miércoles, 1 de abril de 2009

Blancos como los mosaicos en los que hace pensar la rola de Leonard Cohen que habla de los pisos en los que vivía antes, cuando estaba solo. Como el contraste de las manchas que dejaste cuando te mudaste. Tú no te diste cuenta, pero también contribuiste a formar el cochambre alrededor de la coladera de la regadera. Honguitos, como yo, que se alimentan de la mugre de los demás. Que crecemos en la mugre de los demás, alimentados de rencor, y aun así cada mañana nos plantamos frente al espejo ajustándonos el nudo de la corbata y ensayando la mejor sonrisa de negocios, “¿qué tal, cómo se encuentra usted?”, mientras damos vuelta al casete de Level 42. En la oficina, mientras los compañeros se felicitan por la última ganga cazada en e-Bay, dejamos que este agradable sabor a navaja de afeitar se nos resbale con suavidad por la garganta. A los que habitaron demasiado tiempo en la oscuridad hasta el exceso de sombra deslumbra. No necesito ser negado más de lo que necesito tus cubitos de cianuro endulzándome el desayuno. Siempre puedo cambiar de nombre, pero antes debes aclararte sobre qué quieres pedir. Como cualquier hijo de esta tierra no necesito a nadie a mi lado, pero digamos que no me molestaría si te quedaras conmigo. Una guerra se acerca y el suelo tiembla y las aves despavoridas vuelan buscando sus nidos. Blancos como los mosaicos donde me quedé contemplando el gotear de la sangre… hasta que le hizo cosquillas a la nariz del planeta y estornudó, y despertamos en la cama del vecino con una orquídea en la frente abrazados al oso hormiguero disecado del museo de historia natural.

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