Noche de año nuevo

Últimamente a donde voltees alguien está diciendo: “¡ya se acercan los ochenta!”. Como si al llegar la media noche y con ella el Año Nuevo ¡todo fuera diferente! Y cuando les dices, “por favor, ya sabes que todo va a seguir hundiéndose poco a poco”, ¡se ponen como locos! ¡Aguafiestas! ¡Qué falta de sentido del deber social! ¡Es verdad que soy antisocial! Pero también lo son todas las personas con las que me junto. Cuando nuestro bar favorito el Bells Hell cerró hace unos cuantos meses todos nos quedamos en nuestros departamentos en lugar de ponernos a buscar un nuevo agujero donde chupar. (Lo que probablemente sugiera que, como los búfalos, pronto desapareceremos.) Se lo conté a mi loquero y me dijo: “todos son patéticos”.
En otra ocasión cuando me quejaba porque me sentía raro en proximidad de otras personas porque nunca las veía porque lo único que hacía era quedarme en cama con las cobijas echadas encima de mi cabeza porque de verdad creía que como dijeron los poderosos Ramones “no había nada qué hacer ni lugar adonde ir” y sólo quería estar sedado, mi loquero aconsejó que llamara uno por uno a todos mis amigos para que salieran de sus estrechas celdas a ver si juntos se nos ocurría una forma en que disfrutáramos repatriarnos a la raza humana. Así que llevé a cabo el plebiscito y cuando volví me dijo: “¿cuál fue el consenso?”. Yo le dije, “el consenso es, “¿para qué quieres estar cerca de la gente? ¡La mayoría de cualquier forma es una porquería!”.
Supongo que piensan que estoy siendo negativo. Está bien, si soy negativo, ¡vayan y díganle a Madre que algo anda mal en el útero! ¡Ja, los caché! Aparte de que conforme los ochenta se aproximan sospecho que mi minoría antisocial ¡pronto será mayoría y tendremos una antisociedad! ¡Imagínenselo! ¡Will Rogers el último forajido! ¡Y qué mejor momento para inaugurar este pueblo fantasma que la noche de Año Nuevo! ¡Afuera lo viejo, adentro lo viejo! Y lo más viejo y lo más viejo. Les pregunto, ¿alguna vez han disfrutado de un Año Nuevo? ¡Claro que no! ¿Por qué? ¡Porque persisten en esa demente ilusión de que por algún motivo las cosas deben mejorar, o que la naturaleza cíclica del ying y el yang implica que la Tierra se recarga o alguna mierda parecida! Ni siquiera la mierda se recarga. ¿Acaso lo hacen estas banquetas? ¿Esta pintura descarapelada, el yeso cuarteado, las tuberías reforzadas? ¿Hay un casero recargable? ¡Con una chingada que no!
Existen dos posibilidades: (a) el éxtasis o (b) la decadencia. Y la noche de Año Nuevo es el timo más grande de todos, porque todos salimos con estas expectativas y sólo nos ponemos bien borrachos para poder aguantar el estar juntos porque nos pasamos el final del otoño y el primer albor del invierno hundiéndonos cada vez más profundo en el Teleguía y ahora lo que se espera es que hallemos deleite en la cercanía de estas plastas de espantosa humanidad. Así que CLARO ESTÁ se producen escenas horribles.
El primer Año Nuevo que recuerdo con claridad probablemente sea el primero en que tuve edad para beber: en lugar de eso me drogué con nueces moscadas. Aunque todos mis amigos se emborracharon y saliendo de un club para adolescentes lleno de lumpen con granos reducidos a tibias cicatrices manejamos sin rumbo alrededor de El Cajon, inevitablemente acabamos en la línea Jack in the Box, donde, mientras la gente vomitaba todos las vestiduras de mi coche, debimos saber que eso de los jipis nunca funcionaría.
