lunes, 16 de mayo de 2022

¡Feliz cumpleaños, Jonathan Richman!

Llegaste tarde a mi vida. Pasa que buscaba tus discos en México y no los encontraba. Fue en un viaje ráfaga a Europa que compré en Zagreb una edición corregida y aumentada en CD del primer disco de los Modern Lovers, contaba arriba de 30 años. Quizá era el momento adecuado. Quizá antes no te habría entendido. Revisaba la evolución de tus canciones es y reflejaban mi progresión sentimental. Yo también fui el chico amargo y alienado de tus primeras rolas, hacía escarnio del Hippie Johnny y execraba a la chica que parecía entender todo lo que me gustaba, pero que no me dejaba preguntarle por qué se acostaba con tantos chicos. Yo sólo quería una chica que me quisiera; si no se podía, mejor nada. Luego entendí que ser sombrío todo el tiempo, tomarse todo tan en serio, no era sano. Se vale ser feliz hasta por tonterías, si uno de verdad es inteligente se lo permitiría. No fue de inmediato. Me preparaste para lo que vendría. Sucedía que todavía no había conocido al amor de mi vida; es decir, ya la conocía, pero no sabía que sería el amor de mi vida. Le ponía tu canción “A Higher Power” en su versión en español y ella la odiaba, no sé si por el acento gringo en tu pronunciación o porque le parecía cursi, a mí simplemente me parecía verdadera. “Es magia, ¡justicia!, el habernos quedado juntos”. Por supuesto, no nos quedamos juntos, pero aprendí que si nos rehusamos a sufrir, entonces sufriremos más, porque “True Love Is Not Nice”. ¿A qué venimos, si no a caer? Hay que enamorarse de la propia soledad para enamorarse del mundo y sus pequeños milagros que todos los días nos pasan frente a las narices y también merecen ser cantados: la arquitectura de un edificio, la envoltura de una goma de mascar que saluda tirada en la banqueta, las campanitas del vendedor de helados, la diversión nada planeada dentro de un club de lesbianas. Yo también prefiero el misterio que no usa tacones altos ni sombra en los ojos, la belleza cruda y al natural, por eso te sientes más cómodo tocando en una plaza pública o en un parque, en un hospital pediátrico o un asilo de ancianos; en un club de rock la pose se ha instalado con fuerza para que puedan entender la naturalidad de lo que tú haces. No te voy a mentir, todavía disfruto de tomarme una cerveza y fumarme un toquecito, así que no puedo presumir de haberte aprendido mucho. Pero no se trata de ser como tú, se trata de la verdad que cantas en discos que sacas con nula promoción de por medio. Ya llegarán los oídos adecuados. Qué importa si nadie escucha el programa que te dedico. Qué importa si nadie entiende. Para mí es importante. Tú una vez te subiste a una azotea a gritar tus canciones con la guitarra desconectada. No somos iguales, pero tú sabes de lo que se trata: de compartir emociones, las que dan placer, las que dan pena, pero emociones netas, que ya hay suficientes productos artificiales en el mercado, en la vitrina, en lo que paga. Tú me enseñaste que no hay problema si lloras frente a un micrófono; si eso es lo que sientes, nadie te remunera lo suficiente para ocultarlo, eso hace un Modern Lover. Eres el amigo de banqueta que siempre habla con sinceridad, aunque duela: “A veces solamente pienso en ella. A veces no (…) Estoy tan confundido, estoy tan confundido”. 

Y esa es la única certeza que tengo. 

Lo pienso todo demasiado, ya sé.

Gracias, Jonathan Richman. ¡Feliz cumpleaños!

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