jueves, 16 de octubre de 2008

Calamaro: último concierto

¿Será que a menudo los oídos más urgentes no tienen prisa dos conciertos después? ¿Será la altura del Distrito Federal? ¿Será que de verdad la emoción del encuentro se disipa conforme crece el auditorio? ¿Será que los chilangos hemos llegado a creernos tan cosmopolitas que nos cuesta más irnos soltando? ¿Será, al fin, que la peor manera “sale afuera” más seguido de lo que pensamos?

En la vida al eRRe le ha tocado conocer a más de un fan lo suficientemente aferrado para atravesar fronteras, incluso cruzar océanos, para asistir a un concierto de la banda de su preferencia. Si algo le ha quedado claro de estas experiencias es que los fans también van de gira, y muchas veces el grupo o artista en cuestión sólo es un mero pretexto para salir y encontrarse con el mundo y perderse y reencontrarse y encontrar la forma de perderse otra vez. Lo mejor de todo es que puede haber drogas, alcohol y sexo, pero no son imprescindibles, porque al no gozar de los privilegios que tienen las estrellas de rocanrol, la diversión siempre viene de otra parte, desde los pretextos que debes inventar para faltar al trabajo hasta comprar los boletos y apartar hoteles, de la noche en que te quedaste en Praga con un puñado de billetes mexicanos como si fueran del Banco de la Ilusión, de sentarse alrededor de una mesa compartiendo ronda tras ronda con extraños que te tratan como amigo de toda la vida a conocer a una chica que nunca vas a tocar pero cuya sonrisa pone tu cabeza a girar. En esos momentos uno entiende el poder del rocanrol mucho mejor que sudando junto a miles de otros mugrosos en un festival de cartel interminable.

Invariablemente regresar es el peor bajón. O quizá decir eso sea injusto. Agradeces dormir –ahora sí- en tu cama, el animado movimiento de cola de tu perro, verte con tus viejos amigos. Pero a la vez librar los rigores impuestos al viajero te malacostumbran a creerte invulnerable. Volver al hogar también es volver al sitio donde puedes ser vencido, porque todos saben quién eres.

Al eRRe le gustaría sacudirse esta sensación del último concierto de Calamaro, la sensación de retomar la rutina. Por supuesto, el problema tiene más que ver con el eRRe que con el concierto en sí. Aunque también influye la lejanía de los asientos que pudo comprar, y que la mayoría de la gente en esa sección estuviera sentada mientras en Guanatos parecían poseídos por mil y un demonios de rocanrol, y sí, Andrés, con todo el cariño que te tengo, y la pasión que me inspiras, y que en estos días no he parado de oír tus discos, que hubieras variado más los conciertos. Porque Springsteen, al que sé tú también admiras cambia por lo menos de 10 a 15 canciones de su set cada noche, y porque las rolas que escucho hoy no son las mismas que las que escucharé mañana, y porque me hubiera gustado vibrar con “OK Perdón”, “Corazón en venta”, “Clonazepán y circo”, “El tercio de los sueños”, "Ansia en Plaza Francia". Pero está bien, porque de antemano pediste perdón por faltar tanto a esta cita, y porque diste la única excusa aceptable ante semejantes reclamos, “solamente somos hombres”, y porque prometes volver, volver, volver... el eRRe por hoy aceptará la culpa. Porque esta vida de rocanrol nos cansa, no perdona, ni a ustedes ni a nosotros. Eso ya lo tengo, y la tristeza también.

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