miércoles, 2 de septiembre de 2009

Réquiem por un Rumble Fish

Era un buen pez. Lo que más le agradezco es el disparo en tus ojos la tarde que te lo llevé. Lo levantaste en su bolsa de plástico e hiciste algún comentario admirando sus colores. Cómo te apuraste a lavar la bola de vidrio para instalarlo cuanto antes en su nuevo hogar. Tenía un carácter de los mil demonios, pero eso no quitaba que fuera un buen pez, después de todo se trataba de un beta. Se contagió de tu carisma, todo el que lo conocía quería invitarlo a cenar. Era nada más el pez, tu pez. Única compañía de nuestro ocio. Dios estático o en perpetuo movimiento que desde su esfera de agua nos vio amarnos, pelearnos, reírnos de las tonterías que pasan por la tele. Testigo que callará siempre aquella tarde aciaga en que se salió el fuego de control, de la que todavía se nos notan un poco las quemaduras. Yo creía que duraría mucho, una prueba más de cuánto me equivoco. Ahí estaba todavía en la mañana, con su ojo hinchado, pero ahí estaba. Para la tarde lo que estaba era la pecera: de nuevo vacante . El esoterismo es lo que tenemos más a la mano para explicárnoslo: ¿Habrá sido porque nunca tuvo nombre? ¿O fueron las piedritas azules que le llevé para que absorbieran sus heces minúsculas? La ciencia acaba siendo una superstición del montón. Mal augurio, una razón menos que te retiene. Quizá para redimirnos haga falta lo mismo que Mickey Rourke y Matt Dillon hicieron en Rumble Fish. ¿Te acuerdas? Motorcycle Boy dice que no pelean por naturaleza, pero ¿a poco tú no tendrías ganas de arrancarle la cabeza al primero que pasara si te metieran a una de esas celdillas donde apenas te puedes mover que tienen para exhibirlos en los acuarios, tan semejantes a los espacios de aislamiento en las penitenciarías? Si regresaran al río no pelearían, nadarían con la corriente. Organicemos una conspiración internacional para liberar a todos los beta del mundo. Todos los hermosos guerreros que metimos a una vitrina creyendo que así los apreciaríamos mejor. Primero tendremos que dar con el río correcto. Si no encontramos el río correcto nuestros esfuerzos podrían ser en vano. La impaciencia habrá de tentarnos a formar uno con nuestras lágrimas, pero eso cualquiera se da cuenta que sería como hacer trampa.

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