común. Y porque les importa, y porque dan directo en el blanco con tanta frecuencia, y porque incluso su maledicencia fantasmagórica y sus castigos son tan vívidos, y porque son mejores en esto (musical y temáticamente) que Grand Funk y prácticamente cualquier otra banda de Tercera Generación con la posible excepción de Alice Cooper, y porque Alice Cooper no lo dice en serio y Black Sabbath sí, es muy difícil exagerar lo mucho que los necesitábamos y seguimos necesitándolos.
Así pues, que siga esa calumnia del “rock-narcótico”, porque a estas alturas resulta difícil imaginar que algo detenga a Black Sabbath. Tienen muy claro en donde están parados dentro de la arena mítica del ojo público, y toman la cultura de las drogas y su vinculación con ella de la única forma que les es posible, con ecuanimidad: “Mucha gente nos sorprende al decirnos que tocamos rock narcótico”, observa Ozzy. “Si nosotros no estuviéramos aquí, igual se narcotizarían. La gente va a meterse drogas así vayan a ver a James Taylor o a Englebert Humperndinck. Realmente no veo en qué forma nosotros los hayamos atraído. Quiero decir, tú no empezaste a tomar drogas desdeque oyes nuestra música...”
“Qué va, desde entonces no.”
“Si tomas drogas”, continúa, ignorando el jactancioso comentario del sabiondo de la onda, “las tomas porque te gusta ponerte. No las tomas porque cuatro tipos se llenan de dinero diciendo “debes tomar drogas”. Si quieren usarnos como pretexto, adelante.”
El problema con semejante postura, aunque perfectamente correcta, es que la gente la emprende contra algo de las maneras más horribles. Hay una canción de Black Sabbath sobre drogas llamada “Hand of Doom”, aparte de tener un arreglo de un dinamismo increíble que incluye media docena de quiebres de ritmo ascendentes, se trata de una de las declaraciones más fuertes y despiadadas acerca de la plaga química que proviene de la música pop. Es casi tan buena como “Heroin” de Lou Reed y termina en definitiva con sentimientos tan falsos como los de “The Needle and the Damage Done” de Neil Young o “Sam Stone” de John Prime porque no romantiza el tema demasiado (eso es algo ineludible) y no lo convierte en molienda para telenovelas. En vez de eso, describe con lenguaje sombrío y directo a una persona que lentamente muere por su propia mano y señala lo demencial del caso con firmeza.
Pero hay personas que toman una canción como ésta y automáticamente examinan algunos de los versos más fuertes con una lógica peculiar, considerándolos una afirmación del ciclo autodestructivo. Creen que lo que dice Ozzy es “¡tomen ácido! ¡Clávense un arpón! No se detengan a pensar en las consecuencias porque dentro de un minuto todos podríamos ser diminutas partículas de excreción radiactiva, dentro de unos cuantos segundos. Esa es una entre otras buenas razones”. Debo admitir que, yo mismo habiendo vivido hasta cierto grado tal síndrome, prácticamente llego a la misma conclusión, a percibir un estremecimiento tangible al oír a una estrella de rock apoyada por una sólida sección rítmica escupir las sentencias más nihilistas y amorales posibles; sentía lo mismo seguido cuando escuchaba a los primeros Velvet Underground, y Mick Jagger transmite esa sensación en algunos de sus momentos más decadentes. Es exactamente eso, una sensación, que se parece a lo que uno siente en una película cuando ve que de un disparo le vuelan las entrañas a alguien en cámara lenta.
Ozzy espera tales reacciones y se las arregla para tomarlas con filosofía: “Lo raro con el público es que le das una canción y ellos se la chingan según la quieran tomar. La letra de “Hand of Doom” es una de las más escabrosas y asquerosas que pueda haber sobre adicción a las drogas... Es como cuando niño veía una película de vaqueros y decía “vaya, Range Rider acaba de meterle un tiro a Dick West en la cabeza y qué ridículo se ver el tipo ese actuando su muerte de manera dramática”. Pero ahora todo se ha hecho más realista, ves que le disparan a alguien y de verdad lo hacen pedazos. Así son las cosas en la realidad. Cuando alguien te pone un arma en la cabeza y jala el gatillo, ya te chingaste, cuando te metes drogas de esa forma es como si un disparo en el brazo te matara. Después de un concierto en Estados Unidos, no recuerdo dónde fue, en el piso había como mil jodidas hipodérmicas; me quedé sorprendido, me sentí enfermo, de verdad me sentí enfermo pensando que acababa de cantar para unas personas que estaban un paso más cerca del hoyo. Entiendo por qué la gente quiere tomar drogas; básicamente es la presión, y el miedo. Este país le da miedo a las generaciones jóvenes porque está en guerra.”