1968: Fui a una fiesta en la que todos habían bebido mucho vodka demasiado aprisa y se pateaban o intentaban hacerlo mientras Donovan cantaba sobre ángeles gordos. Solamente vi a una persona vomitar: mi novia, encima de sus nuevos pantalones entallados blancos. (Previamente en la velada le había hecho un comentario acerca de ese tipo de pantalones femeninos. “Pareces una prostituta de Tijuana”. Qué tipo tan refinado era.) Me había metido Marazine y no dejaba de ver hombrecitos con hachas y martillos machacando los demonios pigmeos desnudos que farfullaban por las solapas de las demás personas hasta matarlos. Cuando llegué a casa aluciné que toda clase de personas entraba a mi cuarto y al estirarme para tocarlas gritaba “¡no se disuelvan! ¡no se disuelvan!”. Pero claro que lo hicieron. Entonces creí ver la silueta de un amigo al otro lado de la persiana susurrando en el jardín: “¡Lester! ¡Lester!”. Salí dando un salto de la cama y me avalancé hacia la sombra, con un agradecimiento patético por contar con algo de compañía humana. No había nada excepto por la calle vacía con hojas arrastradas por el viento.
Entré al baño para echar una meada y aluciné que mi madre se quedaba mirándome la verga con un ojo descomunal a través de un orificio en la puerta. Luego volví a la cama y soñé que había oficiales antinarcóticos de trajes gris metálico apostados en puntos estratégicos de mi escuela vigilándome con lentes oscuros Silva-Thin de espejuelos removibles. Fui incapaz de ver directo a los ojos a nadie durante los primeros dos meses de 1968.
1969: Salimos por ahí con un montón de cuates en la carcacha de uno de ellos. Bebimos cerveza pero fue en vano. Un carnal que luego entraría a la marina donde se especializó en demoliciones subacuáticas (exhortándome a que me enlistara como él: “¡es muy divertido explotar cosas!”) dijo, “vamos a conseguir unas patochas”. Nadie más dijo nada. A la larga todos nos fuimos a casa demasiado deprimidos como para siquiera sentirnos ebrios y quedarnos dormidos. Toda la velada debió escribirla (o ser castigado con ella) Robbe-Grillet.
1970: Me pasé la Noche de Año Nuevo emborrachándome con cerveza viendo TV en la casa de los padres de mi novia, saliendo periódicamente para conducir hasta los bungalows de un motel donde estaban quedándose unos amigos amantes de las jeringas porque quería comprar algo de heroína, la cual nunca había probado. Finalmente los encontré y me vendieron un poco. Cuando volví a casa de mi novia corrí al baño para intentar inhalarla. Como no estaba acostumbrado a los billetes enrollados, tiré el material de un espejo que sostenía en un ángulo precario por encima del lavabo, lo balanceé a una pulgada de mi nariz y aspiré con fuerza. Nada sucede excepto que más tarde bebo algo de licor de malta Country Club, me voy a casa y escribo una reseña para Rolling Stone (que nunca llega a ser publicada) acerca de una grabación pirata de un concierto de Bob Dylan. Al día siguiente les presumo a mis amigos “¡anoche escribí una reseña con heroína!”. Ser tan torpe como para no haber sabido meterme esa mierda ha sido mi único momento afortunado en una noche de Año Nuevo.
1971: Me quedé en casa a leer la Biblia. Bueno, eso es una mentira. Lo que hice fue acudir al autocinema con mi novia bien armados (es decir, bien armado yo) de vodka y pastillas para la tiroides que usaba su madre, absolutamente incapaz de concentrarme en la doble función de I Drink Your Blood (estelarizada por Ronda Fultz, Jadine Wong y alguien a quien sencillamente acreditan como “Bhaskar”) y I Eat Your Skin (William Joyce, Heather Hewitt) lo que de cualquier modo hubiera sido imposible bajo cualesquiera otras circunstancias, pensando toda la noche en cómo a la mañana siguiente le haría igual que Kerouac y simplemente saltaría dentro de mi auto comiendo speed con una mano y encendiendo la marcha con la otra para manejar manejar manejar hasta toparme con grandes olas de luz blakeana en las doradas proas de las Rocallosas. Claro que no lo hice, en cambio me levanté con una resaca tremenda, lo que probablemente haya sido igual de bueno: pude haber terminado siendo John Denver.
