Hace poco el eRRe ha recibido un reclamo por lo que quien formuló la protesta define como "mucho tiempo sin postear en el blog". ¡Aunque todavía no se cumplía la semana del último post! Pues bien, el eRRe lamenta informar que por motivos de trabajo es difícil postear algo nuevo por el momento, aun así, el eRRe ha encontrado algo para calmar los ánimos buceando en el viejo bahúl y rescatando este textito originalmente escrito en 1997, al que se le ha dado una muy ligera remozadita en este 2008. Va. Cuídense.
Flaca, le decía, ven, acompáñame a perdernos por ahí. Y la Flaca tomaba mi mano y caminábamos a pasos lentos, envueltos en besos y risas y abrazos. A la Flaca le daba por hablar de las fatalidades más terribles como si fuera un juego de niños. Y a los dos nos gustaba jugar. Andábamos a pasos lentos, dando vueltas, por aquí a la derecha, dos cuadras después a la izquierda, como una pareja de ciegos intentando orientarse en una ciudad nueva.
Me gustaba mucho la Flaca. Quizá suene chocante, pero me gustaba más cuando recibía carta de sus padres que hacía mucho no veía y los extrañaba tanto, aunque prefería fingir que se le iban olvidando. Estaba mejor así, cuando venían le reprochaban que viviera conmigo, en este lugar sombrío, ganando poco dinero y terminaban peleados a gritos. Y si bien me gustaba el brillo especial que adquiría la Flaca cuando lloraba, me sentía muy incómodo teniéndola que consolar; era tan tonto: yo, pretendiendo consolar a la Flaca que con poco estaba a gusto y lo único que le interesaba era encontrar la manera de espantarle el dolor a la gente. “Es tan fácil”, me decía, “basta con escucharlos”.
¡Qué extraña era la Flaca! Levantándose por un café y un trozo de gelatina a las tres de la mañana. Su mirada recorriendo la avenida desierta a través de la ventana de la cocina mientras acariciaba a Felipe, un perro callejero que una tarde nos siguió hasta la casa después de nuestro paseo sin rumbo y no hizo falta platicar para saber que ambos queríamos adoptarlo. Me caía bien Felipe, sus ladridos traducían la sospecha en mi mirada cada vez que algún desconocido enganchado por el descaro de la Flaca se acercaba y le hacía platica. A veces escapaba, no lo veíamos en dos o tres días, y justo cuando pensábamos que jamás regresaría de repente aparecía jadeando, débil, y era capaz de tragarse una bolsa de croquetas completa. Me caía aun mejor entonces, se parecía a la Flaca con su rostro pálido, masticando sin hacer ruido, como si más que comiendo estuviera rezando. En ocasiones no pude resistir y por reflejo me arrodillaba para darle un beso en la cabeza apretándole el hocico. “Cuánto quieres a ese perro”, murmuraba la Flaca sin ocultar los celos en su voz. Yo me levantaba, me dirigía hacia ella, y dándole un abrazo la invitaba a hacer el amor.
Compartíamos varias aficiones: la comida china, las canciones de Bob Dylan, las películas que pasan los domingos por la madrugada y alguna otra cosa demasiado íntima para querer recordarla…
La Flaca, mi Flaca, vaya si era bonita. Bueno, seguro lo sigue siendo. No pienso explicarles aquí por qué fue que nos separamos, eso no le pertenece a nadie, si acaso a mí –y a la Flaca, pero ella ya no está–, he jurado al espejo que nunca lo revelaría. Lo que sí puedo decir, ya tranquilo, libre de miedo, es que me mostró las dos caras del amor y cumplí el deber de vivirlas como merecen los alfabetos que no abarca el mundo.
Un día daré la vuelta a la esquina y ahí estará la Flaca, usando su gastado abrigo marrón, moviendo nerviosamente sus dedos blancos y delgados, esperando el autobús. Me acercaré comentando que en las ciudades grandes los encuentros no son tan azarosos como presentidos. Volteará a verme, lanzará sus brazos para rodearme con ellos más por no saber qué otra cosa hacer que por emoción. Platicaremos un rato. La Flaca me contará que se casó tres años atrás y ahora es madre de dos niños. Vive en una casa de dos pisos, no se queja –nunca ha sabido quejarse- y de vez en cuando, no con mucha frecuencia, le vienen a la mente los días que pasamos juntos, sonríe un instante y sigue lavando los platos. Yo… yo, lo más seguro es que tenga un nuevo empleo mal pagado, habré perdido un par de libros y estaré enamorado de una mujer seguro de que nunca me separaré de ella.
Nos despediremos, le daré un beso en la frente y subirá al autobús. La veré perderse. Me daré la vuelta y caminaré silbando la canción que odio estar oyendo ahora, entonces será demasiado vieja para que alguien, ni siquiera yo, pueda recordar su nombre.
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