He oído historias de conciertos de Black Sabbath que estremecerían a un alma frágil; Sandy Pearlman me contó que en el último al que asistió, nadie entre la audiencia podía siquiera mantenerse en pie, apenas y podían aplaudir, y había cuerpos tirados por todas partes. Pero el show de Black Sabbath al que yo asistí poco después de la entrevista con Ozzy, contrario a la leyenda, fue bastante parecido a cualquier otro concierto de rock, no hubo demasiadas sobredosis ni incidentes detestables como resultado de muchas personas al mismo tiempo en el mismo lugar tan pasoneada que no tuvieran la menor idea de qué estaban haciendo o por qué.
Por otra parte, los teloneros en esta gira son Yes. Este doble cartel agotó las entradas para el Cobo Hall, el principal palacio de las delicias en estos lugares, donde se llevan a cabo partidos de hockey y lucha libre profesional en las noches entre semana, y que nada más los pesos completos del rocanrol pueden llenar. Aun con el acabado general de un lugar así, donde cualquier cantidad de volumen se puede perder por sus mohosos corredores y su inmensa oscuridad, por lo menos el 60 por ciento de la audiencia acudió por Yes. Yes acaba de iniciar el camino a su propio superestrellato gracias a “Roundabout” y su álbum Fragile, y, como es de esperarse en un grupo que pone semejantes títulos a sus creaciones, los fans tienden a tener un pedigrí muy distinto. Elevan la edad promedio a nivel universitario, creo yo.
De hecho, me asombró lo bien portado de la audiencia y las buenas condiciones en las que parecía encontrarse. Andando por ahí, veías caras y cuerpos y ropas tan normales que a veces resultaban inolvidables, era una de esas raras ocasiones en las que no se podía leer la temperatura psíquica en la cara de los demás como en algún extraño barómetro. Si los que andaban “volando” superaban la mitad, entonces supieron disimularlo espantosamente bien.
Ya que esta historia originalmente iba a tratar del campo de batalla en que se había convertido el concierto de rock contemporáneo, con un panorama lastimoso de púberes pasoneados y otros lugares comunes, la mayoría de nosotros aquí en Creem nos preparamos para la sobrecogedora experiencia consumiendo uno o dos tranquilizantes. Ahora estábamos ahí, prácticamente (o así me lo pareció) siendo los únicos réprobos barbiturizados en kilómetros a la redonda. Siempre atento al detalle escabroso, Jan Uhelszki me reportó que alguien había intentado venderle una pastilla llamada Carbotrol en el baño, y que en determinado momento vio a una chica vomitar. ¡Solo una miserable vomitada!
Asimismo, la mariguana en ese momento y durante las tres semanas que siguieron fue legal en Michigan debido a que una corte superior del estado emitió un ordenamiento el cual establecía que, dado que la posesión estaba por convertirse en delito menor, existía un lapso en el que la ley anterior no se podría aplicar, así que todo mundo podía fumar hasta estupidizarse en donde quisiera sin otro temor que el del enfisema. ¡Dinamita periodística! Yo esperaba ver personas que caminaban tan casuales como catedráticos lanzando lánguidas volutas de sus churros como si fueran cigarrillos que ni siquiera se sacaban de la boca, o quizá entregándose a frenéticas orgías masivas de humo como las que John Sinclair y Jerry Ruby profetizaron, pero maldito sea si en toda la noche vi a un solo güey prendiendo un toque en público. Todos estaban en sus asientos con las manos entrelazadas escuchando la música. Fue decididamente espeluznante.
Yes tocó un set bien logrado y apantallante de art-rock de formica que les ganó la ovación del público. Hicieron un encore con una increíble ovación de pie, mientras que Sabbath, el acto principal, ni siquiera volvió a salir ni se los pidieron; exactamente en el instante que la última canción, “Paranoid”, terminó y ellos salieron del escenario, empezó la afluencia del público a los pasillos como si les hubieran dado una orden. ¡Y yo que pensaba que los encores se habían convertido en una costumbre social inquebrantable!