1972: Pasé el Año Nuevo borracho como cuba y deprimido hasta la médula en casa de mi madre en California. Llamé a mi amigo Nick en Nueva York y le lloriqueé miserablemente a través de varios vasos de güisqui, “creo que me estoy convirtiendo en un alcohólico”. No era algo que él quisiera escuchar pues estaba a punto de pasar el Año Nuevo realizando un recorrido por Broadway desde la calle 99 parando a tomar un trago en todos los bares del camino hasta terminar en Broadway y la Tercera, en el último bar, el St. Adrian Co., también conocido como el Bar Central de Broadway, ya que está junto al Hotel Central de Broadway, un refugio para indigentes. Al día siguiente me devolvió la llamada: “disculpa, Les, estoy muy deprimido para hablar”.
1973: Fui a una fiesta con mi ex novia ojos-de-perrito (la que tiñó de verde los pantalones entallados), su hermana y su cuñado. La mayoría de las otras personas eran solteros flamantes o intentaban serlo. Bailé con la hostess de modo muy cachondo. Algo como sacado de Doctors’ Wives. Mi ex se piró, me reprendió por restregarme con una mujerzuela e hizo una pequeña rabieta. Apuesto a que Gore Vidal nunca salió con algo tan ingenioso como “¿a ti qué te importa? ¡A mí no me vas a joder!”. Eso fue lo que berreó. Más tarde en el coche presa de una horrible y alcoholizada frustración sexual le hundí una uña en la muñeca hasta hacerla sangrar. Me dijo que era un marica. Lo era.
1974: De nuevo en California, me quedo en el departamento desierto pero amueblado de una antigua novia, ya que, sin que su mamá lo sepa, ella vive ahora con un empresario de unos cuarenta-y-cinco años que cuando está parado junto a ti en el bar para beber siempre lleva un buen fajo de dólares apretado para poder irlos disparando conforme vaya alumbrándose. Esa clase de tipo. Así que aquí estoy disfrutando de su departamento vacío, echado por ahí escuchando Raw Power y Berlin todo el tiempo cuando se me ocurre una idea brillante: voy a tomar todos estos LPs de rock inmoral y voy a llevarlos a esa fiesta de solteros/casados/lo-que-crean-que-son y voy a volarles la cabeza. ¡TOMEN, PUTOS! De modo que junto el montón de discos y allá voy y toda la noche me la paso deslizándolos en el tocadiscos bajándole los ánimos a todo mundo aunque también están fascinados, como que la habitación se queda medio callada en ocasiones, incluso pulida, igual es entendible porque estos son los suburbios de California donde todos van vestidos para encajar en cualquier tipo de cadena y qué sé yo, coronándolo todo con un frappé de la Yardley al lado, arracadas enormes, todos los tipos arman tan bien sus gallos que se los fuman cuando Lou suelta: “Caroline says… while she gets up from the floor… ¿Why is it that you hit me?... It’s no fun at all…”
Mientras todos estos jóvenes se relajan entregándose a la dolce vita a través del espejo. Momentos congelados, todos malos. Labios helados y lentes de sol frígidos.
“¡La frígida no soy yo, son mis Foster Grants!”
“¡El impotente no soy yo, es mi cuero inglés!”
“¡Bueno, tengamos un intercambio!”
“¡Guau! ¡Está bien!”
“¡Oye, esta decadencia metida en el culo es divertida!”
Desgraciadamente, esto nunca sucedió. No puedo recordar este Año Nuevo y tuve que inventarme algo. Pero las historias que te inventas al día siguiente siempre son mejores que lo que pasó en realidad.
1975: Por una vez sensible. Combiné speed con Valium y me fui a la oficina, que estaba desierta, y me pasé la noche escribiendo un texto para la edición de febrero de Creem. ¿Devoción al deber? No. Retirada del holocausto.
