Está bien, yo no voy a decir como John Landau en esa frase legendaria que “en una noche en que necesitaba sentirme vivo me sentí como si escuchara música por primera vez”; mucho menos “he visto el futuro del rocanrol y su nombre es…”. Pero sí que en una noche donde el mundo parece irse de lado, en la que a uno le da por sentirse poeta sin una sola buena frase, sentado frente al televisor con la mente revuelta y un trago de un licor que ni siquiera apetece pero es algo que beber, con los audífonos encajados a los oídos jugando con esta nueva maquinita llamada iPod, de repente encontrarse con las Detroit Cobras es una forma de la felicidad.La voz de Rachel Nagy es una de las más poderosamente sugestivas actuando en el rock actual y realmente es una lástima que ande cantando por clubes pantanosos de Norteamérica mientras el resto de la gente aspira oxígeno como si nada importante pasara en el mundo. A la vez ahí es donde pertenece. Las Cobras de Detroit, que se completan por Mary Ramirez en la guitarra, Nick Lucassian en el bajo, Joey Mazzola en la otra guitarra y Kenny Tudrick en los tambores, en realidad son como la banda del bar de tus sueños. El repertorio que han armado en cuatro lps e igual número de eps casi en su totalidad se compone de covers de canciones de soul olvidadas de las décadas de los 50 y 60. Ahora que eso de “covers” es un decir. Si bien es cierto que poseen un gusto infalible al sacar los viejos 45” de su cofre de los tesoros, las Cobras merecen crédito por el filtro de guitarras grasosas y la ponchada sección rítmica, herederas de la tradición garage por la que es famosa la ciudad que conforma un medio de su nombre, la misma que vio enloquecer a Iggy Pop al frente de los Stooges, a la que Kiss dedica uno de los himnos que hasta sus detractores aprueban: Detroit Rock City.
Pocas bandas, visibles o no, roquean hoy en día con la garra de Las Detroit Cobras. Suenan a un caballo de hierro abriéndose paso a través de la tribulación en turno para que la voz de Rachel termine de fulminar cualquier tipo de resistencia. Es como si una vez que abriera la boca exigiera toda tu atención… y no precisamente por las buenas. El casto público disculpará, pero la voz de Rachel Nagy se te mete en el culo para decirte “¿ah, sí, cabrón? ¿Con que te la quieres pasar mal? Pues te jodiste, porque esto es rocanrol”, entonces te das cuenta que las células te saltan y se te quita lo intelectual y da igual si esta canción la escribieron ayer o en la época de las cavernas, lo que sí es seguro que te sientes como un cavernícola, con la mente exaltada y vacía, sólo quieres más. ¿A poco no de eso se trata el rocanrol? ¿Cuántas rolas del rock no hablan de perder el control? No importa que sean las letras más inocentes del mundo “my love is growing stronger and I know that you can’t hold it too much longer”, “come on, baby, dance with me and then maybe we’ll be and see… won’t you dare?”, “you better leave my kitten alone”.. ¿Qué falta de ahí a creer que es posible un lenguaje basado en onomatopeyas? ¿“Bama-lama”? ¿“Ya ya ya”? Pura represión sexual. O sea, puro rocanrol. Y a veces cae tan bien.
*Agiten ese puerquecito, que buena falta le hace, al son de Life, Love and Loving, ponedor disco de The Detroit Cobras:
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