Un fragmento del libro de memorias Things the Grandchildren Should Know de Mark Oliver Everett, el mero-mero de los eels. En versión del eRRe
Algunas noches, después de todos estos años, estoy sentado aquí y pienso en cuando era muy joven y en lo grandioso que se sentía cuando las cosas marchaban bien y todos estábamos en la casa: mi papá leyendo el periódico, Liz poniendo Neil Young una y otra vez en su habitación, mi mamá riéndose con su risa tonta de algo que para empezar ni siquiera era tan gracioso. Cuando pienso en cómo se sentía estar en medio de todo eso, el deseo me abruma, como si fuera capaz de dar cualquier cosa con tal de pasar otra noche ahí.
La vida está repleta de impredecible belleza y extrañas sorpresas. A veces la belleza es tan grande que no puedo manejarla. ¿Conocen esa sensación? ¿Cuando algo resulta demasiado bello? Cuando alguien dice o escribe o toca algo que los conmueve hasta el llanto, que incluso tal vez los cambia. Es lindo cuando un incrédulo tiene que cuestionar sus dudas. Puede ser eso lo que me llevó a la música en primer lugar. Fue como magia. Podía trascender las situaciones jodidas que me rodeaban y aun convertirlas en algo positivo simplemente con ponerles música.
Tal vez la gente no me guste tanto como al resto del mundo parece gustarle. Pareciera que la raza humana está enamorada de sí misma. ¿Qué clase de ego debe tenerse para pensar que uno fue creado a semejanza de Dios? Quiero decir, para inventar la idea de que Dios deba ser como nosotros. Por favor. Como una vez observó Stanley Kubrick, si un día se descubre vida inteligente en otro lugar aparte de la Tierra, sería una catástrofe para la humanidad, simplemente porque ya no tendríamos la posibilidad de pensarnos como el centro del universo. Supongo que lentamente voy convirtiéndome en uno de esos viejos huraños que piensan que los animales son mejores que las personas. Pero, ocasionalmente, las personas me sorprenden agradablemente y voy y me enamoro de una de ellas, imagínense no más.
De modo que, ¿qué clase de ego debe tenerse para escribir un libro acerca de tu vida y esperar que alguien esté interesado? ¡Uno muy grande! Pero no tan grande como para creer que fui creado a semejanza de Dios. A menos que Dios sea un ectomorfo velludo con mala postura (Dios me perdone si no uso su todopoderosa “D” mayúscula). Y sé que no soy el tipo más famoso del mundo. La gente no anda inventándose rumores sobre los roedores que traigo atorados en el culo o algo parecido. Algunas personas piensan que deliberadamente tiré mi fama por los suelos con ciertas decisiones de mi “carrera”, pero eso no es lo que importa. Nunca quise ser famoso por el gusto de la fama. Decidí que intentaría hacer algo bueno en el mundo, al menos lo mejor que pudiera, y ése era el único objetivo. Así que solamente hago lo que quiero hacer y mucho de mi tiempo en la Tierra me lo paso diciéndole “no” a todas las cosas estúpidas que me piden que haga y que sé no son buenas ideas para mí. En realidad no soy un tipo famoso, y habitualmente son ellos los que escriben libros acerca de sus vidas, no obstante he pasado por algunas situaciones y he decidido que es momento de escribir de eso. Esta no es la historia de un tipo famoso. Es sólo la historia de un tipo (que ocasionalmente se encuentra en situaciones que se parecen a la vida de un tipo famoso). Existe un inherente, YO, QUE SOY TAN IMPORTANTE en esto que me incomoda. Pero no lo haría de no pensar que la historia resultó peculiar. Yo no soy tan importante.
Gracias a mi ridícula, a veces trágica y siempre inestable crianza, se me concedió el don de una inseguridad quebrantahuesos. Un detalle notable en las personas con problemas mentales es lo absortas que están en ellas mismas constantemente. Yo creo que eso se debe a que la lucha por ser ellos mismos es tan grande que les resulta difícil pasar de ahí. No soy la excepción a esta regla. Pero afortunadamente para mí, encontré la manera de lidiar conmigo y con mi familia tratándolo todo como un proyecto artístico en constante desarrollo. ¡Disfruten! ¡Sean bienvenidos!
También, a juzgar por mi historia familiar, es probable que mi mediana edad haya pasado hace mucho. Así que siento que quizá sea mejor escribir todo esto ahora, por si no consigo superar los pronósticos.
Ahora, existen diferentes maneras en que podría hacer esto. Podría ponérmeles poético. Algo así:
Parado ahí en el porche noté el punzante olor del pasto recién cortado y podía oír el ligero canturreo de los cortacéspedes por todo el vecindario. El aire acondicionado me azotaba mientras esperaba. Mary bajó al fin. Nunca pude entrar. Ahí mismo rompió conmigo. Volví a casa con el canto de las cigarras, indiferentes a mi pesar.
O podría subirle un poquito al volumen y ponérmeles todo florido. Algo así:
A la distancia alcanzaba a oír el ligero canturreo de los cortacéspedes. Muchachos dorados con torsos bien pulidos sudando bajo el sol, una última experiencia con un trabajo verdaderamente físico antes de llenar bolsas de ropa y partir a Yale o Brown. Podía oír los pasos de Mary en la escalera, vacilante. Noto un grillo –no, un saltamontes- en mi zapato. No sé qué sienta Mary por mí, pero este pequeñín me aprecia por quien soy realmente. Congeniamos por un momento antes de que se aleje saltando. Ahora estoy solo. Mary aparece. Va a terminar conmigo. Lo veo en su cara. Va a tomar el amor desenfrenado y absolutamente incondicional que le he ofrecido y lo arrojará al piso, despedazándolo en miles de diminutas e inútiles esquirlas. Tengo que calmarme. Tengo que calmarme. (Fin del capítulo.)
O podría simplemente ser directo con ustedes. Algo así:
Un día de julio fui a casa de Mary para pasar un rato juntos. Abrió la puerta pero nunca pude entrar. Terminó conmigo en el porche.
No quiero hacerles perder el tiempo con la mierda florida, así que por respeto a usted, amable lector, voy a mantenerme apegado al enfoque directo.
Nunca me interesó llevar un diario. Tenía las manos llenas con sólo intentar vivir la vida, así que nunca llevé uno. Y no sentía que fuera capaz de revivir gran parte de aquello. Pero eso fue exactamente lo que me atrajo cuando mi amigo Anthony me instó por milésima ocasión a escribir un libro de mi vida. Tengo un mecanismo extraño que se activa cuando creo que algo está fuera de mis alcances: sé que tengo que ir ahí. Aun cuando ello signifique recordar penosamente todos los eventos que mi memoria selectiva pueda reunir.
En la primaria era un niñito escuálido de cabello largo que frecuentemente era confundido con una niña y siempre el último o el penúltimo en ser escogido para los equipos deportivos de la escuela. Ahora soy un adulto que pasa la segunda mitad de su primera crisis de mediana edad escondido tras los guardias de seguridad que intentan protegerlo del más reciente acosador obsesivo en sus conciertos de rock. ¿Cómo fue que llegué aquí?
*Tomado del capítulo I: The Summer of Love
Everett, Mark Oliver. Things the Grandchildren Should Know. Little Brown. London, 2008.
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