Por supuesto, no tocaron un set particularmente deslumbrante esa noche; la química entre público e intérprete siempre es algo más delicado de lo que la mayoría de la gente considera. Pero, sobre todo, Sabbath, para mi completo asombro y nuevamente haciendo la leyenda confusa, tocaron a un volumen apenas dentro del nivel promedio para una banda ascendente, locochona, con un álbum en el segundo puesto del Eastown Ballroom, un antrucho de reputación local. Luego de los rumores que corren entre la prensa de que los ejecutivos de Warner Brothers siempre llevan consigo tapones de oídos por si en el cumplimiento del deber les toca tener que ir a un concierto de Black Sabbath, no podía creerme este chaparrón de susurros de distorsión y voz platicada: ¡me sentí encabronado!
También hay que destacar que no tienen el despliegue escénico del siglo: Geezer Butler hace unas buenas agachadas y veloces levantones de su bajo a la inglesa, Bill Ward está dentro del promedio en lo que a histrionismo en batería se refiere, pero Tony Iommi toca la guitarra en una postura inmutable, con los ojos pegados a los trastes, como si estuviera tan concentrado en lo que hace que bien podría estar en la sala de su casa en Birmingham y el público ser un ratoncito solitario. Ozzy se divierte en el escenario más de lo que uno pensaría dado el tipo de material en que son especialistas, confirmando su observación previa de que “nuestra música hasta cierto grado libera la tensión acumulada en la gente. Cuando subo al escenario y empiezo a hacer locuras, siento un gran alivio, sé que algo está liberándose”.
Sí, yo también, sea escuchando tus discos mientras brinco encima de un mal día con una botella de vino en la sala de mi propia casa, o viendo tus saltos de cojito en el escenario que son muy ingeniosos, chico. No eres Mick Jagger, pero tampoco te haces el melindroso cuando se trata de menearse. De hecho, tu exaltado entusiasmo confiesa el mismo sentido de ingenuidad que tus modales y tu conversación transmiten en persona, contagia, y de verdad quería pasármela bien aun cuando mi texto sobre la Gran Tierra Baldía Adolescente estaba muerto y aun cuando el volumen andaba de vacaciones y aun cuando me dolían la espalda y los pies y me sentía cansado y tenía frío y básicamente estaba aburrido. Quería pasármela bien no solo porque me gusta Black Sabbath, sino porque ustedes me hicieron quererlo, y supongo que por eso estoy encabronado, porque salvo unos cuantos minutos de agitación y rugidos al compás de “Children of the Grave” y la excesivamente corta “Paranoid”, simplemente me la pasé matando el tiempo todo el concierto, nada más me senté y esperé, oyendo a medias como acostumbro en estas cosas, y de verdad que no fue culpa de nadie, ni siquiera mía. Casi me pregunto si no prefiero que todos anden drogados e insoportables.
Quitarte la camiseta no tuvo el mismo drama a lo James Brown de la simbólica Develación de los Bíces del Príncipe Plowboy del Rock Mark Farner, pero de cualquier modo el gesto fue bueno y una de las dos adolescentes detrás de mí que se la pasaron dando de chillidos por ti toda la noche gritó “¡quítatelo todo, Ozzy!”. Iban con trajes de terciopelo oscuro y cruces negras de madera que colgaban de tiritas de cuero alrededor de sus cuellos (aun cuando noté que de los miembros de la banda solo Geezer seguía portando su crucifijo de la buena suerte) y en determinado momento, al principio del concierto, una llegó a gritar “¡son unos diablos!”.
Cuando el mar de gente hizo olas en el pasillo central con un apretujón masivo apenas empezaba su set, empezaron a aumentar mis esperanzas, especialmente cuando cerca de una docena de apurados acomodadores salieron de los espacios libres a cada lado del escenario y con sus manos y luces acusatorias comenzaron a realizar una serie de intentos fútiles por resquebrajar la vacilante congregación de Black Sabbath. No obstante los fieles se mantuvieron firmes (de cualquier modo la mayoría ni siquiera podía moverse) y pronto apareció un enorme crucifijo hecho con dos pedazos de cartón clavados y forrados con papel aluminio que algún facineroso fanatizado debe haber traído a la tocada desde Pontiac o algún otro lugar así, hasta que alguien sostuvo el elefantiásico icono plateado justo frente a tu cara mientras cantabas, obstruyendo la visión de la gente que estaba más atrás con una necesidad un tanto absurda por hacer algo que provoque una señal de reconocimiento afirmativa por parte de sus héroes. Aunque solo sea porque piensen que eres extraño (pero no cambies...) y al menos debes ser increíblemente excéntrico e indescriptiblemente depravado y esperan mirar fugazmente un gesto que les dé una pista, un indicio, de la vida que llevas.
Lo cual, quizá, te brinde muchos motivos para vivir. De la entrevista:
“La gente dice, “carajo, ¿te das cuenta de qué grande eres?” y yo me subo a un avión, me bajo de un avión y me voy a casa... Todo el mundo cree que una gira no es más que una gigantesca orgía rockera de sexo y drogas. Y conoces a unas chicas increíbles cuando estás de gira, harían cualquier cosa con tal de llegar a ti. Como una mañana en que estaba dormido cuando suena el teléfono: “Bueno.” Y una voz jadeante y hermosa me contesta: “bueeeenoooo”. “¿Quién eres?”. “Soy la Reina de las Mamadas.” ¡En serio! Así que cuando me dijo “¿Y tú quién eres?”, yo le dije que Geezer y le di el número de su habitación. De lo siguiente que me entero es que Geezer llama diciéndome que está en su habitación y no puede sacarla. Así que todos vamos para allá y le decimos, “por favor, vete” y ella dice, “¡no! ¿Por qué? Doy las mejores mamadas de todo el Oeste. ¿No me creen?” Nosotros no queremos hacerla sentir mal, no sabemos qué contestar o qué hacer, así que finalmente amenazamos con que si no se marcha nos meamos encima de ella, y se va.
“La gente se pone muy rara, hombre, en ocasiones es jodidamente divertido, como cuando dicen “¡tócame la mano!” y tú dices “¿qué?” y ellos “¡me tocó la mano!” y se pierden de nuevo corriendo entre la multitud”. Se ríe. “Tienden a pensar en ti como en un chingado santero o algo así. Una persona maravillosa a la que conocí fue Peter Green, de Fleetwood Mac. Le pregunté por qué se había dejado la banda y él me dijo que había estado sobándose el lomo cerca de diez años, y cuando eventualmente sucedió, empezó a perder su identidad por completo. Eso es lo que no quiero que me pase. No quiero ser “OZZY OSBOURNE”, nada más quiero ser yo, como tú, que eres tú, y llevas una vida ordinaria. Ahora tengo algo de seguridad financiera, me compré mi propia casa, tengo mi propia esposa y dos hijos y eso es todo lo que quiero. Es decir, solo soy un tipo ordinario que hace música. Estoy muy deprimido, personalmente. Soy un pinche neurótico. Pero la gente cree que vivimos a lo Black Sabbath. Bueno, amo a esta banda, he pasado por todas las etapas con ellos, pero amo mi hogar y mi familia mil veces más. Porque esa es la realidad, es por lo que vivo. La gente tiende a pensar que llego a mi casa y le doy de latigazos a mi esposa, ¿sabes?... No digo que no lo haga”, vuelve a reírse, “pero ellos creen que mi madre era vampireza y mi padre un pinche saqueador de tumbas. La gente piensa que esa clase de cosas y la violencia son emocionantes. Kim Fowley me dijo “créeme, lo que debes hacer a continuación es ir a México a comprar un cadáver, lo subes al escenario y lo acuchillas”. A eso es a lo que está llegando. Pretendemos durar mucho tiempo, pero tampoco nos hacemos ilusiones. Black Sabbath solo fue un acontecimiento exitoso, no puede predecirse cómo o por qué, es una de esas cosas raras que pasan en la vida. No puedo seguir haciendo esto para siempre. Tarde o temprano se va a esfumar, cuando el pinche Adolfo Hitler y la Gestapo vengan por nosotros o algo. Y entonces vendrá algo nuevo que se llamará Rock de la Cámara de Gas: “¡Trae a tu madre a la cámara de gas!”.”
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