jueves, 13 de marzo de 2008

Salvemos a los árboles

A los escritores debería pagárseles como albañiles: por trabajo a destajo y sólo si lo que hicieron funciona bien. Deberían pagarles sólo si escribieran manuales o algo que realmente pueda servirle a alguien. ¿Que se pasan muchas horas los pobrecitos limando sus líneas de perfección? Bueno, yo he visto a maestros plomeros sudar por horas para tapar una gotera y valerse de un ingenio envidiable para hacer verdaderas obras de arte con cinta selladora y unas gotas de silicón. Sólo que ellos terminan su cansina labor y no se quedan a esperar halagos, somnolientas entrevistas en los periódicos, programas de televisión, ¡groupies! Si alguien escribe algo medianamente bueno por lo menos debería tener la decencia de ser discreto. ¿A quién le hace falta un nuevo libro –la mayoría amasijos de papel- en el mundo cuando ni siquiera somos capaces de leer la Biblia como Dios manda, es decir, como atlas universal de los estilos literarios que a la humanidad le ha dado por practicar? ¿Para qué queremos más gente perdiendo el tiempo frente a cuadernos o computadoras nada más porque no encuentran un mejor pretexto para hacerse pendejos? Que les pongan a un esturión látigo en mano para que supervise si lo que están haciendo vale la pena, o de lo contrario que sean fustigados hasta que salgan corriendo a buscarse una manera más honrada de ganarse la vida. Para que no se aparten de su querido “arte” y, como "Jaimito el Cartero", eviten la fatiga: les convendría intentar de payasos... por lo menos hasta que descubran algo que de verdad sepan hacer.

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