Berlín no desmerece, el eRRe guarda buena memoria de Cover, bajo el mutilado resplandor azulino de la Gedächtniskirche, en el número once de Kurfürstendamm, cuyos largos anaqueles lo sometieron a un par de horas de fascinación y arduas disyuntivas sobre las adquisiciones; hizo los honores a la capital alemana con el álbum que Lou Reed tituló en su honor (en edición italiana para completar el cuadro “globalista”), de ahí también salieron una edición doble numerada con las versiones estéreo y mono del Pet Sounds de los Beach Boys (en vinilo amarillo y verde respectivamente), el nada común in Tokyo, de Nico, y un impecable vinilo blanco de Live in London, registro de la etapa más broncade Alex Chilton, entre otros títulos.
Durante su estancia en Venecia, al expirar el pasado milenio, el eRRe encontró tiendas de discos decentes, aunque poco vinilo, no es de extrañar considerando que los venecianos apenas conservan espacio para sí mismos en los corredores del museo que habitan; el resto de Italia cuentan que es otra historia. En México estamos a media tabla. Curiosamente un país europeo comparable, y no sólo en este aspecto, es Croacia. Además de católica, poco respetuosa de las zonas peatonales y con paladar para las mazorcas tostadas en comal, Zagreb, la capital, se parece al DeFectuoso mexicano en albergar contados espacios para la compra de surco negro donde quizá no abunden joyitas o rarezas, pero con una variedad de títulos respetable. La diferencia estriba en que mientras allá integran la mayor parte de la oferta discos recientes comercializados por locales especializados, es decir tiendas de discos; aquí el raquitismo general de la industria ha afectado incluso el catálogo disponible en CD, por lo que apenas Aquarius, en la colonia Roma –que funciona más bien a pedido-, y negocios que se mantienen con las uñas -como el de don Pablo Novoa, en la calle de Mar Mediterráneo 20, en el viejo barrio de Tacuba- vienen a la mente como excepciones en un mercado establecido de vinilo prácticamente inexistente. Ahora hasta los yacimientos del comercio callejero, desde siempre ricos en vetas de acetato han empezado a decaer. Casi cualquier viejo cazador de vinilo recomienda acudir a La Lagunilla en pos de buenas presas, sin embargo en la última incursión del eRRe por aquellos terrenos bajo un cielo de lona amarillo los mentados paraísos brillaron por su ausencia, y según rumores la situación en Tepito es igual de triste. Claro que así como a los croatas les falta descubrir las alquimias que ejercen un limón y una buena espolvoreada de chilito piquín en la elotiza, tampoco cuentan con las delicias que brinda un tianguis del Chopo y su galería de discos de todos los tiempos a precios razonables –hay de todo. A través de los años la mayor parte de la colección de acetatos que el eRRe ha ido cultivando ha salido de ahí. Una edición promocional –con el sello “Not For Sale” bien visible en la carátula- de Take No Prisoners, de Lou Reed, que consiguió antes de que fuera reeditado en CD casi a cambio de un plato de lentejas; un bootleg del ’75 de Led Zeppelin en Zurich; el infeccioso segundo disco de Los Locos del Ritmo; Tommy y Quadrophenia, de The Who, este último hubo de comprarlo dos veces ya que la primera no se percató de que faltaba el cuadernillo con las fotos relatando la historia de Pete Townshend. Y si eso les parece una excentricidad, entonces nunca han conocido a un fanático de cómics.
La vida del cazador de vinilo es dura, aparte de tener que soportar injustas murmuraciones y sacrificios, estos no se comparan con el irredimible dolor que dejan los errores de juventud. El eRRe, por ejemplo, nunca ha podido recuperarse por completo de haber malbaratado, en un indudable ataque de inconsciencia púber, sus primera ediciones del Diamond Dogs, de Bowie, y –para incredulidad de más de uno- del Born to Run nacional de Bruce Springsteen . Cada laceración del camino vale por ese instante en que aparece un disco del que ni siquiera te acordabas, tan remota vislumbrabas la posibilidad de encontrarlo que lo archivaste en un enmohecido hueco de la memoria, hasta el día en que te das de bruces con él y sientes la pequeña esperanza resurgiendo en un disparo de adrenalina. Igual que otros momentos de vida con potencial para generar semejantes niveles de excitación, esta empresa también reserva las mayores satisfacciones para las ocasiones menos premeditadas, a menudo sorprendiéndonos por lo cerca y fácil que llegan. Varias entradas que hasta la fecha distinguen la colección del eRRe han venido por conducto de personas harto irracionales como para decidir obsequiarle con álbumes de los que ahora él difícilmente se desprendería. La primera edición del Their Satanic Majesties Request, de los Stones, con efecto de portada en “tercera dimensión” y las primeras ediciones de Led Zeppelin III y Physical Graffiti con sus portadas “interactivas” (o lo que se entendía por este concepto a principios de los setenta), fueron regalo de un tío, en gran parte culpable de promover esta adicción, por lo que debió purgar su falta entregando asimismo Shhh! de Ten Years After, Fandango! de ZZ-Top, Long Live to Rock and Roll de Rainbow y el triple Yessongs que tantos momentos de divertimento ha generado al eRRe cada vez que le dice a un progresivo “ni siquiera me gusta mucho”. Al carnal Tachepiranha debe una colección de diez álbumes dobles que documentan la historia de la música sinfónica difícil de encontrar en tan buen estado y con los textos explicatorios íntegros, lo mejor es que uno de los volúmenes incluye la ultrapsicódelica y no muy conocida “Sinfonía de los juguetes”, obra de Leopold Mozart, papá de Wolfgang Amadeus. De su reciente visita al Londres de sus amores, Mystery Girl trajo una copia en vinilo amarillo del Three Imaginary Boys de The Cure y un sencillo italiano de “Roadrunner”, de los Modern Lovers, de 1977, con “Egyptian Reggae” de lado B.
Ya desde su aspecto los cd’s delatan una condición de meros artefactos, un acetato en cambio revela una presencia. No sólo por el espacio que ocupa, no sólo porque permite apreciar mejor el arte de cubierta e interiores; es el rigor de los cuidados que impone, la delicadeza de colocar la aguja de la tornamesa, la trascendencia de cada surco para la experiencia auditiva por la que incluso los crujidos y ruidos de estática se vuelven propiedades exclusivas que confieren a cada copia una vitalidad irrepetible. En esta parte algunos amigos audiófilos difieren. Parece innegable, sin embargo, que la reducción de los formatos justificada en un aumento de eficiencia y portabilidad cuya actual cúspide representa el iPod, ha derivado en un paulatino pero constante desdeño por la música en sí que hace poco lanzó a Neil Young en contra de Steve Jobs, cabeza de Apple, acusándolo de “rebajar la calidad de audio en la música al nivel de un juguete de Fisher-Price”. Ahora, debe reconocerse que en el apego al vinilo sobrevive un destello de la misma rancia actitud que le gana respeto a un pelmazo simplemente por darse el gusto de colgar un “original de X” arriba de la chimenea. Hace décadas que las actividades tradicionalmente consideradas artísticas vienen socavando el altar del creador hasta irlo derribando junto con el halo de santidad que como por ósmosis transmite al propietario de “la obra”, y el rocanrol asestó un golpe clave a ese trono para ser sustituido por una manifestación… más urgente, en una de esas hasta más necesaria que el arte. Y ni modo, a los cazadores de vinilo sólo les quedará resignarse al sopor de la nostalgia u ocupar su lugar en el bullicioso desfile hacia nuestra extinción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario