lunes, 10 de marzo de 2008

Todavía clavado con Things the Grandchildren Should Know

Hace poco platicaba con la Mystery Girl (aka Brujita, aka Mm.) de cómo las rolas que los músicos escriben para sus hijos generalmente son lamentables (excepción hecha de “My Sweet Lord”, de Harrison, pero ya ven que resultó fusil de una sexosa melodía grabada por las Chiffons). Sin embargo, “Things the Grandchildren Should Know”, de los eels, es una canción que se mueve con dulzura envolviendo al oyente como la brisa a las ramas de los árboles que finalmente derriba. No tiene nada de cursi y sin embargo conmueve como el último atardecer con la persona que amas.
Cuenta Mark Oliver Everett (E) en la autobiografía que comparte título con la canción que una vez en Francia le preguntaron acerca de ésta: “¿tienes hijos?”. Él respondió: “todavía no, voy a irme directo por los nietos”. La periodista parpadeó perpleja y balbuceó, “¿pero cómo? Eso no es posible”. “Bueno, ya me las ingeniaré”. Las razones que E daba para saltarse a los hijos al eRRe le parecen indiscutibles: “a los nietos sólo los ves los fines de semana y te queda el resto para ti”. La verdad es que si uno lo piensa, la respuesta de E puede entenderse de más de una manera. Las canciones escritas para los hijos pocas veces funcionan por su inmediatez, son fruto de un acontecimiento especial y emotivo, pero al estar ligadas a una experiencia tan personal de alguna manera tienen fecha de caducidad. Una canción a los nietos adopta una perspectiva tan amplia que puede hablarle no sólo a los nietos para los que fue escrita sino a los nietos de todos. Y para esto no importa la edad, como hace poco escuché declarar a un raboverde intelectual con intención de impresionar a la excelentísima dama que tenía delante: “sólo cuando has vivido varios años eres capaz de escribir una novela, porque ya tienes cosas que contar”. Bueno, ¿saben qué? That’s bullshit. Porque la edad no es garantía y hay personas que pasan sus años en la Tierra sin darse cuenta de nada, como esos caballos de carreras a los que les colocan viseras a cada lado de la cabeza para que no se distraigan y sólo miren el camino de frente, ciegos de egoísmo, que viven sólo para alimentar su propia vanidad, y eso en el mejor de los casos, eso cuando no son androides indiferentes a cualquier agudeza del aparato sensorial. Es pura mierda, porque igual John Kennedy Toole escribió la Conjura de los necios sin importarle que la publicaran o no y se suicidó a los 31 años arreglándoselas ingeniosamente para hacer que su propio coche lo atropellara, manteniéndose imaginativo hasta el final. Si algo importa es eso: la imaginación, el talento, el azar, como le quieran llamar (imagínenle un nombre) porque ya ven, a Mark Oliver Everett no le hizo falta tener nietos para escribir la mejor canción para nietos que uno pueda imaginar (o al menos que el eRRe pueda imaginar). ¿No es eso a lo que aspira cualquier artista? Hablar más allá de su tiempo, resonar en la eternidad, poner en juego lo imposible.
Por la tarde el eRRe veía el documental “Dreams to Remember” sobre Otis Redding y pensaba que ahora es muy difícil que se den historias como esa, que el chofer del camión te salga con una voz capaz de sacudir a los muertos. Hoy todo es ya demasiado viejo, demasiado limpio, demasiado coordinado por marketing managers, personal managers, business managers, A&R’s, senior chiefs, junior chairs y la puta que los parió. Aunque todavía perdidos por ahí es posible hallarse con tipos como E, a los que les cuesta trabajo sacar cada disco, enamorados de mujeres que saludan diciendo “you are not beautiful” y escribiéndole canciones a sus nietos sin tomarse la molestia de tener un hijo.

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