Todo el mundo dice que mi amor es en vano
Y que llevo siglos esperando nacer
-David Lebón
Soñé que vi una película, luego la vi por segunda vez y me di cuenta de que sí existía. Se llama Shiki-Jitsu en japonés, que se traduce como Ritual, es la segunda película de Hideaki Anno, uno de los creadores de la serie de anime Neon Genesis Evangelion. No es fantástica, pero tiene fantasía. No es una película de acción, pero es una aventura que nos acostumbraron a llamarlo amor. Es un cuento que puede ocurrirle a cualquiera cualquier día en cualquier parte del mundo.
Érase una vez un chico que encuentra a una chica recostada en un cruce ferroviario, como a la espera de ser aplastada por algún tren. Un chico se cruza, parecería que la ha salvado, pero en realidad, ha interrumpido un ritual personal: mañana es su cumpleaños. Al día siguiente, de nuevo la encuentra en las vías y le ofrece unos obsequios de cumpleaños, ella le abre una sombrilla roja en la cara. No hoy, lo corrige: mañana es mi cumpleaños.
Ella deja que él entre en su secreto, “el único lazo entre los seres que no es una apariencia, porque no puede ser manifiesto”, ha escrito Pascal Quignard. Compartir un secreto es la entrada a otro mundo. Yo también he conocido chicas que parecía que querían ser salvadas cuando sólo querían escapar de la realidad. Y tú eres la puerta de salida más próxima. O en dado caso, ambos son para el otro la tabla de salvación del resto del mundo en esa confidencialidad máxima. “Solo el secreto puede vincular sustancialmente a los seres”, continúa Quignard, y si por definición no existe para los demás, el secreto es una fantasía.
El día antes de tu cumpleaños es más emocionante que el cumpleaños en sí. Ya que el día llega, la fiesta se celebra y termina, recibes abrazos, felicitaciones, tarjetas y la ilusión de los regalos termina por volverse vulgar realidad. Mucho más emocionante la eterna adrenalina de que mañana será el día de tu cumpleaños, empezando por no saber si llegarás a vivirlo. Ella tiene otro ritual: cada día sube a la azotea del laberíntico edificio que habita, se quita los zapatos rojos y cruza los barrotes de seguridad para caminar por el borde del techo en un mediodía radiante. “Si yo no existiera todo seguiría siendo bonito” observa. “Tal vez sería mejor que no existiera. ¿Y qué hay de mi sangre? Puede que también sea bonita. Debería comprobarlo”. Pero siente que le sigue gustando estar viva y vuelve a la seguridad de la azotea.
Sigues a una chica que gusta de tentar a la muerte porque nunca te habías sentido tan vivo… El chico, cineasta, empieza a filmar a la chica porque “las imágenes, especialmente la animación, simplemente expresan nuestras fantasías personales y colectivas, manipulando información determinada y construcciones inventadas. Incluso una película de acción real no se corresponde con la realidad. En cambio, la realidad, al cooperar con la ficción, pierde su valor. Ya no me importa, mi conciencia, mi realidad, convergen toda en ella. Ella quiere escapar a la fantasía y yo de la fantasía”. En esto último se engaña. Todos somos Alicias gustosas de seguir a un desconfiable conejo por un agujero que transporta del mundo conocido al país de las maravillas que entraña el secreto. Más tarde, el propio cineasta lo admitirá: “Las imágenes transforman un pasado real en ficción, pero cada uno de nosotros edita y altera su propia memoria”. La reinvención del pasado, su purificación, es un intercambio de realidad y fantasía que cualquier persona practica para crear una versión idealizada de sí misma, varían nuestros métodos, pero todos nos sentimos más cómodos en la ficción.
No debería extrañarnos. Lo raro es que demos tanto peso a nuestras diferencias ideológicas cuando nuestro denominador común es que la realidad del pensamiento racional era una fantasía en el ambiente oscuro y acuático, onírico, que habitamos antes de nacer. La chica nunca duerme, pero el cuarto destinado a ello debe permanecer inundado, como en el útero. Si el mañana de tu cumpleaños nunca se cumple, quiere decir que nunca has nacido. Sin embargo, aquí estás: erguida en tus dos pies, tus pulmones se llenan de aire y, porque respiras, hablas. Afrontado por la impudicia de un mundo que sueña despierto, el lenguaje, invención social por excelencia, no planeado para el aislamiento (plaga de una sociedad), debería callar. Como ya no puede hacerlo: delira, imagina; poetiza (si esa designación les resulta menos inquietante).
“Me gusta la lluvia porque entonces todas las personas felices tienen que caminar cabizbajas, ¡por eso me gusta la lluvia”. Él piensa que la lluvia que ella ama y embotella para los días soleados, eleva sus emociones y le evita encajar en un comportamiento determinado. Él sigue buscando explicaciones que respondan a la lógica ordinaria hace mucho en caída libre. Ella le explica que odia el sexo porque si lo haces no eres más que macho o hembra, como todo el mundo. Cuando ella le pregunta si le gustan los rieles del tren, la respuesta que da él se ciñe al aspecto mecánico, algo así como que está bien seguir las vías porque a veces conviene no tener opción de cambiar el camino. Hay un ánimo de mayor libertad en la réplica de ella, tan misteriosa como sensata: “Me gustan las vías del tren porque estos dos rieles nunca van a estar juntos, y aun así son uno”.
Pero llega un momento en que hasta la indomable fantasía pierde su halo de novedad. A él empieza a pesarle la acumulación de esos días, su registro en la cámara, el exceso de intimidad, los días que pasa con ella lo deprimen y dejan atrás aquello que disfrutaba. El pensamiento de la muerte infiltra la vida ilimitada. “Estos días que paso con ella habrán de terminar, aun mi vida algún día habrá de terminar”. Recibe una llamada al celular, lo saca, ve la pantalla y no contesta. “Algún día me pasará eso a mí”, piensa ella. Es el temor a despertar del sueño.
El problema es que un día subió a la azotea y extendió sus manos hacia atrás para ser sostenida por él. Y al recostarse sobre su pecho, el corazón de él le dijo que todo estaría bien. Y ya no le asusta quedarse dormida: “eso es porque estás conmigo. Pude cerrar los ojos sin más. Como si nada me asustara… pude dormir. ¡Eso es fantástico! ¿Sabes lo que significa? ¡Un descubrimiento sorprendente!”.
Confiar a otra persona el cuerpo dormido, en su estado de máxima vulnerabilidad, sella el secreto y en cierto modo es como lo contrario, como despertar, como nacer. Ya no debes mantenerte vigía del sueño que construiste. Ahora lo compartes con alguien que lo cuidará por ti si te duermes. No importa la mamá, la hermana o el exnovio que intervenga, no lo dañarán. Has aprendido a nacer. Ahora conoces el día exacto de tu cumpleaños, quizás hasta el amor.
Esto último no puedo asegurarlo porque una vez conseguí mi trabajo soñado y coincidió con el cumpleaños de la chica de mis sueños; “such a perfect day”, oigo a Lou Reed mascullando. Le llamé, pero le chocaba festejar su cumpleaños, no se sentía bien, no quería ver a nadie. Ok. Al día siguiente me encontré en Facebook las fotos del magno festejo al que sí estuvo invitado el tipo que destruiría el secreto que habíamos construido ella y yo. Ninguna chica que de verdad haya querido en tiempos recientes se acordó de mí en mi cumpleaños pasado. Eso debería decirme algo, ¿no? ¿Saben qué día es mañana? Mañana es mi cumpleaños.


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