Si en ocasiones sus palabras parecen tomadas directamente de una de las canciones de la banda, solo se debe a que éstas en general reflejan muchas de las actitudes que tiene la juventud de hoy tanto en este país como en Europa. Ozzy Osbourne es alguien con quien pudiste haber ido a la escuela. Pero no puedo tragarme por completo que la guerra en Vietnam y el espectro del reclutamiento tengan suficiente peso para constituirse en factor absoluto para que tanta gente arroje su vida a la basura por las drogas; tiene que haber algo más. Así que le dije que cuando voy a los conciertos de rock con frecuencia me da la impresión que la gente se acomoda en trincheras, a su manera casi igual de degradadas y desagradables que las otras, preguntándole si no pensaba que si hacían todo lo que se hacen a sí mismos era para no verse obligados a acomodarse en una trinchera Allá, si la gente no estaría matándose ella sola ante la posibilidad de tener que matar a alguien más.
Pensó un minuto, alisó la toalla que llevaba alrededor del cabello (recién lavado para el show de la tarde). “No sabría qué responder. Yo creo que es el tener que vivir en las ciudades, porque todas las ciudades son como gigantescos botes de basura. El lugar de donde vengo, Birmingham, es como éste [Detroit], violencia y demás, he pasado por todo eso. He estado en la puta cárcel, he andado de vago, pero solo la ciudad te obliga a hacer cosas. Tengo suerte, podría hablarte de cómo fui criado, pasé por muchas de las historias por las que ustedes están pasando ahora mismo, la violencia, que te rajen y te acuchillen y todo eso... así que mucho de eso emerge naturalmente en nuestra música. No sé si siempre seremos tan desafiantes como alguna gente parece pensar que es nuestra música, yo creería que no, pero a veces nos sentimos encabronados, así que escribimos canciones así. Otras veces simplemente surgen, como “Paranoid” que simplemente sucedió, la escribimos y la grabamos en media hora.”
Pese a todo el imaginario fosforescente, una de las cosas que distinguen a Black Sabbath es que tienden a pensar de forma bastante literal y su radio de artificio y contradicción, sin mencionar las actitudes de abierta deshonestidad hacia la audiencia, es inusualmente mínimo dentro de su música. Nada más compárenlos con alguien como Alice Cooper, gran rocanrolero y un cantante verdaderamente bueno en la tradición de Freddy Cannon y todo la cosa, pero que cada gira se envuelve en más fregados trapitos de P.T. Barnum, que no se cree nada de lo que dice hasta donde se alcanzo a ver y que tiene un buen humor cínico y un profesionalismo de altos vuelos como si todo se tratara de simple show business. Alice Cooper vende un producto; Black Sabbath también, supongo, pero no lo saben a ciencia cierta, o por lo menos están más preocupados por compartir su manera de entender el mundo que por ser la banda más llamativa y trabajadora de la industria. Y, con todo y lo crudo que a veces resulta el producto, esta calidad exige nuestro respeto. Dicen lo que deben y lo dicen en serio, aun si el choque entre su percepción del huracán cuyo ojo cabalgan y la realidad del público en ocasiones acaba en una buena sacudida.
Ozzy recuerda que “una vez dimos una tocada y toda la gente que sentada al frente agitaba sus puños y nos hacía muecas... se desahogaban con nuestra música narcótica”. Ríe, pero no muy convencido. “Yo sostenía el pedestal del micrófono con fuerza, lo sacudía, y toda la gente de las primeras cinco filas tenía putas botellas en las manos. Tuve la visión de que alguien me volaría la cabeza. Me gusta que la gente se pare, que agarre la onda, baile y la pase bien. Pero a veces, cuando se ponen locos de verdad, pienso si se darán cuenta de qué los está haciendo bailar, ¿se darán cuenta de la letra y del concepto de la canción? Lo que más me interesa a mí es subirme al escenario y hacer que la gente lo pase bien, pero a veces todavía me pregunto exactamente en qué andan.”

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