lunes, 13 de octubre de 2008
Andrés Calamaro en Guadalajara, 11-10-2008
El sábado resulta que de verdad hay una verbena popular. La fiesta de la patrona, la virgen de Zapopan, que se vela esa madrugada en la Catedral de Guadalajara. Procesiones que llegan de todo Jalisco y Michoacán, puestos de todo tipo, calles cerradas. El tránsito de la ciudad es un caos y luego de una jornada infernal con la parentela local que sólo la compañía de Mystery Girl hizo tolerable, el tiempo aprieta para llegar al segundo concierto de Andrés Calamaro. Y ya que la hemos mencionado, el eRRe aprovecha para agradecer a Mystery Girl por ponerle al rock el maravilloso aderezo de su rol, que convirtió en extraordinario lo que de otro modo simplemente hubiera sido un viaje feliz. No haber conseguido boleto para ella quizá pese en la percepción que el eRRe tiene de un público menos animado que la noche anterior. Al escuchar los primeros versos de “El salmón”, el estallido, los brincos, los gritos de la gente no son tan intensos. Hay quien se disgusta mucho cuando un artista repite el mismo concierto en noches seguidas; el eRRe podría estar de acuerdo pero lo cierto es que no hay concierto idéntico, aun cuando las rolas sean interpretadas en orden idéntico, especialmente en el caso de artistas como Calamaro y su banda, los quiebres de voz, los redobles de batería, las guitarras llorosas, establecen una dinámica de relación completamente diferente con el público que, finalmente, cada noche es distinto. Esto es algo que no cualquiera entiende y por eso te miran como un bicho raro cuando saben que acudirás a tres conciertos consecutivos de un grupo o cantante que te gusta. Significativamente esta noche a nadie se le ocurre lanzar una camiseta de la selección tricolor que acababa de perder vergonzosamente frente a Jamaica, mejor una máscara de luchador que Andrés prefiere guardar para “el momento indicado”. Abandona un momento el escenario para corregir algunos problemas con los monitores auriculares que desde el principio le han dado molestias, “tengo que bajarme los pantalones”, simplemente se le escucha decir invisible en la oscuridad del auditorio. Vuelve para interpretar la nueva y rockera versión de Elvis está vivo a dueto con su bajista Candy Caramelo. Cuando llega la hora de “Soy tuyo” (complementada con versos de “Contigo”, de Joaquín Sabina), Andrés divisa en uno de los palcos a una chava con un cartel de “Guadalajara tuya siempre” y camina a ese costado del escenario para dedicarle parte de la serenata. “Esto es rocanrol”, observa Andrés más adelante al levantar un sostén arrojado al escenario. Sobre la recta final del toquín alguien avienta una bandera argentina unida con una mexicana que Andrés enrolla alrededor de su cuello y que posteriormente deja colgando del pedestal del micrófono para el cierre monumental de “Flaca”, toda la gente coreando los “ooh-o-o-o-oh-o-o-o-o-oh” de la canción como si se tratara de un mantra liberador, abrumado por el cariño Calamaro declara que lo apropiado sería tocar en la capital tapatía por lo menos una vez por semana. Entonces la impresión inicial sobre la falta de entrega del público ya ha desapericido, todos saltan, todos cantan, todos gritan, todos tienen una sonrisa que supera el tamaño de su cara, todo el Teatro Diana brilla y el eRRe no se atrevería a decir cuál noche fue mejor. El “oé-oé-oé-Andréees-Andréees” lo obligan a regresar, nuevamente envuelto en la bandera argentinomexicana para entregar la única canción que no se escuchó en el primer concierto, “Costumbres argentinas”, una rareza de Los Abuelos de la Nada durante la cual mueve los brazos simulando alas con el ondear de la bandera binacional. Alguien lanza ahora un acetato de José Alfredo que Calamaro alza por todo lo alto como si se tratar de la imagen de un santo patrón. Al terminar “Paloma”, la última canción, nadie se mueve de su lugar, parece que nunca lo dejarán partir, aplauden, levantan las manos como pidiéndole “tardaste tanto, por favor, no te vayas”. Pero todavía falta el D.F. y Calamaro se va. A la salida, el único taxista que ofrece una tarifa decente para llevar al eRRe a su hotel en el centro vuelto caos por la fiesta de la Zapopana, resulta ser fan. “Yo vine anoche”, comenta, “ese Calamaro es un máster, sí sabe prender, ¿no?”. Claro que lo sabe. Y sí, es un máster. La chilangiza por fin tendrá oportunidad de comprobarlo hoy en la noche. Ahí nos vemos.
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2 comentarios:
Haber estado a su lado mientras la tan anhelada espera llegaba a su fin, mientras por sus poros escurría -literalmente- toda la felicidad que le producía la voz del calamar, haber visto cómo se ponía nervioso desde la tarde de la noche del concierto, haberlo visto brillar y gritar y cantar y llorar... haberlo ido a dejar y haberlo esperado... -no me gusta esperar, pero igual te espero, te quiero... igual- Fue todo un placer. Muchas gracias por haberme invitado a acompañarlo en su aventura Calamaresca.
Aventura es su venturosa compañía.
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