viernes, 22 de junio de 2007
¡Trae a tu madre a la cámara de gas! I
Para que tengan algo que leer durante el fin de semana, una traducción del eRRe a un artículito muy interesante de Lester Bangs, publicado originalmente en la revista Creem, junio-julio, 1972. Para su mejor lectura lo divido en cuatro partes. Enjoy!
¡Trae a tu madre a la cámara de gas!
Primera parte: ¿Son Black Sabbath realmente los nuevos chamanes?
Necesito mostrarme
Las cosas de la vida que puedo hallar
No puedo ver las cosas
Que conforman la verdadera felicidad
Debo estar ciego
-Black Sabbath, “Paranoid”
“El mundo se está terminando.”
-Mozalbete británico entrevistado en un noticiario durante el primer auge de la beatlemanía.
Hemos topado con días oscuros; el catálogo de los horrores presentes y lo desalentador del mañana nos es ya tan familiar que ni siquiera tiene sentido volver a hablar de eso. Puede tratarse de una evasiva, pero ahora la gente hace casi cualquier cosa con tal de escapar a los moldes. La (primera) Era de la Ansiedad dio paso al viscoso retroceso de los cincuenta, cuando todo ciudadano tenía su estrecho refugio antibombas; luego vino el sentido de cambio masivo de los sesenta, pero el final de esa década agitada ha traído una nueva Era de la Implosión, los iconoclastas hijos de la guerra han desviado el camino en masse, entre empujones y vomitándose unos a otros en los festivales que hasta hace muy poco eran celebraciones. Ponen todo su potencial en un bulto que dejan refundido en la vacuidad de habitaciones sombrías.
Es una época desesperada en una “tierra desesperada”, como dijo Jim Morrison apenas cuando las cosas lucían más luminosas. Si los dramas terminales de los Doors y los Velvet Underground fueron proféticos, sus “sórdidas” tramas ahora se han convertido en banalidad cotidiana; lo cual ciertamente no disminuye el pavor dominante, pero sí implica la necesidad de una música nueva, una música que aborde los colapsos y las fumarolas psíquicas desde un nivel distinto, y, con suerte, apunte a una resolución positiva.
Hemos visto a los Stooges arremeter la noche fieramente y volcarse dentro de sus fauces; actualmente Alice Cooper la explota en todo lo que vale, convirtiéndola en un circo. Pero sólo hay una banda que ha tratado el asunto con honestidad en términos significativos para vastas porciones del público, no nada más abordándolo con una estructura mítica personal y universal, sino ingeniándoselas de manera efectiva para también prosperar. Esa banda es Black Sabbath.
En Inglaterra su primer disco estuvo entre los 20 más vendidos, el segundo llegó al primer lugar de las listas británicas y el sencillo de la canción que le da título al tercero, para cuando llegaron a Estados Unidos su compañía de discos estaba lista para levantar ámpula con carteles de “MÁS ESTRIDENTES QUE LED ZEPPELIN” a la cabeza, aunque, según dice su vocalista Ozzy Osbourne, “tuvieron que desechar eso muy pronto porque les dijimos que se dejaran de chingar”. La compañía nunca ha sabido realmente de qué va el grupo o cómo manejarlo. Pero eso no tuvo la menor importancia, porque Black Sabbath no perdió tiempo para repetir el triunfo inglés en este país; sus tres álbumes permanecieron meses enteros al mismo tiempo en las listas de popularidad.
El público, en su interminable búsqueda tanto de un sonido que haga rechinar los huesos como de alguien que ponga en perspectiva los traumas sociales y psíquicos del presente, encontró ambas cosas en Black Sabbath. Eran estridentes, probablemente junto a Grand Funk lo más estridente que se hubiera oído en la historia de la humanidad; poseían una visión oscura de la sociedad y del alma humana tomada de la magia negra y el mito cristiano; llegaban directo a las tinieblas del corazón adolescente con bloques de sonido aplastantes y obsesivos, y “palabras que van directo a tu tristeza, palabras que dicen “no hay mañana””, como cantó Ozzy en “Warning”, de su primer disco.
Los críticos y otros que simplemente eran incapaces de oír, ya fuera porque les resultaba tan ajeno como para considerar a James Taylor su vocero o meramente porque sintieran que ese riff en esencia ya había sido tocado mucho mejor por los Stooges o los MC5, respondieron casi al unísono y la condenaron de “música narcótica”. Puesto que carecía en gran medida de la incontenible adrenalina que había imperado en sus predecesores y bastaba con echar un vistazo a una sala de rock para saber adónde había conducido la Revolución Psicodélica, parecía una acusación válida para considerar.