1976: Había estado saliendo con una chica durante un par de semanas como que luciéndonos por la escena de Detroit con el pretexto de que era fotógrafa. Ella decidió que yo era maricón porque una noche entre octubre y noviembre en un concierto de Barry White sentados detrás de los Ohio Players, los peores teloneros del mundo, ella se fijó en el bajista, “tiene buenas nalgas”, yo me incliné un poco para ver y ella me dedicó una mirada de extrañeza y con eso tuvo. Pues como sea, esta chica y yo seguimos saliendo, pero nada de sexo. Yo era torpe y tímido y ella, bueno, supongo que sus cámaras le estorbaban. Como sea aquí viene la noche de Año Nuevo, el evento, y por dios que los cabrones de la revista Creem rentan toda una suite en un hotel lujoso del centro nada más para, ah, entretener a cualquier cuate importante que pueda aparecer como, digamos, los disc jockeys locales o Martin Mull que hizo su sketch en el piso de abajo y también arriba. Por alguna estúpida razón esta chica como que me gustaba. No sé por qué, bueno en realidad sí: de frente se parecía a una persona a la que había amado llamada Judy, y por detrás se parecía a alguien a quien amaba pero que en ese momento no quería verme llamada Nancy. Así que MEA CULPA CABR’, etc. Como sea, me di cuenta de que la única razón por la que había ido a esta bazofia conmigo era nada más porque daba la casualidad de que yo trabaja en la misma publicación que este sujeto de nombre Charlie Auringer que le gustaba a TODAS las chavas que andaban ahí por su sentadito indiferente que tiene todo el tiempo, la mirada perdida, ese tipo de cosa. Cuando noté que descaradamente me estaba UTILIZANDO para acercarse a Charlie me encabroné. E hice lo que cualquier otro rasta que se respete habría hecho: escabullirme al piso de abajo y beber hasta la nulidad. Pero no estaba solo en esta faena y mucho antes de media noche ella y yo milagrosamente acabamos juntos, ahí en una mesa de pista en el salón de abajo, con suficientes globos como para mandar a Steve Martin a surcar los aires, pedazos de papel por todas partes, Flo y Eddie por ahí metiendo mano a cuanto trasero podían EXACTAMENTE como en esa canción de los Fugs “Dirty Old Man”, el confetti caía, y yo y Lee Ann (pues así era como se llamaba) con gorritos de fantasía, todolindo, yacasi es medianoche, quémaravilla, fuera luces.
Yo paso mi brazo de ebrio por sus hombros y la beso. Ella voltea la cara apretando los labios.
“¡Oye! ¡Todo el tiempo te llevo a lugares ! ¡Me gustas! ¡Hacemos cosas juntos! ¡Chico y chica! ¡¡¡¡¿¡¡¡¡Y ni siquiera vas a besarme en la noche de Año Nuevo!!!!????!!!! ¿De qué se trata esta mierda?”
“Tienes mal aliento”, dijo.
La cosa sólo podía ponerse mejor. Tras haber conquistado el corazón de la ya mencionada Nancy, nos mudamos a Nueva York donde estuvimos muriéndonos de hambre Descalzos en el Parque y nos acurrucábamos en la ciudad para ver a Donnie y Marie todos los viernes por la noche. En su lugar vimos a Jimmy y Rosalynn la noche de Año Nuevo. Fue su baile de preinauguración. Lloramos juntos cuando Loretta Lynn cantó “One’s on the Way”. Nos dio esperanzas por la sociedad. Éramos jóvenes e idealistas y enamorados. Tan fascinados caminábamos sobre montañas de azúcar que nunca se nos ocurrió cuidarnos de la diabetes por todo el edulcorante que nos estábamos retacando en los conductos linfáticos. Seis meses después ella me había abandonado para escuchar a los Sex Pistols en paz.
Tuve un par de romances menores después de eso mientras me la pasaba principalmente borracho y prácticamente era un residente del CBGB’s donde interpreté el rol de bohemio/artista bukowskiano dentro de esa gran comedia. Lo cual me consiguió algunas mujeres de verdad: de esas que se sientan en tu departamento con las piernas cruzadas luego que ambos pasaron toda la noche despiertos metiéndose drogas malas y que no cogerán contigo pero son muy amenas describiendo en detalle al linóleo sus múltiples intentos de suicido y su compleja Weltenschauung postexistencial derivada de Richard Hell e incontables audiciones del querido Sydney gorgoreando “My Way”, una declaración filosófica que se reduce a la Vida no vale la pena vivirse y todo apesta pero suicidarte conlleva demasiado esfuerzo ¿así que qué otra chingada cosa tienes para beber?
