Por esto se popularizaron las reliquias de los santos. El sábado pasado en el tianguis del Chopo conseguí la grabación del concierto que The Cure ofreció el 22 de octubre del 2007 en la ciudad de México. El audio es decente y de cualquier modo parte del encanto de los bootlegs radica en esas reacciones de la audiencia que se filtran como nunca lo harían en una grabación oficial. Intensifican la sensación de haber estado ahí. A veces me pregunto por qué habemos tipos como yo, capaces de dar la vuelta al mundo o pagar lo que sea por uno de estos discos no oficiales. Es claro que el placer por la música no basta para explicarlo, siendo que muchas veces su calidad es apenas audible. No, tiene que ser algo más.
Yo he llegado a explicármelo conforme la lógica del amuleto. El cántico multitudinario que opaca la voz de Robert Smith al entonar “Fascination Street”, la joven próxima al micrófono de la grabadora que recibe a gritos “A Letter to Elise”, el eco del Palacio de los Deportes, no pueden más que inevitablemente arrancarme una sonrisa no sólo por recordarme el concierto de una manera tan vívida sino por todo lo que rodeó a esos días. Por supuesto, el efecto es más concentrado en un bootleg de un concierto al que fuiste. Pero el encanto por cualquier bootleg sigue los mismos rasgos generales. Queremos retener los buenos momentos. Que no se nos escapen y, cuando ya se fueron, mantener algo que sobreviva la erosión de la memoria, algo que nos haga creer que debe haber días más luminosos porque antes los hemos conocido. Si nuestra banda favorita va a tardar dos años en sacar nuevo disco, pues consigamos todos los conciertos que podamos para soportar la espera. Es como si en algunas canciones o artistas que nos gustan y de los cuales quisiéremos tenerlo todo –aun cuando sea la vigésima versión de Dylan silbando “Like A Rolling Stone” sentado en el retrete- encontráramos cierta protección, la seguridad de que mientras giremos en su órbita nada vulgar nos manchará, porque a través de las salvajes embestidas del animal intempestivo que es la vida son lo único que ha permanecido inmutable, como los caballeros que velaban sus armas antes de la batalla esperamos que su compañía nos salve de todo mal.
A los no iniciados este tipo de cultos les parece algo excéntrico. “¿Para qué quieres 34 discos dobles de la gira de verano de Pearl Jam? ¿De verdad, qué diferencia hay entre la versión de Thunder Road que Springsteen tocaba a finales del 74 y la de la primavera del 75? ¿Por qué tanto alboroto por ese concierto recientemente descubierto de Joy Division?”. Con idéntica extrañeza los aludidos responden, “¿cómo es posible que no aprecies ese prolongado solo al final de “Traveling Band”?” o “por favor, el quiebre vocal que Leonard Cohen hace en el primer coro de “So Long, Marianne” en este concierto de suiza cambia por completo la intención de la canción, nadie debería morir sin antes haberla escuchado”. En sus reuniones los cofrades, usando un lenguaje extraterrerste, se enfrascan en discusiones interminables sobre en qué año, mes, día, hora, minuto, segundo exacto los Ramones interpretaron de manera más contundente el riff de “Blitzkrieg Bop” o cuál ha sido el mejor bajista que ha pasado por King Crimson.
Lo cierto es que no debería extrañarnos tanto. En la novela Alta Fidelidad el personaje Rob Fleming se pregunta “¿qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste por escuchar música?”. Y es que como bien destaca su autor, el inglés Nick Hornby, más del 90 % de las composiciones pop abordan de un modo u otro la temática del corazón destrozado. Aunque no lo parezca, un libro muy distinto aparecido más recientemente podría orientarnos. El castillo en el bosque, la última novela que Norman Mailer publicó en vida es una ficción-histórica sobre la infancia de Hitler que al principio subraya lo difundido del incesto en el medio agrario: “Es una excelente razón para que los viejos campesinos sean devotos. El miedo intenso de un pecador tiene que manifestarse por uno de estos dos extremos: devoción absoluta. O nihilismo”. Se trata en el fondo del antiguo anhelo de encontrarle algún sentido a nuestro dolor, que sirva por lo menos para redimirnos de los desgarramientos de nuestra precaria condición de pecadores. De los objetos que le arrebatamos al mundo, del que vivimos con miedo porque algún día nos lo reclame. Ahora que las deidades a las que antes implorábamos misericordia han sido segadas, algunos todavía buscamos el absurdo consuelo de "ese acorde secreto que David pulsó y complació al Señor"… pero a ustedes no les importa un carajo la música, ¿o sí? No, ustedes vinieron a ver cómo los satélites se caen .
No hay comentarios:
Publicar un comentario