Muchos admiradores de Black Sabbath toman narcóticos, pero ciertamente hay muchos que no, al igual que hay muchas víctimas de los barbitúricos y la heroína a los que el grupo no les prende para nada, incluyendo a varios de esos adeptos al sonido acústico amelcochado que supuestamente llevan estilos de vida más saludables que los esbirros de la música de la desesperación. Pero de algún modo es más fácil imaginarnos que el chavo al final de la cuadra está tan jodido como lo hemos visto crecer, aplastado en su cuarto atascándose de Tuinal, escuchando a Black Sabbath parlotear del diablo y de la guerra nuclear y de lo cruel que es el mundo, negándose a sí mismo igual que niega todo lo demás y encontrando una justificación para su cancerosa apatía.
Ése es el mito público. Pero no exactamente el mito de Black Sabbath, de veras que no, y poner a consideración la verdadera visión inherente a su rock narcótico revelará lo exacta que resulta la frase.
Ustedes nunca han hecho nada
Más que construir para destruir
Ustedes juegan con mi mundo
Como si fuera su juguetito
Me ponen un arma en la mano
Y se ocultan a mi mirada
Luego voltean y salen corriendo
Cuando las balas veloces vuelan.
-Bob Dylan, “Masters of War”
En la oscuridad el mundo deja de girar
Cenizas donde arden los cuerpos
No más cerdos de guerra del poder
Y al llegar la hora de Dios
El día del juicio, el llamado de Dios
Los cerdos de guerra se arrastran de rodillas
Implorando clemencia para sus pecados
Satanás se carcajea y extiende sus alas.
-Black Sabbath, “War Pigs”
Escuchen mis últimas palabras en cualquier lugar. Escuchen mis palabras en cualquier mundo. Escuchen todos los dirigentes sindicales y los gobiernos de la tierra. Y los poderes detrás de cualquier asqueroso trato consumado en un baño cualquiera para tomar lo que no les pertenece. Pera vender la tierra de quienes no han nacido para siempre... ¿Y qué les ofrece mi programa de resistencia total y austeridad total? Les ofrezco nada. No soy político. Estas son circunstanciass de emergencia total. Y estas son mis instrucciones para la emergencia total que de seguirse ahora pueden evitar el desastre total que ahora se ha puesto en marcha: Pueblos de la tierra, a todos los envenenaron... en cualquier momento cincuenta millones de adolescentes ojos rasgados invadirán las calles con navajas automáticas, cadenas de bicicleta y ladrillos...
-William S, Burroughs,
“Últimas palabras [de Hassan i Sabbh]”, Nova Express
Pese a la naturaleza aguerrida de su sonido, Black Sabbath son unos moralistas, como Bob Dylan, como William Burroughs, como la mayoría de los artistas que intentan abordar situaciones serias de manera honesta. Quizá no compartan el mismo nivel de profundidad; son ciertamente mucho menos articulados, más sujetos a lo efímero del rock, pero son una banda conciente, que ha mirado a su alrededor y se ha dado a la tarea de reflejar el caos de una forma que ellos consideran positiva. Hasta ahora han dado algunos pasos tentativos para ofrecer alternativas.
En su libro The Making of a Counter Culture, Theodore Roszak sugirió que dada la actual escasez de líderes sociales en los que valga la pena invertir siquiera una esperanza pasajera, la coalición conformada por los jóvenes y el ala libre de la izquierda debería voltear hacia la antigua noción de chamán, ese santo demente cuyos remedios no provienen de la lógica o de amplias deliberaciones, en ocasiones ni siquiera de las palabras, sino de una percepción extraordinariamente aguda del fluir universal. Bueno, pues ahora hemos cosechado el montón de beneficios del texto de Roszak, en cada esquina hay un chamán recargado y los mesías de ocasión andan de oferta. Unos son “políticos” y otros “místicos”, algunos construyen sus reinos con un estofado “cósmico” de ambos elementos, y cada cual parece tener su tropita de heroinómanos-ojos-desorbitados haciendo proselitismo.
Luego también están los chamanes culturales, Dylan el más grande de todos: bíblico, enraizado en la tierra y en la tradición y con su propia marca de conciencia Nuevo Testamento. Burroughs es otro, desde luego, y su “Asan i Sabbah” no es más que una forma particularmente malévola de chamán, mientras que la “Policía Nova” es la benevolente agencia de regulación que salva al universo de la adicción y el control. Burroughs ha sido uno de los moralistas más destacados en la literatura estadounidense; su trabajo equivale a una demonología de nuestros tiempos, donde las fuerzas que actualmente amenazan la supervivencia de nuestro planeta son retratadas como dioses que operan desde fuera.
La parte donde Black Sabbath encaja en esta aparente digresión, es que ellos combinan una demonología no distante a la de Burroughs (si bien mucho más obvia) con un moralismo bíblico que hace ver a Dylan bastante blando, aunque pueden ser igual de vengativos que él en lo referente a los juicios de Jehová.
Probablemente sean el primer grupo de rock verdaderamente católico, o el primer grupo en sumergirse por completo dentro de la Caída y la Redención: el dualismo cristiano tradicional que asegura que, de no caminar en la luz del Señor, Satanás habrá de controlar tus hilos y es de esperarse que acabes mal, acaso de forma inminente.
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