Tarde o temprano fue evidente que era posible predecir a millas de distancia que cualquier mujer que compartiera mis gustos musicales sería una muda jorobada con el cerebro quemado, receptáculos de drogas medio retrasadas entregadas a una agitada acción de tics faciales. No es que buscara algo salido de Fascinating Womanhood. Puedo dar cuenta de un soufflé de espinacas de Stouffer’s con la pericia de la mismísima Régine, pero sentía que debería haber una ligera posibilidad de que existiera algo en medio de estos dos extremos del tienes-razón-dame-la-pistola-que-quiero-ser-el-primero-en-volarme-los-sesos. En realidad estaba listo como Li’l Abner con su rubor puesto y en las navidades del 77 me enamoré de la primera de lo que resultaría una sucesión de mujeres que, como yo, ocupaban destacados puestos en distintos campos de los medios y no les interesaba terminar abortando una botella de vodka en los escalones del CBGB’s. Estas eran mujeres refinadas y con un caché de urbanidad. ¡Algunas tomaban taxis a cualquier lugar que fuesen! También noté cierta propensión a emplear lo que entre risas ellas denominaban como “mi mayordomo marica”, haciendo bromas sobre lo práctico que resultaban sus compulsiones imaginarias y fijaciones infantiles cuando se trataba de fregar el baño. La primera con la que me comprometí incluso tenía un amo de llaves que me consideraba un barbaján y me aborrecía porque ningún hombre de treinta años anda por ahí sin trabajo vestido todo el tiempo con una chamarra de cuero, y quién sabe pero puede que tuviera razón.
En cuanto a mi nuevo amor, apenas habíamos terminado de reír con nuestras fantasías de tener una “luna de miel” en ese jacuzzi con forma de corazón en Poconos cuando ese bastardo, la Realidad (que debería ser exterminada con extremo prejuicio) llegó a instalarse. Tomó exactamente una semana para que resultara claro aunque velado por el silencio que no teníamos absolutamente nada en común, en realidad éramos la irracional atracción magnética de los polos opuestos. Yo no quería otra cosa que no fueran fuentes de chirriante sonido anormal mientras que su forma favorita de aprovechar su tiempo libre era pasársela viendo interminables películas para la TV acerca de ocultistas siniestramente encorvados que portan oscuros cascos de Nueva Inglaterra. No era culpa de nadie y no podíamos hacer algo al respecto aparte de pasarnos los siguientes meses torturándonos mutuamente. Nuestro Año Nuevo: despertamos y nos encontramos sentados en su sofá inmersos en el más profundo silencio viendo a la Royal Canadians interpretar la obra de Guy Lombardo “Auld Lang Syne” sin hacer siquiera un guiño a las revolucionarias interpolaciones de Jimi. Y luego la enorme pelota cayó sobre todos esos idiotas alegres lentamente como un meteorito senil. Era la primera vez en mi vida que presenciaba este ritual que me dicen es muy popular (aunque en definitiva yo soy un fan de Yule Log), y ciertamente será la última, ya que posiblemente seauna de las cuatro o cinco experiencias más tétricas que haya conocido. No bebimos nada, aunque teníamos dinero. Supongo que estábamos tan pasoneados que se nos olvidó beber, no hace falta decir que la marihuana habría resultado mucho más letal que de costumbre. Me sentía como una cuerda en re flotando a la deriva en algún punto de los golfos infraterrenos del segundo álbum de Dire Straits.
Al día siguiente fui a una cena con cinco de mis más antiguos y queridos amigos en la que absolutamente nadie pudo pensar en una sola palabra que decir. La mejor frase de la velada: “¿alguien se sabe algún buen chiste?”. (Soltada a mitad de la mesa acumuló un silencio que nos puso al borde de la catatonia.)
Continuará...
1 comentario:
uy, qué post tan largo. quizá algún día lo lea. saludinis.
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